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sábado, 11 de julio de 2009

Melón


   Buenos Aires, 2 de julio 1921

  Mi querida Delia
  Hemos recibido esta mañana tu carta y hemos sentido no podernos comunicar contigo de una manera más directa. El esfuerzo que nos pides para comprender tu sentir lo hacemos. Por el momento, yo no veo sino tu inquietud y algo así como una exaltación traída por las circunsancias actuales. No sé en qué te puedo ser útil, pero sí puedo serlo en afecto.
  Desearía que esta fuera una mano muy grande en que la agitación de la tuya pudiera descansar.
  No tengas temor de turbar nuestra vida con tu dolor. Pedir algo a una amistad es mostrar la fe que se tiene en ella y, por lo tanto, darle el mejor de los placeres. Creo que al respecto hay mucho dicho entre nosotros y huelgan repeticiones.
  Si tienes fe en tu tranquilidad, como nos dices, puedes apoyarte también en la nuestra.
  Y ahora, ¿qué programa material tienes? ¿Cuándo vuelves a Bs. As. para verte? Propuesta y respuesta de conversación es más práctico en estos casos que las cartas.
  Otra vez te ofrezco el melón de mi amistad, corta una tajada según tu apetito.
  Gran abrazo.

  Ricardo

Carta de Ricardo Güiraldes a su cuñada Delia del Carril (hermana de Adelina), cuyo matrimonio con Adán Diehl atravesaba por entonces una seria crisis. "Yo me hallaba en París, en estado inane," contó Delia años después. "Por suerte, un día llegó a verme Ricardo Güiraldes, mi cuñado. Comprendió cuán mal estaba, me tomó de un brazo y me dijo: Tú te vas conmigo. No hice amago de réplica. Me dejé llevar".

Debo este hallazgo a Juan Sebastián Morgado, con quien tuve hace poco un interesante intercambio. Morgado ahora me hace llegar este link al libro Hormiga pinta caballos, biografía de Delia del Carril publicada recientemente por la escritora chilena Virginia Vidal.

foto: Delia del Carril, en sus últimos años (murió a los 105 años de edad, en 1989), contempla fotografías de Pablo Neruda, con quien vivió de 1934 a 1954.

martes, 23 de junio de 2009

Correspondencia 5

A propósito de la correspondencia --cartas y fotografías-- mantenida en estos días con Juan Sebastián Morgado, salió al ruedo José Rivarola y me envió, desde Ibiza, un fragmento de su libro-en-proceso Madame mamita, que (entre otras cosas) narra la historia de Adelina del Carril, viuda de Ricardo Güiraldes. Tras la muerte del escritor, Adelina viajó a la India, "en busca del alma de Ricardo". Al cabo de 13 años pasados en Bangalore, Adelina volvió a la Argentina. Terminó viviendo, con su hijo adoptivo hindú Ramachandra, en un ashram de Bella Vista: el mismo donde fue criado Juan Sebastián. Allí, tras los pasos de Adelina del Carril --llamada por todos Mamita-- fue Rivarola.

por José Rivarola

El swami Pareshananda me presentó a Eva y Edith – Aquí tiene usted dos viejas – dijo– con las que puede hablar de Mamita, ellas la conocieron muy bien.

Nos sentamos aparte en una mesa redonda al sol del jardín. Las dos señoras rondarían los ochenta años, sus ojos sonreían entre pliegues profundos de rostros salpicados de pecas, las dos con papadas como telas colgantes.
Edith dijo que Adelina tenía un impresionante sentido del humor, que hacía reír a todo el mundo con sus ocurrencias.
−Y encima era muy boca sucia – dijo Eva
−Uy, uy uy, madre mía –dijo Edith.
−A veces – dijo Eva − el pobre swami Vijoyananda que no dominaba esa parte del castellano, en pleno satsan decía por ejemplo, los que no quieren enfrentarse consigo mismo son unos cagones y la gente se largaba a reír y él no se daba cuenta que estaba diciendo malas palabras por copiar a Adelina, entonces después, el swami, ante la duda decía, como dice Mamita, ¿te acordás Edith cuando el swami dijo pelotudos?
−Uy sí –dijo Edith− en plena conferencia Vijoyananda dijo, los que actúan de esta manera, como dice Mamita, son unos pelotudos, y Adelina estaba en primera fila roja de vergüenza.
Les pregunté por Ramu.
− ¡El chico ese! – Eva abrió los ojos de alarma – un hiper malcriado, no hacía nada, no quería que nadie le diga nada, y si Adelina le decía por ejemplo, tenés que estudiar, él contestaba no tengo ganas, y no se calentaba por nada, se pasaba todo el tiempo andando por el jardín y tocando la flauta.
− ¿Y tocaba bien la flauta?
(Eva me miró con impaciencia) ¡Cómo querés que me acuerde querido si tocaba bien o cómo tocaba! ¡por favor! Lo que si me acuerdo es lo irrespetuoso que era con el swami, le discutía todo, en plena conferencia, ¿podés creer?
−Te ponía los nervios de punta – dijo Edith.

−El swami y Mamita se tenían mucha confianza – dijo Eva − ella le llamaba dadito, que significa hermano, y él le decía vieja “Vieja, estas criando un vago” y cuando discutían así por el Ramu, ella a veces se levantaba de la mesa y decía “merde alour », y el swami se tronchaba de risa.
−Era una mujer que no tenía ninguna inhibición – dijo Edith – te decía lo que le venía a la cabeza con una espontaneidad ¡impresionante!

Eva se inclinó en la mesa en actitud de secreto;
−Ella... era de alta clase, ¿sabés?, era una nena bien, y coqueta a reventar, una persona de la familia nos contó que antes de ir a la India se llevó por lo menos como seis baúles de ropa de París.
−Y cien bombachas de seda – dijo Edith – el mucamo tenía que planchar las bombachas, hasta que se hartó y abandonó la mansión de los del Carril diciendo no me gusta la mecánica de esta casa.
−Fijáte vos – dijo Eva

− ¡Che, vieja! – dijo Edith posando la mano en la mano de Eva. Las dos tenían manitas manchadas de pecas con cartílagos salientes − ¡Que va a decir este chico! La estamos dejando tan mal a la pobre Adelina, también hay que hablar de las cosas buenas.
−Y... –exclamó Eva como buscando algo en el techo− Adelina nos dio un regalo ¡hermoso!, la traducción del evangelio de Ramakrishna, se puso a trabajar en esa obra, y no tuvo descanso hasta terminarla.
−Era encantadora – dijo Edith – fuera de esas “cositas” que hemos hablado, era un placer encontrarla, con esos ojos tan vivos y despiertos que tenía.
−Bueno – dijo Eva − no por nada era una hermana mayor en este ashrram, y bueno, el marido que tuvo fue ejemplar.
Y así dispararon varias flores a favor de Mamita hasta que llegó la hora de pasar a una sala contigua donde le swami iba a dar la plática.

Me senté en las ultimas sillas, y el swami leyó el libro de algún discípulo de Ramakrishna, cuyo nombre no escuché, tal vez por estar pensando en estas dos mujeres que tendrían veinte años cuando Mamita, mayor que ellas, estaba en el ashrram con su niño indio siguiéndole detrás. Las vi chimentando en esos tiempos, y la vi a Mamita hablando con el swami Vijoyananda del que me puedo hacer una idea por su foto; un tipo más bajo que este swami Pareshananda, y un poco más gordo, allí en la puerta riendo y hablando con Mamita.

El swami Pareshananda leía un párrafo con mucha dificultad porque lo estaba traduciendo del inglés, y lo comentaba con la audiencia. Una parte de la charla me impactó, el swami tradujo la lectura diciendo que el cuerpo era en realidad, un saco de mierda con huesos. Y esto le gustó al swami, hubo algunas risitas, el swami insistió y repitió más veces que ese era el mal, lo que nosotros tanto admirábamos y por lo que tanto nos preocupábamos no era otra cosa que un estúpido saco de mierda con huesos.

En otra ocasión hubiese levantado la mano interrumpiendo la cosa sin importarme y le hubiese dicho que gracias a ese saco de mierda con huesos el Buda pudo sentarse y respirar bajo la higuera, y Ramakrishna pudo inspirar lo que inspiró y gracias a ese saco de mierda con huesos Vivekananda pudo ir a Estado Unidos y abrir las puerta de esta filosofía genial, y gracias al saco de mierda con huesos esta gente está aquí escuchando a usted que tampoco podría leer eso si no fuese a ese saco de mierda con huesos.

Pero en esta ocasión me quedé callado porque no quería otra bronca del monje, y mucho menos que me venga Rama furioso a decirme que soy un irrespetuoso, que por otro lado, sí, lo soy, y es lamentable.


fotos: 1. Adelina del Carril (en lo alto); 2. El ashrama de Bella Vista (arriba).


domingo, 21 de junio de 2009

Correspondencia 3


Todos los domingos los devotos se reunían en el Ashrama. Venían unas 30 personas, incluídos mis padres y yo. Se tomaba el té con masas, luego el Swami hablaba durante aproximadamente una hora, y por último los concurrentes hacían preguntas. Mi padre tomaba nota de las conferencias y luego las pasaba a máquina. Mientras fui un niño, me dejaban retozar en el parque; desde los 7 u 8 años, tenía que quedarme escuchando las clases.  Mi padre encuadernó varios tomos, desde 1946 hasta que el Swami falleció en 1973. Los siguientes textos se refieren a Adelina y están en el tomo 2.
-Juan Sebastián Morgado

Conferencia (las llamaba ¨clases¨) de Vijoyananda del domingo 5 de noviembre de 1950:
… Luego se conversó de otros temas, y por último el Swami relató lo que ocurría en ciertas reuniones de llamados intelectuales que acostumbraban reunirse en la casa de la Sra. Adelina Güiraldes y su hermano Carlos, y a algunas de las cuáles fue invitado. Se reunía aquella gente para el té, pero se quedaban hasta después de la cena, a menudo hasta la media noche. Bebían whisky en abundancia y hablaban de cualquier cosa. Dijo el Swami:
—Un día tuve que decirle a la dueña de casa: ¨Adelina, ¿por qué, en lugar de tirar tu dinero en esas reuniones de vagos no me lo das a mí? Yo le voy a dar mejor uso¨—
El hermano Carlos comentaba:
—Claro, la gente buena, la gente que tiene ocupaciones, y se citan para cierta hora, pasada la misma se levantan porque tienen que hacer. Pero estos vagos no se atreven a levantarse, porque, ¿dónde van a ir?—

Hacer clic en la imagen para ampliar.


sábado, 20 de junio de 2009

Correspondencia 2

Fotografías del archivo de Juan Sebastián Morgado:

Hola Andrés:
Cuando mi padre falleció en El Bolsón en 1997, traje para Buenos Aires el material que él había escrito, libros, decenas de cintas grabadas con conferencias de Swamis... en fin, muestras de toda una vida dedicada a la vedanta. Habiéndome apartado de esa religión desde los 20 años, me interesó leer especialmente todo lo que hubiera sobre Adelina. Por eso puedo mandarte este material. Por supuesto, queda a tu criterio publicar lo que creas conveniente; lo que quede afuera podrá ser para otra oportunidad, ya estoy seguro que hay más datos interesantes.
Chau
Juan


Mis padres en Atlántida, Uruguay, marzo 1947. Me llevaron allí siendo bebé.

Dedicatoria de mi padre a mi madre en un libro sobre Beethoven, presumiblemente cuando se ponen de novios.

Uno de varios scans de los diarios de las dos primeras semanas de octubre de 1945, con las noticias sobre los acontecimientos en las universidades, detención de estudiantes, etc.

Libreta de Enrolamiento de mi padre, obtenida en 1949 por nacionalización.

Cuadro de Arnolfo Testi, de cuando yo tenía aproximadamente seis años.

Mis padres y yo en el Ashrama, aproximadamente 1957.

Edgardo Lema y yo en el Ashrama, aproximadamente 1957 (Edgardo es hijo de un matrimonio que también concurría los domingos).

Templo del Ashrama, aproximadamente en 1971. Tanto las esculturas como los cuadros son de Arnolfo Testi.

Grupo del Ashrama de 1971. Algunos vivían en la misión, otros concurrían los domingos. De izquierda a derecha: Mónica "La Condesa", ¿?, Vijoyananda, Celia, María Elena "La Gallega", ¿?, y mi padre. Con "¿?" indico a dos aspirantes brasileños. Mónica y María Elena eran las "amas de casa".

Vijoyananda en el pasillo de entrada a la casa, aproximadamente 1970.

Mi padre y una vecina, El Bolsón, aproximadamente 1993.

Regalo de las Obras Completas de Güiraldes que me hizo Adelina del Carril en 1963, firmándome el ejemplar.

Carta de Vijoyananda a mi padre, 1946.

Carta de Vijoyananda a mí, 1953.

Conferencia de Vijoyananda en el Ashrama de Bella Vista, transcriptas a máquina por mi padre, en las que se menciona a Adelina del Carril.

Hacer clic en las fotos para ampliar.

miércoles, 25 de febrero de 2009

"Diario en que toda literatura esté ausente"

La editorial Paradiso acaba de publicar “Diario. Cuaderno de disciplinas espirituales”, de Ricardo Güiraldes. Un texto hasta ahora inédito, en el que el autor de “Don Segundo Sombra” se había prometido escribir, consignando todo para sí mismo, excluyendo la potencialidad de un lector, yendo y viniendo del autocontrol y la soledad al ruido de la vida, y consignando malestares físicos, emocionales, datos objetivos y presunciones indemostrables. Un libro que permite reubicar a Güiraldes en el sitio que le pertenece: entre los más refinados escritores argentinos.

Por Guillermo Saavedra

Cristalizado en la consagración póstuma de un libro admirable, la condena de ser siempre citado sin ser realmente leído, Ricardo Güiraldes (1886-1927) fue bastante más que el autor de una apología idealizada del gaucho. Luego de frustrar las expectativas de una familia de pro, fracasando en las carreras de Arquitectura y Derecho, y tras la previsible estadía parisina arrojando al techo la manteca de vacas propias y ajenas, Güiraldes se encontró con la escritura. El espíritu sopla donde quiere y, en su caso, con singular felicidad, ya que Güiraldes fue uno de los vectores de la mejor literatura argentina en una época en que ésta no fue precisamente escasa.

Ya en El cencerro de cristal (1915), su primer libro, alterna el verso y la prosa fraseándolos con una voz personal que alumbra más de una audacia luminosa e inspirada, como el poema Luna, antecedente de los desplantes antilíricos del ultraísmo martinfierrista.

En las ficciones de Cuentos de muerte y de sangre, también de 1915, ensaya un realismo contenido que, en sus muchos buenos momentos, se aleja del morbo naturalista que parece anunciar su título, y se tempera con inflexiones de cuño modernista: marca un camino que no desdeña los aspectos más desagradables de la existencia pero tampoco olvida la aspiración poética de un sintagma redondo y necesario.

Es que Güiraldes, en tanto escritor, vivió para la frase, como si en la respiración de ese período se cifrara el secreto de la literatura. Y ya en esos libros se adivina en ella la busca de un arco alzado en un equilibrio de tensiones: la oralidad y la escritura, lo culto y lo popular, lo épico y lo lírico, lo íntimo y lo público, las huellas de la autobiografía titilando en el agua de la ficción pura. Ese arco, que también podría definirse en Güiraldes como la tarea funambulesca de caminar entre la tradición y la vanguardia, se fue haciendo cada vez más aéreo y depurado, con interrupciones y desvíos que marcaron sus preocupaciones, tropiezos y desengaños, en las novelas Raucho (1917), Rosaura (1922), Xaimaca (1923) y Don Segundo Sombra (1926) y, entre otras publicaciones, en los póstumos Poemas místicos y Poemas solitarios, conocidos en 1928.

Ese movimiento pendular negociando entre extremos tuvo también un correlato topográfico en las constantes idas y venidas de Güiraldes: de Buenos Aires al mundo y viceversa; y, más aún, en la sístole y diástole entre el cosmopolitismo de La Gran Aldea, excitada por las visitas internacionales convocadas por su infatigable amiga Victoria Ocampo, y la intensidad bucólica de la estancia familiar en San Antonio de Areco, La Porteña.

Tal condición bifronte no le resultó gratuita. Güiraldes se coció como todo mortal en la salsa amarga de su contemporaneidad; y en ella fue subestimado o incomprendido, más apreciado como patricio generoso –cofundador de Proa y promotor de jóvenes valores tan disímiles como Borges y Arlt (a quien regaló el magnífico título El juguete rabioso)– que como autor. Tal como le ocurriría al propio Borges unas décadas más tarde, debió esperar el reconocimiento de la divina Francia. Sólo que en su caso llegó demasiado tarde.

Hoy el lector puede acceder al testimonio conmovedor de un momento preciso de ese derrotero. Se trata de un diario de Güiraldes que acaba de publicar Paradiso, en una bella edición curada por Cecilia Smyth y Guillermo Gasió, que incluye un facsímil del original y un esclarecedor prólogo de María Gabriela Mizraje y contó con el apoyo del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires.

Fue escrito entre marzo de 1923 y septiembre de 1924 para servir a Güiraldes de registro de su trabajo, no sólo en la escritura sino sobre sí mismo, sobre su cuerpo enfermo y su conciencia al filo del estupor.

El texto es realmente notable. Ante todo, porque resulta un precioso envés del contexto biográfico del escritor: allí están las minucias de su cotidianidad fluctuante entre la estancia y Buenos Aires, pero también el registro de sus escritos (en el lapso abarcado por el diario, Güiraldes termina y publica Xaimaca y comienza a escribir Don Segundo Sombra), sus trabajos con la pintura y el dibujo, la gestación y salida de la revista Proa, sus encuentros con artistas e intelectuales, su creciente inclinación teórica y práctica hacia el budismo.

Pero lo que verdaderamente conmueve de este manuscrito hasta ahora inédito es la economía radical de su escritura, anunciada en un escueto avant-propos: “Diario en que toda literatura esté ausente”, se promete y se cumple Güiraldes a lo largo de casi todas sus entradas. El reflexivo no es superfluo: se promete escribir, consignar para sí mismo, excluyendo la potencialidad de un lector. Y el resultado es infrecuente, algo que por momentos se reduce a la enumeración descarnada de prácticas diarias vinculadas a lo que Foucault hubiera llamado “el cuidado de sí”. Aunque en Güiraldes las mejoras de cuerpo y espíritu no se buscan en un retorno a los clásicos de Occidente sino en una mixtura muy argentina de prescripciones de medicina alopática y ejercicios tomados de las lecturas del budismo y la teosofía, a las que Güiraldes había accedido durante su último viaje a Europa.

La elección de la escritura es totalmente funcional a su propósito: oraciones desprovistas de verbos conjugados en voz activa y muchas veces reducidas a predicados no verbales imponen al conjunto esa vocación de austeridad que hace reinar al participio pasado pasivo y evita el sujeto: “Levantado a eso de las diez. Baño tibio. Afeitado en el Jockey. Almorzado con Carlos”. “Leído un poco de Hatha Yoga”. Como si él mismo fuera un agente fantasma o, más aún, el objeto de esas acciones: “Pintado en el estudio del ombú. Chocolate por Adelina, sobre el pasto”. Por eso, cuando aparece un verbo conjugado, suena como un pistoletazo verbal, como si el sujeto replegado en sus pesquisas se reencontrara de golpe en una epifanía: “Concentración en el banco de las magnolias. Estoy como demasiado despierto a las cosas”.

Güiraldes no buscaba entonces convertirse en un monje ni recluirse en un ashram. A lo sumo, y no es poca cosa, sumergirse en el agua turbia de la contemplación para emerger renovado. Va y viene del autocontrol y la soledad al ruido de la vida. Consigna malestares físicos y emocionales, dudas y certezas, datos objetivos y presunciones indemostrables, actos triviales y propósitos elevados. Atraído por los preceptos de diversas disciplinas orientales persigue, en sus ejercicios físicos y espirituales, un cambio profundo en la respiración que su diario refleja como una forma inusitada de la verdad. Busca y entona su propio grado cero de la escritura, aquella que, como decía Barthes, “es el último episodio de una Pasión de la escritura que sigue paso a paso el desgarramiento de una conciencia burguesa”.

Vale la pena tomar contacto con esta encarnación por parte de Güiraldes de ese episodio del que, tal vez, la literatura aún no ha salido del todo.

Publicado originalmente en Perfil.


jueves, 29 de enero de 2009

La hermana de Güiraldes y el canillita

por José Rivarola

Hola Andrés: Estos días pasados en Ibiza eran para que vengas corriendo con la cámara, las olas tapaban islas de más de 15 metros y el viento estiraba los árboles y era poético y a la vez te hacía pensar en el fin del mundo y esas cosas reconfortantes cuando se supone que si explota esta pera nos vamos todos de un saque y a otra cosa mariposa. De todos modos sé que en algún momento vas a venir, con o sin cámara, pero estaría bueno verte de nuevo con la digital con cuidado de que el sol tan fuerte del mediterráneo no te arruine las tomas. Aquí te envío otro fragmento de la impredecible Madame Mamita donde figura el dialogo y el comentario que con Rama tuvimos sobre Lolita (hermana de Ricardo Güiraldes) y la anécdota del encuentro de sus hijos con Antín. Hay un cambio curioso en Rama que se refleja en sus protestas. La secuencia (hablo en términos cinematográficos) empieza con mis comentarios sobre Rosaura, la novela rosa que Guiraldes se mandó como regalo a Lolita ya que su padre le censuraba las otras novelas por tener un alto grado de erotismo. (¡Mama mía!)
fuerte abrazo
José


Fragmento de Madame Mamita

Hay un sarpullido de adjetivos empalagosos, cuesta leerla en estos tiempos, pero uno debe ir hacia 1914 y meterse en el sentir de un joven romántico, aunque ya tenía suficiente madurez después de todo lo que trajinó por Europa y Asia, para escribir estas cosas. Pero bueno, no juzgar, no era para mí, era para su querida hermanita, y la pobre Lolita habrá llorado piscinas. Años después, Lolita se casó con un personaje de la Aeronáutica argentina, Vicente Almandos Almonacid, un piloto fuera de serie que en 1913 se enrola en la Legión Extranjera y más tarde se convierte en un héroe de la guerra del 14, ascendiendo a sargento de la Aeronáutica, condecorado por sus hazañas en el combate con monoplanos. Muchos años después ofrece sus servicios de piloto de guerra al Paraguay en la guerra del Chaco, y era tal su fama que, según cuentan, los paraguayos lo recibieron como el mesías. Almonacid fue compañero de vuelo de Roland Garros, de Jean Mermóz, y de Antoine Saint Exupery.

Tuvo con Lolita cuatro hijos, Esmeralda, Vicente, María y Ricardo. Cuando apenas la mayor de los hijos tenía siete años, Lolita se fugó con su amante, un vendedor de diarios, lo que en Argentina llaman “un canillita”.
−¡Se fue con el canillita! – Rama al contármelo abrió sus ojos de pájaro escandalizado.
−Qué bueno.
− ¡Cómo qué bueno! ¡Fatal! Una vergüenza para toda la familia.
Por unos instantes Ramachandra Gowda fue Ramu Güiraldes, y señaló el escándalo con dedo de barrio norte.
−Pero Rama, esa mujer era una romántica, imagínate lo aburrida que tendría que estar, y lo que le ofrecía el canillita, ¿te das cuenta?
− ¡No! ¡No me doy cuenta de nada! No sabés cómo lo hundió a su padre, no te das una idea del daño que hizo al pobre Tatita con esa barbaridad. ¡Lo destrozó! Hay que pensar en los demás y no tanto en uno mismo.
−Cuando hay amor no se piensa en nadie.
−Ese no es amor, es attachment (levantó ahora el dedo de brahmin).

No dije nada. Lolita tenía palpable el mismo corazón que cuando leyó Rosaura, y le habrá quedado la imagen de la pobre chica de pueblo triturada por la locomotora del tren donde iba el rico viajante coqueteando con su nueva novia. Entonces, después de años y seguramente después de varias lecturas de Rosaura que su hermano le dejó como Biblia, comprendió que su destino era ese hombre que vendía los diarios en la esquina, y ¡qué ovarios! Hay que conocer esa sociedad para tener una ligera idea de lo que enfrentó esta mujer. Lo que nunca hubiese imaginado es que Rama, “el intruso”, reaccionaría como un rancio.

Habría que pensar en los mitos, ver esta historia en los mitos asiáticos y griegos. La historia de la niña rica que se va con el hombre pobre está marcada en las estrellas y se repite en todos los países, en todas las épocas, hasta en los culebrones mejicanos, y también venezolanos. Pero la vida en sus vueltas de espiral da encuentros mágicos que ya tiene preparados, porque no puede ser casualidad lo que me contó Rama esa noche que discutimos el affaire de Lolita.

−Pero mirá las vueltas que da la vida y como el universo se ríe componiendo las cosas. Y una vez mi hijo Marcos y Amaranath, mi sobrino el hijo de Kiti, andaban viajando por el sur y en Puerto Madryn se metieron en un hotel, se registraron con el nombre de Gowda y cuando estaban comiendo en el restaurante viene el dueño del hotel , un viejo de pelo blanco y arrugas por toda la cara, y les pregunta, ¿ustedes que son de Ramachandra?, ¡Hijo! exclama asombrado Marcos. Yo soy Antín y mi esposa era la hermana de Ricardo Güiraldes.

No te das una idea, fue como si los iluminara un relámpago, y ahí mismo en el restaurante se armó todo un revuelo de lo más familiar, salieron los hijos, destaparon vinos, el viejo sacó un champán y en el medio de la mesa los hijos se sintieron primos y por ahí andaba el Ricardo Antín que había sido esposo de Esperanza.
−Ya era hora que dejaran de llamarle el canillita y darle su verdadero nombre.
−Hay un montón de cosas que no entendés –me dijo con gesto enojado.

foto: Ramachandra Gowda en su cabaña de Epuyén, trabajando interminablemente en su edición (inconclusa) de los papeles inéditos de Ricardo Güiraldes.