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miércoles, 4 de enero de 2012

cine de trasnoche





Anoche volví a ver, después de tantos años que son como una era geológica, la mítica road movie de Monte Hellman, Two-Lane Blacktop, que aqui se estrenó con el título Carrera sin fin (la traducción literal sería "carretera de doble mano" o algo así). Si no me falla la memoria, la vi en un ciclo alucinante de trasnoche que daban en el legendario Auditorio Kraft de la calle Florida, donde también vi tocar cierta vez a Astor Piazzola y donde asistí, casi de niño, algunos sábados por la mañana a un ciclo de cine programado por el Dr. Arnaldo Rascovsky, cuyo eje temático era el "filicidio", es decir, la violencia contra los niños. Yo en rigor sólo iba a ver películas "prohibidas para menores" y no me quedaba para el cine-debate posterior (sólo recuerdo haberme quedado una vez, seguramente la primera). Yo accedía al ciclo por la amistad de mi madre, psicóloga, con el Dr Rascovsy. Entre las películas que vi ahí estaba Soplo al corazón de Louis Malle, sobre el incesto entre una madre y su hijo, nada menos. Blame it on Dr. Freud.

El ciclo de trasnoche era los viernes. El plato fuerte era un recital de rock de alguna banda under, seguido de una película "rockera" o perteneciente al universo de la "contracultura". En una época, íbamos con un amigo casi todos los viernes. Yo tendría 14-15 años, más o menos la misma edad de mi hijo, y me asombra pensar que andaba suelto por la ciudad toda la noche... ¡y sin celular! Alguna vez terminamos pasando la noche en una comisaría. También andaban sueltos por la misma ciudad los escuadrones de la muerte de la Triple A. En algunos meses más se vendría la noche oscura de la dictadura militar. Pero nosotros respirábamos un extraño aire de libertad y ausencia de todo temor que nunca volví a sentir. ¡La inocencia de la edad!

Nosotros en realidad íbamos al Kraft por las bandas, aún sin conocerlas siquiera de nombre. Recuerdo una, cuyo nombre esotérico rimaba con el clima psicoanalítico del lugar y la época: Ideas del yo. En aquella época no había internet, por supuesto, y tampoco era fácil para una banda editar un disco o siquiera grabar. Las escasas fuentes de información eran las revistas Pelo o Expreso Imaginario, algún dato escuchado en el Tren Fantasma, insólito programa de Radio Rivadavia que iba todas las noches a la medianoche (años después me enteré que el creador del programa, Daniel Morano, era hijo de uno de los dueños de la radio, lo cual explicaba la anomalía). Nada de rock en los diarios, por cierto, salvo alguna columna perdida de Miguel Grinberg que recuerdo haber encontrado, como un oasis en el desierto, en La opinión de Jacobo Timerman (que leían mis padres). Pero la principal fuente de data era, por supuesto, lo que se hablaba en la cola: rumores, por ejemplo, de una banda que tocaría la semana siguiente y que "viene a nivel zeppelin". Yo tenía un grabador portátil de cassettes y a veces grababa los recitales, simplemente para volver a escuchar (malamente) un tema porque eran casi todas bandas inéditas. ¡Dónde estarán esas cintas!

Me viene el recuerdo ahora de otra cola legendaria de aquellos tiempos, la que se armaba en el desaparecido cine Rex de la Avenida Cabildo para las funciones de trasnoche de Woodstock, que duraron años. La función largaba a la una de la mañana pero había que estar ahí una hora antes para asegurarse el lugar. La cola misma, ahora me doy cuenta, era parte esencial del programa. Igual que en el Kraft, tengo recuerdos más vivos de estar esperando la función que de la función misma. La copia se hallaba en condiciones bastante deplorables y al cabo del tiempo fue perdiendo trozos. El público se expresaba con gritos y abucheos ante los cortes más notorios. También se abucheaba a alguna de las bandas en la pantalla, como los Sha Na Na, un conjunto no suficientemente roquero por lo visto. Yo habré asistido al Rex tres o cuatro veces. En alguna ocasión llegué tarde, me dio tanta bronca no poder entrar y ya no tener nada que hacer esa noche que no volví más. Pero en la cola se hablaba con reverencia de ciertos individuos que no faltaban nunca. ¡Oh, aquellos destinos!

Two-Lane Blacktop pertenecía a una serie de road movies que vimos por esos días (o noches) que incluía Reto a muerte (aka Duel), la primera película de Steven Spielberg, y Carrera contra el destino (aka Vanishing Point), con guión de Guillermo Cabrera Infante, las tres devenidas títulos clásicos del género y, curiosamente, hechas el mismo año, 1971. He vuelto a ver Duel y Vanishing Point. Ambas comparten con Two-Lane Blacktop la misma dimensión metafísica, del absurdo sin explicaciones, de una amenaza misteriosa que pesa sobre los protagonistas, que uno ahora puede identificar como un mismo clima de época. Pero la película de Monte Hellman tiene algo mágico en su relato, una manera de resolver situaciones aparentemente anodinas con un dejo de suspense, permitiendo que se anude una trama donde sólo parece haber una deriva.

No viene a cuento dar aqui mayores detalles de la historia, salvo decir que se trata de dos muchachos tuercas que se lanzan por las rutas de América con su viejo Chevy tuneado, ganándose unos pesos en picadas por rutas secundarias o en las pistas abandonadas de un aerodromo. En un diner de la ruta se les acerca un joven pueblerino que les pregunta, con tono amenazante: ¿No serán ustedes hippies, no? La película termina en una última picada, donde se intuye que algo malo va a pasar, tal vez la muerte, pero tal vez nada, justamente, como comprobación de un vacío que nunca se va a colmar. La imagen pierde el sonido, se ralentiza hasta llegar casi al cuadro a cuadro. De pronto, en silencio, la imagen se detiene, como si se hubiera trabado el viejo proyector del cine Rex. El fotograma, inesperadamente, se quema (imágenes arriba). Un final extraordinario, una expresión de terror inédito, que sólo recordé anoche en el instante de estar viendo nuevamente la película. Two-Lane Blacktop evoca algo de la misma atmósfera de alienación y libertad de una novela de Kerouac. También la famosa serie fotográfica de Robert Frank, The Americans, donde se percibe la misma mirada de sospecha y hostilidad sobre el forastero que saca fotos de aquella América profunda. También me trajo, se ha visto, el recuerdo de aquellas trasnoches perdidas del Auditorio Kraft. Y un tufillo de aquellos aires de aventura nocturna y descubrimiento en Buenos Aires, con su propio trasfondo de nubarrones. Tal vez no sea más que la emoción de ese momento en que las cosas recién empiezan.

-Andrés Di Tella










jueves, 26 de agosto de 2010

una cruza


La semana pasada murió Hugo Guerrero Martinheitz, el legendario locutor radial, aka El Peruano Parlanchín. Durante mucho tiempo, yo fui un fiel "radioescucha", como nos denominaba Martinheitz (siempre preferí la radio a la tele). Martinheitz tenía un criterio muy ecléctico para pasar música, siempre rigurosamente fuera de moda, es decir, sacrificando la payola de las novedades discográficas. Entre una canción de Tony Bennett y otra de Paco Ibáñez, elaboraba largos soliloquios (de ahí su apodo) en los que, a menudo, perdía él mismo la hilación de lo que estaba diciendo, sin por eso dejar ni un minuto de hipnotizar a los oyentes, con aquella entrañable cadencia peruana (una vez lo conocí en persona y descubrí que su modo de hablar, tan arquetípico, era una exageración o, mejor dicho, una actuación). De pronto, se interrumpía con unos efectos sonoros muy caseros, como si tuviera un detector de oyentes: "TRAC TRAC... alguien más clavó la sintonía en El Show del Minuto por Radio Splendid..." O empezaba a sonar un teléfono que nadie atendía. Siempre me quedó la duda si se trataba de llamadas reales o no. En todo caso, daba la sensación de que estaba en un estudio improvisado en su propia casa, sin técnicos, él mismo su propio operador. Así me lo imaginaba. Martinheitz también leía cuentos, como nadie. Tengo un recuerdo lejano pero muy nítido de haber escuchado Una cruza de Franz Kafka, en su voz. Otra vez, años después, iba manejando y tuve que estacionar un rato para seguir escuchando hasta el final el cuento que estaba leyendo (El guardagujas de Juan José Arreola, lo recuerdo). Quise hacerle una especie de homenaje en mi película Fotografías. Escribí una escena en la que recordaba aquella lectura de Una cruza. Pero, como suele pasar con tantas ideas, quedó en el tintero y no la llegué a filmar. Qué pena. Ahora que ya no está entre nosotros, lo evoco trascribiendo aquella escena "inédita".
-Andrés Di Tella



TITULO

Sobre fondo negro: R DE RAZA

DETALLES DE APARATO DE RADIO

Parlante de aparato de radio de los 70. Se oye la voz del relator Hugo Guerrero Martinheitz leyendo un relato de Kafka, “La cruza”. Ahora vemos a Guerrero Martinheitz, una mezcla de razas latinoamericanas pugnando en su rostro y su acento argentino-peruano.

Guerrero Martinheitz:
Tengo un animal singular, mitad gatito, mitad cordero. Lo heredé con una de las propiedades de mi padre. Sin embargo, sólo se desarrolló en mi tiempo, pues antes tenía más de cordero que de gatito. Ahora participa de ambas naturalezas por igual. Del gato, la cabeza y las uñas; del cordero, el tamaño y la figura; de ambos, los ojos, salvajes y encendidos…

Voz de Andrés off:
Una vez escuché en la radio un cuento de Kafka, “Una cruza”. El final me pareció terrorífico, casi un vaticinio que debía tomar personalmente: “Tal vez el cuchillo del carnicero fuese una liberación para este animal, pero como lo he recibido en herencia debo negárselo. Por eso tendrá que esperar a que el aliento le falte de por sí, a pesar de que, a veces, me mire con ojos humanos, inteligentes, que incitan a obrar inteligentemente.”

EXT DIA CALLE LONDRES

Un inglés de mediana edad, entrevistado por la calle, expresa su odio a los inmigrantes negros o chinos o paquistaníes o hindúes.

INT DIA DEPTO DE ANDRES

Primer plano de Andrés mirando a cámara, o mejor dicho, exponiendo su rostro para ser observado.

Después, lo vemos revisando las hojas de un antiguo volumen de tapas verdes, denominado “Razas del mundo”.

DETALLES DE GRAFICA

Desfilan imágenes de rostros de diversos orígenes étnicos, tanto en fotografías como en dibujos e ilustraciones varias provenientes del libro.

Voz de Andrés off:
Desde chico, siempre tuve un interés malsano por la fisionomía y los tipos étnicos. Secretamente, evaluaba cada cara que veía para deducir su origen étnico. Me interesaban particularmente las personas que no me resultaba fácil identificar. En algún momento empezé a pensar por qué tipos podría pasar yo: Griego. Turco tal vez. O brasilero. Persa. Siciliano… En Inglaterra, una vez fui a una fiesta de disfraces disfrazado de “griego antiguo”, con una sábana. Todos creyeron que iba de Mahatma Gandhi.


sábado, 3 de abril de 2010

Las calles de Colegiales

Ayer por la tarde, caminata por Colegiales. Veníamos charlando, seguimos caminando un rato en silencio.