Mostrando las entradas con la etiqueta Luis Ospina. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Luis Ospina. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de mayo de 2010

martes, 10 de noviembre de 2009

El último profanador


Por Alan Pauls

Hace unas semanas la Universidad Nacional de Colombia homenajeó a Fernando Vallejo concediéndole un doctorado honoris causa. Aspero ex alumno de la casa, el escritor se mantuvo fiel a su costumbre y aprovechó la pompa y la muchedumbre convocadas por la ceremonia para lanzar otra de las molotov con que revitaliza regularmente la relación que mantiene con su patria. “Un Papa colombiano es lo que falta”, recetó desde el púlpito. Carcajadas, aplausos. Vallejo –que cuando lee no soporta que lo interrumpan, ni siquiera para festejarlo– se apuró y hundió un poco más su puñal. “Pero ¿quién?”, se preguntó en voz alta. Silencio en el auditorio: saliva, temor y temblor. Y después, con un énfasis serio, crédulo, como de monólogo shakespeareano de kindergarten, él mismo se contestó: “¡Yo!”.

La candidatura no prosperó: el furor anticatólico de Vallejo es célebre, cien veces más célebre que los libros extraordinarios donde suele irrumpir, caprichoso como un latigazo obsceno. Pero dio paso a estrategias más accesibles y sin duda más eficaces: por ejemplo, sobornar al jefe de cónclaves del Vaticano para que voten por un Papa colombiano. Fue un gag, un pequeño exabrupto satírico, uno de esos números de terrorismo anti-patria de los que Vallejo suele jactarse en todo el mundo, pero que nunca ejecuta con tanta fruición –arrebatado por el mismo tenaz sadismo de víctima que Thomas Bernhard sufría y ponía en práctica con Austria– como cuando pisa el suelo de su país, del que se autoexilió hace cerca de treinta años.

Cualquiera puede seguir el discurso de Vallejo on line, aunque me temo que broadcasteada por YouTube su capacidad de perturbación se empobrece. Me tocó verlo en vivo en el Festival Hay de Cartagena, de pie, solito en el escenario abrumado del teatro Heredia, con 750 personas sentadas en el filo de sus butacas y otras 300 afuera, sin tickets, amenazando con tirar abajo las puertas del teatro si no las abrían, y debo decir que fue una experiencia. Habló contra la decadencia de Colombia, contra el Papa, contra la corrupción de la clase política colombiana, contra el narcotráfico, contra el Papa, contra la guerrilla, contra los viejos, contra el Papa, contra los Estados Unidos, contra el estado de la lengua en América latina, contra el Papa... Los temas eran apenas la agenda de cualquier sociedad latinoamericana en carne viva. El estilo que los encarnaba, en cambio, era todo.

En vivo, Vallejo no habla, no improvisa, no es un orador. Lee. Más que leer, en realidad, se adhiere con ojos y dientes a las páginas que escribió hasta que las termina, las extenúa, las vacía. La lectura pública es en él una variante de la posesión. Vallejo es lo que lee: un torrente aluvional, arrasador, sin puntos, ni comas, ni separación de párrafos, que vocifera con su voz opaca y el empecinamiento de un demente. Uno de esos diluvios bíblicos con los que a menudo termina sus novelas (La virgen de los sicarios, El desbarrancadero). Jamás mira al público. Ni siquiera parece registrarlo. Blasfema, experta en la imprecación, la injuria y el escarnio, sembrada de digresiones macabras à la Jonathan Swift, autor con el que comparte toda clase de distopías misantrópicas, la palabra de Vallejo es de algún modo como la de Dios –sobre quien escupe, desde luego– pero al revés, en versión subalterna, la versión del que no tiene nada que perder. Delirio de súbdito o de huérfano, es una palabra simple, directa, cruda, repetitiva: como los alegatos de las heroínas de tragedia griega, no tiene destinatario posible y está condenada a resonar, solitaria, entre las cuatro paredes del mundo.

En La desazón suprema, el retrato filmado que le hizo Luis Ospina en 2003, Vallejo aparece relajado y sonriente, de buen humor, como satisfecho, contestando preguntas con sensatez, celebrando un cumpleaños apacible y hasta husmeando con una dosis de enternecida nostalgia la casa familiar que en El desbarrancadero describe como una pesadilla o una tumba. Pero basta que una radio lo haga opinar sobre el político colombiano que propone secuestrar e incinerar la edición entera de La virgen de los sicarios para que el monstruo vomite sus llamaradas de ira.

¿Qué hay de sorprendente en ese contraste? Vallejo siempre ha sido el Increíble Hulk de la cultura latinoamericana. El desaforado que exalta el crimen en ficciones brutales y cultiva el hobby de llamar “hijoeputa” al presidente de Colombia es el mismo moralista de la lengua que debuta en las letras escribiendo una “gramática del lenguaje literario”, Logoi, inmenso archivo de citas, figuras y trucos retóricos excavados de la literatura occidental que recopiló, dice, “para aprender a escribir”, y cuya tesis borgeana establece que ya todo está escrito, que la literatura es ready-made, que la originalidad no existe y por lo tanto cualquiera puede ser escritor. La bestia que aboga por la muerte de los pobres y abomina de la reproducción de la especie es el mismo biólogo que alguna vez redacta un ensayo refutando a Darwin, el amante del reino animal que dona los 100 mil dólares del premio Rómulo Gallegos a la Sociedad Protectora de Animales de Venezuela y el amo derretido de amor que le cepilla los dientes a su perra ante la cámara de Ospina.

No hay dos Vallejo: hay uno, y es ése que desde hace un cuarto de siglo hace todo lo que hace y escribe todo lo que escribe en su propio nombre, diciendo yo, haciendo del yo, a la vez, el altar y el infierno donde se goza de lo que se aborrece: el paraíso de la abyección. Vallejo es lo que alguna vez mereció un nombre elevado y maldito: un profanador. Es decir: un hombre –quizás el último– con un altísimo sentido de lo sagrado.



fotos: foto de archivo de Fernando Vallejo e imágenes tomadas en la iglesia más antigua de Cali, fundada originalmente en 1563.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Diario de Cali (último)


The Parade's Gone By

Querido Andrés:

Me encantaron tus Diarios de Cali. Y me conmovió mucho la carta de la chica que publicaste. Gestos así son los que uno más aprecia cuando uno hace cosas. El público quedó encantado con los invitados y sus filmes.

Yo ya en mi "casa-museo" de Bogotá recuperándome de tanta intensidad, aunque atendiendo algunas cosas pendientes del Festival.

Hace dos días encontré un ladrón en mi casa. Yo estaba en el segundo piso y timbraron. La empleada bajó a abrir y dejó la puerta abierta. En vista de que no subía la empleada, bajé y encontré un hombre un poco viejo merodeando dentro de mi casa buscando qué robar. Le pregunté que él que hacía en mi casa y me dijo que buscaba a un tal Dr. González, odontólogo, y me mostró su boca y sólo tenía un par de dientes. Yo no lo creí y le dije que era un ladrón. Y él me respondió que él era un viejo. Y yo le dije: "Sí, un viejo, pero un viejo ladrón". Entonces saqué valor de no sé dónde, lo agarré del cuello y lo bajé por las escaleras hasta encontrarme a la empleada que la tenía otro ladrón viejo entretenida llenando formularios falsos de una suscripción que supuestamente se me había vencido. Sin soltar del cuello al ladrón viejo #1 le dije al otro: "Usted es el cómplice, no?" Dicho ésto se escabulló como si no conociera al otro. Saqué al viejo a la calle y le dije a la empleada que buscara un policía. Llegó con un teniente con tres policías. Le requisaron los bolsillos y no le encontraron nada, entonces yo llamé aparte al teniente y le dije que lo soltara, que era un viejo, quizá pensando en ese documental mexicano "Los ladrones viejos" (¿lo viste?) que justamente acaba de exhibir en el Festival. End of story.

Never a dull moment in Colombia...

Un fuerte abrazo,
Luis

Luis Ospina
Director Artístico
Festival Internacional de Cine de Cali
www.festivaldecinecali.gov.co


PD Como siga la "inseguridad democrática" de Uribe tendré que recurrir a los buenos oficios de Jackie Chancho para enfrentarme a los ladrones más jóvenes:


'Jackie Chancho', el karateca de la Jiménez que
quiere enseñarle a los bogotanos a defenderse

El reto del peruano Jaime Núñez es que los capitalinos se enfrenten sin miedo a los ladrones.

Acaban de sacar a un flaco al centro del corrillo. Le ordenaron quitarse la camisa, abrirse de piernas y apoyar las manos en el piso. Detrás de él está su 'verdugo': Jaime Núñez, un karateca peruano que lleva 20 días recorriendo plazas, parques y calles del centro de la ciudad para presentar un espectáculo callejero de artes marciales cargado de patadas voladoras, llaves, puñetazos y ejercicios de flexibilidad.

El miércoles pasado, a las 11 de la mañana, EL TIEMPO fue testigo de una presentación en la avenida Jiménez entre calles 9a. y 10a. Este es uno de sus puntos favoritos para trabajar. Es tan popular en la zona, que los vendedores ambulantes y los vigilantes lo apodaron 'Jackie Chancho', por su parecido físico con el popular actor de películas de artes marciales Jackie Chan, "pero en la versión gorda, porque este amigo está pasado de kilos", agrega un vendedor de La Pajarera de la calle 13.

Un vendedor ambulante calienta a la gente antes de que el peruano entre en acción. El improvisado presentador toma en sus manos unos chacos. Los bate como loco. "Público, en pocos minutos vendrá el maestro que les enseñara a defenderse del hampa", promociona el ambulante, mientras algunos curiosos empiezan a hacer un círculo humano. 'Jackie Chancho' se despide de su chaqueta negra de harlista gringo y queda en una camiseta esqueleto que deja ver más de cerca sus 87 kilos y su 1,60 metros de altura. (...)

Además de enseñar artes marciales, Jaime Núñez le da consejos a su público para que mejoren su vida sexual. Reparte unas pastillas hechas a base de uña de gato y que, según él, combaten la eyaculación precoz. "Señor, no te vayas a tomas dos pepas, se te pueden romper los pantalones", le advierte Núñez a un adulto mayor interesado en el producto. Alrededor, todos se ríen y aunque muchos afirman no tener problemas sexuales, no son pocos los que lo buscan, cuando no hay mucha gente alrededor, para comprarle sus pastas dizque mágicas.


sábado, 31 de octubre de 2009

Diario de Cali 4

Cartucho usado de gas lacrimógeno, Made in USA, que trajo Erica, una de las asistentes al taller que di en Cali, titulado “el documental y yo”. Le propuse a los estudiantes, como ejercicio, el registro documental de un recorrido que tuviera algún sentido especial para ellos, ya sea porque lo hacen todos los días o porque lo hacen por primera vez, etc. Erica trajo una serie de fotos que mostraban los rastros que quedan después de un “tropel”, es decir, una manifestación estudiantil seguida de represión policial, acontecimiento cotidiano si los hay en Colombia. Una foto muy bella, muy bien compuesta, de un charco de agua donde se reflejaban los edificios y las palmeras de la universidad, por ejemplo, no era otra cosa que el rastro de la acción de los cañones hidrantes de la policía. También presentó objetos que levantó en su recorrido. Tener en las manos y examinar de cerca el cartucho de 37/38 mm de riot smoke, fabricado por Combined Tactical Systems de Jamestown, Pennsylvania (dirección, página web y teléfono incluido), nos recuerda de una forma muy concreta que, detrás de las típicas imágenes de revueltas estudiantiles y gases que vemos por TV, hay toda una industria.


Erica también trajo unas canicas, la munición que usan los estudiantes con gomeras y que la policía también ha incorporado a su arsenal, ante la inconveniencia política de disparar balas de verdad. Para Erica, crítica pero escéptica, las canicas que recogió en su recorrido también hablan de que el “tropel” se ha convertido, para ciertos estudiantes radicalizados, así como para la policía, en un “juego de niños”, sin consecuencias. Para terminar leyó un instructivo irónico para transeúntes sobre cómo enfrentar un tropel, como si se tratara de un volante levantado del piso de la facultad. Un elegante moño fake para concluir un trabajo documental ejemplar -hecho en una tarde- que, con gran economía de recursos, me hizo reflexionar sobre toda la complejidad de una situación. Como última vuelta de tuerca, cuando le conté el ejercicio a Luis Ospina, a modo de ejemplo de cómo había resultado el taller, él observó que adentro de la canica de la foto se veía un ojo.
-¡Cómo un ojo! Debe ser mi cámara.
-No, es un ojo –insistió Ospina.
Ampliamos la foto y, ante mi sorpresa, se distinguía claramente un ojo (hacer clic en la imagen para ampliar).
-¡Ojo al cine! –remató Ospina, evocando el título de un libro qué el mismo recopiló con los escritos de su amigo Andrés Caicedo.


Como posdata, no quiero dejar sin mencionar el hecho biográfico de que Erica es descendiente directa de Manuel Quintín Lame ("es mi tío-bisabuelo"), el legendario líder indigena. Quintín Lame dirigió un histórico levantamiento de los indios del valle del río Cauca a principios del siglo veinte, inicio de una larga "guerra racial" que lo hizo pasar muchos años en prisión y sobrevivir, casi mágicamente, numerosos intentos de asesinato. De hecho, siempre se dio por sentado que Quintín Lame, que finalmente murió de viejo en 1967, tenía poderes sobrenaturales, como el don de la ubicuidad o la capacidad de transformarse en un animal. Erica, que se considera una "indígena occidentalizada" por haber vivido en Cali y estar asistiendo a la universidad, nos contó de su proyecto documental, basado en los contradictorios cuentos familiares en torno a Quintín Lame, donde es difícil distinguir el hecho de la fabulación. Ya habló extensamente con una abuela que vive en el pueblito del valle del Cauca de donde ella es oriunda. Y está buscando a un primo que no ve hace años y que, según ella cree, pertenece en la actualidad a Los Nietos de Quintín Lame, una organización indigenista radicalizada que toma tierras y recurre a la lucha armada. ¡Otra que el documental y yo!

lunes, 28 de septiembre de 2009

Diario de Bogotá 3

Viernes

Anoche fuimos a cenar con Luis Ospina y su novia a la Zona Rosa de Bogotá que, todo hay que decirlo, no cumplió en absoluto las expectativas que despertaba su nombre. También fue de la partida Yibrán Asuad, ultrasimpático programador del festival de cine de Ciudad de México, que me regaló una botellita de mescal, con gusanito y todo. Después, Ospina nos invitó a unos tragos en su casa, auténtico Museo Ospina, llena de maravillosos objetos kitsch (como muestra vale un botón: ver el inodoro de arriba). Ospina, en Colombia, es una especie de prócer viviente y, por cierto, se trata de uno de los cineastas más originales de América Latina. Agarrando pueblo, su mediometraje de 1977, ha cobrado con el tiempo dimensión de clásico alternativo del documental latinoamericano. Un grupo de documentalistas sale por las calles de Cali para registrar la miseria, enlatarla y mandarla a la televisión alemana, sin el menor escrúpulo. Cualquier semejanza, etc… Una burla feroz del “cine comprometido” de los 70, hecha en el mismo momento en que esa moneda tenía plena vigencia, le costó años de ostracismo en el gulag de los políticamente incorrectos.

A diferencia de aquellas películas, como La hora de los hornos, que se han convertido en piezas de museo y que despiertan una sonrisa nostálgica por su mezcla de demagogia y maniqueísmo publicitario, Agarrando pueblo no ha envejecido nada. Todo lo contrario. Aparece como una película de su tiempo, sí, pero como si fuera cine del futuro, imaginando ayer lo que podremos llegar a pensar mañana. Yo confieso haberla descubierto hace poco. María Luis Ortega, una de las máximas autoridades de lengua hispana en cine documental, fue la que me avisó de su existencia. Me contó que siempre empieza sus clases con Agarrando pueblo, por su capacidad para hacer reflexionar a los alumnos sobre lo que puede haber -de manipulación y de equívoco- detrás de las presuntas buenas intenciones del documental. Parece que los alumnos muchas veces se indignan. La película de Ospina sigue exhibiendo la misma irreverencia y ejerciendo la misma provocación que tanto incomodó en aquella época de bellas banderas y mentiras piadosas.

Pero Ospina es mucho más que un cineasta. Entre otras (muchas) cosas, fue uno de los responsables de haber rescatado vida y obra de su amigo Andrés Caicedo, el escritor que se suicidó en 1977 a los 25 años y que hoy se ha convertido, junto a Roberto Bolaño, en uno de los grandes mitos de la cultura necrófila latinoamericana. Con otro amigo, Carlos Mayolo, Caicedo y Ospina hicieron de Cali un inverosímil polo cinéfilo de América, alrededor de un cineclub y de la revista Ojo al Cine, descubriendo y revalorando películas y cineastas que en otras latitudes serían reconocidos sólo muchos años después. La correspondencia cinéfila entre Caicedo y Ospina, editada por este último, es uno de los intercambios más contagiosos que haya tenido la fortuna de leer (me hicieron recordar las crónicas que Cabrera Infante publicó en los años 60 con el seudónimo de Caín). Dan ganas de salir corriendo a ver películas y, sobre todo, poder discutirlas con interlocutores tan apasionados como ellos. Ospina no ha perdido nada de su celo cinéfago, como pudimos comprobar con la pila de dvds de cine arte pirata que se compró en Mulholland Drive, maravillosa caverna de Ali Babá, ubicada en los Almacenes Pensilvania de Bogotá, donde –según Ospina- se puede comprar cualquier cosa, desde una cámara digital de última generación hasta un lanzacohetes. También, por un módico precio, se puede contratar a un sicario para asesinar a algún indeseable.

Pero además -casi se podría decir por sobre todas las cosas- Ospina es un gran narrador. Nada le gusta más que contar las peculiaridades y dramas de su patria, que odia tanto como ama. La última vez que estuvo en Buenos Aires, nos alucinó con el episodio escalofriante de los “falsos positivos”. 19 jóvenes desaparecieron una misma noche de Soacha, una localidad cercana a Bogotá. Dos días después, aparecieron 19 guerrilleros caídos en combate, en la lejana región de Norte de Santander. Así, por un descuido, la coincidencia permitió descubrir la práctica del ejército colombiano de secuestrar y asesinar jóvenes humildes de algún pueblito del interior y llevarlos a otra región, donde nadie pudiera identificarlos, para hacerlos pasar por guerrilleros abatidos en combate, “positivos” en la jerga militar, y demostrar que el gobierno está ganando la guerra contra el terrorismo.


Anoche nos contó el caso de los hipopótamos de Pablo Escobar, remanentes del zoológico privado del ex zar del cartel de Medellín que se escaparon cuando Escobar murió. Los narco-hipopótamos se reprodujeron, hasta llegar a constituir una docena, deambulando sueltos por los alrededores de la antigua finca de Escobar, Hacienda Nápoles. Como estaban causando estragos en la zona, el gobierno convocó a un famoso cazador para que los liquidara, episodio registrado con delicioso morbo por la televisión colombiana. Escobar (admirador de John Lennon y de Adolf Hitler) no tenía hipopótamos por mera excentricidad. Los narcos buscaban rodearse de hipopótamos, jirafas o elefantes porque el olor de las heces de animales grandes parece que atemoriza a los perros que usa la policía para olfatear a potenciales mulos o transportes de droga. Los perros huelen la mierda de hipopótamo y, en vez de ladrar y dar la alarma, se quedan quietos, asustados ante la presencia de un animal más grande. García Márquez no inventó nada.

Ospina también nos contó la historia de su amigo Harold Alvarado, el Caballero de la Injuria. Y yo retruqué con la de mi amigo colombiano Marc de Beaufort, el Gran Documentalista Mentiroso. Pero esa es otra historia, que quedará para otra crónica.




fotos (desde arriba): 1. el inodoro del Museo Ospina; 2. un fotograma de Agarrando Pueblo de Luis Ospina; 3. Ramiro Arbeláez, Andrés Caicedo y Luis Ospina (foto de Eduardo Carvajal); 4. Ospina descubre un dvd pirata con su propia obra inédita; 5 y 6. Ospina en la esquina donde fuera asesinado Jorge Gaitán el 9 de abril de 1948, fecha en que, según él, comenzó la guerra en Colombia que aún no ha terminado; 7, 8 y 9. Bogotá by night.



domingo, 27 de septiembre de 2009

Diario de Bogotá 2

Jueves

Anoche, nuestros amables anfitriones del Ministerio de Cultura nos llevaron a cenar a un restaurante de comida típica, pero moderno. “Mini-mal. Comida sorprendentemente colombiana”.

Copio del menú del restaurant:
Mini-mal
adj. y s. m. Econ: Intervención gracias o por medio de la cual ciertos materiales, productos objetos o ingredientes desprovistos de status recuperan, aumentan o adquieren nuevo o mayor valor // Creación hecha con muy poco // Máximo aprovechamiento de lo aparentemente sin valor. Fisic: Resultado o producto obtenido con muy poco gasto de energía. Ecol: Sostenibilidad derivada del aprovechamiento máximo de mínimos recursos. Energ: Recursividad Efectiva. Semiot: Potencialidad significativa. Etic: Necesidad de hacer o transformar a pesar de tener muy pocos recursos. Estet: Particular belleza o esplendor de lo humilde o sencillo. Leng: Equívoco poético. (Sinón: Mal Pequeño. El menos mal posible.)

Y a continuación una serie de palabras misteriosas, presumiblemente de distintos platos o comidas: tumaco, arrullos, ahuyama, toyo, muchacho (?), etc. Los colombianos presentes nos tratan de explicar de qué se trata cada cosa, pero no se ponen de acuerdo en una: culantro. Da la casualidad que yo sí sé lo que es, o creo saber lo que es, y me animo a decirlo, porque lo comí una vez en un restaurante de Buenos Aires. Pero la verdad, otra vez, yo qué sé. Por lo demás, nadie parece muy convencido. La presunción queda atribuida a mi nacionalidad.

Por la mañana, deliberación del jurado. Vine a Bogotá para formar parte de un jurado internacional que otorga “premios nacionales” a la producción cinematográfica. Llaman a extranjeros para evitar amiguismos, según me dicen, ya que el mundillo del cine local es muy pequeño. Sería interesante que en la Argentina se probara algo así, aunque lo veo difícil por todos los intereses que hay en juego. Integro un “jurado de lujo” (no son mis palabras, se entiende) junto al mexicano Juan Carlos Rulfo (que ganó el festival de Sundance y el BAFICI con su documental En el hoyo) y al representante colombiano, Luis Ospina (más sobre Ospina después). Ambos estuvieron también en Princeton, como invitados del festival de documentales que dirijo. Se trataba de personas afines y llegamos con bastante facilidad a un consenso sobre la película ganadora, que no sé si puedo dar a conocer aquí aún. Igual, ya que habíamos tenido que ver casi treinta documentales –ardua experiencia que casi me hace tomar la decisión de cambiar de género y no hacer nunca más un documental- nos tomamos un momento para discutir cada uno. De la deliberación, me quedo con un término acuñado por Rulfo para referirse a unos documentales particularmente soporíferos: dormimentales.


Pero lo que más tiempo nos llevó, en rigor, fue la redacción de la justificación del fallo. Para tener algo sobre el papel, yo empecé dictando algunos conceptos laudatorios, más bien convencionales, sobre la película ganadora. Rulfo tomaba dictado en su laptop, pero se le fruncía el rostro con cada uno de mis adjetivos: “enorme”, “gran”, “riguroso”. Así estuvimos un largo rato. Ospina y yo tirábamos ideas (y adjetivos) y Rulfo -no por nada hijo de uno de los más grandes escritores de la lengua- trataba de darles forma en una prosa que fuera mínimamente digna de su teclado. Nos pusimos a conversar de otros asuntos, para dejarlo trabajar un rato sin estar respirándole en la nuca. Pero al cabo de un tiempo, descubrimos que Rulfo prácticamente no había avanzado, sino que había estado dando vueltas las mismas frases. Eso sí, no quedaba ningún adjetivo. No recuerdo quién describió al escritor como alguien capaz de pasar toda una mañana para poner un adjetivo y, después, toda la tarde para quitarlo. Podría haber sido el padre de Juan Carlos. Después de publicada la novela que lo consagró, Pedro Páramo, Rulfo pasó largos años escribiendo una segunda novela. A su muerte, no se encontró ningún manuscrito, si es que alguna vez existió. Al final, nos ganó la impaciencia y terminamos arrancándole la laptop, para volver a colocar otra vez todos nuestros adjetivos. El Ministerio de Cultura se quedó tal vez sin un dictamen singular, pero queríamos llegar a cobrar nuestra paga antes de que cerrara el Banco Cafetero.

fotos (desde arriba): 1. El Palacio de Nariño (la Casa Rosada de Bogotá); 2. el honorable jurado (Juan Carlos Rulfo, Andrés Di Tella, Luis Ospina); 3. Luis Ospina y David Melo, director de cinematografía del Ministerio; 4. Juan Carlos Rulfo piensa en los adjetivos mientras toma su café colombiano; 5. las paredes de Bogotá expresan problemas existenciales.

sábado, 28 de marzo de 2009

BAFICI (5)

Unos pocos buenos amigos de Luis Ospina

por Alberto Fuguet


Hay deudas, hay mandatos. Unos pocos buenos amigos no es narrada por Luis Ospina ni es confesional y, sin embargo, termina siendo tanto de Luis como de su gran amigo Andrés Caicedo y, cómo no, de Cali. Porque Caicedo, el mártir de los cinéfilos, el joven escritor suicida de pelo largo, el crítico de Ojo al Cine, perfectamente podría no existir en la blogósfera pop si no fuera por Ospina. Él se encargó de que Caicedo no se perdiera. Él tomó el riesgo de que Caicedo pudiera opacarlo, quizás sintiendo que a veces en la vida, uno de los roles que pueden tocar es simplemente el de ser amigo de alguien que lo necesita. Unos pocos buenos amigos es la biografía oral y visual de un fantasma. De alguien que ya no está y que está en todas partes. Que ha tocado a todos esos caleños conscientes de que la cumbre de sus existencias ya pasó. Unos pocos buenos amigos funda y le da voz e imagen a Caicedo, sí, pero acaso es al mismo tiempo la cinta más personal de Ospina. Hay amistades y pérdidas que marcan y este film modesto es la prueba, es la marca, y nos hace sentir un poco tristes al captar que no todo el mundo tiene la suerte de tener un amigo como Luis Ospina.

HOY sábado 28 de marzo 20.15hs / Hoyts 7
Repite: martes 31/3 12.30 / Hoyts 1

Mesa redonda: Andrés Caicedo: cine, drogas, salsa & rock'n'roll. Con Luis Ospina, Alberto Fuguet y Javier Porta Fouz.
LUNES 30 de marzo 19hs / Auditorio Espacio BAFICI