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martes, 12 de julio de 2011

The Adventures of Tintin



Nuevo trailer de The Adventures of Tintin de Steven Spielberg. (Gracias por el link a Lily: "pensando en vos y R"...)


sábado, 21 de mayo de 2011

ArteBA (3)

La estrella de la feria: Autorretrato sobre mi muerte, la pieza de Carlos Herrera, de la Beca Kuitca/UTDT, que ganó el premio ArteBA-Petrobrás. La obra no estaba en el lugar destacado que podríamos haber imaginado. Un acierto de la curaduría, en la que sabemos intervino Alejandro Ros. Finalmente la encontramos: tirada en el piso, en un rincón poco iluminado de una sala, como olvidada, hay una bolsita de supermercado, con algunas cosas adentro, un calzoncillo y una remera tal vez, y unos zapatos, como si se tratara de los efectos personales de un finado en el piso de una comisaría. El detalle: dentro de los zapatos, unos calamares, pasados, bastante asquerosos, con su tufillo a podredumbre.

R. posa delante de lo que suponemos una obra. Podría también ser parte de la decoración del predio: más de un stand genera esa misma impresión, como el de Blackberry o el de Chandon o el de Telefé, con esculturales "promotoras" incluidas. Nunca me termina de cerrar cómo, en el mundo del arte, pueden ir tan naturalmente de la mano la prepotencia de los sponsors con el discurso "subversivo" de los artistas (o de los curadores). La obra de Herrera es realmente perturbadora y, al mismo tiempo, de una agradable humildad. A la vez, al despedir ese olor y contaminar el espacio de exhibición, hace un comentario humorístico sobre el "aura" de la obra de arte y sus modos habituales de exhibición, por ejemplo, en una feria como esta. Herrera anoche le dijo a Cecilia, en una entrevista, que cada tanto tenía que cambiar los calamares porque la idea era que el tufo sólo se percibiera dentro de un radio de cinco metros de la obra, no que apestara toda La Rural. Por eso mismo, tal vez, R. se vio un poco defraudado por la obra de Herrera. Supongo que imaginó un efecto bastante más gore del que finalmente presenció. Igual se quedó pensando.

Más le llamó la atención el alucinante palito helado gigante de Luciana Rondolini, hecho de hielo de verdad, en lento proceso de derretimiento, como un glaciar de juguete.

Pero creo que la obra que más disfrutó fue la de Belén Romero Gunset, egresada del programa de artistas de la UTDT, que se pasa siete horas por día en su instalación Roto, destruyendo cosas: el resultado arriba.

Esta obra que vimos en el stand de una galería alemana le causó bastante gracia. Un señor con guardapolvo blanco, sentado en una silla, mueve unas cuerdas que hacen balancear unas pesas, como si se tratara de un experimento científico incomprensible o ridículo. A R. le pareció fundamental para el sentido de la obra que el señor de la silla tuviera aspecto de alemán.
-¿Cómo se sabe si algo es arte o no?- dijo R.
-Y... esa es la pregunta que hace el arte contemporáneo, justamente. Te hace pensar: ¿qué es el arte?
-Pero, ¿quién decide si algo es arte o no? Si yo vengo y me siento en una silla y juego con unas cuerdas... ¿eso es arte?
-Y... una definición de qué es el arte es: lo que hacen los artistas. Entonces, la pregunta se desplaza y pasa a ser: ¿quién es artista? Entonces, supongo que alguien tiene que decir que vos sos artista para que lo seas. No sé, no estoy muy seguro de cómo es.
-Pero, ¿quién puede decir que sos un artista? ¿vos? ¿yo?
-Y... no, creo que no. Aunque a lo mejor una buena definición de qué es el arte y quién es un artista sea, simplemente: alguien dice que es artista y lo que hace es arte. Punto. Pero no creo que funcione así.

Nos cruzamos con el genial Rafael Cippolini en el Barrio Joven. Le expliqué a R. que él es, justamente, uno de los que decide quién es artista y qué es arte.

¡Claudio Caldini en ArteBA! Por primera vez, en el stand del Museo del Cine, una especie de off ArteBA. En la imagen, el joven Caldini, en una proyección de Vadi-Samvadi. Caldini, por ejemplo, nunca fue considerado artista porque él mismo se definió desde siempre como cineasta, salvo que en el mundo del cine nadie lo considera un cineasta porque lo que hace no se parece en nada al cine que hacemos los demás cineastas...

Camino hacia la salida, nos cruzamos con esta escultural escultura de Martín di Girolamo, de la cual no pudimos resistir sacar una foto. Una buena despedida de la feria y, tal vez, el comentario más explícito acerca de qué se trata una feria de arte.
-Andrés Di Tella

fotografías: Andrés Di Tella

domingo, 9 de enero de 2011

Pasión de multitudes en el MALBA






Domingo por la tarde, MALBA. Visita guiada de la muestra de Marta Minujín. Guía: Marta Minujín. El arte se toma un baño de multitud. Minujín anunció por su megáfono: "El arte pop es como un chicle bazooka que hace pop".

Marta Minujín. Obras 1959-1989
MALBA
Hasta el 7 de febrero.

domingo, 6 de junio de 2010

irrepetible


-Mirá, vuelven The Beats.
-¿Por qué dirán "irrepetible"? -se pregunta R. - ¿Cómo puede ser "irrepetible" y "nueva función" al mismo tiempo?
-Tal vez "irrepetible" se refiere a que son inimitables: nadie imita a los Beatles como los Beats.
-O tal vez sea una confesión: "no nos sale bien imitar a los Beatles porque son irrepetibles".
-O una promesa: "juramos no tocar nunca más, este show es irrepetible porque será el último".
-¿Vamos?
-Vamos.

viernes, 2 de abril de 2010

Walkabout


Walkabout fue el último capítulo, hasta nuevo aviso, del cineclub veraniego que habíamos empezado con R en diciembre. El primer largometraje de Nicolas Roeg (1971) cuenta la historia de dos hermanos -una chica adolescente y su hermanito pequeño- que quedan varados en medio del outback, el desierto australiano. Los rescata otro adolescente, un aborigen, que está realizando, precisamente, su walkabout, el periplo por el desierto que deben emprender los adolescentes, como ritual de pasaje, en la cultura aborigen de Australia. La vi por televisión en Inglaterra hace muchos años y me dejó una fuerte impresión. En el recuerdo se confunden los paisajes increíbles, increíblemente fotografiados, y la tragedia racista, tratada sin énfasis pero con potencia. Es una película "lenta", con ciertas licencias poéticas bien de su época, pero me pareció que valía la pena arriesgar. Me facilitó la apuesta el hecho de que uno de los tempranos capítulos de Lost se llamaba, también, Walkabout, lo cual alcanzó para despertar el interés de R.
-No entendí por qué, al final, el chico se pone a bailar.
-¿Y vos qué pensás?
-No sé.
-¿Por qué baila?
-No sé. ¿Porque se quiere divertir?
-OK. En general, ¿las personas bailan solas?
-No. ¿Es para divertirse todos juntos?
-Creo que él quiere bailar con ella. Es más, creo que se quiere casar con ella.
-Y vivir todos juntos en esa casita abandonada.
-Como una especie de familia imposible.
-¿Por qué imposible?
-Porque son diferentes, entre comillas.
-¿Porque él es un "salvaje", entre comillas, y ella "civilizada", entre comillas? ¿"Blanco" y "negro"? Todo entre comillas...
-Un poco más de respeto por tu viejo padre, niño.
-OK, Papá. Entre comillas.

-Andrés Di Tella

lunes, 8 de marzo de 2010

¡El Secreto de sus ojos ganó el Oscar!


El secreto de sus ojos de Juan José Campanella acaba de ganar el Oscar de la Academia de Hollywood a la Mejor Película en Lengua Extranjera. Para celebrar la ocasión, vuelvo a publicar un diálogo con mi hijo R, en el bar El Coleccionista, en frente de Parque Rivadavia.

Después de Death Proof de Quentin Tarantino, The Killing de Stanley Kubrik y Blade Runner de Ridley Scott, que quedaron sin crónica (por vacaciones), el cineclub con R continúa con un poco de cine nacional.

-Este café se llama “El coleccionista”. ¿Sabés por qué?
- …
-¿Sabés cómo empezó la movida del Parque Rivadavia?
-Hace cien años, sólo vendían jueguitos para la Play y después empezaron a venir los libreros y los tipos que juegan al ajedrez…
-Ja ja. No. Todo empezó con un mercado de estampillas. Y venían los coleccionistas de estampillas. No sé si existen todavía, ni los coleccionistas ni las estampillas. Vos seguro que ni sabés qué son las estampillas.
-Sí, como en Nueve reinas. Las “nueve reinas”, ¿no son estampillas?
-Muy bien, R. ¿viste que el cine para algo sirve?
-Sí. Nueve reinas te enseña de estampillas y de cómo ser un chorro.
-Efectivamente. Hablando de Nueve reinas, ¿qué te pareció la película de ayer?
-Es muy parecida a Nueve reinas. Pero Nueve reinas es menos larga. Quiero decir, no se me hizo nada larga y ésta sí.
-A mí la película me pareció bastante buena pero puede ser que el plot sea medio retorcido. No sé si terminé de entender todo. Vos, ¿de qué dirías que se trata?
-Un tipo medio loco hace mierda y mata a una mujer. Y otro tipo, que era el marido de la mujer, medio loco también, se venga. Y lo caga porque, en vez de matarlo, lo tiene encerrado durante años. Y ni le habla, para que el tipo solo pueda pensar en lo que hizo.
-Tiene razón R –acota la mamá-. Eso es de lo que se trata en el fondo. Y de alguna manera está diciendo que es lo mismo violar y asesinar que encarcelar, como si la justicia fuera una venganza.
-No sé… Pero, en todo caso, esos tipos no son los protagonistas. El protagonista es Darín.
-¿Quién es Darín?
-El tipo que investiga.
-Ah, Espósito.
-Sí, Espósito. Se llama Ricardo Darín. Es el actor más famoso de la Argentina. ¿Sabés qué quiere decir “espósito”?
-"Es… po… si…" Esa es la mejor escena de la película, cuando el juez le va dando pistas para que Espósito adivine su propio nombre.
-Puede ser también una forma que tiene el director para hacernos pensar en el significado del nombre.
-¿Y qué quiere decir?
-Algo así como “niño abandonado”. El “hospicio de los expósitos” era donde iban a parar los niños que la madre o la familia no querían. ¿Viste como en esas películas que una mujer deja al bebé en la puerta de una casa?
-En esa cosa rara.
-Se llama el “moisés”. Otro día te cuento de dónde viene el nombre.
-Sí, eso está en todas las películas con niños. O sea que, según vos, Espósito es un niño abandonado.
-Es como si fuera un niño abandonado. Y el nombre de pila es Benjamín. En una familia, se le dice el “benjamín” al hijo más chiquito. Es como si tuviera algunas de las características de un niño abandonado, o del más chiquito. Por ejemplo, como un niño, no puede tomar decisiones por su cuenta. Pero, bueno, ¿qué le pasa a Espósito?
-Nada.
-¿Cómo nada? Es el protagonista de la película.
-Pero tiene razón R. –dice Cecilia-. No le pasa nada.
-Bueno, pero el tipo se obsesiona con ese caso y, después de 25 años, sigue obsesionado. Y está enamorado de la mina pero no se anima a decírselo. Eso le “pasa”.
-Pero eso, si no lo dijeran en el diálogo, no se notaría.
-Puede ser. Pero la película, justamente, ¿no se trata de eso? ¿de que el pasado nunca deja de existir?
-Sí, Darín es alguien que vive en el pasado –dice Cecilia. -Igual que el marido de la muerta.
-En eso la película me parece sincera. Por lo que lo conozco, Campanella también es un tipo que vive en el pasado. O, por lo menos, alguien para quien el pasado no ha terminado. No es lo mismo, ¿no? Yo lo conozco hace muchos años, ¿sabés R?
-¿Es tu amigo?
-Bueno, para mí es un amigo, aunque la verdad que ahora nos vemos poco y nada. Pero en una época éramos bastante amigos. Lo conocí en los años 80, cuando él vivía en Nueva York, donde está hace casi treinta años. Ahora va y viene. Se fue a estudiar cine allá y se quedó. Quería hacer películas en Hollywood. Pero le costó mucho. Llegó a hacer una película, pero no una de Holywood, sino una chiquitita, independiente, The Boy Who Cried Bitch. En realidad fue un encargo raro, de parte de una mina que era actriz y que había escrito la historia original. Una relación medio tortuosa, por lo que recuerdo. Y eso se nota en la película, para bien y para mal. Campanella trató de darle un toque personal suyo, pero creo que sólo lo logró a medias.
-No era muy buena -dice Cecilia.
-No era muy buena, pero tenía algo.. Después, hizo una película en inglés, pero en realidad se trataba de una producción argentina, hecha para el mercado americano.
-Esa no la vi.
-Love Walked In. Era un policial, basado en una novela de José Pablo Feinman. La verdad, era una cosa medio híbrida. Esos negocios rara vez salen bien. Lo curioso de Campanella es que el tipo vivía en Estados Unidos y, durante muchos años, ni siquiera quiso volver de visita a la Argentina. Pero, al mismo tiempo, vivía obsesionado con la Argentina, con las cosas de su pasado. A mí me pedía que le grabe programas de radio en cassette y que se los lleve allá. Te preguntaba por boludeces de la Argentina. No sé, como si viviera en un país imaginario, que se alimentaba de ciertas informaciones, pero que no se animaba a confrontar con la realidad de la Argentina, de lo que es vivir y trabajar en la Argentina.
-Era medio enfermizo –dice Cecilia. –Me acuerdo, cuando lo conocí, nos contó una historia de que él y otro amigo habían salido con unas chicas argentinas y que había sido un desastre. Pero me acuerdo de la frase: “Al final, me voy a casar con cualquier chica que me diga Che”.
-Ja ja. ¡Y se casó nomás con una! Mientras tanto, Campanella empezó a trabajar de director en la televisión americana, en algunas series, ya no me acuerdo cuáles. Pero ahí adquirió mucha experiencia dirigiendo actores, contando historias con gran economía de recursos. Y eso lo ves en sus películas. Nadie acá sabe tanto de eso como él.
-El secreto de sus ojos es como un episodio largo de La ley y el orden –dice Cecilia-. Lo digo como fan de esa serie.
-Yo no veía casi nunca esas cosas, pero recuerdo que él me enseñó a apreciar el arte narrativo de una serie como LA Law, por ejemplo. Cómo los tipos te contaban en 25 minutos tres historias re complejas, cada una con su dilema moral, que se planteaba y se resolvía en 5 escenas.
-Para que te des una idea, R -apunta Cecilia-, Campanella ahora dirige Dr. House, por ejemplo.
-¿En serio?
-Sí. También dirigió La ley y el orden, incluso Los Soprano, que muchos consideran una de las grandes series de la historia de la televisión.
-O sea que antes, cuando hacía peliculitas como las tuyas, eran amigos, y ahora que es un grosso no se ven más…
-Je je. Puede ser que haya algo de eso. Igual, cuando él empezó a dirigir televisión allá, eso no tenía el cachet que tiene ahora. Pero, en todo caso, lo que te quería contar es que, al final, Campanella resignó su sueño de Hollywood y se decidió a hacer una película en la Argentina, para el público argentino. Y ahí, para mí, encontró el camino.
-¿Esa cuál fue?
-El mismo amor, la misma lluvia. Si no me equivoco, se trataba de un viejo guión abandonado que volvió a agarrar, un proyecto imposible, poco comercial, la acción trascurría a lo largo de veinte años. También se trataba de cómo lidiar con las viejas obsesiones... ¡en realidad, no sé si no era igual a El secreto de sus ojos! ¡Y los protagonistas eran los mismos, Ricardo Darín y Soledad Villamil! Y ahí le empezó a ir bien. Me acuerdo que estuvimos juntos en el festival de Valladolid cuando ganó el premio del público con esa película. Campanella no se lo esperaba. Acá no había tenido críticas muy buenas. Lo habían rebotado en varios festivales. Pero la película no era nada mala, aunque irregular. Después, sí, vino El hijo de la novia, un éxito absoluto, acá y, también, en España. Esa recuerdo que la vi en una de las primeras funciones privadas, en Metrovisión, un estudio. Te puede no gustar ese tipo de cine, pero de alguna forma, es una película perfecta. Yo lloré y reí en todos los momentos que había que reírse y llorar. Por eso mismo, justamente, no le gusta a alguna gente.
-¿Por qué? Eso es ridículo. ¿No les gusta porque es perfecta?
-Exactamente, no les gusta porque es perfecta, demasiado perfecta. Para ser totalmente sincero, yo mismo me identifico más con un tipo de cine que no ejerce un efecto tan determinado sobre el espectador, que te deja pensar un poco más por tu cuenta, que te permite desplegar tus propias emociones. Un cine imperfecto, si querés, menos efectista. Pero al mismo tiempo sé que lo que hace Campanella no es nada fácil, no creo que yo lo pudiera hacer.
-Obvio.
-La verdad que lo admiro. Y me causa gracia cuando los críticos snobs lo consideran grasa o un bruto, cuando yo sé que el tipo tiene una cultura cinematográfica increíble, que conoce como nadie el cine clásico de Hollywood, por ejemplo. De hecho, creo que vi todas sus películas, incluso las que no vio nadie, desde un primer largo, filmado en super 8. Pero me faltaba ésta que, no sé por qué, me perdí cuando se estrenó. Era casi una excentricidad no haber visto “la película que vieron más de dos millones de personas”. Pero me puse al día. Y si con esta, tal vez su película más "argentina", llega a ganar el Oscar, sería un final feliz digno de Hollywood...
-¿Vamos? -dice R, un poco distraído ya, pensando seguramente en probar los jueguitos de la wii que se compró en Parque Rivadavia.

-Andrés Di Tella

foto: Juan José Campanella, con Soledad Villamil y Ricardo Darín, durante el rodaje de El secreto de tus ojos.

lunes, 1 de marzo de 2010

rara


Anoche, el cineclub viajó a Japón. Después de comprobar que una antigua comedia en blanco y negro podía llegar a ser tan divertida como la última de Ben Stiller o Jack Black (exagero…), subimos la apuesta. Probamos con otra película “antigua” pero, esta vez, japonesa. Al revisar las carpetas piratas de Parque Rivadavia, mientras R buscaba jueguitos, me acordé de una película atípica de Akira Kurosawa, El cielo y el infierno (“Tengoku to jigoku”), un policial medio documentaloso –combinación irresistible para mí- filmado en 1963 en la ciudad portuaria de Yokohama, con deliciosos ambientes de bajos fondos y mucho detalle observacional. Celina Murga, a quien le comenté la película, me dijo que Martin Scorsese (su amigo) tenía en mente hacer una remake, aunque por el momento no superó la etapa de proyecto. No es de las obras más conocidas de Kurosawa, pero no sé si no es la mejor. En eso coincidíamos Celina, Marty y yo.

-¿Y? ¿Te gustó?
-Sí.
-Qué bueno. A mí me encantó. Cuando la encontré el otro día en Parque Rivadavia, pensé que te podía llegar a gustar, dentro del rubro “película rara”.
-No es rara.
-Bueno. Es en blanco y negro, es vieja, es japonesa.
-OK, es rara.
-No, tenés razón, no es rara. Pero está bueno que te guste algo de otra época, de otra cultura. No sólo lo que fue hecho para vos. Las películas actuales, las de Hollywood, a veces son como productos, pensados fríamente para alguien como vos.
-¿Por qué fríamente?
-No sé. OK, retiro “fríamente”. Lo que quiero decir es que en esas películas, tu lugar a veces se reduce al de un consumidor que consume lo que un estudio de mercado determina que ese consumidor va a consumir.
-¿Eh?
-Bueno, no importa.
-Sí, entiendo. Pero todas las películas están hechas para que alguien las consuma, ¿o no?
-Pero no es todo lo mismo.
-A ver, dame un ejemplo. Dos ejemplos.
-¡Dos! No se me ocurre ni uno. A ver… Por ejemplo, "Avatar". Yo ni la vi. Pero seguro que es un producto, hecho para ganar mucha plata, que también costó mucha plata, pero que está pensado como lanzamiento para el cine 3-D.
-Claro. El manager… ¿o cómo se llama el que arma el negocio?
-El productor. O los ejecutivos del estudio. The suits, como dicen en Hollywood. Los tipos de traje.
-Los ejecutivos contratan al mejor director, a los mejores especialistas en efectos especiales. Y les dicen lo que tienen que hacer...
-Es un poco más complicado. En primer lugar, los ejecutivos por ahí no saben cómo hacer una película. Pero buscan a los que saben. O buscan a los que tienen buenas ideas.
-Porque los que hacen la película son el director, el que escribe el guión...
-Pero el director, o el guionista, no puede hacer lo que quiere. Suponete que el guionista quiere que un personaje sea ambiguo, porque piensa que en el mundo real no hay sólo buenos y malos. O que una escena no se termine de entender, para que la gente se quede pensando… ¿viste que, a veces, cuando no entendés algo, te quedás pensando… “y esto qué querrá decir”?
-Claro, le dicen “dejate de joder y mové los muñequitos que para eso te pagamos”.
-jaja, algo así. Simplificar la trama, buenos y malos, mucha acción. Eso nunca hace mal a la taquilla. Hay un dicho, no recuerdo quién lo dijo: “Nadie nunca se quebró subestimando la inteligencia del público”.
-Son todos unos tarados.
-Sí, o: no te va a ir mal si hacés negocios pensando que los consumidores son unos tarados.
-OK. Pero, en realidad, ¿por qué contratan a James Cameron o a Jack Black, ponele?
-Porque son talentosos. O, más bien, porque ya tuvieron éxitos en el pasado.
-Sí, pero los tipos son talentosos y no hacen las cosas sólo para ganar plata, o para el consumidor, como vos decís.
-Es verdad. Los tipos talentosos siempre le ponen garra a las cosas, las hacen suyas, las pelean, imponen su personalidad, no aceptan hacer cualquier cosa, aún dentro de una propuesta donde en última instancia hay que ganar plata, the bottom line, como dicen en Hollywood. Por eso son talentosos. Los tipos demasiado obedientes nunca son los más talentosos.
-Sí. Es como en el examen de ingreso del Buenos Aires. Cuando tenés que escribir una redacción, estás pensando en lo que ellos esperan que hagas. Te conviene que les guste. Pero, al mismo tiempo, si tratás de olvidarte de eso y escribís lo que se te ocurre, te va a salir algo mejor y eso te conviene más. Pero no es fácil olvidarse de lo que ellos esperan.
-Tal cual.
-Las películas que son productos para el consumo y nada más que eso son las de chicos. Bah, algunas, como las de Barbie. Son todas iguales. Las historias son todas iguales. No hay personajes de verdad. Son todos iguales, hasta físicamente iguales.
-Sí, son medio demoníacas. Yo trato de que L no las vea.
-Pero a ella le gustan.
-Sí, pero yo no le compro más y de tanto ver la misma, por ahí se empieza a aburrir.
-Pero, ¿cómo llegamos a hablar de Barbie?
-Yo lo que quería decir es que ver una película hecha en Japón hace 50 años, de alguna manera, te saca del circuito del consumo, del producto –mejor o peor, más ruin o más digno- hecho para alguien como vos. Los tipos que hicieron esta película no estaban pensando ni remotamente en vos, porque vos ni habías nacido y el mundo era otro y, además, el director era un viejo japonés y vos sos un pendejito argentino.
-No entiendo qué querés decir.
-No es fácil explicarlo. Ver una película vieja, japonesa… Es como si pudieras viajar en el tiempo y en el espacio, en tu imaginación.
-“Al infinito y más allá…”
-Algo así.

martes, 23 de febrero de 2010

Traducción


1.

-En primer lugar, no soy una rubia natural.
-No me importa.
-Fumo. Fumo como una chimenea.
-No tiene importancia.
-Nunca podré tener hijos.
-Podemos adoptar.
-No me entiendes... (Se saca la peluca) ¡Soy un hombre!
-Bueno... nadie es perfecto.

2.

-¿Cómo se llamaba la película?
-"Una Eva y dos Adanes".
-¿Y en inglés?
-"Some Like It Hot".
-A ver... Some = "Una". Like = "Eva". It = "y". Hasta ahí, bien. Pero... ¿Hot = "dos Adanes"?

miércoles, 17 de febrero de 2010

Hablar con los osos

El cineclub incursiona en el resbaladizo territorio del documental. “¿Esto es verdad?” -preguntó R en medio de la película. Es que la historia de Timothy Treadwell, un naturalista aficionado que vivió durante años con los osos salvajes de Alaska, hasta que uno de esos mismos osos lo devoró, podría ser perfectamente una página del “Crease o no” de Ripley. En manos de Werner Herzog –el creador de personajes obsesivos como Fitzcarraldo o Aguirre, que de alguna manera recuerdan a Treadwell- es otra cosa. La película se llama Grizzly Man.

-Una pregunta -dice R- ¿qué comía Treadwell?
-Eso nunca lo vemos.
-Capaz que se comía a los osos…
-¡Ja! ¡Pero eso no lo filmaba!
-Y, si odiaba tanto el mundo de los humanos, ¿por qué filmaba todo y se la pasaba hablando con la cámara?
-Sí. Y aunque el tipo evidentemente ama y admira a los osos, al punto casi de querer ser uno de ellos, igual tiene una mirada sobre los osos muy a los Disney. Les pone nombres y les atribuye personalidades, como Mr. Chocolate o The Grinch, y les habla como si fueran personas. Igual que en esa película horrible de los pingüinos, no sé si te acordás.
-Sí. Pero si vos estás ahí, en ese lugar perdido, absolutamente solo, durante meses, sin nadie con quien hablar, vos también empezarías a hablar con los osos.
-Es verdad. Y la cámara la habrá llevado para hablar con alguien, para tener compañía. Nunca pensé que una cámara podía servir para eso.


lunes, 15 de febrero de 2010

Los pájaros


-¿Viste como todos siempre la miran medio raro a la chica? No sólo la madre, sino casi todos en el pueblo.
-Es verdad. Es la de afuera, la diferente.
-¿Y te diste cuenta que todos tienen medio cara de pájaro?
-¿Serán ellos los pájaros?

sábado, 13 de febrero de 2010

El demonio


-¿Y? ¿qué te pareció?
-Buena…
-Yo pensaba que era de Carpenter, el mismo de The Thing. Después me di cuenta que era de otro director, Brian de Palma. Pero, en los años 70, cuando yo empecé a ver cine, eran dos directores que andaban por caminos parecidos.
-¿Ah, sí?
-Los dos hacían películas de miedo, o de terror, pero terror “psicológico”, para llamarlo de alguna manera. Creo que esta fue la primera novela de Stephen King en llegar al cine. Y Carpenter también hizo alguna de él.
-¿Leíste a Stephen King?
-No, nunca. Pero debe ser bueno, ¿no?
-Hay un novela de Stephen King, 1408...
-¿La leíste?
-No. Vi la película.
-¿Y de qué va?
-Uh, me da fiaca contarte ahora...
-Pero, bueno, ¿esta te gustó?
-Sí, está buena. La hace medio larga al final. Te hace sufrir mal, pero ya sabés lo que va a pasar.
-Justamente, toda la tensión que crea al final es lo mejor de la película, cómo te muestra todo lo que va a pasar antes de que pase. Esa sensación de inevitabilidad es tremenda, insoportable. El balde de sangre que cuelga y que le va a caer encima a ella, en su único momento de felicidad. A mí me hizo saltar alguna lagrimita. Y todo lo que pasa, la violencia, la sangre, que entre paréntesis no es tanta, con el tiempo quedó como juego de niños, todo eso pasa por lo que le pasa a ella.
-Ella es el demonio –dictamina R.
-¿Te parece?
-Obvio. Fijate cómo mata a la madre, queda como Cristo clavado en la cruz. Carrie es el demonio.
-Es verdad lo de la madre. Pero para mí la madre es como el anti-Cristo. Ella es la culpable de todo, por cómo la encierra en el ropero por nada, etc, etc. Todo el problema empieza porque nunca le quiso explicar a Carrie lo de la menstruación, que le viene a todas las chicas a esa edad. Carrie, en la ducha, piensa que se está muriendo porque le sangra…
-Es el demonio. ¿No viste que al final, cuando están encerradas en el ropero y se les viene abajo la casa, aparece ese especie de demonio negro? Y está en la misma posición que la madre.
-Sí, eso es raro. Pero el demonio ese, si es un demonio, no sé si no es un Cristo negro.
-Es el demonio.
-Puede ser. Quizá el demonio sea la sexualidad. Siempre es interesante fijarse por dónde un director decide empezar. La película empieza con esa escena de la ducha, en la que aparecen todas las compañeras de Carrie en bolas, y Carrie misma se está lavando, en cámara lenta, como si estuviera descubriendo su cuerpo, casi como si se estuviera haciendo la paja. Por ahí tiene razón la madre: es una pecadora.
-¿...?
-...
-No. Es el demonio.

jueves, 11 de febrero de 2010

El coleccionista


Después de Death Proof de Quentin Tarantino, The Killing de Stanley Kubrik y Blade Runner de Ridley Scott, que quedaron sin crónica (por vacaciones), el cineclub con R continúa con un poco de cine nacional.

-Este café se llama “El coleccionista”. ¿Sabés por qué?
- …
-¿Sabés cómo empezó la movida del Parque Rivadavia?
-Hace cien años, sólo vendían jueguitos para la Play y después empezaron a venir los libreros y los tipos que juegan al ajedrez…
-Ja ja. No. Todo empezó con un mercado de estampillas. Y venían los coleccionistas de estampillas. No sé si existen todavía, ni los coleccionistas ni las estampillas. Vos seguro que ni sabés qué son las estampillas.
-Sí, como en Nueve reinas. Las “nueve reinas”, ¿no son estampillas?
-Muy bien, R. ¿viste que el cine para algo sirve?
-Sí. Nueve reinas te enseña de estampillas y de cómo ser un chorro.
-Efectivamente. Hablando de Nueve reinas, ¿qué te pareció la película de ayer?
-Es muy parecida a Nueve reinas. Pero Nueve reinas es menos larga. Quiero decir, no se me hizo nada larga y ésta sí.
-A mí la película me pareció bastante buena pero puede ser que el plot sea medio retorcido. No sé si terminé de entender todo. Vos, ¿de qué dirías que se trata?
-Un tipo medio loco hace mierda y mata a una mujer. Y otro tipo, que era el marido de la mujer, medio loco también, se venga. Y lo caga porque, en vez de matarlo, lo tiene encerrado durante años. Y ni le habla, para que el tipo solo pueda pensar en lo que hizo.
-Tiene razón R –acota la mamá-. Eso es de lo que se trata en el fondo. Y de alguna manera está diciendo que es lo mismo violar y asesinar que encarcelar, como si la justicia fuera una venganza.
-No sé… Pero, en todo caso, esos tipos no son los protagonistas. El protagonista es Darín.
-¿Quién es Darín?
-El tipo que investiga.
-Ah, Espósito.
-Sí, Espósito. Se llama Ricardo Darín. Es el actor más famoso de la Argentina. ¿Sabés qué quiere decir “espósito”?
-"Es… po… si…" Esa es la mejor escena de la película, cuando el juez le va dando pistas para que Espósito adivine su propio nombre.
-Puede ser también una forma que tiene el director para hacernos pensar en el significado del nombre.
-¿Y qué quiere decir?
-Algo así como “niño abandonado”. El “hospicio de los expósitos” era donde iban a parar los niños que la madre o la familia no querían. ¿Viste como en esas películas que una mujer deja al bebé en la puerta de una casa?
-En esa cosa rara.
-Se llama el “moisés”. Otro día te cuento de dónde viene el nombre.
-Sí, eso está en todas las películas con niños. O sea que, según vos, Espósito es un niño abandonado.
-Es como si fuera un niño abandonado. Y el nombre de pila es Benjamín. En una familia, se le dice el “benjamín” al hijo más chiquito. Es como si tuviera algunas de las características de un niño abandonado, o del más chiquito. Por ejemplo, como un niño, no puede tomar decisiones por su cuenta. Pero, bueno, ¿qué le pasa a Espósito?
-Nada.
-¿Cómo nada? Es el protagonista de la película.
-Pero tiene razón R. –dice Cecilia-. No le pasa nada.
-Bueno, pero el tipo se obsesiona con ese caso y, después de 25 años, sigue obsesionado. Y está enamorado de la mina pero no se anima a decírselo. Eso le “pasa”.
-Pero eso, si no lo dijeran en el diálogo, no se notaría.
-Puede ser. Pero la película, justamente, ¿no se trata de eso? ¿de que el pasado nunca deja de existir?
-Sí, Darín es alguien que vive en el pasado –dice Cecilia. -Igual que el marido de la muerta.
-En eso la película me parece sincera. Por lo que lo conozco, Campanella también es un tipo que vive en el pasado. O, por lo menos, alguien para quien el pasado no ha terminado. No es lo mismo, ¿no? Yo lo conozco hace muchos años, ¿sabés R?
-¿Es tu amigo?
-Bueno, para mí es un amigo, aunque la verdad que ahora nos vemos poco y nada. Pero en una época éramos bastante amigos. Lo conocí en los años 80, cuando él vivía en Nueva York, donde está hace casi treinta años. Ahora va y viene. Se fue a estudiar cine allá y se quedó. Quería hacer películas en Hollywood. Pero le costó mucho. Llegó a hacer una película, pero no una de Holywood, sino una chiquitita, independiente, The Boy Who Cried Bitch. En realidad fue un encargo raro, de parte de una mina que era actriz y que había escrito la historia original. Una relación medio tortuosa, por lo que recuerdo. Y eso se nota en la película, para bien y para mal. Campanella trató de darle un toque personal suyo, pero creo que sólo lo logró a medias.
-No era muy buena -dice Cecilia.
-No era muy buena, pero tenía algo.. Después, hizo una película en inglés, pero en realidad se trataba de una producción argentina, hecha para el mercado americano.
-Esa no la vi.
-Love Walked In. Era un policial, basado en una novela de José Pablo Feinman. La verdad, era una cosa medio híbrida. Esos negocios rara vez salen bien. Lo curioso de Campanella es que el tipo vivía en Estados Unidos y, durante muchos años, ni siquiera quiso volver de visita a la Argentina. Pero, al mismo tiempo, vivía obsesionado con la Argentina, con las cosas de su pasado. A mí me pedía que le grabe programas de radio en cassette y que se los lleve allá. Te preguntaba por boludeces de la Argentina. No sé, como si viviera en un país imaginario, que se alimentaba de ciertas informaciones, pero que no se animaba a confrontar con la realidad de la Argentina, de lo que es vivir y trabajar en la Argentina.
-Era medio enfermizo –dice Cecilia. –Me acuerdo, cuando lo conocí, nos contó una historia de que él y otro amigo habían salido con unas chicas argentinas y que había sido un desastre. Pero me acuerdo de la frase: “Al final, me voy a casar con cualquier chica que me diga Che”.
-Ja ja. ¡Y se casó nomás con una! Mientras tanto, Campanella empezó a trabajar de director en la televisión americana, en algunas series, ya no me acuerdo cuáles. Pero ahí adquirió mucha experiencia dirigiendo actores, contando historias con gran economía de recursos. Y eso lo ves en sus películas. Nadie acá sabe tanto de eso como él.
-El secreto de sus ojos es como un episodio largo de La ley y el orden –dice Cecilia-. Lo digo como fan de esa serie.
-Yo no veía casi nunca esas cosas, pero recuerdo que él me enseñó a apreciar el arte narrativo de una serie como LA Law, por ejemplo. Cómo los tipos te contaban en 25 minutos tres historias re complejas, cada una con su dilema moral, que se planteaba y se resolvía en 5 escenas.
-Para que te des una idea, R -apunta Cecilia-, Campanella ahora dirige Dr. House, por ejemplo.
-¿En serio?
-Sí. También dirigió La ley y el orden, incluso Los Soprano, que muchos consideran una de las grandes series de la historia de la televisión.
-O sea que antes, cuando hacía peliculitas como las tuyas, eran amigos, y ahora que es un grosso no se ven más…
-Je je. Puede ser que haya algo de eso. Igual, cuando él empezó a dirigir televisión allá, eso no tenía el cachet que tiene ahora. Pero, en todo caso, lo que te quería contar es que, al final, Campanella resignó su sueño de Hollywood y se decidió a hacer una película en la Argentina, para el público argentino. Y ahí, para mí, encontró el camino.
-¿Esa cuál fue?
-El mismo amor, la misma lluvia. Si no me equivoco, se trataba de un viejo guión abandonado que volvió a agarrar, un proyecto imposible, poco comercial, la acción trascurría a lo largo de veinte años. También se trataba de cómo lidiar con las viejas obsesiones... ¡en realidad, no sé si no era igual a El secreto de sus ojos! ¡Y los protagonistas eran los mismos, Ricardo Darín y Soledad Villamil! Y ahí le empezó a ir bien. Me acuerdo que estuvimos juntos en el festival de Valladolid cuando ganó el premio del público con esa película. Campanella no se lo esperaba. Acá no había tenido críticas muy buenas. Lo habían rebotado en varios festivales. Pero la película no era nada mala, aunque irregular. Después, sí, vino El hijo de la novia, un éxito absoluto, acá y, también, en España. Esa recuerdo que la vi en una de las primeras funciones privadas, en Metrovisión, un estudio. Te puede no gustar ese tipo de cine, pero de alguna forma, es una película perfecta. Yo lloré y reí en todos los momentos que había que reírse y llorar. Por eso mismo, justamente, no le gusta a alguna gente.
-¿Por qué? Eso es ridículo. ¿No les gusta porque es perfecta?
-Exactamente, no les gusta porque es perfecta, demasiado perfecta. Para ser totalmente sincero, yo mismo me identifico más con un tipo de cine que no ejerce un efecto tan determinado sobre el espectador, que te deja pensar un poco más por tu cuenta, que te permite desplegar tus propias emociones. Un cine imperfecto, si querés, menos efectista. Pero al mismo tiempo sé que lo que hace Campanella no es nada fácil, no creo que yo lo pudiera hacer.
-Obvio.
-La verdad que lo admiro. Y me causa gracia cuando los críticos snobs lo consideran grasa o un bruto, cuando yo sé que el tipo tiene una cultura cinematográfica increíble, que conoce como nadie el cine clásico de Hollywood, por ejemplo. De hecho, creo que vi todas sus películas, incluso las que no vio nadie, desde un primer largo, filmado en super 8. Pero me faltaba ésta que, no sé por qué, me perdí cuando se estrenó. Era casi una excentricidad no haber visto “la película que vieron más de dos millones de personas”. Pero me puse al día. Y si con esta, tal vez su película más "argentina", llega a ganar el Oscar, sería un final feliz digno de Hollywood...
-¿Vamos? -dice R, un poco distraído ya, pensando seguramente en probar los jueguitos de la wii que se compró en Parque Rivadavia.


foto: Juan José Campanella, con Soledad Villamil y Ricardo Darín, durante el rodaje de El secreto de tus ojos.

domingo, 17 de enero de 2010

El niño salvaje


Anoche, con mi hijo Rocco, volví a ver El niño salvaje de François Truffaut. Se trata de una película que yo vi por primera vez cuando tenía doce años. La misma edad de mi hijo, la misma edad del niño en cuestión. En 1798, en la región de l’Aveyron, en el sur de Francia, unos cazadores descubrieron a un chico que había estado viviendo solo, durante años, en un bosque, como un animal. Las autoridades lo estaban por decretar un retrasado mental y encerrar en un manicomio, pero un médico humanitario –el Dr Jean Itard- decidió tomarlo en guarda e intentar educarlo en su propia casa. A último momento, Truffaut optó por hacer él mismo el papel del médico, para no tener ningún intermediario entre el niño y él. Y la película tiene algo de registro documental de esa relación, entre un adulto y un niño, de cómo el primero, con idas y vueltas, va ganando la confianza del segundo y consigue establecer una trasmisión. La relación entre el niño salvaje y el Dr. Itard se encarna en la relación concreta entre Truffaut y el niño actor. Fue la primera vez que el director de Jules et Jim pasaba del otro lado de la cámara, por lo que da la sensación de que ambos, maestro y alumno, director y actor, están aprendiendo algo.

Y esta dimensión de la película cobró para mí un sentido particularmente conmovedor por la circunstancia en que la vimos: como uno de los primeros capítulos del cineclub estival que iniciamos hace unos días, donde intento mezclar mis viejos clásicos privados sentimentales con alguna que otra que le guste al pibe. Y, por supuesto, yo también estoy tratando de transmitir algo y -¿por qué no?- contrabandear algún tipo de enseñanza. Casualmente (o no), empezamos con Buenos muchachos de Martin Scorsese, otra clase de educación: “desde que recuerdo, siempre quise ser un gangster” (esa es la vocación actual de mi hijo…). Casualmente (o no), éste ha sido para Rocco un año de estudio intensísimo –compartido con sus padres- preparando los exámenes para ingresar al Colegio Nacional Buenos Aires. Por eso, la educación del niño salvaje, con su tira y afloje, con sus premios y castigos, también resonó en nosotros de un modo muy particular. “Es emocionante cuando finalmente aprende a pedir la leche”, dijo Rocco.

Cuando vi la película por primera vez, vivía en Londres y, a esa edad, ya había tenido un primer roce con la mirada discriminatoria que se ensaña con el “diferente”. Por mi ascendencia hindú, yo era un fucking wog. (Traducción: negro de m…) Descubrí en aquel momento que el rostro bruñido por el sol del niño salvaje, ese otro por excelencia, no era muy diferente del mío. Años después, supe que el niño actor era, de hecho, de origen gitano. Y ahora que lo vuelvo a ver, no puedo dejar de pensar, con emoción, que se parece un poco a Rocco.

La ascética narración de Truffaut en principio se circunscribe a exponer los distintos pasos de la instrucción del niño salvaje. Truffaut dice que pretendía hacer un relato “riguroso, lógico, científico, por lo tanto: poético”. Un lenguaje simple, con reminiscencias de cine mudo, y el severo blanco y negro de la fotografía de Néstor Almendros (sería la primera de ocho películas que haría junto al director), contribuyen al efecto de verosímil. El niño aprende, no sin pena, a usar zapatos, a tomar la sopa con cuchara, a caminar derecho, a usar el lenguaje. En tanto actor-instructor, Truffaut se limita a su función pedagógica, dando instrucciones y felicitando o reprobando a su pupilo (lo cual de alguna manera también se asemeja a su función de director).

Pero llega el momento en que el Dr. Itard se pregunta si semejante educación tiene algún sentido, si los sacrificios a los que está sometiendo al niño valen la pena, si no hubiera sido más feliz en el bosque, viviendo su vida de animalito. Son la clase de preguntas que, en algún momento, todo “pedagogo” –yo también- se tiene que hacer. El médico propone subir la apuesta. A riesgo de echar por la borda su método, quiere descubrir si el niño salvaje tiene conciencia. Le propone uno de sus simples ejercicios, de reconocimiento de palabras. El niño responde correctamente pero, esta vez, en lugar de premiarlo, el doctor lo castiga, encerrándolo en un ropero. El niño, que a esta altura confiaba plenamente en su maestro, se rebela y le muerde la mano. El Dr. Itard lo abraza emocionado: el niño salvaje conoce lo que es la justicia. Intentar una educación quizás valga la pena.


Publicado en Radar, domingo 3 de enero 2010.

martes, 29 de diciembre de 2009

The Thing

Esta vez, para nuestro cineclub estival, R me propuso una que yo no hubiera visto. Después de Alien de Ridley Scott, vino The Thing (“El enigma de otro mundo”) de John Carpenter.

-¿Te gustó?- dijo R.
-Me encantó. Pero me cagué en las patas.
-Son bastante parecidas. La diferencia es que en Alien hay un “thing”, una cosa, un monstruo, que se esconde, que los tipos tienen que buscar y que, a la vez, se quiere comer a los tipos. Y en The Thing es lo mismo. El “thing” se esconde y ellos lo tienen que encontrar. Pero el problema se vuelve más interesante. Como el monstruo tiene la capacidad de mutar y copiar toda forma de vida, cualquiera de ellos mismos podría ser “the thing”... que es lo que los tipos están buscando. El monstruo no está afuera sino que es uno de ellos.



lunes, 18 de mayo de 2009

Borges (Reloaded)

En la escuela le dieron a R, como tarea, un cuento de Borges. Quise saber cuál y me llevé una sorpresa al no conocerlo. A esta altura --no lo digo con jactancia sino con resignación-- el placer habitual consiste en releer a Borges. Tuve, como consecuencia, la rara oportunidad de leer un cuento de Borges como si fuera inédito. Fue algo así como poder escuchar por primera vez un tema de los Beatles. Y, por supuesto, lo extraño se mezcló con lo familiar: ahí, en esa historia desconocida, de su última época, estaba todo Borges. La mínima pero misteriosa anécdota, de origen oral que le llega al narrador por el abuelo, lo incierto de los hechos y el tono conjetural del relato, presentado como un simple resumen, hasta el enigma final, que evoca aquella famosa definición de La muralla y los libros: "La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo: esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético".

PEDRO SALVADORES

por Jorge Luis Borges


Quiero dejar escrito, acaso por primera vez, uno de los hechos más raros y más tristes de nuestra historia. Intervenir lo menos posible en su narración, prescindir de adiciones pintorescas y de conjeturas aventuradas es, me parece, la mejor manera de hacerlo.

Un hombre, una mujer y la vasta sombra de un dictador son los tres personajes. El hombre se llamó Pedro Salvadores; mi abuelo Acevedo lo vio, días o semanas después de la batalla de Caseros. Pedro Salvadores, tal vez, no difería del común de la gente, pero su destino y los años lo hicieron único. Sería un señor como tantos otros de su época. Poseería (nos cabe suponer) un establecimiento de campo y era unitario. El apellido de su mujer era Planes; los dos vivían en la calle Suipacha, no lejos de la esquina del Temple. La casa en que los hechos ocurrieron sería igual a las otras: la puerta de calle, el zaguán, la puerta cancel, las habitaciones, la hondura de los patios. Una noche, hacia 1842, oyeron el creciente y sordo rumor de los cascos de los caballos en las calles de tierra y los vivas y mueras de los jinetes. La mazorca, esta vez, no pasó de largo. Al griterío sucedieron los repetidos golpes, mientras los hombres derribaban la puerta, Salvadores pudo correr la mesa del comedor, alzar la alfombra y ocultarse en el sótano. La mujer puso la mesa en su lugar. La mazorca irrumpió; venían a llevárselo a Salvadores. La mujer declaró que éste había huido a Montevideo. No le creyeron; la azotaron, rompieron toda la vajilla celeste, registraron la casa, pero no se les ocurrió levantar la alfombra. A la medianoche se fueron, no sin haber jurado volver.

Aqui principia verdaderamente la historia de Pedro Salvadores. Vivió nueve años en el sótano. Por más que nos digamos que los años están hechos de días y los días de horas y que nueve años es un término abstracto y una suma imposible, esa historia es atroz. Sospecho que en la sombra que sus ojos aprendieron a descifrar, no pensaba en nada, ni siquiera en su odio ni en su peligro. Estaba ahí, en el sótano. Algunos ecos de aquel mundo que le estaba vedado le llegarían desde arriba: los pasos habituales de su mujer, el golpe del brocal y del balde, la pesada lluvia en el patio. Cada día, por lo demás, podía ser el último.

La mujer fue despidiendo a la servidumbre, que era capaz de delatarlos. Dijo a todos los suyos que Salvatores estaba en la Banda Oriental. Ganó el pan de los dos cosiendo para el ejército. En el decurso de los años tuvo dos hijos; la familia la repudió, atribuyéndolos a un amante. Después de la caída del tirano, le pedirían perdón de rodillas.

¿Qué fue, quién fue, Pedro Salvadores? ¿Lo encarcelaron el terror, el amor, la invisible presencia de Buenos Aires y, finalmente, la costumbre? Para que no la dejara sola, su mujer le daría inciertas noticias de conspiraciones y de victorias. Acaso era cobarde y la mujer lealmente le ocultó que ella lo sabía. Lo imagino en su sótano, tal vez sin un candil, sin un libro. La sombra lo hundiría en el sueño. Soñaría, al principio, con la noche tremenda en que el acero buscaba la garganta, con las calles abiertas, con la llanura. Al cabo de los años, no podría huir y soñaría con el sótano. Sería, al principio, un acosado, un amenazado; después no lo sabremos nunca, un animal tranquilo en su madriguera o una suerte de oscura divinidad.

Todo esto hasta aquel día del verano de 1852 en que Rosas huyó. Fue entonces cuando el hombre secreto salió a la luz del día; mi abuelo habló con él. Fofo y obeso, estaba del color de la cera y no hablaba en voz alta. Nunca le devolvieron los campos que le habían sido confiscados; creo que murió en la miseria.

Como todas las cosas, el destino de Pedro Salvadores nos parece un símbolo de algo que estamos a punto de comprender.