El día que me fui de Bogotá justo recibía el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras el gran escritor colombiano Fernando Vallejo. Ospina, su amigo, me invitó a la ceremonia. El Gran Provocador en el Ultimo Refugio del Comunismo: para alquilar balcones. Pero ya me tenía que ir. Igual, alguien lo grabó y Ospina me lo envió. Imperdible.
1a parte:
2a parte:
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martes, 29 de septiembre de 2009
lunes, 28 de septiembre de 2009
Diario de Bogotá 3
Viernes
Anoche fuimos a cenar con Luis Ospina y su novia a la Zona Rosa de Bogotá que, todo hay que decirlo, no cumplió en absoluto las expectativas que despertaba su nombre. También fue de la partida Yibrán Asuad, ultrasimpático programador del festival de cine de Ciudad de México, que me regaló una botellita de mescal, con gusanito y todo. Después, Ospina nos invitó a unos tragos en su casa, auténtico Museo Ospina, llena de maravillosos objetos kitsch (como muestra vale un botón: ver el inodoro de arriba). Ospina, en Colombia, es una especie de prócer viviente y, por cierto, se trata de uno de los cineastas más originales de América Latina. Agarrando pueblo, su mediometraje de 1977, ha cobrado con el tiempo dimensión de clásico alternativo del documental latinoamericano. Un grupo de documentalistas sale por las calles de Cali para registrar la miseria, enlatarla y mandarla a la televisión alemana, sin el menor escrúpulo. Cualquier semejanza, etc… Una burla feroz del “cine comprometido” de los 70, hecha en el mismo momento en que esa moneda tenía plena vigencia, le costó años de ostracismo en el gulag de los políticamente incorrectos.
Anoche fuimos a cenar con Luis Ospina y su novia a la Zona Rosa de Bogotá que, todo hay que decirlo, no cumplió en absoluto las expectativas que despertaba su nombre. También fue de la partida Yibrán Asuad, ultrasimpático programador del festival de cine de Ciudad de México, que me regaló una botellita de mescal, con gusanito y todo. Después, Ospina nos invitó a unos tragos en su casa, auténtico Museo Ospina, llena de maravillosos objetos kitsch (como muestra vale un botón: ver el inodoro de arriba). Ospina, en Colombia, es una especie de prócer viviente y, por cierto, se trata de uno de los cineastas más originales de América Latina. Agarrando pueblo, su mediometraje de 1977, ha cobrado con el tiempo dimensión de clásico alternativo del documental latinoamericano. Un grupo de documentalistas sale por las calles de Cali para registrar la miseria, enlatarla y mandarla a la televisión alemana, sin el menor escrúpulo. Cualquier semejanza, etc… Una burla feroz del “cine comprometido” de los 70, hecha en el mismo momento en que esa moneda tenía plena vigencia, le costó años de ostracismo en el gulag de los políticamente incorrectos.
A diferencia de aquellas películas, como La hora de los hornos, que se han convertido en piezas de museo y que despiertan una sonrisa nostálgica por su mezcla de demagogia y maniqueísmo publicitario, Agarrando pueblo no ha envejecido nada. Todo lo contrario. Aparece como una película de su tiempo, sí, pero como si fuera cine del futuro, imaginando ayer lo que podremos llegar a pensar mañana. Yo confieso haberla descubierto hace poco. María Luis Ortega, una de las máximas autoridades de lengua hispana en cine documental, fue la que me avisó de su existencia. Me contó que siempre empieza sus clases con Agarrando pueblo, por su capacidad para hacer reflexionar a los alumnos sobre lo que puede haber -de manipulación y de equívoco- detrás de las presuntas buenas intenciones del documental. Parece que los alumnos muchas veces se indignan. La película de Ospina sigue exhibiendo la misma irreverencia y ejerciendo la misma provocación que tanto incomodó en aquella época de bellas banderas y mentiras piadosas.
Pero Ospina es mucho más que un cineasta. Entre otras (muchas) cosas, fue uno de los responsables de haber rescatado vida y obra de su amigo Andrés Caicedo, el escritor que se suicidó en 1977 a los 25 años y que hoy se ha convertido, junto a Roberto Bolaño, en uno de los grandes mitos de la cultura necrófila latinoamericana. Con otro amigo, Carlos Mayolo, Caicedo y Ospina hicieron de Cali un inverosímil polo cinéfilo de América, alrededor de un cineclub y de la revista Ojo al Cine, descubriendo y revalorando películas y cineastas que en otras latitudes serían reconocidos sólo muchos años después. La correspondencia cinéfila entre Caicedo y Ospina, editada por este último, es uno de los intercambios más contagiosos que haya tenido la fortuna de leer (me hicieron recordar las crónicas que Cabrera Infante publicó en los años 60 con el seudónimo de Caín). Dan ganas de salir corriendo a ver películas y, sobre todo, poder discutirlas con interlocutores tan apasionados como ellos. Ospina no ha perdido nada de su celo cinéfago, como pudimos comprobar con la pila de dvds de cine arte pirata que se compró en Mulholland Drive, maravillosa caverna de Ali Babá, ubicada en los Almacenes Pensilvania de Bogotá, donde –según Ospina- se puede comprar cualquier cosa, desde una cámara digital de última generación hasta un lanzacohetes. También, por un módico precio, se puede contratar a un sicario para asesinar a algún indeseable.Ospina también nos contó la historia de su amigo Harold Alvarado, el Caballero de la Injuria. Y yo retruqué con la de mi amigo colombiano Marc de Beaufort, el Gran Documentalista Mentiroso. Pero esa es otra historia, que quedará para otra crónica.
fotos (desde arriba): 1. el inodoro del Museo Ospina; 2. un fotograma de Agarrando Pueblo de Luis Ospina; 3. Ramiro Arbeláez, Andrés Caicedo y Luis Ospina (foto de Eduardo Carvajal); 4. Ospina descubre un dvd pirata con su propia obra inédita; 5 y 6. Ospina en la esquina donde fuera asesinado Jorge Gaitán el 9 de abril de 1948, fecha en que, según él, comenzó la guerra en Colombia que aún no ha terminado; 7, 8 y 9. Bogotá by night.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Diario de Bogotá 2
Anoche, nuestros amables anfitriones del Ministerio de Cultura nos llevaron a cenar a un restaurante de comida típica, pero moderno. “Mini-mal. Comida sorprendentemente colombiana”.
Copio del menú del restaurant:
Mini-mal
adj. y s. m. Econ: Intervención gracias o por medio de la cual ciertos materiales, productos objetos o ingredientes desprovistos de status recuperan, aumentan o adquieren nuevo o mayor valor // Creación hecha con muy poco // Máximo aprovechamiento de lo aparentemente sin valor. Fisic: Resultado o producto obtenido con muy poco gasto de energía. Ecol: Sostenibilidad derivada del aprovechamiento máximo de mínimos recursos. Energ: Recursividad Efectiva. Semiot: Potencialidad significativa. Etic: Necesidad de hacer o transformar a pesar de tener muy pocos recursos. Estet: Particular belleza o esplendor de lo humilde o sencillo. Leng: Equívoco poético. (Sinón: Mal Pequeño. El menos mal posible.)
Y a continuación una serie de palabras misteriosas, presumiblemente de distintos platos o comidas: tumaco, arrullos, ahuyama, toyo, muchacho (?), etc. Los colombianos presentes nos tratan de explicar de qué se trata cada cosa, pero no se ponen de acuerdo en una: culantro. Da la casualidad que yo sí sé lo que es, o creo saber lo que es, y me animo a decirlo, porque lo comí una vez en un restaurante de Buenos Aires. Pero la verdad, otra vez, yo qué sé. Por lo demás, nadie parece muy convencido. La presunción queda atribuida a mi nacionalidad.
fotos (desde arriba): 1. El Palacio de Nariño (la Casa Rosada de Bogotá); 2. el honorable jurado (Juan Carlos Rulfo, Andrés Di Tella, Luis Ospina); 3. Luis Ospina y David Melo, director de cinematografía del Ministerio; 4. Juan Carlos Rulfo piensa en los adjetivos mientras toma su café colombiano; 5. las paredes de Bogotá expresan problemas existenciales.
sábado, 26 de septiembre de 2009
Diario de Bogotá
La primera impresión de Bogotá es de mucho verde. El mismo aeropuerto está lleno de árboles. Al entrar en la ciudad, llama la atención el horizonte de empinados cerros verdes que rodean el núcleo urbano. No sé por qué –la percepción es una entelequia a veces ridícula- me viene a la cabeza un comentario típicamente exagerado de Fernando Niembro, en la previa de un partido de la Copa Libertadores en algún lugar de Colombia: “uno de los paisajes más hermosos del mundo”. El conductor del Ministerio de Cultura que me vino a buscar me pregunta de dónde vengo y enseguida empezamos a hablar de Maradona. El fútbol, moneda universal. Mantuve conversaciones semejantes en taxis desde distintos aeropuertos del mundo, discutiendo las virtudes de Ariel Ortega en Estambul o de Julio Cruz en Amsterdam. Yo le pregunto por el referéndum que se está discutiendo en este momento y que abriría la puerta para modificar la constitución y permitir la segunda re-elección del Presidente Uribe. No me di cuenta al sacar el tema de que el chofer, en última instancia, viene a ser un empleado del gobierno. Igual, con la característica discreción de los colombianos, desliza que “tal vez, habría que dejar entrar nuevas ideas”. Entendí que prefería que hubiera un cambio de presidente, pero después me quedé pensando si no se refería a la posibilidad de cambiar la constitución.
-¿Pasa algo?- pregunto.
-No sé- me contesta el chofer (¿o policía?).
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