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miércoles, 18 de abril de 2012

BAFICI 2012 (11)

Producida al igual que El estudiante por la gente de La unión de los ríos -con Agustina Llambi Campbell a la cabeza y no Mariano Llinás, como ha repetido más de un periodista por ahí- Los salvajes de Alejandro Fadel venía proclamada de antemano como "la nueva El estudiante", en referencia a la manera en que la primera película de Santiago Mitre borró a las demás participantes argentinas del BAFICI el año pasado. Ninguna película -salvo tal vez Tabú de Miguel Gomes- aguanta indemne semejante expectativa. The Boss Quintín empieza su reseña así: "Fui a ver lo que, antes de la primera función de prensa, se suponía la gran película argentina de este Bafici". Y remata: "No sólo es una mala película: es infantil, chapucera y autocomplaciente". En mi caso, me pasó algo extraño: caí inmediatamente bajo el hechizo de la apabullante construcción de un universo propio, el de unos adolescentes que se fugan de un reformatorio ubicado en una zona rural, probablemente las sierras más remotas de Córdoba, y se embarcan en un largo deambular, sin destino cierto. Llambi Campbell y cía. ya demostraron lo que son capaces de hacer con pocos recursos -Los salvajes, igual que El estudiante, fue hecha sin financiación del Instituto de Cine- y aqui se respira la misma libertad para que el director imagine sin límites un universo que se hará realidad para las cámaras. En ese sentido, Los salvajes es una obra maestra de la producción. Y Fadel demuestra tener pulso firme como director: narra cada situación con economía de recursos y precisión; extrae de un elenco de jóvenes actores aficionados -salidos de "un barrio humilde" como dijo uno de ellos al finalizar la función- actuaciones impresionantes, llenas de verdad y emoción; y hace creíble la mezcla de violencia latente y ternura de los personajes. Hay un dilema ético en la presentación de personajes marginales como inherentemente violentos, casi amorales, siempre al borde del asesinato inducido por el paco. Pero esa crudeza no es sin matices y, en todo caso, se me hace infinitamente preferible a la versión bienpensante bondadosa del cine argentino tradicional (con el santón cinéfilo Leonardo Favio a la cabeza). Hay, también, algún problema en la construcción del arco narrativo: la película es larga y, promediando el metraje, esa larga duración se hace sentir, como si se contagiara del propio extravío de sus personajes. No sé qué me pasó. Sería absurdo pero, a lo mejor, la propia excelencia del comienzo confirmó las (demasiado) altas expectativas que venían con la película y, eso, a la larga resultó insostenible. Tal vez sea por la misma ambición simbólica de ciertas escenas, a partir especialmente de la aparición del personaje interpretado por el ex Vox Dei Ricardo Soulé, un solitario perdido en las sierras que seduce a la chica del grupo con su simbólico halcón, o las secuencias donde se pone en juego la obsesión del más joven con un jabalí que ronda por el monte y que el muchacho termina cazando, en una escena sangrienta donde estalla toda la violencia anunciada. Los salvajes no termina tan alto como comienza, hay que decirlo, y eso tiene un efecto retroactivo sobre las excelencias que lo preceden. Pero no tengo dudas de que se trata de una obra importante, que sube la barra del "cine independiente" local y no sólo en términos de producción, como han dicho algunos. Y no tengo dudas de que Alejandro Fadel es -y será- un cineasta importante. Pero, al mismo tiempo, hay algo en la película que me desconcierta. Tal vez no sea algo malo. Como dice Sergio Wolf, director del BAFICI: "Me interesan las películas que te obligan a hacerte la pregunta: ¿qué es esto que estoy viendo?"

-Andrés Di Tella


lunes, 16 de abril de 2012

BAFICI 2012 (9)

Nadie lo recuerda pero, antes de ganar el premio a mejor película en el 2010 con Aquele querido mes de agosto, Miguel Gomes ya había estado en el BAFICI, en el año 2000, con su primer cortometraje. Al igual que en su extraordinaria película anterior, donde Gomes ganaba terreno al mar para el cine, enviando fuerzas de ocupación de la ficción al territorio del documental, el director portugués sigue abriendo nuevas posibilidades narrativas para el cine del futuro. Tabú es como si fuera la mejor adaptación cinematográfica de la novela que César Aira todavía no escribió. Empieza de un modo desconcertante, con la historia de una señora de mediana edad, moradora de un edificio de clase media de Lisboa, preocupada por los desvaríos y el estado general de su anciana vecina Aurora. En una vuelta de tuerca sorprendente -que no debería sorprendernos viniendo de Gomes pero nos sorprende igual- en una segunda parte sobreviene un largo monólogo en voice over de un tal Ventura, un antiguo amante de la dama en cuestión, que narra el pasado romántico de Aurora y un grupo de colonos portugueses, en una finca africana, al pie del mítico Monte Tabú. Las imágenes pasan de un blanco y negro nítido, de realismo contemporáneo, a un blanco y negro imperfecto, "antiguo", filmado en un estilo que no remeda pero de alguna manera evoca al cine mudo. De hecho, esta larga segunda sección es casi muda, en rigor, no se oyen los diálogos aunque sí todos los demás sonidos ambientes y, siempre, la voz de Ventura en off, una voz muy literaria, como del siglo XIX, entre Stevenson y Conrad, pero con un ligero toque zumbón, borgiano. Por eso: Aira. La película se convierte, en esta segunda parte, en un relato anacrónico de amores y aventuras que, si bien mantiene ese tono de fábula, un poco juguetón, no deja de involucrar mágicamente al espectador en un universo de alguna manera creíble, lleno de emociones y verdad. Por eso: la novela que Aira todavía no escribió.

Como a lo mejor recordarán los memoriosos lectores de este blog, Aquele querido mes de agosto fue fruto de un proyecto fracasado. Gomes estaba haciendo el casting de un film que sería interpretado por actores no profesionales y músicos aficionados, habitantes de los pequeños pueblos de provincia retratados en aquella película. Poco antes de comenzar el rodaje, le falló buena parte de la financiación. En vez de suspender la filmación, Gomes decidió continuar con un equipo reducido y hacer un documental, o un cuasi documental, con los personajes encontrados. El resultado es una obra maestra, cuya singularidad se debe en parte, seguramente, a la improvisación forzada. Gomes me contó la idea del proyecto de ficción frustrado y yo, en su momento, pensé: qué suerte para nosotros que no le salió la financiación. Ahora me pregunto si aquel proyecto -"una historia muy ambiciosa de amores y aventuras a lo largo de distintas épocas"- no sería el germen de este tremendo Tabú...

-Andrés Di Tella

BAFICI 2012 (8)

A propósito de James Benning, recupero una entrada del 2009 sobre un encuentro en Los Angeles con el viejo lobo de mar del cine experimental norteamericano.


Fui a Los Angeles a participar de la conferencia internacional Visible Evidence, que reúne -cada año en una ciudad distinta- a algunos de los máximos especialistas del género documental, entre ellos Brian Winston, Bill Nichols, Alisa Lebow y el anfitrión de esta edición, en la University of Southern California, Michael Renov. También invitan a algunos cineastas. El encuentro tuvo lugar en la espectacular sede, recién inaugurada, del School of Cinematic Arts, la réplica de un estudio de Hollywood de los años 20 que donó el egresado George Lucas, junto con su preciosa colección de afiches y cámaras antiguas. Otro egresado famoso de USC, que también donó un soundstage, es Steven Spielberg. Para mi charla en semejante covacha, tomé prestado el título de Borges, “El otro, el mismo”. Pero el acontecimiento, para mí, fue estar del otro lado del mostrador y asistir por la tarde a una charla de James Benning. Benning fue una de las estrellas del cine underground de Nueva York en los años 70, después cayó en el olvido, se fue a vivir a las montañas de Nevada y buscó refugio en alguna universidad, como otros anciens combattants del frente experimental. Inclusive fue eclipsado por la fama de su hija Sadie Benning, darling del videoarte y el arte queer en los 90.

En los últimos años, sin embargo, Benning parece haber vuelto al ruedo. En un movimiento muy sintomático de reincorporación de la tradición vanguardista al género documental, el festival documental de Pamplona organizó un retrospectiva de su obra. De ahí rebotó al BAFICI, donde estuvo en abril. No llegué a ver ninguna de sus películas pero lo conocí y hablamos extensamente durante una cena. Me contó algo de su vida en la montaña y de una réplica –qué extraña obsesión tienen los americanos con las réplicas- que hizo de la mítica cabaña de Henry David Thoreau en el Lago Walden. Yo le conté que estaba escribiendo sobre Claudio Caldini, un pariente pobre del Sur en las lides del cine experimental, que también vive de alguna manera retirado del mundanal ruido, lejos de Buenos Aires. Me anticipó que iba a repetir una charla que había improvisado en Pamplona, usando internet. Al final, en el ajetreo del BAFICI, me la perdí.

La charla de Los Angeles tal vez haya sido una repetición de la repetición, entonces, aunque estoy descubriendo que una de las claves de la práctica experimental es, precisamente, la repetición. Y, por supuesto, la variación inevitable que se produce en la repetición. La “charla” de Los Angeles fue, en rigor, una especie de performance. Lejos de dar la sensación de haber sido ensayada previamente, tuvo todo el encanto de la improvisación, hasta en el mal sentido de la palabra. La improvisación, efectivamente, tiene mala prensa: “¡es un improvisado!”; “un evento de semejante importancia no se puede improvisar”, etc. Pero hay pocas cosas más maravillosas de contemplar que alguien que sabe improvisar. Benning parece torpe, mal preparado, las cosas están siempre a punto de salirle mal. Pero, inesperadamente, los malabares que hace girar en el aire nunca terminan en el piso.


Empezó la charla conectando la pantalla del auditorio con Google Maps. Se demoró buscando algo y en el público se oyeron algunos murmullos. Acaso estaba borracho. Por fin dio con lo que buscaba: Milwaukee. “This is where I was born”. Hizo zoom, y empezó a recorrer la ciudad: “Este era el parque donde pasé todas las tardes de mi infancia jugando al baseball”. Entró a caminar por una calle -“creo que es por acá”- y nos mostró la casa donde creció, en un viejo barrio obrero alemán donde vivieron sus padres desde 1940 hasta hace pocos años atrás. Cuando vendieron eran los últimos blancos del barrio. “Hoy es uno de los barrios más pobres de todos los Estados Unidos”. Reflexionó sobre el racismo que él mamó de chico y empezó a hablar de uno de sus ídolos del baseball, un gran batero negro que estuvo a punto de romper un record pero que no llegó, por un boicot del que se enteró muchos años después. Entró a una web de estadísticas para demostrar lo que pasó: no entendí nada porque no entiendo nada de ese deporte. A la hija de Benning, Sadie, le gustaba el baseball y empezaron a coleccionar antiguas figuritas de jugadores. A partir de esa colección, se le ocurrió hacer una película: “Les voy a mostrar una imagen de la película”. Y se metió en su email para buscar la foto.

Dentro de los mensajes recibidos, había varios de los organizadores del Encuentro, algunos con “urgente” en el asunto. Benning no encontraba la foto, pero alguien en el público lo ayudó. Después, volvió a Google Earth para mostrarnos dónde vive actualmente, en las montañas de Nevada. Pero no encontró la locación y esta vez, cansado, abandonó el intento. Después leyó un diario personal bastante escabroso de una visita a Nueva York que -confesó al final- no era suyo sino de un tal Arthur Bremer, un vecino de su mismo barrio de Milwauke, que en 1972 intentó asesinar al candidato presidencial George Wallace. "Lo leí como si fuese mío porque, de alguna manera, podría haber sido yo". Y así, de una cosa a otra, del Google Earth al email, leyendo el texto de un manuscrito que tenía encima, buscando algún dato en la web, o simplemente recordando una anécdota, Benning hechizó al auditorio durante una hora y media, con un relato que mezclaba la autobiografía con la historia de los Estados Unidos, yendo de la réplica de la cabaña de Thoreau a la del Unambomber, de la literatura a la política, terminando con la proyección de una secuencia de una de sus últimas películas, filmada precisamente en el mismo barrio de Milwaukee donde nació. Después del largo y sinuoso recorrido de Benning, ver esas escenas contemplativas, planos de 50 segundos cada uno, con retazos de la vida cotidiana del barrio y poco más, pero cada uno de ellos de una extraña belleza, se constituyó en otro modo –diferente del propuesto por nuestros anfitriones Lucas y Spielberg- de vislumbrar el alma del país donde nos encontrábamos.

-Andrés Di Tella


Publicado originalmente en Fotografías el 22 de agosto de 2009.


miércoles, 4 de enero de 2012

cine de trasnoche





Anoche volví a ver, después de tantos años que son como una era geológica, la mítica road movie de Monte Hellman, Two-Lane Blacktop, que aqui se estrenó con el título Carrera sin fin (la traducción literal sería "carretera de doble mano" o algo así). Si no me falla la memoria, la vi en un ciclo alucinante de trasnoche que daban en el legendario Auditorio Kraft de la calle Florida, donde también vi tocar cierta vez a Astor Piazzola y donde asistí, casi de niño, algunos sábados por la mañana a un ciclo de cine programado por el Dr. Arnaldo Rascovsky, cuyo eje temático era el "filicidio", es decir, la violencia contra los niños. Yo en rigor sólo iba a ver películas "prohibidas para menores" y no me quedaba para el cine-debate posterior (sólo recuerdo haberme quedado una vez, seguramente la primera). Yo accedía al ciclo por la amistad de mi madre, psicóloga, con el Dr Rascovsy. Entre las películas que vi ahí estaba Soplo al corazón de Louis Malle, sobre el incesto entre una madre y su hijo, nada menos. Blame it on Dr. Freud.

El ciclo de trasnoche era los viernes. El plato fuerte era un recital de rock de alguna banda under, seguido de una película "rockera" o perteneciente al universo de la "contracultura". En una época, íbamos con un amigo casi todos los viernes. Yo tendría 14-15 años, más o menos la misma edad de mi hijo, y me asombra pensar que andaba suelto por la ciudad toda la noche... ¡y sin celular! Alguna vez terminamos pasando la noche en una comisaría. También andaban sueltos por la misma ciudad los escuadrones de la muerte de la Triple A. En algunos meses más se vendría la noche oscura de la dictadura militar. Pero nosotros respirábamos un extraño aire de libertad y ausencia de todo temor que nunca volví a sentir. ¡La inocencia de la edad!

Nosotros en realidad íbamos al Kraft por las bandas, aún sin conocerlas siquiera de nombre. Recuerdo una, cuyo nombre esotérico rimaba con el clima psicoanalítico del lugar y la época: Ideas del yo. En aquella época no había internet, por supuesto, y tampoco era fácil para una banda editar un disco o siquiera grabar. Las escasas fuentes de información eran las revistas Pelo o Expreso Imaginario, algún dato escuchado en el Tren Fantasma, insólito programa de Radio Rivadavia que iba todas las noches a la medianoche (años después me enteré que el creador del programa, Daniel Morano, era hijo de uno de los dueños de la radio, lo cual explicaba la anomalía). Nada de rock en los diarios, por cierto, salvo alguna columna perdida de Miguel Grinberg que recuerdo haber encontrado, como un oasis en el desierto, en La opinión de Jacobo Timerman (que leían mis padres). Pero la principal fuente de data era, por supuesto, lo que se hablaba en la cola: rumores, por ejemplo, de una banda que tocaría la semana siguiente y que "viene a nivel zeppelin". Yo tenía un grabador portátil de cassettes y a veces grababa los recitales, simplemente para volver a escuchar (malamente) un tema porque eran casi todas bandas inéditas. ¡Dónde estarán esas cintas!

Me viene el recuerdo ahora de otra cola legendaria de aquellos tiempos, la que se armaba en el desaparecido cine Rex de la Avenida Cabildo para las funciones de trasnoche de Woodstock, que duraron años. La función largaba a la una de la mañana pero había que estar ahí una hora antes para asegurarse el lugar. La cola misma, ahora me doy cuenta, era parte esencial del programa. Igual que en el Kraft, tengo recuerdos más vivos de estar esperando la función que de la función misma. La copia se hallaba en condiciones bastante deplorables y al cabo del tiempo fue perdiendo trozos. El público se expresaba con gritos y abucheos ante los cortes más notorios. También se abucheaba a alguna de las bandas en la pantalla, como los Sha Na Na, un conjunto no suficientemente roquero por lo visto. Yo habré asistido al Rex tres o cuatro veces. En alguna ocasión llegué tarde, me dio tanta bronca no poder entrar y ya no tener nada que hacer esa noche que no volví más. Pero en la cola se hablaba con reverencia de ciertos individuos que no faltaban nunca. ¡Oh, aquellos destinos!

Two-Lane Blacktop pertenecía a una serie de road movies que vimos por esos días (o noches) que incluía Reto a muerte (aka Duel), la primera película de Steven Spielberg, y Carrera contra el destino (aka Vanishing Point), con guión de Guillermo Cabrera Infante, las tres devenidas títulos clásicos del género y, curiosamente, hechas el mismo año, 1971. He vuelto a ver Duel y Vanishing Point. Ambas comparten con Two-Lane Blacktop la misma dimensión metafísica, del absurdo sin explicaciones, de una amenaza misteriosa que pesa sobre los protagonistas, que uno ahora puede identificar como un mismo clima de época. Pero la película de Monte Hellman tiene algo mágico en su relato, una manera de resolver situaciones aparentemente anodinas con un dejo de suspense, permitiendo que se anude una trama donde sólo parece haber una deriva.

No viene a cuento dar aqui mayores detalles de la historia, salvo decir que se trata de dos muchachos tuercas que se lanzan por las rutas de América con su viejo Chevy tuneado, ganándose unos pesos en picadas por rutas secundarias o en las pistas abandonadas de un aerodromo. En un diner de la ruta se les acerca un joven pueblerino que les pregunta, con tono amenazante: ¿No serán ustedes hippies, no? La película termina en una última picada, donde se intuye que algo malo va a pasar, tal vez la muerte, pero tal vez nada, justamente, como comprobación de un vacío que nunca se va a colmar. La imagen pierde el sonido, se ralentiza hasta llegar casi al cuadro a cuadro. De pronto, en silencio, la imagen se detiene, como si se hubiera trabado el viejo proyector del cine Rex. El fotograma, inesperadamente, se quema (imágenes arriba). Un final extraordinario, una expresión de terror inédito, que sólo recordé anoche en el instante de estar viendo nuevamente la película. Two-Lane Blacktop evoca algo de la misma atmósfera de alienación y libertad de una novela de Kerouac. También la famosa serie fotográfica de Robert Frank, The Americans, donde se percibe la misma mirada de sospecha y hostilidad sobre el forastero que saca fotos de aquella América profunda. También me trajo, se ha visto, el recuerdo de aquellas trasnoches perdidas del Auditorio Kraft. Y un tufillo de aquellos aires de aventura nocturna y descubrimiento en Buenos Aires, con su propio trasfondo de nubarrones. Tal vez no sea más que la emoción de ese momento en que las cosas recién empiezan.

-Andrés Di Tella










lunes, 2 de enero de 2012

miércoles, 21 de diciembre de 2011

ducha (2)














































































Hacer clic en la primera imagen para pasar con el cursor "cuadro a cuadro" (en realidad, plano a plano) como una peliculita.