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lunes, 7 de febrero de 2011

Número vivo presenta

¡El cine ha muerto! ¡Viva el cine! Ya somos más de cuatro los que estamos pensando alternativas al esquema de estrenar una película un jueves en las salas comerciales para retirar sus restos humeantes antes de cumplir una semana en cartel. De ese modo, el boca en boca no tiene la más mínima chance de empezar a rodar. Una de las opciones (Martín Rejtman fue uno de los primeros en hablar de ello) es hacer el estreno en una sala de teatro, como para apelar a otro circuito, más duradero. De hecho, el teatro Camarín de las Musas, de la calle Mario Bravo, tiene actualmente una sala destinada al cine. Gustavo Tarrío le ha dado otra vuelta de tuerca al asunto, con Número vivo presenta, su nueva... ¿obra? ¿o película?

"Para mí, sí es una obra de teatro, aunque fue medio difícil de registrar... tuvimos algunos problemas con eso -explica Tarrío-. En realidad, Número vivo presenta está planteado como una plataforma que permite presentar y exhibir, como los antiguos números vivos, películas producidas por nosotros. La música y los cantantes prologan un poco esa historia que se está por ver, y también la cierran, arman la conclusión. Así, un tercio de la obra son canciones y el resto, el film. Es que hace mucho que pienso que hay otra manera de ver otro tipo de películas, en otro tipo de salas. Es que el cine puede ser otras cosas y no necesita un ámbito de legitimación, nosotros decretamos que es cine y decidimos acompañar nuestra película así, decidimos su modo de presentación".

Si entendí bien, habrá futuros "programas", diferentes, de Número vivo presenta. En su configuración inicial, se trata de una extensión del proyecto de Tarrío, Foto Bonaudi: una serie documental realizada para televisión (para el canal Ciudad Abierta) que luego se proyectó en una sala -¿transformándose en una película?- y que más adelante mutó en una obra de teatro de la serie "biodrama" del Teatro Sarmiento. La protagonista de la-película-dentro-de-la-obra es una adolescente que ya había participado de Foto Bonaudi. El año pasado, Yanina invitó a Tarrío a "hacerle la película" de su fiesta de quince, en Rafaela, Provincia de Santa Fe. Tarrío le hizo el video de la fiesta y, con los descartes, armó el sencillo film que presenta ahora: básicamente, el monólogo de la quinceañera mientras espera en su cuarto que comience la fiesta. La película, en otro contexto, nos habría dejado tal vez con sabor a poco. Pero contagiado por el clima melancólico instalado por las canciones -cada una con una puesta en escena especial- el registro documental de la quinceañera de Rafaela cobra una dimensión poética inesperada. Habrá que estar atento a las variantes por venir -cine o teatro- de Número vivo presenta.

-Andrés Di Tella


Número vivo presenta de Gustavo Tarrío
Sábados 21hs.
Teatro del Abasto
Humahuaca 3549
tel: 4865-0014

fotografía: Andrés Di Tella (iPhone)

sábado, 5 de febrero de 2011

El pasado es un animal grotesco

En ocasión del reestreno de El pasado es un animal grotesco de Mariano Pensotti, volvemos a publicar un texto de Pensotti, seguido por un breve comentario nuestro.

La obra cuenta las historias de cuatro personajes a lo largo de diez años, desde 1999 hasta 2009. A través de fragmentos breves e intercalados se narran las historias de cuatro personas de Buenos Aires desde los 25 a los 35 años, el momento en el que uno deja de ser quien cree que va a ser para convertirse en quien es, con el ocasional marco de fondo de los cambios sociales y económicos de esos diez años.

Algunas de esas historias hacen foco en lo cotidiano y otras más en lo extraordinario, algunas incluyen elementos documentales o autobiográficos y otras se sumergen abiertamente en la ficción. A su vez, cada historia se bifurca y ramifica en pequeñas historias secundarias. Se trata de un intento de narrar una multitud de historias, a la manera de las "novelas mundo" o los desmesurados relatos del siglo XIX (en la línea de Balzac o Tolstoi), donde una ficción ambiciosa y desatada es contenida por un marco histórico y temporal preciso.

La obra es actuada por sólo cuatro actores. Encerrados en un disco giratorio que se mueve permanentemente ellos solos emprenden la épica tarea de narrar y representar esa multiplicidad de historias, dando vida a docenas de personajes y situaciones. Una "mega ficción" pero narrada con recursos mínimos.

En la obra, narrar el pasado es como poner la voz en off que le de sentido a los fragmentos dispersos de una película cuyo guión se perdió para siempre. Sustentado en el esfuerzo épico de cuatro actores que narran y representan una multitud de historias, el pasado se asoma como un animal entrevisto en la selva de los sueños, un animal que cambia de forma cada vez que lo recordamos, un animal grotesco.

-Mariano Pensotti


No será casualidad que la nueva, extraordinaria, obra de Mariano Pensotti se haya estrenado en el Teatro Sarmiento. Es la sala que supo albergar, quizás, el fenómeno teatral más significativo de los últimos años de la escena porteña: el biodrama. Acuñado por Vivi Tellas, que dirigió hasta el año pasado el teatro vecino al zoológico, el término refiere a una obra de teatro basada en la vida de una persona real, que suele estar presente en la sala el día del estreno. El pasado es un animal grotesco encarna, por momentos, una inquietante reflexión, desde la ficción, sobre los alcances y las encrucijadas éticas del teatro documental. ¿Vivir la vida como una ficción te arruina la vida? ¿Se puede vivir sin ficción? La gracia está, justamente, en que uno se pregunta más de una vez cuánto habrá de realidad en esa ficción, que coquetea a cada momento con un posible referente en el mundo verdadero que todos conocemos. Y cuando la vida de los propios personajes de ficción, en la obra, se vuelve materia de ficción, la serpiente se muerde la cola. Metaficción, teatro que habla de teatro, salón de espejos. Pero digo que la obra de Pensotti encarna porque la cuestión se hace carne en las personas reales que están ahí, pateando el escenario durante dos horas. Por las venas, la piel y los nervios de Pilar Gamboa, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Julieta Vallina -increíble cuarteto de actores- pasa la corriente eléctrica de la verdad y el efecto sobre la platea es... bueno, electrizante. En medio de rayos y relámpagos, sobre la mesa de operaciones del Dr. Frankestein, el monstruo hecho de retazos de cadáveres cobra vida. El tremendo animal grotescoque ha ensamblado trabajosamente Pensotti se pone de pie y camina solo.
-Andrés Di Tella

Teatro Sarmiento
Av. Sarmiento 2715
jueves a domingo 21hs.


fotos: 1. Julieta Vallina, Javier Lorenzo, Juan Minujín y Pilar Gamboa en El pasado es un animal grotesco. 2. Imagen de Jorge Macchi utilizada como afiche de la obra.

Publicado originalmente el 20 de marzo 2010.

jueves, 3 de febrero de 2011

Mi vida después


Mañana (viernes) se reestrena Mi vida después de Lola Arias. Aqui reeditamos la crónica del estreno, hace casi dos años. Sin duda volveremos a ir, a ver en qué anda.

"Cuando tenía siete años me ponía la ropa de mi madre e iba por mi casa pisándome el vestido como una reina en miniatura," explica Liza Casullo sobre el escenario. "Veinte años después encuentro un pantalón Lee de los setentas de mi madre que es exactamente de mi medida. Me pongo el pantalón y empiezo a caminar hacia el pasado. En una avenida, me encuentro con mis padres cuando era jóvenes y nos vamos a dar un paseo en moto por Buenos Aires. Mi padre adelante, después mi madre y yo agarrada de la cintura de mi madre, con el viento golpeándome tan fuerte como si quisiera borrarme la cara".

Así empieza Mi vida después, la obra de Lola Arias que se estrenó hace dos semanas en el Teatro Sarmiento y que viene a ser, en más de un sentido, el último episodio de la serie Biodrama creada por Vivi Tellas. La premisa del proyecto auspiciaba la creación de obras de teatro basadas en la vida de una persona real, viva. Mientras duró, Biodrama tuvo la enorme virtud de empujar hacia territorios inexplorados --los del teatro documental-- a una serie de dramaturgos notables como Javier Daulte, Gustavo Tarrío, Mariana Obersztern, Daniel Veronese, Beatriz Catani, Mariano Pensoti, Mariana Chaud y Analía Couseyro. Tras la renuncia de Tellas a la dirección del Teatro Sarmiento (dependiente de la obsoleta estructura de teatros oficiales de la ciudad de Buenos Aires), el proyecto no continuará allí, y queda por verse si reencarnará de alguna otra forma. Mi vida después, iniciada bajo la gestión de Tellas, ya no lleva la etiqueta "biodrama" pero, de todas formas, resume y multiplica la premisa del proyecto, llevándola casi al límite del agotamiento.

Arias plantea lo siguiente: "Seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen la juventud de sus padres a partir de fotos, cartas, cintas, ropa usada, relatos, recuerdos borrados. ¿Quiénes eran mis padres cuando yo nací? ¿Cómo era la Argentina cuando yo no sabía hablar? ¿Cuántas versiones existen sobre lo que pasó cuando yo aún no existía o era tan chico que ni recuerdo? Cada actor hace una remake de escenas del pasado para entender algo del futuro. Como dobles de riesgo de sus padres, los hijos se ponen su ropa y tratan de representar su historia familiar. Carla reconstruye las versiones sobre la muerte de su padre que era guerrillero del ERP. Vanina vuelve a mirar sus fotos de infancia tratando de entender qué hacía su padre como oficial de inteligencia. Blas se pone la sotana de su padre cura para representar la vida en el seminario. Mariano vuelve a escuchar las cintas que dejó su padre cuando era periodista automovilístico y militaba en la Juventud Peronista. Pablo revive la vida de su padre como empleado de un banco intervenido por militares. Liza actúa las circunstancias en que sus padres se exiliaron de Argentina. Mi vida después transita en los bordes entre lo real y la ficción, el encuentro entre dos generaciones, la remake como forma de revivir el pasado y modificar el futuro, el cruce entre la historia del país y la historia privada".

Arias pone en juego un abanico impresionante de recursos escénicos, desde sublimes momentos musicales hasta una muy aceitada trasmisión "en vivo" de filmaciones generadas sobre el mismo escenario. Todo sucede dentro de un clima de espontaneidad que rescata la frescura y la gracia de la improvisación, como si se tratara de un ensayo extraordinariamente feliz. Pero también pasa que los actores (todos buenísimos) dejan entrever por momentos cierta incomodidad con los textos, donde deben hablar de sí mismos y de sus padres, sin mediación. Es como si esa literalidad de la situación --"estos textos son literalmente verídicos"-- los llevara a un terreno extraño, casi intransitable para el actor, que no es ni el de la actuación ni el del testimonio. Al mismo tiempo, esa incomodidad de los actores trasmite un grado de incertidumbre y de riesgo que se agradece. Lo interesante del Biodrama, su desafío si se quiere, está ahí, en ese borde incómodo. El exceso de eficacia escénica podría ahogar, justamente, todo efecto de verdad. La incomodidad de los actores, que podría ser un defecto, preserva sobre el escenario un hálito de credibilidad.

El problema, como adelantaba al principio, es que Mi vida después parece estar resumiendo y multiplicando la premisa de Biodrama, en la medida que sintetiza y reproduce todo por seis. Cada actor debe contar su propia historia, cada uno a su turno. Pero, en esa repetición de historias, la directora/dramaturga no se quiere repetir: de ahí el despliegue deslumbrante de recursos sobre el escenario. Si bien el efecto inmediato es el de mantener en alto el nivel de entretenimiento (se trata efectivamente de un espectáculo muy entretenido), hay un riesgo de terminar saturando al espectador con tanto despliegue y tanta historia de vida resumida. Es un efecto curioso: se trata de un espectáculo vigoroso, del que se sale casi enfervorizado, los ojos llenos de las mil y una posibilidades del teatro. No se puede pedir mucho más de una obra. Al mismo tiempo, sin embargo, se puede llegar a producir en el espectador un síndrome cartón lleno. Es posible que se trate de un efecto acumulativo, de todos estos años de biodramas, confesionarios, realities y documentales autobiográficos (mea culpa). Pero algo del dispositivo de Mi vida después puede estar actuando como catalizador de ese sentimiento. Oí a un espectador que salía del teatro comentarle a otro: "¡Estuvo buenísimo! Pero no quiero que nadie más me cuente su vida, al menos por unos días".

-Andrés Di Tella


Mi vida después
escrita y dirigida por Lola Arias

Con Blas Arrese Igor, Liza Casullo, Carla Crespo, Vanina Falco, Pablo Lugones, Mariano Speratti, Moreno Speratti da Cunha.

Reestreno 2011: viernes 4 de febrero a las 20.30hs
Funciones: viernes 20.30hs
Última función: viernes 29 de abril a las 20.30hs
La Carpintería: Jean Jaures 858
Informes: 4961-5092

Publicado originalmente el 21 de abril 2009.

martes, 21 de abril de 2009

Mi vida después


"Cuando tenía siete años me ponía la ropa de mi madre e iba por mi casa pisándome el vestido como una reina en miniatura," explica Liza Casullo sobre el escenario. "Veinte años después encuentro un pantalón Lee de los setentas de mi madre que es exactamente de mi medida. Me pongo el pantalón y empiezo a caminar hacia el pasado. En una avenida, me encuentro con mis padres cuando era jóvenes y nos vamos a dar un paseo en moto por Buenos Aires. Mi padre adelante, después mi madre y yo agarrada de la cintura de mi madre, con el viento golpeándome tan fuerte como si quisiera borrarme la cara".

Así empieza Mi vida después, la obra de Lola Arias que se estrenó hace dos semanas en el Teatro Sarmiento y que viene a ser, en más de un sentido, el último episodio de la serie Biodrama creada por Vivi Tellas. La premisa del proyecto auspiciaba la creación de obras de teatro basadas en la vida de una persona real, viva. Mientras duró, Biodrama tuvo la enorme virtud de empujar hacia territorios inexplorados --los del teatro documental-- a una serie de dramaturgos notables como Javier Daulte, Gustavo Tarrío, Mariana Obersztern, Daniel Veronese, Beatriz Catani, Mariano Pensoti, Mariana Chaud y Analía Couseyro. Tras la renuncia de Tellas a la dirección del Teatro Sarmiento (dependiente de la obsoleta estructura de teatros oficiales de la ciudad de Buenos Aires), el proyecto no continuará allí, y queda por verse si reencarnará de alguna otra forma. Mi vida después, iniciada bajo la gestión de Tellas, ya no lleva la etiqueta "biodrama" pero, de todas formas, resume y multiplica la premisa del proyecto, llevándola casi al límite del agotamiento.

Arias plantea lo siguiente: "Seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen la juventud de sus padres a partir de fotos, cartas, cintas, ropa usada, relatos, recuerdos borrados. ¿Quiénes eran mis padres cuando yo nací? ¿Cómo era la Argentina cuando yo no sabía hablar? ¿Cuántas versiones existen sobre lo que pasó cuando yo aún no existía o era tan chico que ni recuerdo? Cada actor hace una remake de escenas del pasado para entender algo del futuro. Como dobles de riesgo de sus padres, los hijos se ponen su ropa y tratan de representar su historia familiar. Carla reconstruye las versiones sobre la muerte de su padre que era guerrillero del ERP. Vanina vuelve a mirar sus fotos de infancia tratando de entender qué hacía su padre como oficial de inteligencia. Blas se pone la sotana de su padre cura para representar la vida en el seminario. Mariano vuelve a escuchar las cintas que dejó su padre cuando era periodista automovilístico y militaba en la Juventud Peronista. Pablo revive la vida de su padre como empleado de un banco intervenido por militares. Liza actúa las circunstancias en que sus padres se exiliaron de Argentina. Mi vida después transita en los bordes entre lo real y la ficción, el encuentro entre dos generaciones, la remake como forma de revivir el pasado y modificar el futuro, el cruce entre la historia del país y la historia privada".

Arias pone en juego un abanico impresionante de recursos escénicos, desde sublimes momentos musicales hasta una muy aceitada trasmisión "en vivo" de filmaciones generadas sobre el mismo escenario. Todo sucede dentro de un clima de espontaneidad que rescata la frescura y la gracia de la improvisación, como si se tratara de un ensayo extraordinariamente feliz. Pero también pasa que los actores (todos buenísimos) dejan entrever por momentos cierta incomodidad con los textos, donde deben hablar de sí mismos y de sus padres, sin mediación. Es como si esa literalidad de la situación --"estos textos son literalmente verídicos"-- los llevara a un terreno extraño, casi intransitable para el actor, que no es ni el de la actuación ni el del testimonio. Al mismo tiempo, esa incomodidad de los actores trasmite un grado de incertidumbre y de riesgo que se agradece. Lo interesante del Biodrama, su desafío si se quiere, está ahí, en ese borde incómodo. El exceso de eficacia escénica podría ahogar, justamente, todo efecto de verdad. La incomodidad de los actores, que podría ser un defecto, preserva sobre el escenario un hálito de credibilidad.

El problema, como adelantaba al principio, es que Mi vida después parece estar resumiendo y multiplicando la premisa de Biodrama, en la medida que sintetiza y reproduce todo por seis. Cada actor debe contar su propia historia, cada uno a su turno. Pero, en esa repetición de historias, la directora/dramaturga no se quiere repetir: de ahí el despliegue deslumbrante de recursos sobre el escenario. Si bien el efecto inmediato es el de mantener en alto el nivel de entretenimiento (se trata efectivamente de un espectáculo muy entretenido), hay un riesgo de terminar saturando al espectador con tanto despliegue y tanta historia de vida resumida. Es un efecto curioso: se trata de un espectáculo vigoroso, del que se sale casi enfervorizado, los ojos llenos de las mil y una posibilidades del teatro. No se puede pedir mucho más de una obra. Al mismo tiempo, sin embargo, se puede llegar a producir en el espectador un síndrome cartón lleno. Es posible que se trate de un efecto acumulativo, de todos estos años de biodramas, confesionarios, realities y documentales autobiográficos (mea culpa). Pero algo del dispositivo de Mi vida después puede estar actuando como catalizador de ese sentimiento. Oí a un espectador que salía del teatro comentarle a otro: "¡Estuvo buenísimo! Pero no quiero que nadie más me cuente su vida, al menos por unos días".


Mi vida después
escrita y dirigida por Lola Arias

Con Blas Arrese Igor, Liza Casullo, Carla Crespo, Vanina Falco, Pablo Lugones, Mariano Speratti, Moreno Speratti da Cunha.

Teatro Sarmiento
Av Sarmiento 2715 (Jardín Zoológico)
Boletería: 4808-9479
Jueves a domingo 21 horas.