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viernes, 14 de mayo de 2010

martes, 21 de julio de 2009

Confesionario

Foto: Pedro Mairal (abrazado a Fabián Casas), Santiago Llach (remera del Che, al lado de Cucurto), Juan Diego Incardona (medias rojas).

Invitación

CONFESIONARIO, historia de mi vida privada.
Amigos escritores
Llach-Incardona-Mairal
Confesora: Cecilia Szperling

HOY Martes 21 de julio.
21 hs.
CCRRojas. Corrientes 2038.
Biblioteca.

¡Gratis!
¡Habrá Brindis!

miércoles, 3 de junio de 2009

Diario de Estambul 3: la caja de los deseos


En el (largo) vuelo de regreso de Estambul, sobre el Atlántico, mientras (sin saberlo yo) desaparecía el avión de Air France que iba en dirección contraria, leí el último episodio del proyecto autobiográfico de Günter Grass, La caja de los deseos, cuyos primeros párrafos simplemente me atraparon:

Érase una vez un padre que, como se había hecho viejo, convocó a sus hijos e hijas: cuatro, cinco, seis, unos ocho, hasta que, tras dudarlo mucho, se sometieron. Ahora están sentados en torno a una mesa y empiezan a charlar enseguida: cada uno por su cuenta, todos al mismo tiempo, sin duda imaginados por su padre y con palabras de éste, pero testarudos y, a pesar de su cariño, sin pretender ser indulgentes con él. Siguen discutiendo: ¿quién empieza? Primero nacieron los mellizos, aqui llamados Patrick y Georg, y abreviadamente Pat y Jorsch, pero que en realidad se llaman de otro modo. (...)

Aunque adultos y estresados por su profesión y su familia, hijas e hijos hablan como si quisieran literalmente volver atrás, como si les resultara asequible lo que sólo se vislumbra en silueta, como si fuera posible que no pasara el tiempo, como si la infancia no acabara nunca. (...) En una amplia sopera humea un guiso, unas lentejas que, con costillitas de cordero, ha cocinado a fuego lento el padre, que es quien invita, sazonándolas finalmente con mejorana. Así ha sido siempre: al padre le gusta cocinar para muchos. "Asistencia social" llama a su tendencia una multiplicidad épica. Con cucharón justiciero va llenando plato tras plato, acompañando cada vez la acción con alguna de sus sentencias, como: "Ya Esaú cedió su primogenitura por un plato de lentejas". Después de la comida se retirará, para desaparecer en su taller, remontándose en el tiempo, o sentarse junto a su mujer en el banco del jardín.

Fuera es primavera. Dentro calienta todavía la calefacción. Después de haber acabado con las lentejas, los hermanos pueden elegir entre cerveza de botella y jugo de manzana natural. Lara ha traído fotos, que trata de ordenar. Todavía falta algo: Georg, que atiende por el nombre de Jorsch y es, por su profesión, el responsable, prepara los micrófonos de mesa, porque el padre insiste en la técnica de sonido, pide luego que los prueben y, finalmente, se da por satisfecho. A partir de ahora, los hijos tienen la palabra.

lunes, 18 de mayo de 2009

Borges (Reloaded)

En la escuela le dieron a R, como tarea, un cuento de Borges. Quise saber cuál y me llevé una sorpresa al no conocerlo. A esta altura --no lo digo con jactancia sino con resignación-- el placer habitual consiste en releer a Borges. Tuve, como consecuencia, la rara oportunidad de leer un cuento de Borges como si fuera inédito. Fue algo así como poder escuchar por primera vez un tema de los Beatles. Y, por supuesto, lo extraño se mezcló con lo familiar: ahí, en esa historia desconocida, de su última época, estaba todo Borges. La mínima pero misteriosa anécdota, de origen oral que le llega al narrador por el abuelo, lo incierto de los hechos y el tono conjetural del relato, presentado como un simple resumen, hasta el enigma final, que evoca aquella famosa definición de La muralla y los libros: "La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo: esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético".

PEDRO SALVADORES

por Jorge Luis Borges


Quiero dejar escrito, acaso por primera vez, uno de los hechos más raros y más tristes de nuestra historia. Intervenir lo menos posible en su narración, prescindir de adiciones pintorescas y de conjeturas aventuradas es, me parece, la mejor manera de hacerlo.

Un hombre, una mujer y la vasta sombra de un dictador son los tres personajes. El hombre se llamó Pedro Salvadores; mi abuelo Acevedo lo vio, días o semanas después de la batalla de Caseros. Pedro Salvadores, tal vez, no difería del común de la gente, pero su destino y los años lo hicieron único. Sería un señor como tantos otros de su época. Poseería (nos cabe suponer) un establecimiento de campo y era unitario. El apellido de su mujer era Planes; los dos vivían en la calle Suipacha, no lejos de la esquina del Temple. La casa en que los hechos ocurrieron sería igual a las otras: la puerta de calle, el zaguán, la puerta cancel, las habitaciones, la hondura de los patios. Una noche, hacia 1842, oyeron el creciente y sordo rumor de los cascos de los caballos en las calles de tierra y los vivas y mueras de los jinetes. La mazorca, esta vez, no pasó de largo. Al griterío sucedieron los repetidos golpes, mientras los hombres derribaban la puerta, Salvadores pudo correr la mesa del comedor, alzar la alfombra y ocultarse en el sótano. La mujer puso la mesa en su lugar. La mazorca irrumpió; venían a llevárselo a Salvadores. La mujer declaró que éste había huido a Montevideo. No le creyeron; la azotaron, rompieron toda la vajilla celeste, registraron la casa, pero no se les ocurrió levantar la alfombra. A la medianoche se fueron, no sin haber jurado volver.

Aqui principia verdaderamente la historia de Pedro Salvadores. Vivió nueve años en el sótano. Por más que nos digamos que los años están hechos de días y los días de horas y que nueve años es un término abstracto y una suma imposible, esa historia es atroz. Sospecho que en la sombra que sus ojos aprendieron a descifrar, no pensaba en nada, ni siquiera en su odio ni en su peligro. Estaba ahí, en el sótano. Algunos ecos de aquel mundo que le estaba vedado le llegarían desde arriba: los pasos habituales de su mujer, el golpe del brocal y del balde, la pesada lluvia en el patio. Cada día, por lo demás, podía ser el último.

La mujer fue despidiendo a la servidumbre, que era capaz de delatarlos. Dijo a todos los suyos que Salvatores estaba en la Banda Oriental. Ganó el pan de los dos cosiendo para el ejército. En el decurso de los años tuvo dos hijos; la familia la repudió, atribuyéndolos a un amante. Después de la caída del tirano, le pedirían perdón de rodillas.

¿Qué fue, quién fue, Pedro Salvadores? ¿Lo encarcelaron el terror, el amor, la invisible presencia de Buenos Aires y, finalmente, la costumbre? Para que no la dejara sola, su mujer le daría inciertas noticias de conspiraciones y de victorias. Acaso era cobarde y la mujer lealmente le ocultó que ella lo sabía. Lo imagino en su sótano, tal vez sin un candil, sin un libro. La sombra lo hundiría en el sueño. Soñaría, al principio, con la noche tremenda en que el acero buscaba la garganta, con las calles abiertas, con la llanura. Al cabo de los años, no podría huir y soñaría con el sótano. Sería, al principio, un acosado, un amenazado; después no lo sabremos nunca, un animal tranquilo en su madriguera o una suerte de oscura divinidad.

Todo esto hasta aquel día del verano de 1852 en que Rosas huyó. Fue entonces cuando el hombre secreto salió a la luz del día; mi abuelo habló con él. Fofo y obeso, estaba del color de la cera y no hablaba en voz alta. Nunca le devolvieron los campos que le habían sido confiscados; creo que murió en la miseria.

Como todas las cosas, el destino de Pedro Salvadores nos parece un símbolo de algo que estamos a punto de comprender.


miércoles, 13 de mayo de 2009

El paseo

"Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle". Así empieza El paseo, novelita, casi cuento, de Robert Walser, que leí anoche y que me hace declarar: ¡qué manera feliz de comenzar una novela! ¡y qué felicidad contagiosa! ¡y qué ganas de salir a caminar sin rumbo fijo! Es algo que me pasa casi siempre con los escritores-caminantes, como cuando WG Sebald se larga a campo traviesa por las laderas de East Anglia o cuando Bruce Chatwin avanza a pie firme por los caminos de la Patagonia. "Olvidé con rapidez que arriba en mi cuarto había estado hacía un momento incubando, sombrío, sobre una hoja de papel en blanco. Toda la tristeza, todo el dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado, aunque aún sentía vivamente delante y detrás de mí el eco de una cierta seriedad. Esperaba con alegre emoción todo lo que pudiera encontrarme o salirme al paso durante el paseo".

El relato cobra una dimensión particular en la medida que podemos sospechar que todos los relatos de Walser son "informes autobiográficos apenas trasvestidos". Walser no era un simple caminante al que le gustaba un ocasional paseo de domingo. Tenía la manía de caminar: dromomanía. Según un diccionario médico: "Necesidad imperiosa de andar. Es una tendencia instintiva, síntoma de inestabilidad, que puede ser precoz, manifestándose ya en los niños (fugas). En ciertos casos se presenta en forma de vagabundeo y otras veces, como fugas desencadenadas más o menos bruscamente. Es un trastorno neurótico que puede dar lugar a un impulso irresistible a caminar e, incluso, correr". Walser registra una caminata en la que sale de Berna, una madrugada, a las dos de la mañana, y llega a Thonon a las seis. Hace una parada a orillas del lago Niesen, come una lata de sardinas con un trozo de pan, y vuelve a Thonon al anochecer. A medianoche está otra vez en Berna. "Todo a pie, por supuesto", anota. Otra caminata lo lleva de Berna a Ginebra -- 152 kilómetros prácticamente sin parar-- haciendo noche en Ginebra y volviendo a Berna a la mañana siguiente.

Un "tasador de impuestos" se cruza en el camino del Poeta de El paseo y le pregunta, a modo de reproche, cuándo encuentra el tiempo para trabajar y cómo va a hacer para pagar sus impuestos:
--¡Pero siempre se le ve paseando!
--Pasear --respondí yo-- me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada (...) ¿Sabe usted que mi cabeza trabaja dura y tercamente, y a menudo estoy activo en el mejor de los sentidos, cuando parezco un archigandul y persona frívola sin responsabilidad, sin pensamiento ni trabajo, perdido en el azul o en el verde, lento, soñador y perezoso, que ofrece la peor de las impresiones? En una palabra, me gano el pan de cada día pensando, cavilando, hurgando, excavando, meditando, inventando, analizando, investigando y paseando tan a disgusto como el que más. ¡Y aunque quizá ponga la cara más complacida del mundo soy serio y concienzudo en grado sumo, y aunque no parezca más que delicado y soñador soy un sólido experto!

No es que Walser nunca haya "trabajado" de otra cosa que de escritor, por otra parte. Al contrario, durante mucho tiempo buscó trabajos oscuros y subalternos donde refugiarse --justamente-- de la necesidad de escribir. Asistió durante seis meses al valet de cámara de un Conde, en un castillo de la Alta Silesia, donde limpió habitaciones, lustró cubiertos de plata, sacudió alfombras y sirvió la cena vestido de frac. También se desempeñó como criado en otras casas de la alta sociedad suiza. De hecho, Walser se había formado en "una escuela para empleados domésticos", experiencia que recupera en su novela más conocida, Jakob von Gunten (en la cual se basaron los Quay Brothers para hacer su extraordinaria película animada Institute Benjamenta or This Dream People Call Human Life). También ejerció de dependiente de librería, secretario de un abogado, empleado en dos bancos y una compañía de seguros, obrero en una fábrica de máquinas de coser, archivista en las oficinas cantonales de Berna y redactor de avisos clasificados para una revista. Durante unos años, solamente, logró dedicarse a la literatura, sobreviviendo apenas en la pequeña ciudad industrial de Biel, donde vivía la hermana Lisa, escribiendo piezas para diarios y revistas.

La lectura inevitablemente "biográfica" que hacemos de Walser está marcada, también inevitablemente, por el final. En 1929, a los 51 años, tiene una especie de crack-up. Ya no puede trabajar ni escribir. Su hermana lo interna en el hospicio de Waldau. Ante la puerta del nosocomio, Walser le pregunta a la hermana, con su habitual mansedumbre: "¿te parece que es la solución?" En 1933, en estado casi de indigencia, lo trasfieren al hospicio de Heisau, donde, como se dice, concluyó sus días, veintitres años más tarde. Es en el hospicio de Heisau donde lo visita un día Carl Seelig y así comienza otra serie de caminatas (y conversaciones) que Seelig detallará en un libro, titulado --inevitablemente-- Paseos con Robert Walser.

En el hospicio, consigna Seelig, Walser “se esfuerza por trabajar lo más posible y refunfuña si lo molestan (...) En los ratos de ocio se sumerge en revistas amarillentas o en libros viejos”. Seelig un día le pregunta: ¿Y la escritura? Walser contesta: "No estoy aqui para escribir. Estoy aqui para estar loco". Sólo puede escribir en libertad, dice, y hasta tanto no se cumpla esa condición, ni siquiera podrá considerar la posibilidad de retomar la escritura. “Tengo la impresión de que usted no aspira en absoluto a esa libertad”, observa Seelig. “No hay nadie que me la ofrezca, así que hay que esperar”, contesta Walser. Pero Seelig insiste: “Una vez fuera del hospicio, ¿volvería usted a escribir?”. Walser, como otro Bartleby, contesta: “Ante esa pregunta sólo hay una reacción posible: no contestar”.

En un alto del paseo, el Poeta ha llegado a un bosque. "Los abetos se alzaban como columnas, y nada se movía lo más mínimo en el amplio y delicado bosque, por el que toda clase de inaudibles voces parecían cruzar y resonar. (...) Los pasos descalzos en el suelo agradable se volvieron placer, y el silencio encendía oraciones en el alma sintiente. Estar muerto aqui, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. ¡Ah, si se pudiera sentir y gozar de la Muerte en la Muerte! Quizá es así. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila."

El día de navidad de 1956, un día después de pasear con Carl Seelig por el camino de Saint Gall, Walser aparece muerto en la nieve, en el mismo camino que había recorrido tantas veces.

-Andrés Di Tella

sábado, 2 de mayo de 2009

Valencia 826

San Francisco

Esta vez no dio el tiempo para darme una vuelta, pero en mi visita anterior a San Francisco, hace exactamente dos años, Tom Luddy me llevó al 826 de la calle Valencia, la arteria comercial del barrio hispano de The Mission. La vidriera es la de un "pirate supplies store" (venden parches de ojo, catalejos, patas de palo, mapas del tesoro, banderas negras con calaveras, etc.), pero detrás, en los fondos, se esconde un centro cultural muy particular, regenteado por el novelista Dave Eggers, autor de A Heartbreaking Work of Staggering Genius y, hoy por hoy, uno de los dos o tres escritores jóvenes más hot de los Estados Unidos. Eggers, escritor multifacético típico del siglo XXI, también dirige, junto a su mujer Vendela Vida, la editorial McSweeneys, que publica la original revista de ficción del mismo nombre (cada edición viene en un formato distinto: una caja con ocho libritos, una novela gráfica, un paquete con hojas sueltas como si fuera junk mail, un libro de tapas duras encuadernado a la antigua, etc). También publican otra revista de literatura ("sólo críticas entusiastas") llamada The Believer, además de una "revista en formato dvd" llamada Wholphin (que incluye cortometrajes inéditos, documentales, programas bizarros de la TV japonesa, etc). Para complicar las cosas, The Believer también viene a veces con dvd. El último número incluye un dvd titulado "JLG in USA", con distintos cortos y documentales que registran el paso de Jean-Luc Godard por Estados Unidos, en distintas visitas durante los años 70 y 80. En uno de ellos, se advierte al mismo Tom Luddy, en la playa, fumando y charlando con Godard y Wim Wenders. Tom fue, de hecho, productor del King Lear de Godard, asociado con su amigo Francis Ford Coppola.

Eggers también figura como editor de la antología "alternativa", Best American Nonrequired Reading (de la serie Best American Stories y Best American Essays). En realidad, según me explicó Tom, los que leen y seleccionan el material son un grupo de estudiantes secundarios que participan de uno de los talleres de Valencia 826. Eggers y sus amigos (buena parte de la nueva camada de escritores americanos) dan clases gratuitas de escritura creativa y expositiva para los alumnos de las escuelas públicas de la zona. Los voluntarios del centro también dan clases u organizan actividades literarias en los mismos colegios. Uno de los talleres más populares, de un solo día, consiste en inventar una historia y crear un libro ilustrado, del que cada chico se lleva su ejemplar encuadernado, un libro de verdad. Hace poco publicaron un libro que se convirtió en un modesto best-seller: Thanks and Have Fun Running the Country: Kids' Letters to President Obama, con recomendaciones para Obama.

De jueves a domingo, en el centro funciona el sistema de drop-in tutoring: cualquier chico puede traer su tarea para que lo ayuden, o venir a discutir un libro que ha leído o, simplemente, leer. Los chicos de los colegios se codean con los escritores y editores y todos los que trabajan en relación a la editorial, que funciona en el mismo local. De hecho, la fuerza de la idea de Eggers viene precisamente de ahí, de esa vocación por borrar barreras entre creación y educación, entre el mundo literario profesional y el de los chicos de colegio. Tampoco ignora que los chicos, entre otras cosas, son lectores en potencia de todos los autores que pasan por ahí. Tom me explicó que pusieron el negocio de piratas porque el local estaba habilitado como comercio y pensaron que tal vez resultara más simpático para los chicos que, por ejemplo, una librería.

La clave del trabajo con los chicos, se dio cuenta Eggers, era el encuentro one-on-one, es decir, crear las condiciones para que se produzca el diálogo individualizado entre alumno y maestro. Para eso necesitaba muchos maestros. Para quitarle toda noción de sacrificio al "voluntariado", y para lograr la masa crítica de adultos, Eggers convoca a todo aquel que tenga al menos una hora por año para brindarle a los chicos. En algún caso, de alguien muy famoso, puede armar un fundraising breakfast, por ejemplo, la semana pasada con el cineasta Gus van Sant, por el que los interesados pagaron cien dólares por cabeza. Así, desfilan por Valencia 826 innumerables figuras del medio cultural local, nacional e, incluso, extranjeros de paso. Uno de los últimos fue Salman Rushdie, a quien Tom después llevó a almorzar a Vick’s Chaat House, la increíble rotisería/comedor hindú donde también comimos nosotros. Me fui con uno de los cuadernos de trabajo que utilizan en los talleres, con los ejercicios y consignas inventados por Eggers y cía, que van de lo "extremadamente práctico", como el taller para redactar la monografía requerida para ingresar a la universidad, a lo "extremadamente tonto" como el ejercicio dedicado a "escribir para mascotas" (aunque ésto último también tiene su secreta utilidad).

El éxito de convocatoria de Valencia 826 llevó a la creación de centros equivalentes en otras ciudades de Estados Unidos. Una idea: ya que copiamos tantas cosas de nuestros amigos del gran país del norte, pensé, ¿por qué no ésto?

Abajo, Eggers se explica, en la última conferencia TED (Technology, Entertainment, Design), donde fue premiado con $100.000 y la posibilidad de cumplir "un deseo para cambiar el mundo", en su caso, apoyo para la escuelita de Valencia 826.



martes, 14 de abril de 2009

Me dejo guiar por el capricho y la imaginación


En los libros de César Aira (Coronel Pringles, 1949) puede ocurrir cualquier cosa. Por ejemplo, que un enorme salmón cósmico amenace destruir el mundo, justo enfrente de la ciudad argentina de Rosario. Se trata de una maniobra más del profesor Frasca, el maligno científico que quiere hacerse con el poder. La amenaza la cuenta Aira en la primera de las cuatro historias que ha reunido en Las aventuras de Barbaverde (Mondadori), su último libro.

Con su tremendo volumen (se lo puede ver desde cualquier parte del mundo), el salmón avanza imparable surcando el espacio y va a chocar en Rosario y producir una catástrofe. "Cuando escribo ficción puedo permitírmelo todo", dice el escritor argentino. "De hecho, cuando las cosas van saliendo previsibles doy un giro de inmediato". Esta vez las peripecias que ha inventado Aira tienen que ver con los cómics. "Hay un superhéroe y un loco malvado, y también, como en Superman, están un periodista y una chica bonita, para que surja entre ellos el punto romántico".

"He vuelto a los placeres infantiles, sólo que esta vez lo he hecho desde el otro lado", comenta refiriéndose a su niñez de provincias donde los cómics y el cine eran imprescindibles para vivir. "Escribo abierto a todas las posibilidades. Me dejo guiar por el capricho y la imaginación y la fantasía". ¿No tiene miedo de no resultar creíble? "No es algo que me preocupe mientras escribo, pero sí intento darle veracidad a lo que cuento. Quiero que todo funcione como en una novela tradicional, como en una pieza decimonónica de Balzac".

César Aira dice que esta vez quiso crear un marco y unos personajes sobre los que escribir indefinidamente ("hasta que llegara el último cuá", afirma), pero a la cuarta historia se cansó. Su obra es extensa ("hace años hicieron un estudio sobre mi literatura e incluyeron una minuciosa bibliografía: había publicado entonces 55 libros, a los que habrá que añadir ahora otros 15") y ha contado los argumentos más disparatados, descrito situaciones excesivas, sacado de quicio a personajes de los tipos más diversos. "Mi idea es la de ir probando y ver lo que sale", explica. "No me propongo hacer una obra seria, lo mío siempre ha sido una mezcla de cultura popular, plebeya, y alta cultura. Lo que me importa es que el lector pueda ver lo que estoy contando y escribir de la manera más transparente posible".

¿Y cómo se enfrenta Aira a los afanes rupturistas de algunos grandes maestros del siglo XX? "Estuvieron obsesionados por transformar el lenguaje y a mí no me interesan los juegos con las palabras, ni tampoco la opacidad". ¿Y qué entiende por alta cultura? "Seguramente el elemento que define a la verdadera literatura es el autor. Hay un momento en el que nos interesa Kafka, y no sólo sus obras por grandiosas que sean. Son figuras que consiguen abrirnos a nuevos mundos". ¿Y al ensayo, qué importancia le da en su obra? "Los escribí cuando empezaron a hacerme entrevistas. Me ayudaron a aclararme las ideas, pero cuando los escribo siempre siento que hay alguien detrás de mí leyendo y que está pendiente de que no se falte a la verdad".

Con la narración es diferente. Ahí ya no hay nadie detrás y Aira trabaja con extrema libertad. Le hubiera gustado pintar, pero era un oficio muy engorroso ("la pintura, los pínceles, tener que limpiarlo todo") y se dedicó a la literatura, para lo que sólo hace falta "papel y lapicero". "Nunca tuve tiempo para trabajar porque tenía que leer", comenta, y reconoce que conserva el mismo ardor y entusiasmo que tuvo de joven para precipitarse en un libro. Recuerda a Bioy Casares, que les decía a los escritores que empezaban que no se desanimaran, que en 40 años las cosas empiezan a mejorar, para confesar que no le ha ido mal ("sólo me ha costado treinta años y pico"). Al final, cuando hay que definir su literatura surge una palabra italiana que utilizó Castiglione: sprezzatura. Tener un desdén aristocrático por cuanto supone esfuerzo, moverse con ligereza. Hacer las cosas, en definitiva, como si no costara esfuerzo, como si salieran con mucha facilidad. "Nunca tuve tiempo para trabajar porque tenía que leer".

En el marco de la Noche de los Libros de Madrid, el 23 de abril a las 20.30 horas, en la Real Casa de Correos, César Aira ofrecerá una conferencia sobre su relación con los libros y la lectura.


martes, 7 de abril de 2009

Borges por él mismo


  El informe original que acompaña esta grabación dice que fue terminada el 25 de septiembre de 1967 en los estudios ION de la calle Hipólito Irigoyen en Buenos Aires. La grabación llevó 20 horas. Cuatro horas por día de lunes a viernes. Borges jugaba a que que, como no sabía sus textos de memoria, alguien debía decírselos previamente y los repetía cuarteta a cuarteta o, a veces, línea a línea. Ese alguien fue Ola, mi mujer, que con celebrada paciencia estuvo los cinco días dictándole y escuchándole de pronto decir: "Qué difícil, vamos a estar toda la tarde con esta cuarteta". Sin embargo, la tarea se cumplió y el material resultó una maravilla. Toda la sabiduría de Borges está en este disco. Recuerdo alguna anécdota.

  Sentado esperando un cambio de cintas, escuchábamos su voz que se enrollaba o expandía: "No hubo música en su alma; sólo un vano herbario de metáforas y argucias / y la veneración de las astucias / y el desdén por lo humano y sobrehumano". Borges volvió el rostro y musitó:
  --Claro, no hablo de Gracián sino de mí, soy yo el que aprendió algunas argucias. Cada vez que publico un poema en La Nación pienso, ahora se van a dar cuenta de que soy un impostor. Sin embargo siempre hay alguien que alrededor de las once llama para decir: "muy bueno, Georgie". Luego a las cinco o seis llama Adolfito: "muy bueno, Georgie". Entonces, a eso de las ocho me digo: "qué suerte, tampoco esta vez se han dado cuenta".

  Durante la grabación, yo insistía en que debía aclarar algo sobre las circuntancias en que fueron escritos los poemas o dar alguna pista adicional que haga de este disco un material valioso en sí mismo y no la mera trascripción oral de un texto escrito. Pero no lograba convencerlo.
  --Pero Borges --insistía yo--, hay que darle al oyente la sensación de una proximidad. De la voz del autor se espera cierta confesionalidad.
  Pero todo era inútil. Borges insistía en no agregar palabras.
  --Borges, --volví a decir--, hay razones comerciales que me obligan a insistir.
  --Siendo así, --replicó--, acepto. Porque de comercio yo no entiendo nada.

--Héctor Yanover.
Del sobre interno del CD Jorge Luis Borges por él mismo.

Escuchar fragmentos de las lecturas aqui.