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miércoles, 18 de abril de 2012

É Tudo Verdade (It’s All True)—International Documentary Film Festival in São Paulo: Dispatch One


By Ela Bittencourt

While I may need more time to ascertain whether São Paulo is as full of cinephiles as I assume it to be, after my multiple visits, it is undoubtedly blessed with quality cinemas. The sheer number of its art-house or festival-type screening rooms left me exhausted during the Mostra Internactional de Cinema last October; perhaps even more so during the current international documentary film festival É Tudo Verdade (It’s All True). After having shuttled across town, from downtown’s Centro Cultural do Banco do Brasil (CCBB) to Vila Mariana, I found myself admiring the Cinemateca’s elegantly restored brick building, reminiscent of postindustrial DUMBO in Brooklyn, which could be the envy of any metropolitan city. As I settled in, in a welcomingly air-conditioned sala, I often re-checked my schedule, knowing that with films unfolding simultaneously at four spread-out locations, choosing one often meant not making it to another.

This year, É Tudo Verdade has brought a particular richness of documentary filmmaking that focuses on contemporary history, especially the turbulent seventies, when much of Latin America was engulfed in political violence. (...)

Argentine filmmaker Andrés di Tella took as his starting point a young woman’s involvement in a radical political group. His The Montoneros (Os Montoneros) shows a profound psychological complexity, all the more remarkable since di Tella made his documentary in 1995, when the subject was still relatively fresh (The Montoneros was part of a di Tella retrospective at É Tudo Verdade, comprised of eight films). The film’s main protagonist, Ana, is an ex-member of Os Montoneros, a Peronist youth movement, later rejected by Perón, whose guerilla actions included kidnappings and executions of Argentine political and military leaders. Forced into hiding, Ana was captured and held in the infamous military school Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), in Núñez, a neighborhood of Buenos Aires, where some 3,000 political prisoners were murdered. Ana is one of the rare survivors, and as such, is haunted by guilt.

Di Tella’s documentary emphasizes the vulnerability of young revolutionaries: making up the rank-and-file, they are often called to take on more risks than the leaders, and are the first to be sacrificed. But Ana’s story is more than a tale of an outraged young student—it is also a poignant and painful love story, from her courtship by a young activist, to her growing exhaustion and desperation after she gives birth to her first child (she will miscarry her second pregnancy while on the run). Ana is ultimately rejected by her lover, who cannot tolerate her growing desire for normality. Considered a traitor, she is doubly ostracized, forced to lead a clandestine life, while no longer belonging to any movement. Her case exemplifies perhaps the thorniest aspect of political secrecy: those who leave an underground group may end up feeling threatened not only by the regime but also by the former colleagues wishing to protect their safety. The greater portion of the film is dedicated to reconstructing Ana’s state of mind, as she revisits her childhood haunts and hiding places. In contrast, her captivity at ESMA is recalled obliquely: we don’t know what tortures Ana endured or witnessed. Her mother tells of a young torturer falling in love with Ana, paying visits to the family house, in the company of Ana and other officers.

A mysterious lacuna emerges at the center of The Montoneros; the questions of who Ana ultimately is, and how she coped and survived, remain unanswered. Ana herself at times wonders what she’s done to deserve to live. “Who am I?” she asks. Di Tella does a remarkable job of bringing us close to the mystery of Ana, without yielding it entirely. In a brief testimony by a past professor of Ana’s, we learn that she gave him up to the authorities. “We’re still friends,” he says, adding that no one may judge a prisoner under torture. Paradoxically, Ana is told that her partner, who was killed, might have survived, had she turned him in. Ana will never know the truth, and perhaps neither will we, but di Tella’s nuanced, emotionally gripping portrait raises philosophical and moral questions that most of the documentaries about leftist political movements from the 70s tend to ignore. The Montoneros investigates not only the criminality of the state, and the ethos of the guerilla groups but also the fragility of an identity forged under extreme circumstances, with incredibly high stakes, and little to no room for self-examination.

(...)

http://reverseshot.com/

lunes, 9 de enero de 2012

¿Habremos hecho bien?


A menudo resulta difícil pensar de manera crítica una experiencia que fue tan traumática para nuestra sociedad, siendo que los militantes dieron su vida por sus ideales. Consideramos que el gran acierto de esta película es de poder dar cuenta de una mirada profundamente reflexiva sin caer de ninguna manera en una condena de la militancia. Cuando uno no formó parte de dicho movimiento debe ser cuidadoso pues cualquier crítica puede ser considerada como una condena. Pero ¿qué mejor que esta práctica reflexiva para poder pensar una transmisión constructiva a las generaciones venideras?
-Victoria Alvarez

Victoria Alvarez, "¿Habremos hecho bien? Una aproximanción a las zonas grises en Montoneros, una historia". (Revista Cine Documental no. 5, 2012)

Leer el artículo completo en:
http://revista.cinedocumental.com.ar/5/articulos_05.html

imagen: Montoneros, una historia de Andrés Di Tella

jueves, 25 de agosto de 2011

Formato obsoleto (9)

En estos días fui dos veces a Canal 7. Grabé una nota con Osvaldo Quiroga, que se emitió el sábado pasado, y otra con Cristina Mucci -"Los siete locos"- que sale al aire este sábado a las 8am (después quedan en la web del canal). Por los pasillos me crucé con este museito del canal que, como algunos memoriosos recordarán, fue rebautizado ATC e inaugurado para trasmitir el Mundial 78. No sé qué habrá en la lata.

Estos artefactos parecen anteriores a ATC, tal vez del "viejo canal siete" de la calle Posadas...

Formato obsoleto por excelencia: tape. "Perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón..."

Cuando yo empecé a filmar en video, éste era el formato que usaban los "profesionales": el ya legendario U-Matic. El master original de Montoneros, una historia (1995), por ejemplo, está en U-Matic. No sé si todavía existen reproductores en funcionamiento.


viernes, 23 de abril de 2010

Pícun

Hace un par de semanas nos volvimos a encontrar, después de mucho tiempo sin vernos. Roberto Barandalla -alias Pícun para los amigos de antes- fue cómplice de mis primeros pasos en el cine, o el documental. Trabajamos juntos en casi todos mis primeros proyectos. Los dos recordamos como una de las experiencias más intensas de nuestra vida la investigación que llevamos a cabo -a principios de los 90, cuando nadie quería hablar de eso- para nuestro primer largometraje, Montoneros, una historia. Una historia que nunca termina. Aquella frase que a veces se dice por decir, en este caso no podría ser más cierta: jamás lo podría haber hecho sin él. Cada vez que nos vemos, soñamos con una remake.
-Andrés Di Tella

Foto de Darío Schvarzstein.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Un marco perfecto


por Andrés Di Tella

En el año 1995 se estrenó en el Rojas Montoneros, una historia. Para mí es un recuerdo imborrable. Estuvo casi dos años en cartel, a sala llena. La gente continuaba yendo, sin parar. Durante meses había colas de una o dos cuadras, desde la puerta del Rojas por Corrientes, dando vuelta la esquina de Junín. La gente venía una hora antes. Los que se quedaban afuera volvían temprano para la siguiente función. Fue todo un fenómeno, algo que sobrepasó completamente cualquier expectativa que yo pudiera tener. La propuesta fue de Darío Lopérfido, que en ese momento era director del Rojas. A él se le ocurrió pasar la película ahí una vez por semana y me interesó como experimento: a ver qué pasaba con una película en el Rojas. Por otra parte, en ese momento no existían demasiadas posibilidades de exhibir una película que no fuera en copias de 35mm, en una sala comercial. Montoneros, una historia fue una producción absolutamente independiente, sin ningún tipo de apoyo del Instituto de Cine ni nada, filmada y terminada en video, como muchas películas independientes que se están haciendo ahora. En ese sentido también fue una experiencia precursora. Sólo que ahora existen muchos otros lugares de exhibición, los diarios y las revistas cubren los estrenos, etc. Parece mentira, pero en aquel momento, a ningún periodista de espectáculos se le ocurría escribir sobre una película que no hubiera tenido un estreno convencional, un jueves, en una sala comercial. La experiencia de aquel “estreno” alternativo en el Rojas me enseñó mucho sobre la diferencia entre un fenómeno real, de público y de mucho debate, como el que estaba sucediendo con la película, y lo que efectivamente sale en los medios. Tras los dos años de exhibición en el Rojas, la película llegó a tener más adelante un estreno comercial, un par de años después, y ahí sí salieron críticas, muy buenas por cierto. Pero no se repitió el fenómeno del Rojas, en cuanto afluencia de público, intensidad del debate, etc.

Pero Montoneros, una historia no fue precursora nada más por cómo se hizo y por dónde se estrenó, por supuesto. Fue la primera película que se hizo con el tema de la guerrilla que era, de alguna manera, un tema tabú hasta esos años. Era algo de lo que no se podía hablar. Para algunos, en ese momento, hablar de la lucha armada era arriesgado, podía darle argumentos a la derecha, en el sentido de que los militares decían que habían tenido que intervenir porque existía una guerra, porque había terrorismo. Entonces, el hecho de la lucha armada se negó durante mucho tiempo. Pero yo, al no haber participado en ese movimiento, tenía muchas preguntas. Y descubrí que esas preguntas las compartía con muchísima gente. Me impresionó el efecto de toda esa gente que hacía la cola, todos los miércoles. Yo varias veces fui a charlar con el público al finalizar la proyección. Se produjeron discusiones memorables, con mucha emoción, mucho agradecimiento, más de uno del público quería sumar su testimonio… Después se repitió, al año siguiente. Entre la gente que iba, había de todo: jóvenes que no sabían nada de la historia reciente y ex militantes montoneros. Hijos de los ex militantes que me decían: “mi papá creo que estuvo en Montoneros, pero no sé, nunca lo hablé con él…” En esos debates pasaba de todo. La película desató toda clase de situaciones personales, más de uno me dijo que eso le permitió hablar por primera vez con sus hijos, o al revés, los hijos con los padres… Y ese tipo de repercusiones, que se da en la vida de quienes ven una película, es lo que a mí me motiva a hacer películas. De manera diferente, por la temática, se dio algo parecido con mi última película, Fotografías, de la que todavía recibo ecos en forma de cartas muy personales, mensajes emocionados, hay quienes incluso me mandan fotos de su familia… En fin. Presentar Montoneros, una historia en el Rojas fue una experiencia muy gratificante, reveladora de lo que puede llegar a pasar entre un documental y el público. Me parece que, además, era un marco perfecto. El Rojas siempre tomó riesgos y fue a la vanguardia. Algo como: “No sabemos si el horno está para bollos pero igual vamos...” Y, a la vez, el marco de la Universidad de Buenos Aires le daba como un contexto institucional y público que fue muy apropiado para la película y para el debate que, inevitablemente, generaba.

Yo vuelvo constantemente al Rojas. Me parece que, milagrosamente, sigue siendo un lugar de estímulo, que sigue estando siempre al borde, sin temerle al riesgo, al límite de lo conocido, proponiendo cosas nuevas. Para mí es un orgullo que el estreno de mi película ahí haya quedado como uno de los hitos del Rojas, aunque creo que hay otros más importantes… Uno de los secretos del Rojas es que permite que se mezcle gente de ámbitos distintos, no es un lugar de cine ni de teatro ni de plástica ni de literatura sino de cruce. Y eso genera en el público y en los artistas que participan –y muchas veces artistas y público son los mismos-- ganas de hacer otras cosas, de probar algo diferente.

Testimonio ofrecido a Radio Rojas, para el programa del 25º aniversario del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires.

foto: Montoneros, una historia de Andrés Di Tella.

lunes, 31 de agosto de 2009

Un acto de amor


por Liliana Piñeiro

A veces, las buenas películas decantan al día siguiente. Y con Montoneros, una historia, el documental que el sábado presentó La Otra con la presencia de su director, Andrés Di Tella, algo así sucedió en mi caso. El debate posterior estuvo interesante (inclusive el que siguió en la cena y el café que algunos compartimos): se habló de la realización del film, de la obtención de los testimonios, de la responsabilidad política de la conducción de Montoneros, de su demonización, de la moral militante, de lo que pasó en el cautiverio de los presos políticos durante la dictadura, de la relación entre torturador y torturado, etc., etc. Un gran aporte de esta película (se estrenó en 1994) fue instalar un tema de la historia reciente de nuestro país que aún nos duele, y que resulta difícil de procesar para los que hemos atravesado la década del setenta, con sus ideales y contradicciones, su violencia y su tragedia.

A través de la historia de Ana, una militante de la Organización, vamos siguiendo los acontecimientos de la época. El relato, alejado del heroísmo, conserva la frescura de los ideales, la elección juvenil, el enamoramiento y el progresivo compromiso con una causa revolucionaria, el cual se fue dando, por momentos, en forma confusa e indiscernible, como sucedía en gran parte de los jóvenes de esa generación.

Montoneros, una historia posibilita múltiples abordajes, pero quisiera destacar aquí una escena que me impactó profundamente. Al ser perseguidos por los militares, Ana y su marido Juan, ambos militantes, deciden huir por los techos de las viviendas vecinas. La persecución se hace extenuante, y al límite de sus fuerzas Ana, muy lastimada, le dice a Juan que no puede más, que prefiere entregarse. Juan apoya su pistola en la cabeza de su compañera y le dice: “Si no seguís, te mato”. Recordando esas palabras, Ana, conmovida, manifiesta que ese fue un acto de amor, que gracias a eso sigue viva.

Por supuesto, se debatió sobre esa escena, dada la ambigüedad y la tensión extrema que la misma plantea. ¿Hay amor allí, cuando se amenaza la vida? ¿Intentó Juan, con dureza, obligar a Ana a mantenerse dentro de las normas de la Organización (era preferible suicidarse a entregarse), por temor a que se convirtiera en una delatora? Y en ese caso, ¿no estaba Juan preservándose a sí mismo, frente al peligro de ser “marcado” por su compañera? ¿O se trataba solamente de una intervención fuerte, intentando provocar la reacción de la desfalleciente Ana, lo cual, finalmente, sucedió? En un primer momento, aposté por esta última interpretación: muy probablemente, Juan no hubiera matado a su mujer si ésta no hubiese podido seguir. Pero hoy, con cierta distancia, arriesgo otra pregunta (y otra mirada) sobre este suceso. En el caso de que Juan, desesperado, hubiese apretado el gatillo, ¿podría considerarse un acto de amor? A esa altura se tenía ya conocimiento, entre los militantes, de las espantosas torturas a los que se los sometía, buscando datos sobre los compañeros. ¿Qué destino esperaba a Ana si se entregaba? Seguramente, el mismo que ya habían sufrido otros. ¿No era preferible morir a atravesar semejante sufrimiento?

A partir de esta escena recordé otra, que se plantea en La Condición Humana, la excelente novela de André Malraux. En un campo de concentración, los presos políticos, detenidos tras fracasar la revuelta china de 1927, esperan ser ajusticiados de manera cruel: se los arroja vivos a la caldera de una locomotora. En esas circunstancias, Katow, quien por su posición en la organización revolucionaria tenía cianuro para suicidarse (nótese la similitud del procedimiento que empleara Montoneros) se conmueve por el terror de sus dos compañeros y decide entregarles su única dosis. Si bien en este caso la grandeza es evidente (asume Katow el suplicio para evitárselo a sus compañeros), se podría pensar también que Juan estaría dispuesto a cargar sobre su conciencia el asesinato de Ana para evitarle un terrible sufrimiento.

En realidad, no sabremos nunca las motivaciones de semejante actitud, pero uno de los grandes méritos de esta película radica en suscitar preguntas acerca de los actos humanos que resultan de difícil comprensión. Y las formas del amor entran, sin duda, en esta categoría.

fuente: La otra


jueves, 27 de agosto de 2009

Película de amor no. 6: Montoneros, una historia


Este sábado a las 19:30 en Auditorio La Tribu,
con la presencia de su realizador, Andrés Di Tella

por Oscar Alberto Cuervo

Cuando pensé en hacer este ciclo de 10 películas de amor siempre tuve en mente interferir sobre cualquier idea de "pureza", tanto en la noción de amor que pudiera ir construyéndose para los que siguieran la totalidad del ciclo, como de toda noción de género cinematográfico que pudiera relacionarse con el título "películas de amor". ¿Qué es una película "de" amor? ¿Qué se supone que tiene que pasar, cómo deberían comportarse los personajes de las películas de amor? Más de una vez, en los debates posteriores salió la idea de que, por ejemplo, los personajes de Torrentes de amor, los de Cuento de invierno o los de Les chansons d'amour no podían amar. En otro post ya hablé al respecto sobre la representación más pacífica y aceptada del amor. Quizá me sorprendió un poco que se señalara la "falta" de amor aún en las películas que yo había pensado como las más obviamente amorosas del ciclo. Aún así quedaba en pie la pregunta de lo que significa "película de amor", qué se piensa que debe habilitar ese "de". Una película donde los personajes se muestran atribulados por el amor, donde el amor los perturbe y los haga tambalear, ¿ya no sería de amor? Sin explicitarse en sus detalles, parece que hay un deber ser aún para las películas de...

Para esta segunda parte del ciclo yo reservé algunas miradas aún más problemáticas, films que directamente yo mismo no había considerado de amor en primera instancia. Van a ir viéndose. Pero me pareció una buena oportunidad volver a hacer circular aquella vieja consigna... ¿feminista?: "lo personal es político y lo político es personal". Esta frase puede pasarse rápido, como una simple generalización que afirma que lo político está en todas partes. Seguro que la frase también dice eso. Pero me parece que hay que detenerse un poco más de tiempo en esa correspondencia bi-unívoca, que dice más que una reducción de todo a la política, cosa que tantos reduccionistas están dispuestos a aceptar rápido. La frase habla de lo personal y dice que lo político es personal. Lo bueno que tiene para mí es que pone en contacto dos zonas que el sentido común separa. Más bueno todavía sería hacer que la distinción se disuelva: toda la experiencia amorosa es política, las relaciones familiares lo son, una carrera universitaria, un noviazgo, una separación, una canción, una ceremonia fúnebre, una proyección cinematográfica son políticas. Las frases que quedan sin decir son políticas. La práctica de los trolls que a menudo visitan este blog con el fin de atraer la atención por un rato con poco gasto y casi nulo compromiso personal, practicando esta forma zonza del ring-raje, también.

Pero la frase además dice de qué está hecha la política: de qué está hecha la Historia. Nietzsche diría que todo lo grande tiene un origen bajo. No sólo la idea de Dios o la distinción entre el Bien y el Mal; también una revolución se amasa con materiales "bajos". Si no fuera que esta distinción entre lo "alto" y lo "bajo" supone ya una determinada jerarquía que hace pensar que entrar a Montoneros para levantarse tipos es algo "bajo", podríamos suscribir la frase. Pero, ¿quién dijo que tomar el poder es alto y levantarse un tipo es bajo? Hay algún realizador que puede llegar a ofenderse mucho si alguien se atreve a detenerse en las historias de amor, de celos y despecho apenas sugeridas que flotan en su película "de desaparecidos". Pero, ¿es una impertinencia pensar (lo que alguna película incita a pensar, aún contra la voluntad de su realizador) que la experiencia miltante de los años 70 está amasada en el amor, en las intrigas, las infidelidades, los celos, la seducción, el levante?



En 1999 le hicimos una entrevista a Andrés Di Tella para la revista Parte de Guerra. Allí él decía:

"- Para mí era importante decir que Ana, la protagonista de Montoneros, una historia, que está contando esas experiencias tremendas, es una persona que hoy está bien. Pero en realidad a la vez es una persona dañada, no puede dejar de serlo. Quizá todos tenemos algo dañado, no sé, todo el mundo, aunque no tenga una historia tan dramática. La diferencia es cuando se cruza la política de esa forma: es la intervención del estado la que le mata al marido. Y lo increíble es que hasta el día de hoy tiene esas dudas de que alguien la llamó y entonces a lo mejor él está vivo. La película empieza con eso, es algo que yo había escuchado... pero ella me dijo: «mirá, ayer me llamó...». Estaba totalmente alterada. O sea que la desaparición es una cosa... más que real, es como un pozo negro que no tiene fin. Yo no lo podía creer... Ella misma dice después: «no, me di cuenta de que no podía ser, pero en un primer momento...».

"- ¿Qué críticas les hacían los ex-compañeros a Ana, después de ver la película?

"- Ella dice en algún momento en chiste, ¿viste? que los militantes del PC tenían granos, que eran todos gorditos con anteojos, y que los montoneros eran churros, buenos mozos, y que ella se levantó al más lindo de todos. Lo dice riéndose, pero parece mentira cómo la gente dice: «¡ah, se metió por eso, es la única razón!», y la acusan de ser superficial, cuando a mí me parece todo lo contrario. Además es algo con lo que me encontré en absolutamente todas las charlas, el elemento de la seducción: que en los montoneros estaban las mejores minas o los chicos más lindos, ¿entendés? Pero estaba prohibido eso... Es que la experiencia personal va en contra de los mandatos, de lo que debe ser, además de lo que debió haber sido.

"- ¿Hubo gente que se enojó mucho con la película?

"- No, nadie se enojó. Hubo gente que no estaba de acuerdo y que discutió, como Graciela Daleo. Una sola vez hubo un incidente, cuando la dimos en la facultad de Ciencias Sociales. Había un grupo de montoneros actuales, liderados por el hijo de Firmenich. Hicieron un volante que hablaba de la tergiversación histórica y pintaron el aula. Y los del Centro de Estudiantes, que eran de Franja Morada, decían: «no, no pinten el aula, ¡compañeros!», una discusión tremenda. Yo estaba en la esquina y llegué al final de la proyección, entonces unos aplauden y después este grupo empieza a putear y a cantar la marcha peronista. ¡Se armó la gresca! Yo me sentía... ¿vieron Ed Wood?, cuando él va al estreno de la película y ve a la gente enfervorizada y se pone contento, y alguien del público dice: «ahí, ahí está el director... ¡mátenlo!». (Risas). Era más o menos los mismo, primero la euforia y después...".

Este sábado a las 19:30 en Lambaré 873, la Película de Amor n° 6: Montoneros, una historia, con la presencia de Andrés Di Tella en el debate posterior + una yapa.

fuente: la otra