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miércoles, 23 de febrero de 2011

Carta de Ibiza


Me escribe José Rivarola desde Ibiza.

por José Rivarola

Hola Andrés, has tocado un símbolo que se cruzó en mi vida justamente cuando yo ya estaba en los principios de esa ruta que va a todas partes siempre que uno haga la plancha dejándose llevar por ese río de múltiples bifurcaciones que es la ruta del mundo. Ese libro que malamente Losada tradujo como En el camino y que lo tengo aquí en la biblioteca, me dio entonces una inyección que ninguna droga “ni la aguja de Parvaz” podría dar en el entusiasmo por escribir, no por la armonía o desarmonía ni el orden o el desorden de las letras, sino por ver lo que va ocurriendo mientras los dedos teclean o el boli corre como loco marcando jeroglíficos en un cuaderno que inmediatamente hay que traducir porque si se deja pasar dos dias, no lo entiende ni el autor. Hoy en esta biblioteca tengo también “En la Carretera” otra mala traducción del título “On the Road” que publicó hace poco Anagrama y que según dicen, es el original que Jack Keruac escribió en el teletipo que su amigo Lucien Carr, con el que convivía, lo robó de la oficina de la Unaited Press en la que trabajaba y le trajo una tarde porque Kerouak estaba harto de quitar páginas del rodillo por la velocidad enloquecida con que iba escribiendo. A partir del teletipo (Keruac hubiese entrado en éxtasis de tener un portátil) sucede el acto de aporrear las teclas con ritmo de jazz, con esa magia que llamó “Prosa Espontanea”: “Ninguna selectividad de expresión –define Keruac− sino seguir el libre desvío (asociación) de la mente hacia los infinitos mares del pensamiento, zambullirse en el océano del inglés sin otra disciplina que los ritmos de la exhalación retorica y de la narración protestada, como un puño que cae sobre la mesa con cada sonido completo ¡bang!" Lucien Carr comentaría mas tarde: “no paraba ni un minuto. Recuerdo que yo trabajaba de día. Me levantaba en la mañana con el ruido de su máquina, y cuando regresaba en la noche, aun estaba escribiendo, y cuando me iba a la cama seguía tan campante. Imagino que a veces ha debido detenerse a comer o dormir, pero yo no lo puedo asegurar”.


Los destinos llegan a tener algo de la comunicación que sucede entre las piedras que se precipitan por una ladera uniéndose en esa suerte de estampida que forma el alud. A un lado de “On the Road” en orden bibliotecario, tengo una joya envidiable, “Howl”, el largo poema aullante que Allen Ginsberg declamó en 1955 en la galería Six, ante una turba de borrachos. Lo encontré hace muchos años en una librería de Londres, apenas como un cuadernito negro donde se lee “CITY LIGHT BOOKS. San Francisco”, o sea publicado por el mítico Ferlinghetti cuando la generación Beat estaba sonado en el ambiente de la juventud de los 50. Eran los beatniks, los primeros hipsters. Los que la moralina americana de entonces clasificaría como rebeldes sin causa, que inspiraría el film de Nicholas Ray. Tal vez James Dean daba el tipo de uno de esos personajes increíbles que se rebelaron contra las letras establecidas. El mote beat, golpeado, se le adjudica a John Clellon Holmes, quizá el más tranquilo de ellos que declara “Un hombre esta golpeado cuando queda sin blanca y apuesta la suma de sus recursos a un solo número”.


Holmes, en su novela Go, cambia los nombres de cada uno de los celebres beats, Ginsberg, Burroughs, Orlowski, Corso, Duncan. Keruac lleva el nombre de Gene Pasternak, Holmes lo describe como: Un hombre generoso, impulsivo, cándido. No se parecía a ningún otro escritor que yo conociera. No era cauteloso, ni dogmatico, ni cínico, ni competitivo, y si no lo hubiera conocido a través de su gran fama, lo hubiera confundido con un leñador poeta o con un marinero que guardara a Shakespeare en su mochila.


Neal Cassady (alias Dean Moriarty), y Keruac se conocieron cuando ambos trabajaban de guardavías en los ferrocarriles del Pacifico Sur. Cassady era un tipo que entraba y salía de las diferentes cárceles de los estados, un genio que regalaba vitalidad allá donde iba, un frentico, endemoniado con lujuria de la misma vida, que a la postre se convierte en el símbolo de la idea beat; todo ha de brotar de un golpe espontaneo, vamos para allá, y nos ponemos trotar en el camino, salimos en coche, y robamos gasolina para tomar la ruta a toda bala , paramos en ese motel, nos encantamos con las estrellas, allí perdidas, fumamos una marihuana, nos bebemos una botella de whisky, nos llevamos tres chicas para los dos, y al día siguiente un buen café disfrutando del amanecer para seguir hacia la costa oeste cuya línea del horizonte esconde la gran sorpresa de la vida.


On the Road es rechazado por distintas editoriales un sinfín de veces durante seis años. Tras el estallido de la galería Six, los editores se dan cuenta que “algo está pasando”, y que aquí entre papeles polvorientos tenemos el rollo incomprensible de uno de ellos. Por fin el editor de Viking se decide a publicarlo asustado por las revistas de vanguardia que siguen publicando fragmentos de la novela. On the Road sale a la luz en 1956. Las piedras del alud arrastrarían una roca que terminara sonado durante años por el resto del mundo.


On the Road tiene también el color de la poesía de Ginsberg, de Gregory Corso, de Peter Orlowski, de Robert Duncan. Cuando están en New Orleans, tras la visita al gurú William Burroughs, la prosa entra en un ritmo de jazz como no leí nunca en ningún texto al colmo que prestando atención se escucha un saxo, una trompeta, y la banda vibrando en el oído. Utiliza magistralmente la onomatopeya creando el ritmo de una prosa escrita en un frenesí enloquecido Y el libro comprende una cascada de anécdotas que luego se volverán inolvidables. Recuerdo ahora un episodio en el que Sal Paradise, y Dean Moriarty se meten en un cine cochambroso porque no tienen dónde para pasar la noche. Ven entre sueños repetirse la misma película. Ven seis veces a Peter Loore diciendo “vamos”. Al amanecer los encargados de la limpieza recogen la basura entre las butacas y Dean observa desde atrás a ver si se lo llevan a su amigo en una de esas bolsas de plástico negro.


La generación perdida tras la Primera Guerra deja lugar a la generación “golpeada” tras la Segunda Guerra y en medio de la guerra de Vietnam, a mediados de los sesenta, los beat abren la puerta al movimiento que inicia otro sujeto fuera de serie, Ken Kesey, con su legendario autobús pintarrajeado de colores psicodélicos lleva un grupo de jóvenes con las caras pintadas y cintas en el pelo. Se hacen llamar “merry pranksters” (alegres bromistas) y portan cajas de ácidos lisérgicos para repartir en el barrio de Haight-Ashbury de San Francisco. Como todavía el LSD 25 no era ilegal, los policías no sabían qué hacer con la gente de ese barrio que parecían de otro planeta por la dimensión de las pupilas.


Estos neobeats son diferentes, tanto en el modo como el búsqueda, y también en la indumentaria a medio camino entre el Medioevo y los colonos del oeste. La revista Newsweek los bautizará como “los hippies”. El conductor de ese autobús es un tipo mayor que ellos pero tal vez más loco, a quien estos nuevos rebeldes respetan hasta la veneración; se llama Neal Cassady, y lleva el volante del autobús cruzando la frontera de las generaciones. Más tarde Allen Ginsberg junto con el poeta zen Gary Snyder organizan el “Gran Festival Humano” en el Golden Gate Park en enero de 1967, abriendo las puertas a estos nuevos hijos más cercanos a la experiencia psicodélica que a la espontaneidad beat. En el festival estallan las guitarras de Grateful Dead, y Grace Slick con su grupo de Jefferson Airplane canta “Una pastilla te vuelve más grande/ y otra más pequeño/ Pero las de tu mamá no hacen ningún efecto". Volviendo a la década de los cincuenta, cuando Jack Keruac escribía en la casa de Lucien Carr no habrá ni siquiera sospechado que esa prosa espontanea era la piedra que determinaría el alud de los sesenta. (Aunque extrañamente se haya echado contra ellos en algunas declaraciones, cosas que pasan).


Una aproximación a la traducción del título On The road, podría ser “En la Ruta”. Porque ese era el lenguaje del viajero, si no te veo pronto nos vemos en la ruta, me cansé de este lugar, me parece que en pocos dias me pongo en la ruta. Y ¿qué es la ruta?, sino la dirección por la que se va a ese mundo en total libertad, en total presente, viviendo al máximo de los sentidos, en esa búsqueda de experiencias dejándose llevar por el río, atento a la eterna sorpresa. Puedo entender que esta novela hoy en día no llegue a la epidermis de muchos que no vivieron esa época, pero al que piense que On the Road está desfasada, le recomiendo meter una pocas ropas en la bolsa, sacar un pasaje a donde sea, y salir a la ruta sin regreso a ninguna parte. Entonces palparan las letras de ese atleta literario que metido en un cuarto tecleando un teletipo no paró de correr en tres semanas.


PD: Neal Cassady murió en el crucial 1968 de un paro cardiaco junto a una vía de tren. ¿Tendremos nosotros acaso un fin tan simbólico?




fotografías: Jack Kerouac (en lo alto); José Rivarola (acá arriba).

martes, 23 de junio de 2009

Correspondencia 5

A propósito de la correspondencia --cartas y fotografías-- mantenida en estos días con Juan Sebastián Morgado, salió al ruedo José Rivarola y me envió, desde Ibiza, un fragmento de su libro-en-proceso Madame mamita, que (entre otras cosas) narra la historia de Adelina del Carril, viuda de Ricardo Güiraldes. Tras la muerte del escritor, Adelina viajó a la India, "en busca del alma de Ricardo". Al cabo de 13 años pasados en Bangalore, Adelina volvió a la Argentina. Terminó viviendo, con su hijo adoptivo hindú Ramachandra, en un ashram de Bella Vista: el mismo donde fue criado Juan Sebastián. Allí, tras los pasos de Adelina del Carril --llamada por todos Mamita-- fue Rivarola.

por José Rivarola

El swami Pareshananda me presentó a Eva y Edith – Aquí tiene usted dos viejas – dijo– con las que puede hablar de Mamita, ellas la conocieron muy bien.

Nos sentamos aparte en una mesa redonda al sol del jardín. Las dos señoras rondarían los ochenta años, sus ojos sonreían entre pliegues profundos de rostros salpicados de pecas, las dos con papadas como telas colgantes.
Edith dijo que Adelina tenía un impresionante sentido del humor, que hacía reír a todo el mundo con sus ocurrencias.
−Y encima era muy boca sucia – dijo Eva
−Uy, uy uy, madre mía –dijo Edith.
−A veces – dijo Eva − el pobre swami Vijoyananda que no dominaba esa parte del castellano, en pleno satsan decía por ejemplo, los que no quieren enfrentarse consigo mismo son unos cagones y la gente se largaba a reír y él no se daba cuenta que estaba diciendo malas palabras por copiar a Adelina, entonces después, el swami, ante la duda decía, como dice Mamita, ¿te acordás Edith cuando el swami dijo pelotudos?
−Uy sí –dijo Edith− en plena conferencia Vijoyananda dijo, los que actúan de esta manera, como dice Mamita, son unos pelotudos, y Adelina estaba en primera fila roja de vergüenza.
Les pregunté por Ramu.
− ¡El chico ese! – Eva abrió los ojos de alarma – un hiper malcriado, no hacía nada, no quería que nadie le diga nada, y si Adelina le decía por ejemplo, tenés que estudiar, él contestaba no tengo ganas, y no se calentaba por nada, se pasaba todo el tiempo andando por el jardín y tocando la flauta.
− ¿Y tocaba bien la flauta?
(Eva me miró con impaciencia) ¡Cómo querés que me acuerde querido si tocaba bien o cómo tocaba! ¡por favor! Lo que si me acuerdo es lo irrespetuoso que era con el swami, le discutía todo, en plena conferencia, ¿podés creer?
−Te ponía los nervios de punta – dijo Edith.

−El swami y Mamita se tenían mucha confianza – dijo Eva − ella le llamaba dadito, que significa hermano, y él le decía vieja “Vieja, estas criando un vago” y cuando discutían así por el Ramu, ella a veces se levantaba de la mesa y decía “merde alour », y el swami se tronchaba de risa.
−Era una mujer que no tenía ninguna inhibición – dijo Edith – te decía lo que le venía a la cabeza con una espontaneidad ¡impresionante!

Eva se inclinó en la mesa en actitud de secreto;
−Ella... era de alta clase, ¿sabés?, era una nena bien, y coqueta a reventar, una persona de la familia nos contó que antes de ir a la India se llevó por lo menos como seis baúles de ropa de París.
−Y cien bombachas de seda – dijo Edith – el mucamo tenía que planchar las bombachas, hasta que se hartó y abandonó la mansión de los del Carril diciendo no me gusta la mecánica de esta casa.
−Fijáte vos – dijo Eva

− ¡Che, vieja! – dijo Edith posando la mano en la mano de Eva. Las dos tenían manitas manchadas de pecas con cartílagos salientes − ¡Que va a decir este chico! La estamos dejando tan mal a la pobre Adelina, también hay que hablar de las cosas buenas.
−Y... –exclamó Eva como buscando algo en el techo− Adelina nos dio un regalo ¡hermoso!, la traducción del evangelio de Ramakrishna, se puso a trabajar en esa obra, y no tuvo descanso hasta terminarla.
−Era encantadora – dijo Edith – fuera de esas “cositas” que hemos hablado, era un placer encontrarla, con esos ojos tan vivos y despiertos que tenía.
−Bueno – dijo Eva − no por nada era una hermana mayor en este ashrram, y bueno, el marido que tuvo fue ejemplar.
Y así dispararon varias flores a favor de Mamita hasta que llegó la hora de pasar a una sala contigua donde le swami iba a dar la plática.

Me senté en las ultimas sillas, y el swami leyó el libro de algún discípulo de Ramakrishna, cuyo nombre no escuché, tal vez por estar pensando en estas dos mujeres que tendrían veinte años cuando Mamita, mayor que ellas, estaba en el ashrram con su niño indio siguiéndole detrás. Las vi chimentando en esos tiempos, y la vi a Mamita hablando con el swami Vijoyananda del que me puedo hacer una idea por su foto; un tipo más bajo que este swami Pareshananda, y un poco más gordo, allí en la puerta riendo y hablando con Mamita.

El swami Pareshananda leía un párrafo con mucha dificultad porque lo estaba traduciendo del inglés, y lo comentaba con la audiencia. Una parte de la charla me impactó, el swami tradujo la lectura diciendo que el cuerpo era en realidad, un saco de mierda con huesos. Y esto le gustó al swami, hubo algunas risitas, el swami insistió y repitió más veces que ese era el mal, lo que nosotros tanto admirábamos y por lo que tanto nos preocupábamos no era otra cosa que un estúpido saco de mierda con huesos.

En otra ocasión hubiese levantado la mano interrumpiendo la cosa sin importarme y le hubiese dicho que gracias a ese saco de mierda con huesos el Buda pudo sentarse y respirar bajo la higuera, y Ramakrishna pudo inspirar lo que inspiró y gracias a ese saco de mierda con huesos Vivekananda pudo ir a Estado Unidos y abrir las puerta de esta filosofía genial, y gracias al saco de mierda con huesos esta gente está aquí escuchando a usted que tampoco podría leer eso si no fuese a ese saco de mierda con huesos.

Pero en esta ocasión me quedé callado porque no quería otra bronca del monje, y mucho menos que me venga Rama furioso a decirme que soy un irrespetuoso, que por otro lado, sí, lo soy, y es lamentable.


fotos: 1. Adelina del Carril (en lo alto); 2. El ashrama de Bella Vista (arriba).


viernes, 20 de marzo de 2009

Carta de Madrid

Hola Andrés: Me acordé de ti ayer porque fui al edificio de la Telefónica de Madrid donde había una exposición de las fotos de Weegee, aquel reportero americano del que hicieron la película “El Ojo Publico,” célebre por sus fotos de muertos hechos un colador por las balas de la mafia o de la poli, pero muy pocas de estas fotos se exhibían, en cambio sí otras sobre la vida de Chicago o New York desde los años 30 a los 40, todas con sabor al blanco y negro del tiempo de Edward Robinson, o de las películas de Elia Kazán, fotos de familias miserables viviendo amontonadas en un colchón, de boxeadores acompañados de enanos con gestos de matones tomando cervezas en la fiesta de fin de año, fotos de cabareteras en los camarines, fotos de putas, de incendios, de gente en los balcones a la noche mirando al tipo que acaban de matar, fotos de las fiestas en ese entonces, mujeres borrachas, marineros al borde del tortazo, carnavales, circos, era como una especie de impresionismo americano, incluso expresionismo en algunas fotos de gente que Weegee deforma con juegos de espejos. Y de verdad hacía tiempo que no disfrutaba en una exposición, era para publicarla en tu blog.
-José Rivarola



jueves, 29 de enero de 2009

La hermana de Güiraldes y el canillita

por José Rivarola

Hola Andrés: Estos días pasados en Ibiza eran para que vengas corriendo con la cámara, las olas tapaban islas de más de 15 metros y el viento estiraba los árboles y era poético y a la vez te hacía pensar en el fin del mundo y esas cosas reconfortantes cuando se supone que si explota esta pera nos vamos todos de un saque y a otra cosa mariposa. De todos modos sé que en algún momento vas a venir, con o sin cámara, pero estaría bueno verte de nuevo con la digital con cuidado de que el sol tan fuerte del mediterráneo no te arruine las tomas. Aquí te envío otro fragmento de la impredecible Madame Mamita donde figura el dialogo y el comentario que con Rama tuvimos sobre Lolita (hermana de Ricardo Güiraldes) y la anécdota del encuentro de sus hijos con Antín. Hay un cambio curioso en Rama que se refleja en sus protestas. La secuencia (hablo en términos cinematográficos) empieza con mis comentarios sobre Rosaura, la novela rosa que Guiraldes se mandó como regalo a Lolita ya que su padre le censuraba las otras novelas por tener un alto grado de erotismo. (¡Mama mía!)
fuerte abrazo
José


Fragmento de Madame Mamita

Hay un sarpullido de adjetivos empalagosos, cuesta leerla en estos tiempos, pero uno debe ir hacia 1914 y meterse en el sentir de un joven romántico, aunque ya tenía suficiente madurez después de todo lo que trajinó por Europa y Asia, para escribir estas cosas. Pero bueno, no juzgar, no era para mí, era para su querida hermanita, y la pobre Lolita habrá llorado piscinas. Años después, Lolita se casó con un personaje de la Aeronáutica argentina, Vicente Almandos Almonacid, un piloto fuera de serie que en 1913 se enrola en la Legión Extranjera y más tarde se convierte en un héroe de la guerra del 14, ascendiendo a sargento de la Aeronáutica, condecorado por sus hazañas en el combate con monoplanos. Muchos años después ofrece sus servicios de piloto de guerra al Paraguay en la guerra del Chaco, y era tal su fama que, según cuentan, los paraguayos lo recibieron como el mesías. Almonacid fue compañero de vuelo de Roland Garros, de Jean Mermóz, y de Antoine Saint Exupery.

Tuvo con Lolita cuatro hijos, Esmeralda, Vicente, María y Ricardo. Cuando apenas la mayor de los hijos tenía siete años, Lolita se fugó con su amante, un vendedor de diarios, lo que en Argentina llaman “un canillita”.
−¡Se fue con el canillita! – Rama al contármelo abrió sus ojos de pájaro escandalizado.
−Qué bueno.
− ¡Cómo qué bueno! ¡Fatal! Una vergüenza para toda la familia.
Por unos instantes Ramachandra Gowda fue Ramu Güiraldes, y señaló el escándalo con dedo de barrio norte.
−Pero Rama, esa mujer era una romántica, imagínate lo aburrida que tendría que estar, y lo que le ofrecía el canillita, ¿te das cuenta?
− ¡No! ¡No me doy cuenta de nada! No sabés cómo lo hundió a su padre, no te das una idea del daño que hizo al pobre Tatita con esa barbaridad. ¡Lo destrozó! Hay que pensar en los demás y no tanto en uno mismo.
−Cuando hay amor no se piensa en nadie.
−Ese no es amor, es attachment (levantó ahora el dedo de brahmin).

No dije nada. Lolita tenía palpable el mismo corazón que cuando leyó Rosaura, y le habrá quedado la imagen de la pobre chica de pueblo triturada por la locomotora del tren donde iba el rico viajante coqueteando con su nueva novia. Entonces, después de años y seguramente después de varias lecturas de Rosaura que su hermano le dejó como Biblia, comprendió que su destino era ese hombre que vendía los diarios en la esquina, y ¡qué ovarios! Hay que conocer esa sociedad para tener una ligera idea de lo que enfrentó esta mujer. Lo que nunca hubiese imaginado es que Rama, “el intruso”, reaccionaría como un rancio.

Habría que pensar en los mitos, ver esta historia en los mitos asiáticos y griegos. La historia de la niña rica que se va con el hombre pobre está marcada en las estrellas y se repite en todos los países, en todas las épocas, hasta en los culebrones mejicanos, y también venezolanos. Pero la vida en sus vueltas de espiral da encuentros mágicos que ya tiene preparados, porque no puede ser casualidad lo que me contó Rama esa noche que discutimos el affaire de Lolita.

−Pero mirá las vueltas que da la vida y como el universo se ríe componiendo las cosas. Y una vez mi hijo Marcos y Amaranath, mi sobrino el hijo de Kiti, andaban viajando por el sur y en Puerto Madryn se metieron en un hotel, se registraron con el nombre de Gowda y cuando estaban comiendo en el restaurante viene el dueño del hotel , un viejo de pelo blanco y arrugas por toda la cara, y les pregunta, ¿ustedes que son de Ramachandra?, ¡Hijo! exclama asombrado Marcos. Yo soy Antín y mi esposa era la hermana de Ricardo Güiraldes.

No te das una idea, fue como si los iluminara un relámpago, y ahí mismo en el restaurante se armó todo un revuelo de lo más familiar, salieron los hijos, destaparon vinos, el viejo sacó un champán y en el medio de la mesa los hijos se sintieron primos y por ahí andaba el Ricardo Antín que había sido esposo de Esperanza.
−Ya era hora que dejaran de llamarle el canillita y darle su verdadero nombre.
−Hay un montón de cosas que no entendés –me dijo con gesto enojado.

foto: Ramachandra Gowda en su cabaña de Epuyén, trabajando interminablemente en su edición (inconclusa) de los papeles inéditos de Ricardo Güiraldes.

domingo, 14 de septiembre de 2008

carta de Kodaikanal

Por José Rivarola
corresponsal en Bodhizendo, Kodaikanal

Andrés: viendo que los zen tienen anulado el puerto para el pen driver, fui a lo de mi amigo Tony que vive a unos cuantos kilómetros montaña abajo en Pettupaeri, bajé por el atajo, crucé un sendero de platanales, barro y sanguijueleros, pasé por los senderos de las plantas del café, patiné con la soperas del suelo, y al fin llegué y aquí estoy para hacerte llegar este comentario para tu blog, que te lo envío primero por si no te gusta, o esté errado. Si esté bien lo puedes colgar en el blog. ¿Me harías un gran favor si me envías el mail de María Gowda que quiero escribirle? abrazos. José.
Y ahí va: arreglame un par de acentos que no pude al pasarlo en el ordenador indio.


Hay una secuencia en la película “Fotografías” en la que el espectador tiene que agudizar al máximo las antenas para poder detectarla. La cámara está en el suelo y apunta al techo de una de las casas indias, se oye al camarógrafo Quino protestando por los retrasos, y por un instante aparecen sus ojos y su nariz mirando hacia la cámara, que está limpiando y quedó encendida por descuido. Cuantos cineastas hubiesen cortado esa parte, en parte para ocultar los problemas con el personal de la filmación. Andrés, en cambio, la incluyó con objeto de marcar el insomnio catatónico que sufrió al llegar a la India y enfrentar esa otra parte suya, la que durante toda su vida había evitado y hasta negado.

Esos genes ahora vivos, delante de él, sonriéndole, hablándole de un modo diferente. El fantasma de Kamala apareciendo por todos los rincones de las casas que visitábamos, en cierto modo dirigiendo los pasos de la película. Los ecos de las voces del pasado, Kamala de joven hablando inglés indio, hablando tamil, hablando telugú. Ese mundo que se estaba despertando en el interior de Andrés y que sin embargo le costaba aceptar en un principio. A veces llegábamos, Kino, con la cámara, Ale con el sonido, yo que los traía, y nos quedábamos esperando horas hasta que Andrés hacia su aparición con ojos de hipnotizado por no haber dormido en toda la noche.


Un par de años después, comiendo ravioles con salsa blanca en Buenos Aires, Andrés me dijo que no quiso hacer de la película una suerte de psicoterapia, sino por el gusto del arte. Pero la terapia se acopló, como era de esperar, y si no ¿qué hace entonces en bata blanca dando pasos con un terapeuta por el miedo que tenia de encontrar su otra parte? ¿Y la crisis en Chennai donde se le revolvió toda esa sopa genética?

La neurosis abrazó a dos personas que tenían que convivir en el mismo cuerpo como una suerte de canalización espiritista; el director Di Tella tomaba las riendas y decía lo que había que hacer, dónde filmar, organizar el personal, y demás, y de pronto Andrés Apparao ocupaba ese cuerpo y se sacrificaba sufriendo el martirio de la capitulación chamánica, que lo dejaba como zombi ante una India que describe como marea humana, y dice: ¿qué tengo que ver yo con todo esto?

Sin embargo, en los últimos días de la filmación en India, Andrés se normalizó. Era el de siempre, con su humor y su aspecto tranquilo, “plazentero,” palabra que invento al hilo para referirme, no a la placenta, sino al estar sentado tranquilamente en la plaza en una tarde de primavera. Entonces le dije a Quino, qué bien se recuperó Andrés, está de lo más tranquilo. Quino me respondió con un dicho extraordinario que yo desconocía por estar tanto tiempo fuera de Argentina, me dijo.
−Esperá que se le caiga la ficha.


El fenómeno radica en que la ficha cayó tan fuerte, que atravesó la máquina, y dio como fruto la película “Fotografías” cuya proyección hizo caer innumerables fichas. Algo inesperado para los que participamos en la película. Proyecté “Fotografías” en los DVD de distintas casas, y al término de la misma, estallaron largos debates hasta altas horas de la noche, entre amigos, todos con las fichas fuertemente caídas, comentando cada uno su problema familiar y sus genes, y sus historias con sus padres, hermanos, antepasados irlandeses, turcos, italianos, aborígenes, etc. "Fotografías" dio --como-quien-no-quiere-la-cosa-- en las raíces de quienes asistieron a la película.

Esto me hace pensar que se puede llamar arte, cuando la obra ha llegado tan al fondo en la intimidad del artista que termina escapándose de sus manos y repercute en el estomago de los individuos que están abiertos para recibirlo. Abiertos, significa en este caso, los que no se encierran parapetándose en los cuatro o cinco códigos morales para sentirse protegidos. Por mi parte, no puedo decir que removió mi parentela anglo-italiana, que no me quitan el sueño, pero si me dejó nostálgico al ver lo que sentí en la India, eso días, y mudo, al ver a quien considero mi hermano mayor, Ramachandra Gowda, en pantalla grande, lleno de vida, con esa risa que hoy echo tanto de menos.

fotos: 1) José Rivarola, durante el rodaje de "Fotografías" en Nuzvid, pueblo natal de Kamala Apparao, madre de Andrés Di Tella; 2) Rodaje de "Fotografías" en los jardines de la Sociedad Teosófica de Madrás; 3) La sombra del que filma en la India.