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jueves, 1 de septiembre de 2011

Primer día de clases

Confesionario Escuela
Primer día de clases
María Moreno - Martín Kohan
pequeña perfo: Vivi Tellas

Confesora: Cecilia Szperling

HOY JUEVES 1 de septiembre, 20hs
Centro Cultural Ricardo Rojas
Av. Corrientes 2038
Gratis

domingo, 29 de mayo de 2011

Las declamadoras (hoy domingo)

Vivi Tellas, creadora de Mi Mamá y mi Tía, dirige a Mi Suegra y Mi Mujer en Las declamadoras, performance, hoy domingo 18.30hs, en Fundación PROA, Pedro de Mendoza y Caminito, La Boca. Con Cecilia y Rosita Szperling, entre otrAs declamadoras. Entrada gratuita. Imperdible.


sábado, 5 de febrero de 2011

El pasado es un animal grotesco

En ocasión del reestreno de El pasado es un animal grotesco de Mariano Pensotti, volvemos a publicar un texto de Pensotti, seguido por un breve comentario nuestro.

La obra cuenta las historias de cuatro personajes a lo largo de diez años, desde 1999 hasta 2009. A través de fragmentos breves e intercalados se narran las historias de cuatro personas de Buenos Aires desde los 25 a los 35 años, el momento en el que uno deja de ser quien cree que va a ser para convertirse en quien es, con el ocasional marco de fondo de los cambios sociales y económicos de esos diez años.

Algunas de esas historias hacen foco en lo cotidiano y otras más en lo extraordinario, algunas incluyen elementos documentales o autobiográficos y otras se sumergen abiertamente en la ficción. A su vez, cada historia se bifurca y ramifica en pequeñas historias secundarias. Se trata de un intento de narrar una multitud de historias, a la manera de las "novelas mundo" o los desmesurados relatos del siglo XIX (en la línea de Balzac o Tolstoi), donde una ficción ambiciosa y desatada es contenida por un marco histórico y temporal preciso.

La obra es actuada por sólo cuatro actores. Encerrados en un disco giratorio que se mueve permanentemente ellos solos emprenden la épica tarea de narrar y representar esa multiplicidad de historias, dando vida a docenas de personajes y situaciones. Una "mega ficción" pero narrada con recursos mínimos.

En la obra, narrar el pasado es como poner la voz en off que le de sentido a los fragmentos dispersos de una película cuyo guión se perdió para siempre. Sustentado en el esfuerzo épico de cuatro actores que narran y representan una multitud de historias, el pasado se asoma como un animal entrevisto en la selva de los sueños, un animal que cambia de forma cada vez que lo recordamos, un animal grotesco.

-Mariano Pensotti


No será casualidad que la nueva, extraordinaria, obra de Mariano Pensotti se haya estrenado en el Teatro Sarmiento. Es la sala que supo albergar, quizás, el fenómeno teatral más significativo de los últimos años de la escena porteña: el biodrama. Acuñado por Vivi Tellas, que dirigió hasta el año pasado el teatro vecino al zoológico, el término refiere a una obra de teatro basada en la vida de una persona real, que suele estar presente en la sala el día del estreno. El pasado es un animal grotesco encarna, por momentos, una inquietante reflexión, desde la ficción, sobre los alcances y las encrucijadas éticas del teatro documental. ¿Vivir la vida como una ficción te arruina la vida? ¿Se puede vivir sin ficción? La gracia está, justamente, en que uno se pregunta más de una vez cuánto habrá de realidad en esa ficción, que coquetea a cada momento con un posible referente en el mundo verdadero que todos conocemos. Y cuando la vida de los propios personajes de ficción, en la obra, se vuelve materia de ficción, la serpiente se muerde la cola. Metaficción, teatro que habla de teatro, salón de espejos. Pero digo que la obra de Pensotti encarna porque la cuestión se hace carne en las personas reales que están ahí, pateando el escenario durante dos horas. Por las venas, la piel y los nervios de Pilar Gamboa, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Julieta Vallina -increíble cuarteto de actores- pasa la corriente eléctrica de la verdad y el efecto sobre la platea es... bueno, electrizante. En medio de rayos y relámpagos, sobre la mesa de operaciones del Dr. Frankestein, el monstruo hecho de retazos de cadáveres cobra vida. El tremendo animal grotescoque ha ensamblado trabajosamente Pensotti se pone de pie y camina solo.
-Andrés Di Tella

Teatro Sarmiento
Av. Sarmiento 2715
jueves a domingo 21hs.


fotos: 1. Julieta Vallina, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Pilar Gamboa en El pasado es un animal grotesco. 2. Imagen de Jorge Macchi utilizada como afiche de la obra.

Publicado originalmente el 20 de marzo 2010.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Ciudades paralelas (2)

-¡Salimos en La Nación!- le dije a Ceci. Cecilia había leído la nota de La Nación pero no nos había visto. Sin embargo, si se observa con detenimiento la fotografía reproducida ut supra, se advertirá en la parte superior la presencia de un servidor y Cecilia, asistiendo a una obra del festival Ciudades paralelas, acompañados en la ocasión por Alan Pauls. ¡¿Cómo que no nos ven?!

Detalle, onda Blow Up, de la escena del crimen. A ver. Ahora sí, ¿no?. Las manos cruzadas de Alan, la cartera y los brazos de Cecilia y... (sean piadosos)... los anteojos de un servidor.

La nota de Alejandro Cruz tiene la particularidad, rara en el periodismo de espectáculos local, de hacer un poco de historia y discernir rastros de hechos pasados en las noticias de la actualidad. Y así, no deja de nombrar a Vivi Tellas, ex directora del Teatro Sarmiento, donde Stefan Kaegi -curador del festival Ciudades Paralelas- presentó su obra Sentate, hace casi diez años, dando inicio a la serie de "biodramas". Los lectores de este blog tendrán presente la centralidad del trabajo de Vivi Tellas en la historia del teatro documental de esta ciudad, a través de su propia obra como directora y, también, como curadora de aquel ciclo del Teatro Sarmiento que concluyó, casualmente, con Mi vida después de Lola Arias, la otra co-curadora de Ciudades Paralelas.

En esta foto no salimos, aunque estuvimos allí. La obra es imperdible. Biblioteca, trabajo en colaboración de Ant Hampton (otro descubrimiento de Tellas) y Tim Etchells, uno de los grandes dramaturgos contemporáneos de Inglaterra. El tema de las fotos de las obras tiene su interés, creo. Quería sacar fotos durante las representaciones que presencié, como suelo hacer, simplemente para ilustrar alguna de estas entradas de blog. Pero tenía cola de paja y no me animé. ¿O será que el dispositivo extraño de las obras me desconcertó? En el caso de Biblioteca, estábamos solos, en medio de la multitud de lectores que ignoraba el hecho de que estuviéramos, al mismo tiempo, protagonizando y presenciando una obra de teatro (se escuchan instrucciones por auriculares y se leen los textos indicados, pero no es tan simple como suena...). La misma doble actividad era de tal intensidad y, a la vez, una experiencia tan ajena al concepto de "resgistro fotográfico" de la misma, que me olvidé de la foto. Tampoco pude fotografiar la obra de Lola Arias, Hotel, aunque estaba solo, en las distintas habitaciones del hotel Ibis de Plaza Congreso, donde transcurría la "acción". Tuve la mala suerte de tener a Lola sentada justo detrás mío cuando fui a ver Mi vida después en el Teatro Sarmiento y no pude olvidar sus amables reproches por haber sacado fotos (para la crónica) en aquella ocasión. Además, sentía que robar imágenes alli era un acto de alguna manera ilícito, como si de ese modo quebrara la confianza que se habría depositado en mí como espectador solitario. Y en Mirador, la obra de Stefan Kaegi, se me hacía incómodo, casi inmoral, sacarle fotos al ciego protagonista de la obra. Era como si estuviera aprovechándome de su ceguera, aunque la historia de la fotografía tenga casi como leitmotiv "la foto de ciego", de la cual ninguno de los grandes fotógrafos de la historia se ha privado (abajo, la foto emblemática de Paul Strand).


Sobre el final de la obra, ya en la terraza, vi que otros empezaban a sacar fotos y ahí recién me atreví a robar alguna que otra instantánea nocturna. Incluso grabé unas difusas imágenes en movimiento con el celular que, después, colgué aqui mismo, sin pensar demasiado. Pero las borré inmediatamente cuando Cecilia me preguntó si yo había pedido autorización para filmar y si, en cualquier caso, no estaba revelando un momento importante de la obra que le quitaría magia a la experiencia de un eventual espectador. Detrás, en algún lugar, quizás, la idea primitiva de que robar una foto era como robar el alma. Ahora, la publicación de fotos y descripciones detalladas de las obras en La Nación viene, de alguna forma, a "librarme de culpa y cargo" (nadie tampoco pidió permiso para fotografiarnos). Aunque casi no haya sacado fotos ni, tal vez, publique nada. Pero en ese "casi" y en ese "tal vez" caben todos los dilemas éticos del documentalista. Aquel que no se limita a mirar sino que piensa en cómo generar imágenes de lo real que, tal vez, vaya a utilizar... En fin, un tema para seguir discutiendo.

Volveré seguramente sobre Ciudades paralelas y sobre el controvertido tema de la fotografía de las obras, del que pienso hablar también en nuestra charla con Stefan Kaegi, en el cierre del festival, este sábado a las 20hs, en la Galería Pasaje 17, de Bartolomé Mitre 1559.

Mientras tanto, no se pierdan lo que queda de Ciudades paralelas. Es una experiencia única.

-Andrés Di Tella


miércoles, 9 de junio de 2010

Before & After

Vivi Tellas, que se calza los anteojos mágicos y ve un escenario teatral donde los demás mortales no vemos más que un lugar, se quedó de una pieza al ver los cambios recientes en mi estudio. Me envió un email con un testimonio gráfico del mismo "escenario" hace apenas unos meses:

Asunto: el escritorio de Andrés
mensaje: qué inspiración, dios mío!


En el "nuevo" escritorio/escenario, espero no perder la inspiración.

nota bene: cane dormus erat primo (el perro dormilón ya estaba "antes").

viernes, 16 de octubre de 2009

Diario de Princeton 3

Aquele querido mes de agosto, de Miguel Gomes, presentada por Alan Pauls: "En la película de Gomes, la ficción es como una fuerza de ocupación que conquista el territorio. El documental sería algo así como los partizanos que resisten el dominio de la ficción".

El profesor Arcadio Díaz Quiñones, que dio un seminario para alquilar balcones sobre "la isla en la literatura", quiere saber por qué Gomes emplea a no-actores para hacer personajes de ficción. Escuchan atentamente los profesores James Irby, uno de los primeros traductores de Borges al inglés (Labyrinths, New Directions, 1962), y Ricardo Piglia, autor de una famosa novela de non-fiction con derivaciones judiciales (Plata quemada). Piglia adelantó -gran noticia- que está terminando una nueva novela.

Miguel Gomes: "El tema de la película es el deseo de ficción que tiene la gente. El deseo de ser, por ejemplo, estrellas de cine por un verano. Para mí, la segunda parte de la película no deja de ser documental: se trata de un documental sobre personas que interpretan a un personaje, pero que, por supuesto, al hacerlo, siguen siendo ellos mismos. La realidad incluye el deseo de cosas que no solemos relacionar con el concepto de realidad, tal como ese deseo de ficción. O el deseo de fuegos artificiales..."

Thomas Levin, especialista en teoría de los medios y curador de una importante muestra sobre Retórica de la Vigilancia, de Bentham a Gran Hermano, presentó Juízo, de María Augusta Ramos: "El último documental de Ramos, que vamos a ver dentro de un momento, ofrece una mirada sobria, sutil, inteligente -y nada sensacionalista- sobre el sistema de justicia para menores del Brasil, un sistema extremadamente problemático. Juízo, felizmente, elude por completo esa tendencia repulsiva, de proporciones epidémicas dentro de cierto cine global, que yo he llamado location pornography: la exotización sensacionalista de la pobreza, la corrupción y el sufrimiento del Tercer Mundo".

María Augusta Ramos escucha un comentario de su compatriota Beatriz Jaguaribe, Visiting Professor en Princeton. Juízo, el documental de Ramos, retrata el funcionamiento de un tribunal de menores de Rio de Janeiro. Por una cuestión legal, la directora se vio impedida de filmar a los menores acusados. La decisión de reemplazarlos por otros jóvenes, de circunstancias similares, que "actúan" el contraplano de los jueces, fiscales y defensores, trajo un debate picante sobre los cruces entre documental y teatro.

Miguel Gomes y Vivi Tellas durante el lunch-workshop de Prospect House organizado por el Program in Latin American Studies.

Susana Barriga, fotógrafa y poeta, además de cineasta, registra su primera visita a los Estados Unidos.

Vivi Tellas presentó su Proyecto Archivos de teatro documental, que incluye la obra Cozarinsky y su médico, protagonizada por Edgardo Cozarinsky, escritor y cineasta, reciente invitado de Princeton. Cozarinsky tenía cancer y su médico, el Dr. Florín, le salvó la vida. La obra, con ambos en escena, trataba de eso. "Cuando estábamos en medio del trabajo, Cozarinsky me dice que no quiere que se hable del cáncer porque su madre, que tenía cerca de 100 años, no debía enterarse. Yo no sabía cómo continuar, hasta que se me ocurrió una solución: que Cozarinsky le pida al público que no cuente nada. Cozarinsky estuvo de acuerdo y, en cada función, explicaba la situación y pedía la colaboración del público y de cualquier periodista presente. Nunca supe bien qué es lo que pasaba en ese momento, qué pensaba la gente que presenciaba esa extraña solicitud que venía desde el escenario, en medio de una obra de teatro. Fue el momento teatral más raro de toda mi vida".

Reunión de los responsables del libro Conversación en Princeton. Andrés Di Tella: cine documental y archivo personal. El proyecto comenzó en mayo de 2005 con una conversación en torno de una ensalada de pulpo preparada por Fernando Acosta Rodríguez, bibliotecario de Princeton. Volvió el pulpo y volvieron los Fab Four (de izquierda a derecha): Andrés Di Tella, Fernando Acosta Rodríguez, y los profesores Paul Firbas y Pedro Meira Monteiro (estos últimos, los editores del volumen).

martes, 21 de abril de 2009

Mi vida después


"Cuando tenía siete años me ponía la ropa de mi madre e iba por mi casa pisándome el vestido como una reina en miniatura," explica Liza Casullo sobre el escenario. "Veinte años después encuentro un pantalón Lee de los setentas de mi madre que es exactamente de mi medida. Me pongo el pantalón y empiezo a caminar hacia el pasado. En una avenida, me encuentro con mis padres cuando era jóvenes y nos vamos a dar un paseo en moto por Buenos Aires. Mi padre adelante, después mi madre y yo agarrada de la cintura de mi madre, con el viento golpeándome tan fuerte como si quisiera borrarme la cara".

Así empieza Mi vida después, la obra de Lola Arias que se estrenó hace dos semanas en el Teatro Sarmiento y que viene a ser, en más de un sentido, el último episodio de la serie Biodrama creada por Vivi Tellas. La premisa del proyecto auspiciaba la creación de obras de teatro basadas en la vida de una persona real, viva. Mientras duró, Biodrama tuvo la enorme virtud de empujar hacia territorios inexplorados --los del teatro documental-- a una serie de dramaturgos notables como Javier Daulte, Gustavo Tarrío, Mariana Obersztern, Daniel Veronese, Beatriz Catani, Mariano Pensoti, Mariana Chaud y Analía Couseyro. Tras la renuncia de Tellas a la dirección del Teatro Sarmiento (dependiente de la obsoleta estructura de teatros oficiales de la ciudad de Buenos Aires), el proyecto no continuará allí, y queda por verse si reencarnará de alguna otra forma. Mi vida después, iniciada bajo la gestión de Tellas, ya no lleva la etiqueta "biodrama" pero, de todas formas, resume y multiplica la premisa del proyecto, llevándola casi al límite del agotamiento.

Arias plantea lo siguiente: "Seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen la juventud de sus padres a partir de fotos, cartas, cintas, ropa usada, relatos, recuerdos borrados. ¿Quiénes eran mis padres cuando yo nací? ¿Cómo era la Argentina cuando yo no sabía hablar? ¿Cuántas versiones existen sobre lo que pasó cuando yo aún no existía o era tan chico que ni recuerdo? Cada actor hace una remake de escenas del pasado para entender algo del futuro. Como dobles de riesgo de sus padres, los hijos se ponen su ropa y tratan de representar su historia familiar. Carla reconstruye las versiones sobre la muerte de su padre que era guerrillero del ERP. Vanina vuelve a mirar sus fotos de infancia tratando de entender qué hacía su padre como oficial de inteligencia. Blas se pone la sotana de su padre cura para representar la vida en el seminario. Mariano vuelve a escuchar las cintas que dejó su padre cuando era periodista automovilístico y militaba en la Juventud Peronista. Pablo revive la vida de su padre como empleado de un banco intervenido por militares. Liza actúa las circunstancias en que sus padres se exiliaron de Argentina. Mi vida después transita en los bordes entre lo real y la ficción, el encuentro entre dos generaciones, la remake como forma de revivir el pasado y modificar el futuro, el cruce entre la historia del país y la historia privada".

Arias pone en juego un abanico impresionante de recursos escénicos, desde sublimes momentos musicales hasta una muy aceitada trasmisión "en vivo" de filmaciones generadas sobre el mismo escenario. Todo sucede dentro de un clima de espontaneidad que rescata la frescura y la gracia de la improvisación, como si se tratara de un ensayo extraordinariamente feliz. Pero también pasa que los actores (todos buenísimos) dejan entrever por momentos cierta incomodidad con los textos, donde deben hablar de sí mismos y de sus padres, sin mediación. Es como si esa literalidad de la situación --"estos textos son literalmente verídicos"-- los llevara a un terreno extraño, casi intransitable para el actor, que no es ni el de la actuación ni el del testimonio. Al mismo tiempo, esa incomodidad de los actores trasmite un grado de incertidumbre y de riesgo que se agradece. Lo interesante del Biodrama, su desafío si se quiere, está ahí, en ese borde incómodo. El exceso de eficacia escénica podría ahogar, justamente, todo efecto de verdad. La incomodidad de los actores, que podría ser un defecto, preserva sobre el escenario un hálito de credibilidad.

El problema, como adelantaba al principio, es que Mi vida después parece estar resumiendo y multiplicando la premisa de Biodrama, en la medida que sintetiza y reproduce todo por seis. Cada actor debe contar su propia historia, cada uno a su turno. Pero, en esa repetición de historias, la directora/dramaturga no se quiere repetir: de ahí el despliegue deslumbrante de recursos sobre el escenario. Si bien el efecto inmediato es el de mantener en alto el nivel de entretenimiento (se trata efectivamente de un espectáculo muy entretenido), hay un riesgo de terminar saturando al espectador con tanto despliegue y tanta historia de vida resumida. Es un efecto curioso: se trata de un espectáculo vigoroso, del que se sale casi enfervorizado, los ojos llenos de las mil y una posibilidades del teatro. No se puede pedir mucho más de una obra. Al mismo tiempo, sin embargo, se puede llegar a producir en el espectador un síndrome cartón lleno. Es posible que se trate de un efecto acumulativo, de todos estos años de biodramas, confesionarios, realities y documentales autobiográficos (mea culpa). Pero algo del dispositivo de Mi vida después puede estar actuando como catalizador de ese sentimiento. Oí a un espectador que salía del teatro comentarle a otro: "¡Estuvo buenísimo! Pero no quiero que nadie más me cuente su vida, al menos por unos días".


Mi vida después
escrita y dirigida por Lola Arias

Con Blas Arrese Igor, Liza Casullo, Carla Crespo, Vanina Falco, Pablo Lugones, Mariano Speratti, Moreno Speratti da Cunha.

Teatro Sarmiento
Av Sarmiento 2715 (Jardín Zoológico)
Boletería: 4808-9479
Jueves a domingo 21 horas.