sábado, 22 de noviembre de 2008

Aquele querido mes de agosto

Florencia

Mi gran sorpresa del Festival dei Popoli fue Aquele querido mes de agosto de Miguel Gomez, una película portuguesa inclasificable que pasó por Cannes y que me dio ganas de programar en Princeton. El único problema es que dura dos horas y media y, para el final de la proyección, en la sala quedamos cinco. Tengo la impresión de que hay críticos que se regodean un poco con la cantidad de espectadores que se van en medio de una película de Albert Serra o de Pedro Costa --por citar dos casos emblemáticos que presencié de primera mano-- como si la capacidad de ahuyentar a las presuntas señoras gordas les otorgara a esos directores un prestigio añadido, del que también pueden gozar los espectadores entendidos. Del otro lado del mostrador, los cineastas conocemos demasiado bien todo el trabajo que implica mantener el interés del espectador por el cuento que estamos tratando de contar, en particular si el desafío excluye apelar a los recursos más convencionales del entretenimiento. Por mi parte, no puedo dejar de preguntarme si esas películas que el público abandona --y estamos hablando de espectadores a priori bien predispuestos, que no han concurrido a un festival de cine para comer pochoclo-- no son de alguna manera fallidas. Es decir, la fuga de espectadores puede llegar a ser un síntoma de que la misma película que hallamos admirable, y que incluso nos ha proporcionado momentos de iluminación, tiene algo mal resuelto.

Me hago estas preguntas porque Aquele querido mes de agosto no sólo no tiene nada de aburrido ni solemne sino que, por el contrario, no deja de deleitar al espectador con su desfile encantador de personajes, situaciones, humor y... ¡canciones! La película empieza como un documental más bien atmosférico sobre el mundillo de músicos semi-profesionales que recorren las fiestas populares de los pueblitos del interior de Portugal durante el verano ("aquele querido mes de agosto"). En el medio de todo eso, presenciamos una escena un poco insólita, en la que Miguel Gomez, el director, se encuentra en un café con el productor de la película. El productor le reclama al director que hace rato que empezaron el rodaje pero que todavía no tienen a los actores para interpretar a los personajes que están en el guión. Gomez, de forma un poco displicente, pide más tiempo... y más dinero. "Los estamos buscando, ya van a aparecer". Parece un chiste --de hecho, es como un paso de comedia-- porque lo que hemos visto hasta aqui es un documental de observación, sin personajes demasiado individualizados.

Pero, de a poco, casi sin que nos demos cuenta, la película se va convirtiendo en otra cosa. La cámara empieza efectivamente a encontrar personajes dentro del registro documental y --sorpresa mayúscula-- en determinado momento, sin transición, advertimos que estamos en manos de un dramaturgo consumado: delante de nuestros ojos cobra forma, imprevistamente, una ficción. La joven cantante de una de las bandas que hemos visto antes se ve envuelta en un triángulo amoroso digno de una telenovela. Tironeada entre su padre viudo y un primito venido del exterior, en la vida de la adolescente se pone en juego la dinámica freudiana de hija y mujer, fidelidad y erotismo, totem y tabú. Pero esta historia, que podría parecer melodramática, nunca deja de tener un carácter imprevisible y un sabor auténtico. Se lo da su decidida pertenencia al mundo real y al universo documental: en ningún momento dudamos de la realidad de los personajes. Y en un giro notable, Gomez consigue que las canzonetas que cantan los personajes en los escenarios pueblerinos donde los lleva su trabajo, las mismas que al principio parecían simplemente simpáticas y pegadizas, de pronto empiezan a expresar los sentimientos más profundos, como si se tratara de una tragedia de Sófocles. Y, a la vez, es como si realmente hubiéramos estado en esos pueblitos portugueses y hubiéramos bailado esa música durante aquel querido mes de agosto.

Entonces, cuando termina la extraordinaria película de Miguel Gómez y se encienden las luces del Cinema Odeon de Florencia y me enjugo las lágrimas de la última canción, advierto que no ha quedado casi nadie en la sala y me pregunto por qué.

-Andrés Di Tella


17 comentarios:

alejandra almiron dijo...

Qué angustia pensar que si un espectador se va es porque la peli tiene algo mal resuelto, no puede ser así...

Fotografías dijo...

No, no estoy hablando de que se vaya uno, o dos o tres, sino cuando la sala queda semi vacía, que es lo que pasó con esta película y con las películas de Serra y Costa en funciones donde yo he estado presente.

alejandra almiron dijo...

bueno, uno, dos, tres, doscientos... igual da angustia

Fotografías dijo...

igual, son solo preguntas...

chicaenminifalda dijo...

no importa que los espectadores se vayan. No hay que darle importancia. solo si hacías una película para que la gente se quede y se fue, podés considerarla que falló, pero tal vez ninguno de estos autores que decís pensó en eso y están bien contentitos. No se angustien!

Fotografías dijo...

Creo que todos los cineastas --salvo tal vez los experimentalistas puros y duros-- hacen películas para que los espectadores se queden hasta el final.

Igual, hay espectadores y espectadores. Asi como hay películas y películas. No es que cualquier película sea para cualquier espectador. Pero que quede la sala vacía en un festival de cine, con un público en principio bien dispuesto a ver algo "diferente", me parece que es para tomar en cuenta. Yo al menos lo tomo en cuenta. No sé si es para angustiarse, tal vez sí...

alejandra almiron dijo...

Finalmente, los cineastas no tienen una vida facil pero chicaenminifalda tiene razón, hay que curtirse y seguir nomás...

Miguel dijo...

Muchas gracias por tu post. Para mí ha sido suficiente para animarme a verla. En unos días la ponen en el Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria y, si me cuadra con el calendario, me arriesgaré

Fotografías dijo...

No te la pierdas, Miguel. Para mí, fue la película del año. Después me cuentas cómo te fue...

Miguel dijo...

Pues no me la perdí, Andrés. Me encantó, aunque me pareció excesivamente larga... [dejo enlace al post que he escrito]

Saludos!!!!!

Fotografías dijo...

Miguel: leí tu crónica, que me gustó mucho, por sincera y sensible. Discrepo en el asunto de la duración excesiva: me parece que la duración es parte esencial de la experiencia que nos propone la película, lo que nos va introduciendo en ese mundo de los músicos y los pueblitos, la misma sensación de disponibilidad de "aquel querido mes de agosto". Es lo contrario de aquellas películas donde "nada sobra" y todo tiene un sentido narrativo demasiado puntual, de manual digamos. Yo, al salir de la sala, me quedé con una sensación muy linda, muy única, que no abunda en el cine contemporáneo. Esa sensación bien vale alguna largura...
saludos

Fotografías dijo...

Y te hago una pregunta, Miguel: ¿cuántas películas que no te parecen nada largas, al mismo tiempo, no te dejan nada al volver a encenderse las luces?

cliver dijo...

Saludos fotografías, quisiera que me mandes tus datos y un poco las referencias de tus post (aquele querido mes de agosto) ya que estoy sitando un poco tus comentarios en un ensayo y no quiero pasar por alto la autoria, mi correo es cliver_otacli@hotmail.c o m
gracias

Fotografías dijo...

Saludos, cliver. Mis datos figuran a la derecha de su pantalla, si buscás más abajo. Igual, te mandé un email.

Aguea dijo...

Resulta curioso. Porque a mí me ocurrió exactament lo mismo en Santiago. Se proyectó este film en el ciclo de cine "Cine Europa" en Santiago de COmpostela este año, y al final de la sesión, quedábamos muy pocos. Me resultó extraño, tratándose de una película muy original, entretenidísima y curiosa de ver

Fotografías dijo...

supongo que la película tiene una sintonía que hay que... sintonizar

Anónimo dijo...

Si sirves Welsh Rarebit, Bouillabaise y finalmente Irish Coffee en un menu, a personas que están acostumbradas a comer sémola, patatas fritas del día anterior, y algo de dulce de leche desvaído al postre, seguro te rechazan el menu.