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miércoles, 20 de mayo de 2009

Grupo de estudios

Ante el silencio expectante de los ocho o nueve alumnos reunidos alrededor de la mesa, Claudio Caldini va exhumando de su archivo una secuencia imprevisible de piezas únicas, desde hitos de la historia del cine experimental, como los trabajos de los hermanos John y James Whitney, hasta un corto en super 8 que le pasó hace poco un cineasta ruso cuyo nombre no llegué a anotar. Todo en copias dvd pirateadas vaya a saber de dónde --¿quién tendrá originales de semejantes rarezas?--, o en viejas cintas VHS, o incluso mediante YouTube, en conexión con internet. En la penumbra del estudio de la calle San Lorenzo, cerca de Retiro, que presta generosamente el cineasta Daniel Bohm, se hace realidad una vez más el museo imaginario de Malraux. No sé si Caldini no vacila un poco al ofrecer sus tesoros, como bibliotecario de Alejandría antes del incendio, que alcanza un incunable, preguntándose si los ignaros podrán siquiera advertir el valor de lo que está entregando. Es como si todo fuera demasiado fácil. Caldini no habrá olvidado todo lo que le costó hacerse de cierta información, llegar a ver ciertas películas. La misma dificultad trae su enseñanza. Hoy el museo entero pareciera estar a mano, de alguna manera. Pero, ¿qué hay que buscar? ¿y cuál es el sentido de cada pieza hallada? Eso no lo sabe cualquiera. Yo no lo sé.

Los hermanos Whitney fueron discípulos de Oskar Fischinger, cuya historia Caldini ya desentrañó en otra ocasión. En todo caso, fueron seguidores de Fischinger, en la misma senda de experimentación abierta por el animador alemán exiliado en Los Angeles. La trayectoria de cada uno de los hermanos sería como una especie de destino fantasma del destino real de Fischinger. James Whitney se hizo budista, como su maestro. Donde Fischinger escogió como firma de sus producciones la rueda tibetana de la vida, él eligió el ouroborus, la serpiente que devora su propia cola. Dedicó años a la disciplina budista, llevó adelante una existencia casi monástica y apenas realizó dos o tres cortometrajes en toda su vida, una producción más avara aún que la de Fischinger. A juzgar por el que nos mostró Caldini el otro día, sin embargo, se trata de uno de los grandes artistas del género.

El destino de su hermano John fue muy distinto. Es probable que los hermanos hayan asistido a las funciones privadas que hacía Fischinger, en el living oscurecido de su casa, interpretando el lumigraph, un invento que, si entendí bien, consistía en una especie de órgano que proyectaba luces de distintos colores y formas. Fischinger había pensado que se salvaría con el invento, que pronto todo el mundo querría tener un lumigraph en su living. Caldini nos mostró fotografías de una máquina inventada por John Whitney, tal vez inspirada por alguno de los inventos de Fischinger. A fines de los años 40, Whitney reacondicionó el mecanismo de una proto-computadora análoga, diseñada para manejar un arma anti-aérea durante la guerra, y la usó para hacer animaciones. Cualquier forma era sometida por el mecanismo a todas las transformaciones imaginables, o incluso, justamente, a las que no eran fácilmente imaginables: para eso servía la máquina, para ir más allá de la intención del artista.

John Whitney cumplió el destino que no estaba reservado para Fischinger, quien había sido contratado por Disney como empleado estrella pero, por no querer comprometer su integridad de artista, retiró su nombre de los créditos de Fantasía y terminó sus días al borde de la indigencia, en los arrabales de Hollywood. Whitney, en cambio, se incorporó exitosamente a la industria. Sin dejar de realizar sus propios experimentos, hizo animaciones originales para secuencias de títulos de películas, programas de televisión y publicidad, entre las más conocidas la secuencia de títulos de Vertigo de Alfred Hitchcock, en colaboración con el diseñador Saul Bass. Ya en los años 60, fue becado de por vida por IBM para desarrollar la animación digital. Su obra fue precursora y sigue siendo admirable. Y, a la vez, no sé si por culpa de las máquinas, casi inhumana. Y es paradójicamente la ubicuidad de este tipo de animaciones, que hoy cualquiera puede observar en el salvapantallas de su computadora, lo que hace casi invisible a nuestros ojos lo que pudo haber significado, en su momento, el trabajo de estos pioneros, en toda su dimensión.

También los alumnos le devolvemos algo a Caldini, cada tanto. La semana pasada, una de las integrantes del grupo de estudios, Carolina Molinari, trajo una serie de extrañas fotografías. Se trataba de la captura de fotogramas, o mejor dicho frames, tomados de viejas cintas de video VHS de filmaciones familiares. Lo que las hace raras, aparte de la textura particular del video impreso sobre papel fotográfico, es que la fotógrafa aprovechó todos los defectos del video, de baja calidad y ya deteriorado por el paso del tiempo. La imagen de las fotografías rescata la trama irregular del video, los drops, las imágenes superpuestas, los efectos de arco iris y deslizamiento de colores producidos por la desmagnetización de la cinta, etc. Los “errores” tecnológicos del soporte le otorgan a las inocentes imágenes familiares una pátina de tiempo pasado, como una profecía de descomposición que se infiltra en la armonía familiar mentirosa del home movie. Son como fotografías de fantasmas. El paraíso banal de la infancia se ha vuelto, retrospectivamente, infierno de la memoria.

Después de ver las fotos de Carolina Molinari, Caldini pasó un corto de Derek Jarman, A Journey to Avebury, de 1971, que registra en super-8 los paisajes de la campiña inglesa alrededor de Avebury, donde se encuentran restos de monumentos del neolítico. Lo curioso del caso es que, después de haber estado discutiendo un trabajo que explota el defecto como recurso artístico, todas las imperfecciones, manchas, suciedades y rayaduras de la película de Jarman –debidas exclusivamente al paso del tiempo y al desgaste de la copia original de 16mm— aparecían a nuestros ojos como un efecto buscado (o “encontrado” diría Picasso). Lo notable es que esta mirada, deformada (como cuando se dice “por deformación profesional”), hacía más interesantes las imágenes originales que filmó Jarman, humanizaban aquellos paisajes desprovistos de presencia humana. La atribución errónea, como demostró Pierre Menard, a menudo enriquece la lectura. Y las turbulencias del error son casi siempre más interesantes que la superficie lisa de la corrección. Me pregunto si el defecto no será como un acto fallido que nos deja entrever, por un instante, algo parecido a un “inconsciente” de la imagen. Si es que semejante cosa existe. Sea lo que fuera.

fotos: 1. John y James Whitney con una de sus máquinas; 2. Lapis de James Whitney; 3. Imágenes de Catalog, un catálogo comercial de imágenes de John Whitney devenido hito de la historia del cine de animación; 4. A Journey to Avebury de Derek Jarman.

viernes, 12 de septiembre de 2008

el aleph

Ayer me colé en un grupito de confabulados –conjurados, diría Borges-- que se reúne cada quince días con Claudio Caldini, en una habitación a oscuras, para contemplar tesoros extraídos de su cofre de rarezas y deliberar sobre los secretos de la imagen en movimiento. Caldini proyectó algunas películas y nos contó la vida de un oscuro cineasta avant-garde alemán, Oskar Fischinger, precursor de la abstracción en el cine y pionero de los primeros experimentos con el color, con títulos intimidantes como Estudio No. 6 y Composición en azul, entre los años 20 y 30.

También por esos años, realizó un documental extraordinario, Caminando desde Munich a Berlín, filmado cuadro a cuadro, como si fuera una animación. Paradójicamente, Fischinger consigue un efecto “fotográfico” sorprendente, alternando un desfile vertiginoso de escenas y paisajes rurales con momentos más pausados, donde nos deja observar por unos segundos los rostros de las personas que el cineasta se fue cruzando por el camino, como si se tratara de clásicos retratos fotográficos, como de Sander, pero con el extrañamiento de la palpitación producida por el cuadro a cuadro.

No sé por qué, me evocó uno de esos extraños libros de viaje de Sebald, como Los Anillos de Saturno, que parecen combinar sin esfuerzo documento y poesía. De hecho, se trata de un viaje al que Fischinger se largó para huir de sus acreedores en Munich, caminando las 350 millas hasta Berlin con lo puesto y su cámara a cuestas. También vimos un home movie de esa época, hecho con técnica parecida, autorretratos informales de Fischinger con su mujer y su hermano. Sonrisas cómplices, la diversión del experimento y la vida mezclados en un mismo acto, y la emoción que trasmite un momento de felicidad condenado a desaparecer.

En 1936 abandonó la Alemania nazi, donde él y sus amigos empezaban a ser acusados de practicar un “arte degenerado”, y recaló en Hollywood, donde entre otras cosas llegó a diseñar el primer episodio de Fantasía de Walt Disney, aunque después renunció por desavenencias con el estudio y quitó su nombre de los créditos. Una de sus películas más “conocidas”, según Caldini, fue un corto llamado An Optical Poem, producida por la MGM y presentada en los títulos como “un experimento científico”. Me hizo sonreír ver rugir al león de la Metro antes de una película experimental. Y Fischinger, que además era músico y pintor y que soñó con "hacer música con las imágenes", también tenía algo de personaje de Roberto Arlt, entre científico loco y timador. Llegó a inventar un artefacto para filmar animaciones con cera, que era una especie de cruza entre una cámara de cine y una fiambrera. Se lo vendió a otro cineasta, que nunca pudo utilizarla porque las luces de cine derretían la cera.

Mientras veía los materiales únicos que presentaba Caldini y oía sus comentarios, a la vez sencillos y profundos, resultado de una larga y meditada convivencia con esas imágenes, pensé que Caldini era como uno de aquellos viejos sabios de la tribu, que llevaba en la memoria algo así como una biblioteca entera, o mejor, el Archivo General de una nación olvidada. ¿Quién, sino él, sería capaz de recordar, setenta años después, en Buenos Aires, a Oskar Fischinger? De alguna manera, intuí, Caldini hablaba de Fischinger como si estuviera hablando de sí mismo. Los problemas filosóficos que se planteaba el alemán en relación el uso de la música en sus películas parecían problemas prácticos que Caldini se planteaba como propios. Caldini hacía las veces de medium y, allí en la oscuridad, iluminado apenas por la luz del proyector, inducía en nosotros un estado de trance, para que Fischinger siguiera existiendo y hablándonos. Pensé también en esa frase: “En Africa, cada vez que muere un viejo, es como si se incendiara una biblioteca”. Y caí en la cuenta del enorme privilegio que representaba estar ahí sentado, en esa habitación oscura de un departamento de Palermo, como si fuera el sótano de la calle Garay donde Julio Argentino Daneri le reveló a Jorge Luis Borges la existencia del Aleph.

Mañana sábado 13 de septiembre, a las 19hs, en Canasta, Delgado 1235, habrá una oportunidad para ver materiales inéditos de Caldini y charlar con él.

foto: Oskar Fischinger.