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miércoles, 24 de agosto de 2011

Lunes, 22 de julio de 1985

por Jorge Luis Borges

Hoy Jorge Luis Borges cumpliría 112 años. Google le hace una homenaje a su manera (vean el logo de la página del buscador de hoy). Yo aprovecho para publicar uno de sus últimos artículos, poco conocido. El lunes 22 de julio de 1985, Borges asistió al juicio a las juntas militares. Escuchó a un ex detenido de la ESMA y después escribió un artículo para la agencia EFE, titulado "Lunes, 22 de julio de 1985".

He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas "sesiones" cualquier hombre declara cualquier cosa.

Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día. Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.

De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.

¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: Somos los anunciados, los previstos hay un Dios, si hay un punto omnisapiente; ¡y antes de ser, ya son, en esa mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos! Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.

Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.


jueves, 10 de marzo de 2011

martes, 7 de julio de 2009

juego

Cámara Lúcida, que cayó por este blog seguramente engañada por su nombre, me pasó un juego. Nunca entré en estas cosas, pero no sé por qué esta vez me prendí. Lo que hay que hacer es:

1) Agarrar el libro que tenés más cerca.

2) Abrirlo en la página 161.

3) Buscar la 5º frase (completa).

4) Citar la frase en el blog.

5) Pasarlo a otros 5 blogs.

OK. Ahí va. Nadie va a creer que este es el libro que tenía a mano, pero en fin:

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo. Por eso yo hablé en un poema del antiguo alimento de los héroes: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que las trasmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo.

Aqui la jugada de camara lucida.

Paso la posta...




jueves, 2 de julio de 2009

Con el cuchillo bajo el poncho 2

The smiler with the knife under the cloak

por Julio Cortázar

Justo en mitad de la ensaimada
Se plantó y dijo: Babilonia:
Muy pocos entendieron
que quería decir el Rió de la Plata.
Cuando se dieron cuenta ya era tarde,
quién ataja a este potro que galopa
de Patmos a Gotinga a media rienda.
Se empezó a hablar de víkings
en el café Tortoni,
y eso curó a unos cuantos de Juan Pedro Calou
y enfermó a los más flojos de runa y David Hume.

A todo esto él leía
novelas policiales.

Escribí este poema en 1956 y en la India, of all places. No me acuerdo muy bien de las circunstancias, habíamos estado hablando de Borges con otros argentinos para olvidar por un rato el bombardeo de Suez y un documento de la Unesco sobre la comprensión internacional que nos habían dado a traducir; en algún momento sentí que mi afecto por él, de pronto casi tangible entre sikhs y olor de especias y música de sitar, era como un practical joke que Borges me estuviera haciendo telepáticamente desde su casa de la calle Maipú para poder decir después: "Qué raro, ¿no?, que alguien me tenga cariño desde un sitio tan inverosímil cono Nueva Delhi, ¿no?" Y la hoja de papel calzó en la máquina y yo me acordé de unas clases de literatura inglesa allá por la calle Charcas, en la que él nos había mostrado como el verso de Geoffrey Chaucer era exactamente la metáfora criolla de "venirse con el cuchillo abajo'el poncho", y me ganó una ternura idiota que ahogué con jugo de mango y el poema que nunca le mandé a Borges, primero porque yo a Borges solamente lo he visto dos o tres veces en la vida, y después porque para mandar poemas la vida me cortó el chorro allá por los años treinta y ocho.
Nunca quise darlo a conocer aunque estuve cerca cuando la reviste L'Herne me pidió una colaboración para el número dedicado a Borges, pero sospeché que los borgianos profesionales vería una irónica falta de respeto en esa liviana síntesis del mucho bien que nos ha hecho su obra. Casi fue una lástima porque cuando salió el número era tan enorme que parecía un elefante, con lo cual hubiera resultado el vehículo perfecto para mi poema indio; de todas maneras hoy lo mezclo en esta baraja y a lo mejor, Borges, alguien se lo lee en Buenos Aires y usted se sonríe, lo guarda un segundo en su memoria que conoce mejores ocupaciones, y a mí eso me basta desde lejos y desde siempre.
-Julio Cortázar. La vuelta al día en ochenta mundos, México, Siglo Veintiuno Editores, 1984.

Con el cuchillo bajo el poncho


—... decime, Borges, vos, ¿qué podés saber de malevos?
Me miró con una suerte de santo horror.
—Me he documentado —le contesté.

Jorge Luis Borges, fragmento de Juan Muraña.

Imagen: dibujo de un compadrito hecho por Borges.

lunes, 18 de mayo de 2009

Borges (Reloaded)

En la escuela le dieron a R, como tarea, un cuento de Borges. Quise saber cuál y me llevé una sorpresa al no conocerlo. A esta altura --no lo digo con jactancia sino con resignación-- el placer habitual consiste en releer a Borges. Tuve, como consecuencia, la rara oportunidad de leer un cuento de Borges como si fuera inédito. Fue algo así como poder escuchar por primera vez un tema de los Beatles. Y, por supuesto, lo extraño se mezcló con lo familiar: ahí, en esa historia desconocida, de su última época, estaba todo Borges. La mínima pero misteriosa anécdota, de origen oral que le llega al narrador por el abuelo, lo incierto de los hechos y el tono conjetural del relato, presentado como un simple resumen, hasta el enigma final, que evoca aquella famosa definición de La muralla y los libros: "La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo: esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético".

PEDRO SALVADORES

por Jorge Luis Borges


Quiero dejar escrito, acaso por primera vez, uno de los hechos más raros y más tristes de nuestra historia. Intervenir lo menos posible en su narración, prescindir de adiciones pintorescas y de conjeturas aventuradas es, me parece, la mejor manera de hacerlo.

Un hombre, una mujer y la vasta sombra de un dictador son los tres personajes. El hombre se llamó Pedro Salvadores; mi abuelo Acevedo lo vio, días o semanas después de la batalla de Caseros. Pedro Salvadores, tal vez, no difería del común de la gente, pero su destino y los años lo hicieron único. Sería un señor como tantos otros de su época. Poseería (nos cabe suponer) un establecimiento de campo y era unitario. El apellido de su mujer era Planes; los dos vivían en la calle Suipacha, no lejos de la esquina del Temple. La casa en que los hechos ocurrieron sería igual a las otras: la puerta de calle, el zaguán, la puerta cancel, las habitaciones, la hondura de los patios. Una noche, hacia 1842, oyeron el creciente y sordo rumor de los cascos de los caballos en las calles de tierra y los vivas y mueras de los jinetes. La mazorca, esta vez, no pasó de largo. Al griterío sucedieron los repetidos golpes, mientras los hombres derribaban la puerta, Salvadores pudo correr la mesa del comedor, alzar la alfombra y ocultarse en el sótano. La mujer puso la mesa en su lugar. La mazorca irrumpió; venían a llevárselo a Salvadores. La mujer declaró que éste había huido a Montevideo. No le creyeron; la azotaron, rompieron toda la vajilla celeste, registraron la casa, pero no se les ocurrió levantar la alfombra. A la medianoche se fueron, no sin haber jurado volver.

Aqui principia verdaderamente la historia de Pedro Salvadores. Vivió nueve años en el sótano. Por más que nos digamos que los años están hechos de días y los días de horas y que nueve años es un término abstracto y una suma imposible, esa historia es atroz. Sospecho que en la sombra que sus ojos aprendieron a descifrar, no pensaba en nada, ni siquiera en su odio ni en su peligro. Estaba ahí, en el sótano. Algunos ecos de aquel mundo que le estaba vedado le llegarían desde arriba: los pasos habituales de su mujer, el golpe del brocal y del balde, la pesada lluvia en el patio. Cada día, por lo demás, podía ser el último.

La mujer fue despidiendo a la servidumbre, que era capaz de delatarlos. Dijo a todos los suyos que Salvatores estaba en la Banda Oriental. Ganó el pan de los dos cosiendo para el ejército. En el decurso de los años tuvo dos hijos; la familia la repudió, atribuyéndolos a un amante. Después de la caída del tirano, le pedirían perdón de rodillas.

¿Qué fue, quién fue, Pedro Salvadores? ¿Lo encarcelaron el terror, el amor, la invisible presencia de Buenos Aires y, finalmente, la costumbre? Para que no la dejara sola, su mujer le daría inciertas noticias de conspiraciones y de victorias. Acaso era cobarde y la mujer lealmente le ocultó que ella lo sabía. Lo imagino en su sótano, tal vez sin un candil, sin un libro. La sombra lo hundiría en el sueño. Soñaría, al principio, con la noche tremenda en que el acero buscaba la garganta, con las calles abiertas, con la llanura. Al cabo de los años, no podría huir y soñaría con el sótano. Sería, al principio, un acosado, un amenazado; después no lo sabremos nunca, un animal tranquilo en su madriguera o una suerte de oscura divinidad.

Todo esto hasta aquel día del verano de 1852 en que Rosas huyó. Fue entonces cuando el hombre secreto salió a la luz del día; mi abuelo habló con él. Fofo y obeso, estaba del color de la cera y no hablaba en voz alta. Nunca le devolvieron los campos que le habían sido confiscados; creo que murió en la miseria.

Como todas las cosas, el destino de Pedro Salvadores nos parece un símbolo de algo que estamos a punto de comprender.


domingo, 10 de mayo de 2009

¡Quiero ese móvil!

Yo afirmo que solamente los países nuevos tienen pasado, es decir, recuerdos autobiográficos; es decir, tienen historia viva... Yo no he sentido el liviano tiempo en Granada, a la sombra de torres cientos de veces más antigua que las higueras, y sí en Pampa y Triunvirato, insípido lugar de tejas anglizantes ahora, de hornos humosos de ladrillos hace tres años, de potreros caóticos hace cinco. El tiempo... es de más impudente circulación en estas repúblicas.
--Jorge Luis Borges (Evaristo Carriego).

Objet trouvé, Pampa y Combatientes de Malvinas (a una cuadra del escenario del satori de Borges).

lunes, 27 de abril de 2009

Cada época tiene el áleph que se merece

Escribo esta entrada desde Palo Alto, California, a metros de la sede central de Facebook (156, University Avenue) que es como decir muy cerca del centro del universo. Carlos Argentino Daneri estará revolcándose en la tumba.

martes, 7 de abril de 2009

Borges por él mismo


  El informe original que acompaña esta grabación dice que fue terminada el 25 de septiembre de 1967 en los estudios ION de la calle Hipólito Irigoyen en Buenos Aires. La grabación llevó 20 horas. Cuatro horas por día de lunes a viernes. Borges jugaba a que que, como no sabía sus textos de memoria, alguien debía decírselos previamente y los repetía cuarteta a cuarteta o, a veces, línea a línea. Ese alguien fue Ola, mi mujer, que con celebrada paciencia estuvo los cinco días dictándole y escuchándole de pronto decir: "Qué difícil, vamos a estar toda la tarde con esta cuarteta". Sin embargo, la tarea se cumplió y el material resultó una maravilla. Toda la sabiduría de Borges está en este disco. Recuerdo alguna anécdota.

  Sentado esperando un cambio de cintas, escuchábamos su voz que se enrollaba o expandía: "No hubo música en su alma; sólo un vano herbario de metáforas y argucias / y la veneración de las astucias / y el desdén por lo humano y sobrehumano". Borges volvió el rostro y musitó:
  --Claro, no hablo de Gracián sino de mí, soy yo el que aprendió algunas argucias. Cada vez que publico un poema en La Nación pienso, ahora se van a dar cuenta de que soy un impostor. Sin embargo siempre hay alguien que alrededor de las once llama para decir: "muy bueno, Georgie". Luego a las cinco o seis llama Adolfito: "muy bueno, Georgie". Entonces, a eso de las ocho me digo: "qué suerte, tampoco esta vez se han dado cuenta".

  Durante la grabación, yo insistía en que debía aclarar algo sobre las circuntancias en que fueron escritos los poemas o dar alguna pista adicional que haga de este disco un material valioso en sí mismo y no la mera trascripción oral de un texto escrito. Pero no lograba convencerlo.
  --Pero Borges --insistía yo--, hay que darle al oyente la sensación de una proximidad. De la voz del autor se espera cierta confesionalidad.
  Pero todo era inútil. Borges insistía en no agregar palabras.
  --Borges, --volví a decir--, hay razones comerciales que me obligan a insistir.
  --Siendo así, --replicó--, acepto. Porque de comercio yo no entiendo nada.

--Héctor Yanover.
Del sobre interno del CD Jorge Luis Borges por él mismo.

Escuchar fragmentos de las lecturas aqui.