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lunes, 7 de febrero de 2011

Número vivo presenta

¡El cine ha muerto! ¡Viva el cine! Ya somos más de cuatro los que estamos pensando alternativas al esquema de estrenar una película un jueves en las salas comerciales para retirar sus restos humeantes antes de cumplir una semana en cartel. De ese modo, el boca en boca no tiene la más mínima chance de empezar a rodar. Una de las opciones (Martín Rejtman fue uno de los primeros en hablar de ello) es hacer el estreno en una sala de teatro, como para apelar a otro circuito, más duradero. De hecho, el teatro Camarín de las Musas, de la calle Mario Bravo, tiene actualmente una sala destinada al cine. Gustavo Tarrío le ha dado otra vuelta de tuerca al asunto, con Número vivo presenta, su nueva... ¿obra? ¿o película?

"Para mí, sí es una obra de teatro, aunque fue medio difícil de registrar... tuvimos algunos problemas con eso -explica Tarrío-. En realidad, Número vivo presenta está planteado como una plataforma que permite presentar y exhibir, como los antiguos números vivos, películas producidas por nosotros. La música y los cantantes prologan un poco esa historia que se está por ver, y también la cierran, arman la conclusión. Así, un tercio de la obra son canciones y el resto, el film. Es que hace mucho que pienso que hay otra manera de ver otro tipo de películas, en otro tipo de salas. Es que el cine puede ser otras cosas y no necesita un ámbito de legitimación, nosotros decretamos que es cine y decidimos acompañar nuestra película así, decidimos su modo de presentación".

Si entendí bien, habrá futuros "programas", diferentes, de Número vivo presenta. En su configuración inicial, se trata de una extensión del proyecto de Tarrío, Foto Bonaudi: una serie documental realizada para televisión (para el canal Ciudad Abierta) que luego se proyectó en una sala -¿transformándose en una película?- y que más adelante mutó en una obra de teatro de la serie "biodrama" del Teatro Sarmiento. La protagonista de la-película-dentro-de-la-obra es una adolescente que ya había participado de Foto Bonaudi. El año pasado, Yanina invitó a Tarrío a "hacerle la película" de su fiesta de quince, en Rafaela, Provincia de Santa Fe. Tarrío le hizo el video de la fiesta y, con los descartes, armó el sencillo film que presenta ahora: básicamente, el monólogo de la quinceañera mientras espera en su cuarto que comience la fiesta. La película, en otro contexto, nos habría dejado tal vez con sabor a poco. Pero contagiado por el clima melancólico instalado por las canciones -cada una con una puesta en escena especial- el registro documental de la quinceañera de Rafaela cobra una dimensión poética inesperada. Habrá que estar atento a las variantes por venir -cine o teatro- de Número vivo presenta.

-Andrés Di Tella


Número vivo presenta de Gustavo Tarrío
Sábados 21hs.
Teatro del Abasto
Humahuaca 3549
tel: 4865-0014

fotografía: Andrés Di Tella (iPhone)

sábado, 5 de febrero de 2011

El pasado es un animal grotesco

En ocasión del reestreno de El pasado es un animal grotesco de Mariano Pensotti, volvemos a publicar un texto de Pensotti, seguido por un breve comentario nuestro.

La obra cuenta las historias de cuatro personajes a lo largo de diez años, desde 1999 hasta 2009. A través de fragmentos breves e intercalados se narran las historias de cuatro personas de Buenos Aires desde los 25 a los 35 años, el momento en el que uno deja de ser quien cree que va a ser para convertirse en quien es, con el ocasional marco de fondo de los cambios sociales y económicos de esos diez años.

Algunas de esas historias hacen foco en lo cotidiano y otras más en lo extraordinario, algunas incluyen elementos documentales o autobiográficos y otras se sumergen abiertamente en la ficción. A su vez, cada historia se bifurca y ramifica en pequeñas historias secundarias. Se trata de un intento de narrar una multitud de historias, a la manera de las "novelas mundo" o los desmesurados relatos del siglo XIX (en la línea de Balzac o Tolstoi), donde una ficción ambiciosa y desatada es contenida por un marco histórico y temporal preciso.

La obra es actuada por sólo cuatro actores. Encerrados en un disco giratorio que se mueve permanentemente ellos solos emprenden la épica tarea de narrar y representar esa multiplicidad de historias, dando vida a docenas de personajes y situaciones. Una "mega ficción" pero narrada con recursos mínimos.

En la obra, narrar el pasado es como poner la voz en off que le de sentido a los fragmentos dispersos de una película cuyo guión se perdió para siempre. Sustentado en el esfuerzo épico de cuatro actores que narran y representan una multitud de historias, el pasado se asoma como un animal entrevisto en la selva de los sueños, un animal que cambia de forma cada vez que lo recordamos, un animal grotesco.

-Mariano Pensotti


No será casualidad que la nueva, extraordinaria, obra de Mariano Pensotti se haya estrenado en el Teatro Sarmiento. Es la sala que supo albergar, quizás, el fenómeno teatral más significativo de los últimos años de la escena porteña: el biodrama. Acuñado por Vivi Tellas, que dirigió hasta el año pasado el teatro vecino al zoológico, el término refiere a una obra de teatro basada en la vida de una persona real, que suele estar presente en la sala el día del estreno. El pasado es un animal grotesco encarna, por momentos, una inquietante reflexión, desde la ficción, sobre los alcances y las encrucijadas éticas del teatro documental. ¿Vivir la vida como una ficción te arruina la vida? ¿Se puede vivir sin ficción? La gracia está, justamente, en que uno se pregunta más de una vez cuánto habrá de realidad en esa ficción, que coquetea a cada momento con un posible referente en el mundo verdadero que todos conocemos. Y cuando la vida de los propios personajes de ficción, en la obra, se vuelve materia de ficción, la serpiente se muerde la cola. Metaficción, teatro que habla de teatro, salón de espejos. Pero digo que la obra de Pensotti encarna porque la cuestión se hace carne en las personas reales que están ahí, pateando el escenario durante dos horas. Por las venas, la piel y los nervios de Pilar Gamboa, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Julieta Vallina -increíble cuarteto de actores- pasa la corriente eléctrica de la verdad y el efecto sobre la platea es... bueno, electrizante. En medio de rayos y relámpagos, sobre la mesa de operaciones del Dr. Frankestein, el monstruo hecho de retazos de cadáveres cobra vida. El tremendo animal grotescoque ha ensamblado trabajosamente Pensotti se pone de pie y camina solo.
-Andrés Di Tella

Teatro Sarmiento
Av. Sarmiento 2715
jueves a domingo 21hs.


fotos: 1. Julieta Vallina, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Pilar Gamboa en El pasado es un animal grotesco. 2. Imagen de Jorge Macchi utilizada como afiche de la obra.

Publicado originalmente el 20 de marzo 2010.

jueves, 3 de febrero de 2011

Mi vida después


Mañana (viernes) se reestrena Mi vida después de Lola Arias. Aqui reeditamos la crónica del estreno, hace casi dos años. Sin duda volveremos a ir, a ver en qué anda.

"Cuando tenía siete años me ponía la ropa de mi madre e iba por mi casa pisándome el vestido como una reina en miniatura," explica Liza Casullo sobre el escenario. "Veinte años después encuentro un pantalón Lee de los setentas de mi madre que es exactamente de mi medida. Me pongo el pantalón y empiezo a caminar hacia el pasado. En una avenida, me encuentro con mis padres cuando era jóvenes y nos vamos a dar un paseo en moto por Buenos Aires. Mi padre adelante, después mi madre y yo agarrada de la cintura de mi madre, con el viento golpeándome tan fuerte como si quisiera borrarme la cara".

Así empieza Mi vida después, la obra de Lola Arias que se estrenó hace dos semanas en el Teatro Sarmiento y que viene a ser, en más de un sentido, el último episodio de la serie Biodrama creada por Vivi Tellas. La premisa del proyecto auspiciaba la creación de obras de teatro basadas en la vida de una persona real, viva. Mientras duró, Biodrama tuvo la enorme virtud de empujar hacia territorios inexplorados --los del teatro documental-- a una serie de dramaturgos notables como Javier Daulte, Gustavo Tarrío, Mariana Obersztern, Daniel Veronese, Beatriz Catani, Mariano Pensoti, Mariana Chaud y Analía Couseyro. Tras la renuncia de Tellas a la dirección del Teatro Sarmiento (dependiente de la obsoleta estructura de teatros oficiales de la ciudad de Buenos Aires), el proyecto no continuará allí, y queda por verse si reencarnará de alguna otra forma. Mi vida después, iniciada bajo la gestión de Tellas, ya no lleva la etiqueta "biodrama" pero, de todas formas, resume y multiplica la premisa del proyecto, llevándola casi al límite del agotamiento.

Arias plantea lo siguiente: "Seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen la juventud de sus padres a partir de fotos, cartas, cintas, ropa usada, relatos, recuerdos borrados. ¿Quiénes eran mis padres cuando yo nací? ¿Cómo era la Argentina cuando yo no sabía hablar? ¿Cuántas versiones existen sobre lo que pasó cuando yo aún no existía o era tan chico que ni recuerdo? Cada actor hace una remake de escenas del pasado para entender algo del futuro. Como dobles de riesgo de sus padres, los hijos se ponen su ropa y tratan de representar su historia familiar. Carla reconstruye las versiones sobre la muerte de su padre que era guerrillero del ERP. Vanina vuelve a mirar sus fotos de infancia tratando de entender qué hacía su padre como oficial de inteligencia. Blas se pone la sotana de su padre cura para representar la vida en el seminario. Mariano vuelve a escuchar las cintas que dejó su padre cuando era periodista automovilístico y militaba en la Juventud Peronista. Pablo revive la vida de su padre como empleado de un banco intervenido por militares. Liza actúa las circunstancias en que sus padres se exiliaron de Argentina. Mi vida después transita en los bordes entre lo real y la ficción, el encuentro entre dos generaciones, la remake como forma de revivir el pasado y modificar el futuro, el cruce entre la historia del país y la historia privada".

Arias pone en juego un abanico impresionante de recursos escénicos, desde sublimes momentos musicales hasta una muy aceitada trasmisión "en vivo" de filmaciones generadas sobre el mismo escenario. Todo sucede dentro de un clima de espontaneidad que rescata la frescura y la gracia de la improvisación, como si se tratara de un ensayo extraordinariamente feliz. Pero también pasa que los actores (todos buenísimos) dejan entrever por momentos cierta incomodidad con los textos, donde deben hablar de sí mismos y de sus padres, sin mediación. Es como si esa literalidad de la situación --"estos textos son literalmente verídicos"-- los llevara a un terreno extraño, casi intransitable para el actor, que no es ni el de la actuación ni el del testimonio. Al mismo tiempo, esa incomodidad de los actores trasmite un grado de incertidumbre y de riesgo que se agradece. Lo interesante del Biodrama, su desafío si se quiere, está ahí, en ese borde incómodo. El exceso de eficacia escénica podría ahogar, justamente, todo efecto de verdad. La incomodidad de los actores, que podría ser un defecto, preserva sobre el escenario un hálito de credibilidad.

El problema, como adelantaba al principio, es que Mi vida después parece estar resumiendo y multiplicando la premisa de Biodrama, en la medida que sintetiza y reproduce todo por seis. Cada actor debe contar su propia historia, cada uno a su turno. Pero, en esa repetición de historias, la directora/dramaturga no se quiere repetir: de ahí el despliegue deslumbrante de recursos sobre el escenario. Si bien el efecto inmediato es el de mantener en alto el nivel de entretenimiento (se trata efectivamente de un espectáculo muy entretenido), hay un riesgo de terminar saturando al espectador con tanto despliegue y tanta historia de vida resumida. Es un efecto curioso: se trata de un espectáculo vigoroso, del que se sale casi enfervorizado, los ojos llenos de las mil y una posibilidades del teatro. No se puede pedir mucho más de una obra. Al mismo tiempo, sin embargo, se puede llegar a producir en el espectador un síndrome cartón lleno. Es posible que se trate de un efecto acumulativo, de todos estos años de biodramas, confesionarios, realities y documentales autobiográficos (mea culpa). Pero algo del dispositivo de Mi vida después puede estar actuando como catalizador de ese sentimiento. Oí a un espectador que salía del teatro comentarle a otro: "¡Estuvo buenísimo! Pero no quiero que nadie más me cuente su vida, al menos por unos días".

-Andrés Di Tella


Mi vida después
escrita y dirigida por Lola Arias

Con Blas Arrese Igor, Liza Casullo, Carla Crespo, Vanina Falco, Pablo Lugones, Mariano Speratti, Moreno Speratti da Cunha.

Reestreno 2011: viernes 4 de febrero a las 20.30hs
Funciones: viernes 20.30hs
Última función: viernes 29 de abril a las 20.30hs
La Carpintería: Jean Jaures 858
Informes: 4961-5092

Publicado originalmente el 21 de abril 2009.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Ciudades paralelas (3)



Será paradójico pero cuando se habla de documentales se pone en juego con mucha precisión el concepto de ficción. Anoche hablamos con Stefan Kaegi de su obra Mirador, presentada en el marco del festival Ciudades paralelas, a priori una muestra ejemplar de teatro documental. Un grupo reducido de espectadores, de no más de diez personas, se introduce en un edificio de la calle Talcahuano (casualmente, se comenta, donde tiene su estudio Beatriz Sarlo). En el palier, los recibe un ciego, que hace pasar a cada uno por una puertita al diminuto patio interno del edificio. El ciego saluda, con un apretón de manos o un beso. Esta proximidad física (me entero después) sirve para que el ciego tenga una percepción de quiénes lo rodean, si son hombres o mujeres, altos o petisos, jóvenes o viejos, etc. Los “espectadores” –inevitable poner comillas en este tipo de obras, que son más experiencias de lo teatral que obras de teatro- se sientan alrededor de una mesita instalada en el patio, en realidad un estrecho pozo de aire y luz de paredes altas y negras, bastante deprimente.

Cristian, el ciego, se presenta. Procede a ofrecer a cada uno un vaso de agua, munido de una chicharra que le advierte cuando el vaso se llena. El gadget ayuda a “romper el hielo”. Los espectadores “videntes”, como es natural, se sienten un poco incómodos delante del ciego. La sencilla circunstancia de que él no los puede ver mientras habla enrarece el diálogo, en verdad, más bien un monólogo por parte de Cristian, que cuenta su vida, sus recuerdos muy precisos de cómo fue perdiendo la vista. Cristian habla con bastante naturalidad, pero se nota algo impostado en esa naturalidad. El espectador atribuye la impostación tal vez al hecho de que se trata de un “actor natural”, como dicen en España, es decir, un no-actor. La “mala actuación” es parte de lo que la hace verosímil. En ningún momento sospecha de que detrás hay un libreto, una letra aprendida. El mismo hecho de que se trata de un ciego pareciera ser la prueba de realidad que impide sospechar de la existencia de un guión.

Pero el guión existe. Es decir, existe, en todo caso, una versión editada de la historia de Cristian, elaborada y ensayada, con suma inteligencia y discreción, por el dramaturgo Stefan Kaegi. La segunda parte de la obra consiste en el ascenso en ascensor, de a tres espectadores por viaje, hasta la terraza del edificio. Los primeros suben con Cristian y les toca en el ascensor un momento privado, en el que se produce un intercambio fuera de todo posible guión, ya que es como un tiempo muerto, de transición, en el que no participan los demás espectadores. Por supuesto, según confesó anoche el dramaturgo, ese momento no sólo está “en el guión” sino que fue uno de los plot points más difíciles de resolver. El truco consistía, justamente, en tratar de convencer al espectador de que todo sucedía sin dramaturgia, sin plan deliberado de manipular sus emociones.

El final de Mirador –insidiosamente guionado, como una obra clásica clandestina- trascurre sin muchas palabras en la terraza del edificio, o mejor dicho, un tramo más arriba, al pie del tanque de agua. Hay que superar cierta sensación de vértigo al subir la escalinata. Se trata, efectivamente, de una especie de mirador, con una vista panorámica increíble del centro de la ciudad: el obelisco, las cúpulas, las ventanas iluminadas. A los espectadores se les escapan los inevitables “¡uau!” y “¡mirá!”, delante del ciego, con su cuota de crueldad involuntaria. Cristian, que es músico, integrante de la orquesta municipal de ciegos, canta alguna canción. Al terminar se produce un silencio cargado de extraña emoción. Es una noche bastante ventosa. Cada uno siente el viento en la cara, escucha un instante los sonidos de la ciudad de los que habló Cristian y piensa, tal vez, en lo que no se atreve a decir. En ese momento el espectador cae en la cuenta de que el protagonista de la obra no ha sido Cristian, el ciego, sino él mismo. Y que un autor, Stefan Kaegi, ha pensado, también, su papel.

-Andrés Di Tella

video: Andrés Di Tella


jueves, 2 de diciembre de 2010

Ciudades paralelas (2)

-¡Salimos en La Nación!- le dije a Ceci. Cecilia había leído la nota de La Nación pero no nos había visto. Sin embargo, si se observa con detenimiento la fotografía reproducida ut supra, se advertirá en la parte superior la presencia de un servidor y Cecilia, asistiendo a una obra del festival Ciudades paralelas, acompañados en la ocasión por Alan Pauls. ¡¿Cómo que no nos ven?!

Detalle, onda Blow Up, de la escena del crimen. A ver. Ahora sí, ¿no?. Las manos cruzadas de Alan, la cartera y los brazos de Cecilia y... (sean piadosos)... los anteojos de un servidor.

La nota de Alejandro Cruz tiene la particularidad, rara en el periodismo de espectáculos local, de hacer un poco de historia y discernir rastros de hechos pasados en las noticias de la actualidad. Y así, no deja de nombrar a Vivi Tellas, ex directora del Teatro Sarmiento, donde Stefan Kaegi -curador del festival Ciudades Paralelas- presentó su obra Sentate, hace casi diez años, dando inicio a la serie de "biodramas". Los lectores de este blog tendrán presente la centralidad del trabajo de Vivi Tellas en la historia del teatro documental de esta ciudad, a través de su propia obra como directora y, también, como curadora de aquel ciclo del Teatro Sarmiento que concluyó, casualmente, con Mi vida después de Lola Arias, la otra co-curadora de Ciudades Paralelas.

En esta foto no salimos, aunque estuvimos allí. La obra es imperdible. Biblioteca, trabajo en colaboración de Ant Hampton (otro descubrimiento de Tellas) y Tim Etchells, uno de los grandes dramaturgos contemporáneos de Inglaterra. El tema de las fotos de las obras tiene su interés, creo. Quería sacar fotos durante las representaciones que presencié, como suelo hacer, simplemente para ilustrar alguna de estas entradas de blog. Pero tenía cola de paja y no me animé. ¿O será que el dispositivo extraño de las obras me desconcertó? En el caso de Biblioteca, estábamos solos, en medio de la multitud de lectores que ignoraba el hecho de que estuviéramos, al mismo tiempo, protagonizando y presenciando una obra de teatro (se escuchan instrucciones por auriculares y se leen los textos indicados, pero no es tan simple como suena...). La misma doble actividad era de tal intensidad y, a la vez, una experiencia tan ajena al concepto de "resgistro fotográfico" de la misma, que me olvidé de la foto. Tampoco pude fotografiar la obra de Lola Arias, Hotel, aunque estaba solo, en las distintas habitaciones del hotel Ibis de Plaza Congreso, donde transcurría la "acción". Tuve la mala suerte de tener a Lola sentada justo detrás mío cuando fui a ver Mi vida después en el Teatro Sarmiento y no pude olvidar sus amables reproches por haber sacado fotos (para la crónica) en aquella ocasión. Además, sentía que robar imágenes alli era un acto de alguna manera ilícito, como si de ese modo quebrara la confianza que se habría depositado en mí como espectador solitario. Y en Mirador, la obra de Stefan Kaegi, se me hacía incómodo, casi inmoral, sacarle fotos al ciego protagonista de la obra. Era como si estuviera aprovechándome de su ceguera, aunque la historia de la fotografía tenga casi como leitmotiv "la foto de ciego", de la cual ninguno de los grandes fotógrafos de la historia se ha privado (abajo, la foto emblemática de Paul Strand).


Sobre el final de la obra, ya en la terraza, vi que otros empezaban a sacar fotos y ahí recién me atreví a robar alguna que otra instantánea nocturna. Incluso grabé unas difusas imágenes en movimiento con el celular que, después, colgué aqui mismo, sin pensar demasiado. Pero las borré inmediatamente cuando Cecilia me preguntó si yo había pedido autorización para filmar y si, en cualquier caso, no estaba revelando un momento importante de la obra que le quitaría magia a la experiencia de un eventual espectador. Detrás, en algún lugar, quizás, la idea primitiva de que robar una foto era como robar el alma. Ahora, la publicación de fotos y descripciones detalladas de las obras en La Nación viene, de alguna forma, a "librarme de culpa y cargo" (nadie tampoco pidió permiso para fotografiarnos). Aunque casi no haya sacado fotos ni, tal vez, publique nada. Pero en ese "casi" y en ese "tal vez" caben todos los dilemas éticos del documentalista. Aquel que no se limita a mirar sino que piensa en cómo generar imágenes de lo real que, tal vez, vaya a utilizar... En fin, un tema para seguir discutiendo.

Volveré seguramente sobre Ciudades paralelas y sobre el controvertido tema de la fotografía de las obras, del que pienso hablar también en nuestra charla con Stefan Kaegi, en el cierre del festival, este sábado a las 20hs, en la Galería Pasaje 17, de Bartolomé Mitre 1559.

Mientras tanto, no se pierdan lo que queda de Ciudades paralelas. Es una experiencia única.

-Andrés Di Tella


jueves, 25 de noviembre de 2010

Ciudades paralelas


Me permito recomendar este raro festival de teatro raro, llamado "Ciudades paralelas":

http://www.ciudadesparalelas.com/

Lo organizan Lola Arias y Stefan Kaegi, extraordinarios dramaturgos devenidos curadores.

Yo mismo estaré participando, junto a Cecilia Szperling, como "comentaristas" de la obra de Stefan Kaegi (foto arriba), el sábado 4 de diciembre a las 20hs, en la Galería Pasaje 17, de Bartolomé Mitre 1559.



(hacer clic en la imagen para leer)

lunes, 4 de octubre de 2010

El tiempo todo entero

Fui a ver El tiempo todo entero, la obra de teatro de Romina Paula, con un grupito de personas que ya la habían visto, hace unos meses, en una de las primeras funciones. Todos coincidieron en que fue impresionante el crecimiento de la obra en este tiempo, desde aquel estreno dubitativo, recién salida de los ensayos, hasta la contundencia escénica que ha alcanzado la obra hoy (o la semana pasada). Se trata de una versión libre de El zoo de cristal de Tennessee Williams. Romina Paula -no se la puede llamar por el apellido porque suena medio confianzudo- escribió su propia versión porque eran muy caros los derechos de la obra original. Pero hay un trabajo de escritura muy importante y, de hecho, Romina Paula es una escritora notable (recuerdo el impactante texto autobiográfico que leyó hace un tiempo en el Rojas, en el ciclo Confesionario, justo la misma noche del famoso affaire Iuso).

El zoo de cristal es de 1947 y, según leí por ahí, se trata de la adaptación escénica de un guión que nunca se filmó, basado a su vez en un cuento del propio Williams. En ese sentido, el original se pierde en los orígenes. El texto autobiográfico de Tennessee Williams parece haberse transformado en un texto autobiográfico de Romina Paula. La obra de Romina Paula, por otra parte, no podría estar ocurriendo sino aqui y ahora. El trío disfuncional/incestuoso de madre-hermano-hermana del viejo Sur yanqui se ha mudado al barrio de Caballito. Los personajes y los diálogos, absolutamente contemporáneos y localistas, hacen olvidar que hay un clásico detrás. En ese sentido, se trata de una experiencia muy diferente de la que viene practicando en los últimos años Daniel Veronese, que hace extraordinarias versiones de Chejov o Ibsen, pero como quien toca un standard de jazz.

El tiempo todo entero también se destaca de cierta norma del off porteño. No sólo divierte con inteligencia (la norma) sino que, además, emociona hasta las lágrimas (la excepción). Algo de esa emoción deriva, seguramente, de la estructura melodramática de Williams, que sobrevive intacta a la reescritura. También se genera, seguramente, por méritos propios de la dramaturgia y dirección de Romina Paula, con un juego muy sutil de repetición y variaciones. Pero la emoción que produce la obra -para este espectador- sería impensable sin la presencia de la actriz Pilar Gamboa, de una intensidad electrizante, en el papel de Antonia, la hermana que, por decisión propia, no sale de la casa. Antonia defiende su derecho a no hacer nada con argumentos que están a punto de convencernos y sumarnos a la causa. Pero los argumentos se desmoronan por el propio colapso emocional del personaje cuando, al final, se entera que el hermano se está yendo de casa, dejándola sola con la madre. Y ese colapso emocional, inesperado pero lógico, es un verdadero mazazo para el espectador.

Lo que nos dejó pensando, después de la función, es cómo una obra va cobrando carga emocional. Los que habían visto la obra en aquellas primeras funciones estaban asombrados de la distancia recorrida, de cómo un grupo de actores -todo el elenco es buenísimo, no sólo Pilar Gamboa: Esteban Lamothe, Susana Pampín, Esteban Bigliardi- transita una obra, un texto, un escenario determinado, y va encontrando allí sus propias emociones. Como yo estoy en pleno proceso de montaje de mi película, pensé que el proceso de los actores podría ser un trabajo análogo al del proceso de edición. Es como si los actores y la directora, durante todas estas funciones, hubieran estado editando el texto, no en el sentido de cambiar literalmente nada, sino de darle cada uno, a cada momento, un sentido personal y, al mismo tiempo, compartido. Cecilia me recordó que alguna vez le expliqué que, si se tarda tanto tiempo en montar un documental, es porque lleva mucho tiempo descubrir el sentido -y fundamentalmente el significado emocional- de lo que uno mismo ha filmado. ¿Será que algo de eso pasa en el teatro? Se agradecen respuestas. Mientras tanto, no se pierdan El tiempo todo entero.
-Andrés Di Tella


El tiempo todo entero de Romina Paula
Espacio Callejón / Humahuaca 3759 / Teléfono: 4862-1167
Lunes y miércoles - 21:00 hs - Hasta el 19/12/2010

fotografías: 1. Esteban Lamothe y Pilar Gamboa en El tiempo todo entero; 2. Romina Paula.

sábado, 20 de marzo de 2010

El pasado es un animal grotesco

La obra cuenta las historias de cuatro personajes a lo largo de diez años, desde 1999 hasta 2009. A través de fragmentos breves e intercalados se narran las historias de cuatro personas de Buenos Aires desde los 25 a los 35 años, el momento en el que uno deja de ser quien cree que va a ser para convertirse en quien es, con el ocasional marco de fondo de los cambios sociales y económicos de esos diez años.

Algunas de esas historias hacen foco en lo cotidiano y otras más en lo extraordinario, algunas incluyen elementos documentales o autobiográficos y otras se sumergen abiertamente en la ficción. A su vez, cada historia se bifurca y ramifica en pequeñas historias secundarias. Se trata de un intento de narrar una multitud de historias, a la manera de las "novelas mundo" o los desmesurados relatos del siglo XIX (en la línea de Balzac o Tolstoi), donde una ficción ambiciosa y desatada es contenida por un marco histórico y temporal preciso.

La obra es actuada por sólo cuatro actores. Encerrados en un disco giratorio que se mueve permanentemente ellos solos emprenden la épica tarea de narrar y representar esa multiplicidad de historias, dando vida a docenas de personajes y situaciones. Una "mega ficción" pero narrada con recursos mínimos.

En la obra, narrar el pasado es como poner la voz en off que le de sentido a los fragmentos dispersos de una película cuyo guión se perdió para siempre. Sustentado en el esfuerzo épico de cuatro actores que narran y representan una multitud de historias, el pasado se asoma como un animal entrevisto en la selva de los sueños, un animal que cambia de forma cada vez que lo recordamos, un animal grotesco.

-Mariano Pensotti


No será casualidad que la nueva, extraordinaria, obra de Mariano Pensotti se haya estrenado en el Teatro Sarmiento. Es la sala que supo albergar, quizás, el fenómeno teatral más significativo de los últimos años de la escena porteña: el biodrama. Acuñado por Vivi Tellas, que dirigió hasta el año pasado el teatro vecino al zoológico, el término refiere a una obra de teatro basada en la vida de una persona real, que suele estar presente en la sala el día del estreno. El pasado es un animal grotesco encarna, por momentos, una inquietante reflexión, desde la ficción, sobre los alcances y las encrucijadas éticas del teatro documental. ¿Vivir la vida como una ficción te arruina la vida? ¿Se puede vivir sin ficción? La gracia está, justamente, en que uno se pregunta más de una vez cuánto habrá de realidad en esa ficción, que coquetea a cada momento con un posible referente en el mundo verdadero que todos conocemos. Y cuando la vida de los propios personajes de ficción, en la obra, se vuelve materia de ficción, la serpiente se muerde la cola. Metaficción, teatro que habla de teatro, salón de espejos. Pero digo que la obra de Pensotti encarna porque la cuestión se hace carne en las personas reales que están ahí, pateando el escenario durante dos horas. Por las venas, la piel y los nervios de Pilar Gamboa, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Julieta Vallina -increíble cuarteto de actores- pasa la corriente eléctrica de la verdad y el efecto sobre la platea es... bueno, electrizante. En medio de rayos y relámpagos, sobre la mesa de operaciones del Dr. Frankestein, el monstruo hecho de retazos de cadáveres cobra vida. El tremendo animal grotesco que ha ensamblado trabajosamente Pensotti se pone de pie y camina solo.
-ADT

Teatro Sarmiento
Av. Sarmiento 2715
jueves a domingo 21hs.


fotos: 1. Julieta Vallina, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Pilar Gamboa en El pasado es un animal grotesco. 2. Imagen de Jorge Macchi utilizada como afiche de la obra.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Entrenamiento elemental para actores

Entrenamiento elemental para actores
una película de Federico León y Martín Rejtman

Rejtman y León se juntaron para el proyecto bizarro de canal 7, 200 años, que reunió hace un par de años a un conjunto de directores de teatro con directores de cine (creo que los primeros podían elegir a los segundos) para hacer una serie de telefilms que recién ahora se están completando y que no sé si se trasmitirán o si algunos ya fueron trasmitidos. Cosas del viejo ATC. En este caso, ¡se ha formado una pareja!, y el resultado es una combinación exacta de Rejtman y León que, sin parecerse a nada en la obra de ninguno de los dos, tiene cosas de uno y de otro. El profesor de teatro extremista, medio psicópata, pertenece al universo de Federico León y representa una inflexión más de su ya larga meditación sobre el teatro y la representación, comenzada en sus obras Cachetazo de campo y Museo Miguel Angel Boezzio (una de las experiencias pioneras dentro del "teatro documental" en la Argentina). También tiene, seguramente, algo de ajuste de cuentas con los maestros de la generación anterior, modelo encarnado por monstruos sagrados del teatro como Alberto Ure, Ricardo Bartis y --muy especialmente-- Norman Briski, que con teorías extremadamente elaboradas se han dedicado a torturar a generaciones de actores, como un ejercicio de poder del que sabe sobre el que no sabe, no siempre con malos resultados, hay que decirlo, pero imagino que con algún costo emocional para los involucrados.

En Entrenamiento elemental para actores este modelo de maestro queda en el ridículo más absoluto por tratarse de clases de teatro... para chicos. Y es en ese "contraplano" de los chicos que escuchan con cara de poker --o, mejor dicho, de nada-- al profesor que expone sus teorías salvajes, donde aparece tal vez el factor Rejtman. Hay pocos cineastas con la capacidad de Rejtman para encontrarle la gracia a la situación más insospechada. Silvia Prieto debe ser la mejor comedia del cine argentino reciente y algunos de los cuentos de Rejtman me han hecho reir a carcajadas en medio de la lectura. Rejtman introduce, entonces, un abismo --sutil, pero abismo al fin-- que convierte las sentencias extremadamente serias del profesor en una materia inesperadamente cómica, como si se tratáse de un monólogo de stand-up involuntario. Lo interesante del caso es que, en otro contexto, con otros tiempos y, por supuesto, con otros interlocutores, las teorías teatrales del profesor (un impagable Fabián Arenillas) podrían ser más que atendibles, incluso suscribibles, dentro de su radicalidad. De hecho, uno se puede llegar a imaginar a León o a Rejtman haciendo suyas sus palabras (yo mismo pensé por momentos "tiene razón"). En un giro soprendente, una de las situaciones más ridículas, en la que un niño pregunta si ya están actuando y el profesor le hace repetir el diálogo, como si efectivamente estuvieran actuando, cobra visos de una profunda reflexión --inesperadamente seria ahora-- sobre la actuación. Como los dos grandes artistas radicales que son, cada uno en su terreno, Federico León (en el teatro) y Martín Rejtman (en el cine), la dupla se ríe de la radicalidad en el arte. Y esa risa, sin invalidar del todo el objeto de la burla, nos libera de los discursos y nos permite ver el mundo de nuevo.

Entrenamiento elemental para actores
Estreno 12 de septiembre 2009
Sábados 22hs
El camarín de las musas
Mario Bravo 960 / tel. 4862-0655

Publicado originalmente en ocasión de su presetanción en el último BAFICI, el 29 de marzo de 2009.

martes, 21 de abril de 2009

Mi vida después


"Cuando tenía siete años me ponía la ropa de mi madre e iba por mi casa pisándome el vestido como una reina en miniatura," explica Liza Casullo sobre el escenario. "Veinte años después encuentro un pantalón Lee de los setentas de mi madre que es exactamente de mi medida. Me pongo el pantalón y empiezo a caminar hacia el pasado. En una avenida, me encuentro con mis padres cuando era jóvenes y nos vamos a dar un paseo en moto por Buenos Aires. Mi padre adelante, después mi madre y yo agarrada de la cintura de mi madre, con el viento golpeándome tan fuerte como si quisiera borrarme la cara".

Así empieza Mi vida después, la obra de Lola Arias que se estrenó hace dos semanas en el Teatro Sarmiento y que viene a ser, en más de un sentido, el último episodio de la serie Biodrama creada por Vivi Tellas. La premisa del proyecto auspiciaba la creación de obras de teatro basadas en la vida de una persona real, viva. Mientras duró, Biodrama tuvo la enorme virtud de empujar hacia territorios inexplorados --los del teatro documental-- a una serie de dramaturgos notables como Javier Daulte, Gustavo Tarrío, Mariana Obersztern, Daniel Veronese, Beatriz Catani, Mariano Pensoti, Mariana Chaud y Analía Couseyro. Tras la renuncia de Tellas a la dirección del Teatro Sarmiento (dependiente de la obsoleta estructura de teatros oficiales de la ciudad de Buenos Aires), el proyecto no continuará allí, y queda por verse si reencarnará de alguna otra forma. Mi vida después, iniciada bajo la gestión de Tellas, ya no lleva la etiqueta "biodrama" pero, de todas formas, resume y multiplica la premisa del proyecto, llevándola casi al límite del agotamiento.

Arias plantea lo siguiente: "Seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen la juventud de sus padres a partir de fotos, cartas, cintas, ropa usada, relatos, recuerdos borrados. ¿Quiénes eran mis padres cuando yo nací? ¿Cómo era la Argentina cuando yo no sabía hablar? ¿Cuántas versiones existen sobre lo que pasó cuando yo aún no existía o era tan chico que ni recuerdo? Cada actor hace una remake de escenas del pasado para entender algo del futuro. Como dobles de riesgo de sus padres, los hijos se ponen su ropa y tratan de representar su historia familiar. Carla reconstruye las versiones sobre la muerte de su padre que era guerrillero del ERP. Vanina vuelve a mirar sus fotos de infancia tratando de entender qué hacía su padre como oficial de inteligencia. Blas se pone la sotana de su padre cura para representar la vida en el seminario. Mariano vuelve a escuchar las cintas que dejó su padre cuando era periodista automovilístico y militaba en la Juventud Peronista. Pablo revive la vida de su padre como empleado de un banco intervenido por militares. Liza actúa las circunstancias en que sus padres se exiliaron de Argentina. Mi vida después transita en los bordes entre lo real y la ficción, el encuentro entre dos generaciones, la remake como forma de revivir el pasado y modificar el futuro, el cruce entre la historia del país y la historia privada".

Arias pone en juego un abanico impresionante de recursos escénicos, desde sublimes momentos musicales hasta una muy aceitada trasmisión "en vivo" de filmaciones generadas sobre el mismo escenario. Todo sucede dentro de un clima de espontaneidad que rescata la frescura y la gracia de la improvisación, como si se tratara de un ensayo extraordinariamente feliz. Pero también pasa que los actores (todos buenísimos) dejan entrever por momentos cierta incomodidad con los textos, donde deben hablar de sí mismos y de sus padres, sin mediación. Es como si esa literalidad de la situación --"estos textos son literalmente verídicos"-- los llevara a un terreno extraño, casi intransitable para el actor, que no es ni el de la actuación ni el del testimonio. Al mismo tiempo, esa incomodidad de los actores trasmite un grado de incertidumbre y de riesgo que se agradece. Lo interesante del Biodrama, su desafío si se quiere, está ahí, en ese borde incómodo. El exceso de eficacia escénica podría ahogar, justamente, todo efecto de verdad. La incomodidad de los actores, que podría ser un defecto, preserva sobre el escenario un hálito de credibilidad.

El problema, como adelantaba al principio, es que Mi vida después parece estar resumiendo y multiplicando la premisa de Biodrama, en la medida que sintetiza y reproduce todo por seis. Cada actor debe contar su propia historia, cada uno a su turno. Pero, en esa repetición de historias, la directora/dramaturga no se quiere repetir: de ahí el despliegue deslumbrante de recursos sobre el escenario. Si bien el efecto inmediato es el de mantener en alto el nivel de entretenimiento (se trata efectivamente de un espectáculo muy entretenido), hay un riesgo de terminar saturando al espectador con tanto despliegue y tanta historia de vida resumida. Es un efecto curioso: se trata de un espectáculo vigoroso, del que se sale casi enfervorizado, los ojos llenos de las mil y una posibilidades del teatro. No se puede pedir mucho más de una obra. Al mismo tiempo, sin embargo, se puede llegar a producir en el espectador un síndrome cartón lleno. Es posible que se trate de un efecto acumulativo, de todos estos años de biodramas, confesionarios, realities y documentales autobiográficos (mea culpa). Pero algo del dispositivo de Mi vida después puede estar actuando como catalizador de ese sentimiento. Oí a un espectador que salía del teatro comentarle a otro: "¡Estuvo buenísimo! Pero no quiero que nadie más me cuente su vida, al menos por unos días".


Mi vida después
escrita y dirigida por Lola Arias

Con Blas Arrese Igor, Liza Casullo, Carla Crespo, Vanina Falco, Pablo Lugones, Mariano Speratti, Moreno Speratti da Cunha.

Teatro Sarmiento
Av Sarmiento 2715 (Jardín Zoológico)
Boletería: 4808-9479
Jueves a domingo 21 horas.