
A propósito de la correspondencia --cartas y fotografías-- mantenida en estos días con Juan Sebastián Morgado, salió al ruedo José Rivarola y me envió, desde Ibiza, un fragmento de su libro-en-proceso Madame mamita, que (entre otras cosas) narra la historia de Adelina del Carril, viuda de Ricardo Güiraldes. Tras la muerte del escritor, Adelina viajó a la India, "en busca del alma de Ricardo". Al cabo de 13 años pasados en Bangalore, Adelina volvió a la Argentina. Terminó viviendo, con su hijo adoptivo hindú Ramachandra, en un ashram de Bella Vista: el mismo donde fue criado Juan Sebastián. Allí, tras los pasos de Adelina del Carril --llamada por todos Mamita-- fue Rivarola.
por José Rivarola
Nos sentamos aparte en una mesa redonda al sol del jardín. Las dos señoras rondarían los ochenta años, sus ojos sonreían entre pliegues profundos de rostros salpicados de pecas, las dos con papadas como telas colgantes.
Edith dijo que Adelina tenía un impresionante sentido del humor, que hacía reír a todo el mundo con sus ocurrencias.
−Y encima era muy boca sucia – dijo Eva
−Uy, uy uy, madre mía –dijo Edith.
−A veces – dijo Eva − el pobre swami Vijoyananda que no dominaba esa parte del castellano, en pleno satsan decía por ejemplo, los que no quieren enfrentarse consigo mismo son unos cagones y la gente se largaba a reír y él no se daba cuenta que estaba diciendo malas palabras por copiar a Adelina, entonces después, el swami, ante la duda decía, como dice Mamita, ¿te acordás Edith cuando el swami dijo pelotudos?
−Uy sí –dijo Edith− en plena conferencia Vijoyananda dijo, los que actúan de esta manera, como dice Mamita, son unos pelotudos, y Adelina estaba en primera fila roja de vergüenza.
Les pregunté por Ramu.
− ¡El chico ese! – Eva abrió los ojos de alarma – un hiper malcriado, no hacía nada, no quería que nadie le diga nada, y si Adelina le decía por ejemplo, tenés que estudiar, él contestaba no tengo ganas, y no se calentaba por nada, se pasaba todo el tiempo andando por el jardín y tocando la flauta.
− ¿Y tocaba bien la flauta?
(Eva me miró con impaciencia) ¡Cómo querés que me acuerde querido si tocaba bien o cómo tocaba! ¡por favor! Lo que si me acuerdo es lo irrespetuoso que era con el swami, le discutía todo, en plena conferencia, ¿podés creer?
−Te ponía los nervios de punta – dijo Edith.
−El swami y Mamita se tenían mucha confianza – dijo Eva − ella le llamaba dadito, que significa hermano, y él le decía vieja “Vieja, estas criando un vago” y cuando discutían así por el Ramu, ella a veces se levantaba de la mesa y decía “merde alour », y el swami se tronchaba de risa.
−Era una mujer que no tenía ninguna inhibición – dijo Edith – te decía lo que le venía a la cabeza con una espontaneidad ¡impresionante!
Eva se inclinó en la mesa en actitud de secreto;
−Ella... era de alta clase, ¿sabés?, era una nena bien, y coqueta a reventar, una persona de la familia nos contó que antes de ir a la India se llevó por lo menos como seis baúles de ropa de París.
−Y cien bombachas de seda – dijo Edith – el mucamo tenía que planchar las bombachas, hasta que se hartó y abandonó la mansión de los del Carril diciendo no me gusta la mecánica de esta casa.
−Fijáte vos – dijo Eva
− ¡Che, vieja! – dijo Edith posando la mano en la mano de Eva. Las dos tenían manitas manchadas de pecas con cartílagos salientes − ¡Que va a decir este chico! La estamos dejando tan mal a la pobre Adelina, también hay que hablar de las cosas buenas.
−Y... –exclamó Eva como buscando algo en el techo− Adelina nos dio un regalo ¡hermoso!, la traducción del evangelio de Ramakrishna, se puso a trabajar en esa obra, y no tuvo descanso hasta terminarla.
−Era encantadora – dijo Edith – fuera de esas “cositas” que hemos hablado, era un placer encontrarla, con esos ojos tan vivos y despiertos que tenía.
−Bueno – dijo Eva − no por nada era una hermana mayor en este ashrram, y bueno, el marido que tuvo fue ejemplar.
Y así dispararon varias flores a favor de Mamita hasta que llegó la hora de pasar a una sala contigua donde le swami iba a dar la plática.
Me senté en las ultimas sillas, y el swami leyó el libro de algún discípulo de Ramakrishna, cuyo nombre no escuché, tal vez por estar pensando en estas dos mujeres que tendrían veinte años cuando Mamita, mayor que ellas, estaba en el ashrram con su niño indio siguiéndole detrás. Las vi chimentando en esos tiempos, y la vi a Mamita hablando con el swami Vijoyananda del que me puedo hacer una idea por su foto; un tipo más bajo que este swami Pareshananda, y un poco más gordo, allí en la puerta riendo y hablando con Mamita.
El swami Pareshananda leía un párrafo con mucha dificultad porque lo estaba traduciendo del inglés, y lo comentaba con la audiencia. Una parte de la charla me impactó, el swami tradujo la lectura diciendo que el cuerpo era en realidad, un saco de mierda con huesos. Y esto le gustó al swami, hubo algunas risitas, el swami insistió y repitió más veces que ese era el mal, lo que nosotros tanto admirábamos y por lo que tanto nos preocupábamos no era otra cosa que un estúpido saco de mierda con huesos.
En otra ocasión hubiese levantado la mano interrumpiendo la cosa sin importarme y le hubiese dicho que gracias a ese saco de mierda con huesos el Buda pudo sentarse y respirar bajo la higuera, y Ramakrishna pudo inspirar lo que inspiró y gracias a ese saco de mierda con huesos Vivekananda pudo ir a Estado Unidos y abrir las puerta de esta filosofía genial, y gracias al saco de mierda con huesos esta gente está aquí escuchando a usted que tampoco podría leer eso si no fuese a ese saco de mierda con huesos.
Pero en esta ocasión me quedé callado porque no quería otra bronca del monje, y mucho menos que me venga Rama furioso a decirme que soy un irrespetuoso, que por otro lado, sí, lo soy, y es lamentable.

fotos: 1. Adelina del Carril (en lo alto); 2. El ashrama de Bella Vista (arriba).













