lunes, 1 de septiembre de 2008

Todavía no

Después de nuestro intercambio sobre su proyecto autobiográfico, me volvió a escribir Verónica Chen:

ahora entiendo el título de Fotografías... siempre me resultó levemente “corrido” de la película. sigo pensando.
¿No te pasó que resultaba imposible pensar en ir a India, para mí China, y en empezar “a investigar” mientras vivía tu madre? ¿No tenías la sensación de “todavía no” ?
beso
Vero


Vero: 
Me alegro que te haya caído la ficha de Fotografías...
Mientras vivía mi madre no era que tenía la sensación de que “todavía no”. Simplemente, ni se me hubiera ocurrido. Hay algo que dice mi viejo, que a la gente le pegó mucho, en mi película anterior, La televisión y yo. Dice que si no hubiera muerto su padre cuando murió, cuando él y su hermano Guido tenían apenas 18 y 16 años, ellos hubieran quedado hechos mierda, porque era muy autoritario y no les hubiera permitido tener un desarrollo individual, fuera del marco de la empresa familiar (SIAM Di Tella). Y que apenas murió su padre, se dio cuenta que había empezado a pensar: bueno, ahora tengo que esperar a que muera Mamá...
Cada padre es distinto y cada uno tiene y tuvo la relación que tuvo, intransferible. Pero en algo todos los padres y todos los hijos son iguales, como diría Tolstoy. Para mí, con todo el dolor del mundo, y te juro que después de diez años todavía hay días en que la extraño terriblemente, la muerte de mi madre también me liberó de alguna manera y me abrió puertas, incluso de su propia vida, paradójicamente. Eso también es Fotografías.

Andrés

La correspondencia sigue:

on 1/9/08 10:52, Verónica Chen wrote:

para tu hilaridad te cuento que el gato me acaba de mear el bolsito de la cámara (con la cam adentro) que no sacaba desde el viaje. parece que a él también le resultó “ajeno” y lleno de olores raros

beso
V


Ya tenés una escena para la película...
Viste que dicen que los gatos mean para marcar territorio, o sea, para marcar lo que a partir de ese momento les es “propio”...
(perdón)
A

Foto: Mamá y yo en el sillón, Madrás, circa 1970.

domingo, 31 de agosto de 2008

Experimento


Ayer tuvimos un día a pleno de experimentación con mi hijo Rocco, que acaba de cumplir 11 años. Lo arrastré hasta el MALBA, a la jornada de cine experimental que prometía el gimmick --experimento dentro del experimento-- de pasar algunas piezas históricas del cine experimental argentino en su formato original, es decir, super 8 y 16mm. Tenía especial interés en ver los trabajos de Narcisa Hirsch y de Claudio Caldini, los dos grandes popes del cine experimental vernáculo de los años 70. La otra noche, justamente, me crucé con Narcisa, que vino a ver mi documental sobre Macedonio Fernández. Me dijo que no iba a estar en la jornada del MALBA porque viajaba pero que estaba temblando de miedo por el capricho fetichista del programador, un americano de Colorado llamado Christopher May, de querer pasar los originales, cuando él mismo sabe que justamente en este formato --el super-8 reversible-- no hay copias, sólo originales. Es como que en una biblioteca le den a cada lector que quiere leer una novela el manuscrito original, dijo Narcisa.

De hecho, las películas seguramente se habrían visto mejor en proyección digital, con mayor definición y luminancia y mejores colores, pero bueno, todos somos un poco fetichistas y confieso que el murmullo amigable del proyector de super-8, y la misma fragilidad de los materiales expuestos, le daba a la función un clima enrarecido, especial, de experiencia única. El mismo legendario Claudio Caldini, del que creo que volveré a hablar pronto en estas páginas, estaba a cargo del proyector, como capitán del navío Experiment junto al timón. En algún momento, la proyección de una de las películas empezó a trastabillar y Caldini tuvo que detener la máquina, rebobinar y largar otra vez da capo, lo que provocó la expresión de incredulidad espontánea de Rocco "¡Oh, no!" y las risas de algunos espectadores vecinos. Pero Rocco se la bancó como un joven mártir del arte, qué le va a hacer, es lo que le tocó. Al salir nos cruzamos con Guillermo Kuitca, que venía con los cachetes inflamados a lo Quico por la extracción de una muela de juicio (¡A esta edad, te parece! dijo él mismo). Le conté que veníamos de la función de cine experimental y, ante la cara de circunstancias de Rocco, Kuitca le dijo: "¡Ahora no te van a parecer tan malas las películas de Papá!"

En tren de mezclar chistes y verdades, a modo de explicación de lo que estábamos viendo, le dije a Rocco que esto era como pasar los discos de vinilo al revés para escuchar mensajes satánicos. Me quedé pensando que tal vez no fuera una mala definición de lo que es el cine experimental, una manera de ver el cine al revés, para ver qué mensajes inesperados se pueden escuchar. Para seguir con el arte, pero para compensar un poco el extremismo puro y duro del super-8 del MALBA, camino a casa pasamos por una galería donde están expuestos unos originales del historietista Liniers, de quien Rocco es fanático. El dueño de la galería, que me conocía, nos hizo una visita guiada de la muestra, dirigiéndose a Rocco principalmente, como si fuera un connaisseur, lo cual me sorprendió un poco, pero claro, de hecho lo era. Le pregunté a Rocco si le gustaría que compráramos un cuadro de Liniers para colgar en la pared, pensando para mí si después me animaría a comprarlo, pero Rocco por suerte prefirió una remera y me ahorró el conflicto.

De la galería de Liniers fuimos al remozado Teatro 25 de Mayo de Villa Urquiza, cerca de casa, donde presentaba un concierto de música experimental Martín Matalón, un amigo que vive en Francia hace muchos años y con quien me volví a encontrar de casualidad este año en Barcelona. Yo mismo estaba un poco cansado después de un largo día, y con Ceci todavía teníamos por delante una obra de teatro más tarde, pero me pareció que valía la pena hacer el esfuerzo para que Rocco viera lo que hacían los amigos de Papá. Y la verdad, aunque no soy fan de la llamada música contemporánea o experimental, cada vez que me animo a ir a un concierto la paso muy bien, o sea que me debe gustar más de lo que yo mismo me doy cuenta. El auditorio estaba lleno, con mucha gente de pie, pero justo había unos asientos libres en la primera fila, casi junto a los músicos. Había algo (emocionante) de día de graduación de escuelita, porque era el concierto de cierre de un taller de experimentación musical dictado por Matalón. Salvando las distancias, Rocco mismo ha participado de situaciones similares en el show de fin de año que hace con su maestra de piano. Durante el concierto, que consistía en la interpretación de varias piezas cortas con breves interrupciones en la que los músicos cambiaban constantemente de formación, lo espiaba a Rocco a ver si se estaba enganchando. Pero en un momento me pareció que se estaba aburriendo, incluso durmiendo. Al salir le pregunté, con cierta aprensión, si le había gustado. Para mi sorpresa, me contestó, como si fuera obvio:
-Sí.
-¿En serio?
-¡Sí!
Y nos fuimos, padre e hijo, caminando por la Avenida Trinuvirato rumbo a la casa del primo, donde Rocco pasaría la noche jugando sus videogames, cada uno con su propio motivo para estar contento.

La foto es de la película "Heliografía" de Claudio Caldini.

La mujer sin cabeza

La última película de Lucrecia Martel parece haber dividido las aguas. Primero alguien en quien confío me dijo que era genial, pero después otro amigo a quien también le creo me dijo que la película era malísima y que lamentaba que Lucrecia hubiera extraviado totalmente el camino. Anoche la vimos finalmente, en una sala practicamente vacía del Showcase Belgrano (¡viernes a la noche!), y entendimos las razones de semejante disparidad de criterios. 

La mujer sin cabeza empieza con una secuencia impresionante que augura una obra maestra. Martel describe los prolegómenos de un accidente de ruta y sus devastadores efectos inmediatamente posteriores. Todo, con una abundancia abrumadora de precisiones circunstanciales pero, al mismo tiempo, con una sorprendente economía de medios. En esos primeros minutos, genera una inquietud digna de los mejores momentos del cine de David Lynch, por ejemplo, como cuando el Gran Cineasta del Inconsciente te muestra, sencillamente, un pasillo en penumbras y te cagás en las patas. Aqui, las huellas de una mano infantil en la ventana de un auto, el ruido de las gotas de una tormenta que comienza sobre el techo del auto, el ritmo alterado de la respiración de la protagonista, un encuadre que deja adivinar --en vez de mostrar-- lo que tenemos que entender, todo contribuye a un relato que corta el aliento. 

La protagonista, una dentista de mediana edad encarnada por María Onetto en una actuación admirable, sin red, no sabe exactamente qué pasó en el accidente pero piensa que, en un momento de distracción, pudo haber pisado a un chico que jugaba cerca de la ruta con su perro. Esta incertidumbre es el delgado hilo de trama que Martel mantiene hasta el final, haciendo que el espectador comparta la duda de la protagonista --¿mató al chico o no lo mató?--atravesando una larga serie de situaciones cotidianas, casi anodinas, donde la directora se propone desafiar la capacidad de atención del espectador, demorándose siempre un poco más de lo estrictamente necesario en las circunstancias insulsas de la vida burguesa de provincias que lleva la dentista. Como si Martel, antes que caer en la evidencia, estuviera dispuesta a sabotear su propia trama y hacernos olvidar qué es lo que nos estaba contando.  

El problema es que, en determinado momento, ante el exceso de sutileza y narración lateral, el espectador puede quedar afuera --al menos eso le pasó a este espectador-- y ya dejar de precuparle demasiado qué le pasa a la protagonista y qué trama estaba siguiendo. Por eso entiendo que la película le haya resultado irritante a más de uno: fue abucheada en el festival de Cannes y, sin ir más lejos, hizo que la gente de nuestra función de viernes a la noche saliera puteando. Confieso que a mí por momentos también me irritó y hasta me dio ganas de decirle a Martel que se dejara de joder. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que quien apuesta a la inteligencia y a la capacidad de atención del espectador merece mi respeto, incluso admiración. Por eso, prefiero quedarme con esos momentos maravillosos, de gran cine, que tiene La mujer sin cabeza y que demuestran que Lucrecia Martel sigue siendo una gran cineasta, la mejor de todos nosotros.

sábado, 30 de agosto de 2008

Fotografías



Mi última película se llama Fotografías porque tiene como punto de partida una caja de fotos que me pasó mi padre, después de la muerte de mi madre. Son de cuando ellos eran jóvenes: Torcuato y Kamala antes de ser Papá y Mamá. Algunas son de la India, donde ella nació y donde Papá y Mamá se casaron, allá por 1952. Mi padre me las pasó sin explicar casi nada de las circunstancias. Después, me quedé solo, mirándolas.

Eran como las viejas llaves que encontré dentro de un baúl que contenía cosas de mi madre. Al revés de lo que suele suceder, tenía las llaves pero había perdido las puertas que esas llaves debían abrir. Tenía que imaginar qué puertas franquearían, qué cajones cerrarían. Las antiguas fotos que me legó mi padre eran lo mismo.

Si la fotografía captura un instante en el fluir del tiempo – clic – entonces mi mirada, llena de añoranza, comenzaba a hacer el trabajo de completar la secuencia y devolverle el movimiento. Y eso es lo que uno siempre hace con la fotografía: la anima, le da vida. Es por eso que en las fotografías los muertos siguen vivos. Tan impredecibles como nuestra imaginación. (En los films o videos caseros, por el contrario, los personajes están condenados a repetir incansablemente las mismas acciones, dejando poco lugar al ensueño).

Cuando finalmente viajé a la India, rastreando el pasado oculto de mi madre, me llevaron a consultar a un médium – en la India es posible creer en cualquier cosa – con la intención de comunicarme de algún modo con mi madre. Y no es casual que el swami me pidió solamente que llevara, del ser con quien deseaba comunicarme, una fotografía. No precisaba saber nada más, ni el nombre. Le bastaba con hacer hablar a la fotografía.

Papá Chen

Ayer Verónica Chen me habló de su viaje a la China y de las dudas que tiene en torno a un posible proyecto autobiográfico que no sabe si tiene ganas de abordar. El Papá de Verónica es chino (en realidad, debería decir era chino ya que está muerto, pero con los padres nunca se sabe si correspone hablar en pretérito perfecto o presente continuo...) Vino a la Argentina en 1942, cuando tenía veintipico de años, "escapando" --esa es la palabra que usó Verónica, pero no dijo de qué-- no sé si del comunismo o, simplemente, de la familia, como mi propia madre que en los años 50 se "escapó" de la India, de su familia y, probablemente, de un matrimonio arreglado. 

Verónica me contó algo que me hizo recordar demasiado mis primeras impresiones de la India, cuando fui por primera vez para filmar "Fotografías". La sensación de ajenidad total, miles de chinos en la calle, todos de alguna manera "marcianos" para ella pero, a la vez, cada uno de los chinos que veía por la calle... era igual a su papá. 
-Pero entonces no te era tan ajeno, dije yo.
-Es que para mí mi Papá era un marciano, dijo Verónica.
Ese ida y vuelta entre lo familiar y lo desconocido, donde lo familiar se vuelve extraño y monstruoso y donde lo ajeno se vuelve extrañamente familiar, es exactamente la definición que hace Freud de "lo siniestro". Eso explica en parte la dificultad para encarar un proyecto artístico con semejantes materiales.

Después, Verónica me mandó por email, como "regalo", la foto de su padre que publico arriba (con su autorización, dicho sea de paso). 

Yo le escribí: Me gustó mucho la foto, muy evocadora, mi imaginación se pone inmediatamente a trabajar, qué está pensando tu Papá, en qué momento está, de dónde viene, qué imagina como destino, será lo que se había imaginado allá en China, qué recuerdos lo ocupan en ese momento, qué broncas tiene con la familia que quedó atrás, qué heridas le produjeron sus viajes, qué futuro sueña para su hija... Y otras más y eso que ni siquiera es MI papá! Es que lo que sucede en estos casos es que uno siempre empieza a pensar en sus propias cosas. 

Verónica contestó: Creo que me pasó lo mismo con Fotografías, y me emocionó muchísimo, de hecho creo que ahí empecé a pensar que se podía hacer algo con el bagaje familiar en cuestión. Te habrá pasado, es tan “distinto” que no sabés muy bien por donde empezar a mirar... a mí me pasa que todo me resulta fantasioso... por ej. filmé algo de ópera china, pero en un teatro berreta, chiquito, los artistas son buenísimos, pero no hay nadie... no es fastuoso, es el fasto en decadencia... a la vez, eso se me mezcla con mi viejo cantando ópera en casa vestido con la túnica azul de entrecasa y las imágenes que vi de chiquita, de ópera pero en su esplendor, películas supongo.

Y le acabo de mandar este mail que agrego acá: Qué curioso que digas que todo te resulta “fantasioso”. Vos sabés que el proyecto de “Fotografías” empezó cuando mi viejo me pasó una caja con fotos viejas, sin demasiadas explicaciones. Durante un buen tiempo, me quedé mirando las fotos, sin preguntarle nada a mi viejo, imaginando, fantaseando, como si se tratara de imágenes de una novela exótica, o de una película muda, muy raro imaginar la vida de tus padres de esa manera. Es muy linda la imagen “doble” de ese teatrito y de tu viejo cantando ópera con la túnica azul de entrecasa. Me pregunto si ese tipo de imágenes dobles, o asociadas, no será una de las claves del trabajo que tenés que abordar.

Lo gracioso del caso es que Verónica no me mandó a mí la foto del padre sino que la envió a un grupo colectivo del que ambos participamos (el Proyecto de Cine Independiente).

No me pude resistir:  Vero, voy a pecar de psicología barata y zapatillas de goma, pero me atrevería a decir que no fue casual que hayas mandado por error la foto de Papá a todo el mundo...

Continuará...

viernes, 29 de agosto de 2008

Improvisación

El término improvisación, en el lenguaje corriente, nunca tuvo muy buena prensa. "¡Es un improvisado!", "Un evento de semejante importancia no se puede improvisar", etc.

En el teatro, se improvisa en el ensayo pero no, presuntamente, en la representación misma, es decir, una vez concluido el proceso de ensayos. Pero lo que yo más valoro, justamente, es poder mantener ese espíritu de improvisación en la obra terminada.

Ese espíritu no es otro que el espíritu del ensayo, como género literario y cinematográfico. El ensayo, "sin designio ni promesa", según la frase de Montaigne, nos pone en guardia contra el exceso de composición y la lógica de las cosas que "cierran" demasiado bien.




jueves, 28 de agosto de 2008

Qué es lo que se ha perdido



En el prólogo de Anatomía de la Melancolía de Robert Burton, que me compré hoy motivado por el comentario del lunes de Germán García, encuentro esta definición: Freud consideraba la melancolía un estado de duelo indefinido en el cual no se logra determinar qué es lo que se ha perdido.

Melancolía



Le pregunté a Germán García si Macedonio Fernández estaba loco. Germán había tirado la pregunta, pero la había dejado como tal, sin respuesta, en el documental sobre Macedonio que hicimos con Ricardo Piglia hace ya más de diez años. Ahí contaba, por ejemplo, que Macedonio se encerraba en un ropero para escribir, iluminado por una vela, porque decía que era fotofóbico. Aproveché que Cecilia nos había invitado a ambos a una charla posterior a la proyección de la película la otra noche en la Biblioteca Güiraldes de la calle Talcahuano. "Yo creo que era un melancólico", me contestó Germán, que es seguramente quien mejor conoce a Macedonio de los que no lo conocimos. Hace muchos años hizo un libro de entrevistas con todos los "viejitos" que habían conocido a Macedonio, desde Borges hasta el Mono Villegas. También escribió el primer libro crítico sobre Macedonio. Germán es a la vez uno de nuestros más eminentes psicoanalistas lacanianos, con la inestimable ventaja de que sabe disimularlo.
-Y ojo que digo melancólico sin que sea un estigma-- aclaró. -O una forma de dar a entender que estaba enfermo, como sería decir que era un depresivo, digamos. Y no está claro si ser melancólico cae del lado de la psicosis, con lo que sería incurable, o por el contrario, si sería una simple neurosis, que es lo que tenemos todos. También creo que escribir es de alguna manera un acto melancólico. Acá en esta mesa está este vaso.
Con una mano, Germán retiró el vaso de la mesa.
-Escribir es hablar de ese vaso que ya no está, por eso digo que escribir es, de por sí, un acto melancólico. Después podemos discutir si la melancolía es una forma de la locura. Pero a mí me parece que sólo hay locura si estás solo. Si hablás solo y nadie te entiende, entonces se puede decir que estás loco. Si hay alguien que te entiende, que cree en lo que estás diciendo, ya no hay locura.
-O sea que Maceonio deja de estar loco en la medida que alguien lo lee?
-Si son dos, no hay locura.

miércoles, 27 de agosto de 2008

¿Hay alguien más?

Un cuento judío.

Un judío se hace rico. Decide, por primera vez en la vida, pagarse unas vacaciones en la nieve e incluso practicar esquí.

Inexperimentado, torpe, se sale de la pista y cae en un barranco. Por un milagro se agarra en el último momento a un débil arbusto que crece entre las rocas. Debajo de él, el vacío y la muerte. Sus manos se aferran al arbusto, pero advierte que pronto va a caer. Las raíces del arbusto empiezan a romperse.

El judío, angustiadísimo, levanta la mirada al cielo y grita:
-¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?
-Aquí estoy, hijo mío -le responde una voz solemne-. No temas y suelta el arbusto. Mis ángeles te tomarán y te dejarán suavemente en el suelo.

El judío piensa un momento antes de gritar:
-¿Hay alguien más?


martes, 26 de agosto de 2008

Epilogue








Those blessèd structures, plot and rhyme--
why are they no help to me now
I want to make
something imagined, not recalled?
I hear the noise of my own voice:
The painter's vision is not a lens,
it trembles to caress the light.
But sometimes everything I write
with the threadbare art of my eye
seems a snapshot,
lurid, rapid, garish, grouped,
heightened from life,
yet paralyzed by fact.
All's misalliance.
Yet why not say what happened?
Pray for the grace of accuracy
Vermeer gave to the sun's illumination
stealing like the tide across a map
to his girl solid with yearning.
We are poor passing facts,
warned by that to give
each figure in the photograph
his living name.

Robert Lowell

lunes, 25 de agosto de 2008

"Hacer documentales es una excusa"

Invitado por la organización de la 6ª Muestra Bafici en Rosario, Di Tella presentó su película El país del diablo, film dedicado a rastrear las huellas de la denominada Conquista del Desierto. "La identidad impuesta, la identidad que uno busca", señala respecto de este film.

Por Leandro Arteaga

Además de haber sido director del Bafici durante sus primeras dos ediciones, Andrés Di Tella actualmente dirige el Princeton Documentary Festival, en la Universidad de Princeton. El realizador ha hecho del documental una elección fílmica personal, que lo ha llevado a dibujar un fresco de múltiples facetas. Los títulos de sus trabajos lo corroboran: Montoneros, una historia (1995), Prohibido (1997) -sobre la relación entre cultura y dictadura militar-, La televisión y yo (2003) y Fotografías (2007) -a partir de interrogantes e imágenes sobre la figura de su propia madre-. Como si fuesen pequeñas piezas desde las cuales armar una vida personal y de país. Contradictoria y compleja. El país del diablo continúa este periplo indagatorio, curioso. Culpable por encontrar resquicios que permiten dar cuenta de otras maneras de mirar y de entender nuestra historia.

-¿Cómo acercarse, narrativamente, a la Conquista del Desierto?

-El título "El país del diablo" viene de un mapa que hizo Estanislao Zeballos, un prócer rosarino, joven periodista y amigo del General Roca. También uno de los ideólogos de la Campaña del Desierto, de la guerra contra el indio, a fines del s. XIX. Después de concluida la guerra, que duró unos seis o siete meses, y de haber liquidado a los indios, Zeballos fue a recorrer la Pampa y el norte de la Patagonia para hacer un mapa. En ese mapa -que fue uno de los primeros mapas científicos sobre la región- hay una gran zona que dice "antiguo país del diablo", en referencia al territorio de los indios. Yo tomé ese título. Puede significar tanto una descripción objetiva como también implicar un montón de otras cosas: ¿quién es el diablo?, ¿cuál es el país?, ¿qué pasó en esa historia? Aparentemente, Argentina es un país sin indios, un país con una identidad blanca, algo que se construyó mediante la eliminación física de los indígenas, y desde algo que vino después y que fue casi peor: el etnocidio, es decir, la destrucción de una cultura, la inoculación de un veneno que ha hecho que los descendientes de esos indios tengan vergüenza de serlo.

-¿Cómo fue tu experiencia de viaje? ¿Con qué te encontraste?

-La película está planteada como el viaje que hizo Zeballos, y que luego plasmó en su libro Viaje al País de los Araucanos. Un libro muy interesante. Yo salí a registrar territorios que habían quedado vacíos. En Salinas Grandes, que era el centro, la capital del cacique Calfucurá, quien asoló la Argentina durante el s. XIX con su hijo Namuncurá, no hay nada. Es el desierto. No se hizo ninguna población. Es algo que me llamó mucho la atención. Lo mismo pasa en Leubucó, que era el centro de los indios ranqueles. Pero en los últimos años ha habido algunos descendientes de indios que se han reivindicado como tales, incluso algunos que son mixtos, mezcla de italiano e indio, como el cacique que aparece en la película -Nazareno Serraino-, un neo-indio diría. En ese sentido, yo también me identifico con la creación de una identidad propia, agarrando los elementos que más te interesan de tu historia. Pero primero tenés que conocerlos. Es lo que me ocurrió también con mi película anterior, Fotografías, donde cuento la historia de mi madre, que era india (de la India). En el fondo, es ése el tema de la película: la identidad impuesta y la identidad que uno busca como propia. Es decir, hay una identidad recobrada, a través de gente que está rescatando, por ejemplo, la lengua ranquel, algo desaparecido. Son muy pocos, cuatro o cinco, los hablantes nativos del ranquel. Este cacique, Nazareno, es maestro de una escuela y rescató a uno de ellos, que les enseña a los chicos el idioma y algo de su cultura. Es algo muy emocionante. El mismo hablante, Daniel Cabral, recuerda que cuando tenía once o doce años, lo llevaron a una escuela interna. En ese momento hablaba sólo la lengua ranquel, y en la escuela prácticamente lo torturaron para que dejara de hacerlo. Pegarle con la regla, arrodillarlo sobre piedras hasta sangrar... Ahora es él quien enseña ranquel a los chicos.

-¿Cómo salís vos, personalmente, luego de un proyecto semejante?

-Cada vez más busco hacer películas que me transformen. El escritor Witold Gombrovicz decía "no hay que ser demasiado uno mismo". Hacer documentales es una excusa fantástica para recorrer lugares. Yo nunca había estado en la provincia de la Pampa, y lo que uno encuentra no es la imagen que se tiene de la Pampa húmeda, sino otra cosa. Haber llegado, que nos dejaran participar del año nuevo ranquel -el guillatún- que se hace en Leubucó, en el medio del campo, en junio, fue una vivencia emocionante. Esa misma transformación creo que fue la que sufrió el mismo Zeballos, que salió de Buenos Aires muy convencido de que el indio era el diablo, de que había que exterminarlo, pero cuando conoció los primeros indios que habían sobrevivido al exterminio empezó a darse cuenta de que eran personas que tenían una cultura, comenzó a aprender el idioma, y finalmente a adquirir un grado de arrepentimiento ante lo que había sido cómplice.
Página 12/Rosario

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-14703-2008-08-10.html

El país del diablo en Rosario


Lo que dejó el bafici:
un viaje al país del Diablo

Paradoja. ”Estanislao Zeballos, nuestro primer antropólogo, tiene las manos tintas en sangre.”

Podemos nombrar una calle llamada Estanislao Zeballos, echar una mirada a las imágenes que ilustran un billete de cien pesos, o escuchar hablar de localidades como Los Toldos o Carhué, sin reparar que en estas referencias asoma una parte turbia de nuestra historia, aquella que todavía se conoce eufemísticamente como "La conquista del desierto". El realizador Andrés Di Tella (director de trabajos como Montoneros, una historia y Fotografías) se detuvo, precisamente a examinar qué hay detrás de esos datos y lo plasmó en El país del Diablo, que pudo verse en la reciente edición rosarina del Bafici.

Atraído por las imágenes de un antiguo filme mudo, dirigido por el santafesino Alcides Grecca, que reconstruía uno de los últimos malones (con la actuación de algunos indígenas que participaron de ese embate), Di Tella emprendió un viaje por aquellas tierras de la pampa y el sur argentinos. Territorios a los que Adolfo Alsina había intentado separarlas zonas "civilizadas" con una inmensa zanja.

En el camino descubrió a un personaje peculiar: el rosarino Estanislao Zeballos, periodista, escritor, legislador y ministro. El país del Diablo es el título de su documental, en cuyas historias descubrió también (siendo su madre oriunda de la India) algo en común con aspectos de su propia vida.

— Es notable que tu interés por el tema haya comenzado con una película santafesina, El último malón, y que hayas reparado en un personaje histórico rosarino, Estanislao Zeballos.

—Todo comenzó hace unos veinte años. Fui a un seminario que dictaba David Viñas, y un día nos llevó al Museo del Cine a mostrarnos la película de Alcides Grecca. Un filme increíble, porque fue hecho en 1914 y refleja un malón en San Javier, que fue uno de los últimos en Argentina, ocurrido unos años antes, con algunos de los propios indígenas como actores. Esas imágenes me quedaron en la memoria porque era un testimonio increíble. Era una reconstrucción de algo de lo cual nadie habla: la conquista del desierto, la guerra contra el indio. Desde entonces me quedó la idea de hacer algo, pero no le encontraba la vuelta. Meterse con un tema histórico, en términos cinematográficos, es como suicida.

—Posiblemente lo que te llevó a interesarte por Zeballos fue el descubrirlo como el "primer documentalista", como decís en la película.

—Claro, porque era escritor, periodista, medio geógrafo, medio científico, amigo e interlocutor de (Julio) Roca y, de alguna manera, uno de los ideólogos de la campaña del desierto. Como se hacía en esa época, viajaba a los lugares y se informaba no sólo con la documentación o la bibliografía sino con el viaje sobre el terreno. Como dice en un momento Nazareno Serraíno, cacique ranquel en la actualidad, Zeballos era un argentino innovador. El lo ve con una óptica negativa, porque instaló la idea de que a los indios había que verlos como bichitos raros, como "el otro". Sin embargo, a mi me interesó que fue cómplice del exterminio de los indígenas argentinos y, a la vez, el primero que empezó a rescatar su cultura. Escribió libros sobre el tema, al punto de que hoy los ranqueles o mapuches que quieren reconstruir su historia, sus costumbres y sus tradiciones, tienen que recurrir a lo que dejó él. Me interesa esa paradoja: que nuestro primer antropólogo, nuestro primer documentalista tenga las manos tintas en sangre. Creo que todos los que no somos aborígenes, seguimos teniendo algún tipo de responsabilidad de que el indio haya sido eliminado y avergonzado.

—Sobre el final de la película, se menciona cierto arrepentimiento o reflexión de Zeballos.

—El escribía sobre la necesidad de exterminar a los indios antes de viajar. Después los fue conociendo, y creo que eso lo hizo cambiar. Igual, seguía con una visión que hoy consideraríamos racista. Un año antes de morir, publica un extrañísimo panfleto con un título muy evocativo, Soñando con los indios del Chaco, porque fue al Chaco y se encontró con una comunidad indígena viviendo en la miseria, lo mismo cuando fue a La Pampa.

—El país del Diablo no se limita a hablar de la matanza de los indígenas, sino que además muestra sus cadáveres, sus cráneos.

—Una de las expresiones del interés de Zeballos por los indígenas era profanar tumbas y coleccionar los cráneos de los indígenas. Creo que eso simboliza sus contradicciones, porque su interés era genuino y a la vez macabro, e implica una falta de respeto total a la otra cultura.

—Cuando en la película, mientras se muestran esos cráneos, se escucha una expresión de Roca acerca de sembrar el terror entre quienes quedaban es inevitable relacionarlo con la dictadura militar.

—Sí. Yo no hago ningún tipo de referencia a la dictadura militar de los 70 porque no es necesario. En el diario del Bafici titularon una nota que me hicieron con una frase que me gustó: "La historia ocurre ahora". Y es así, lo que ocurrió hace más de cien años sigue sucediendo, en algún sentido. Los indios siguen sin poder ser indios, recién ahora están tímidamente empezando. En Argentina, según un estudio, de 15 mil personas testeadas, el 51 por ciento tenía en su mapa genético elementos indígenas. Y nos consideramos un país europeo.

—La idea de hacer una zanja para dividir un tipo de gente de otra tiene equivalentes en la actualidad.

—Claro. Sobre todo, sigue vigente la idea del europeo y del autóctono, llamémoslo boliviano, paraguayo o negro de mierda. En ese sentido es donde también hay una continuidad con mi película anterior, Fotografías. En algún sentido yo me identifico con los indios, aunque sean otros indios, no los míos. Pero yo tuve esa experiencia de sentirme avergonzado, de odiarse a uno mismo, de querer ser otra cosa.

—Es clave cuando en la película se plantea que en pocos meses se acabó un mundo.

—Es muy impresionante. Hasta 1879, a doscientos, trescientos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, todo el resto del país hacia el sur, estaba en manos de los indios. Y los tipos la verdad es que vivían en el paraíso. Había guerras internas, o contra el Paraguay, pero le tenían miedo a los indios. Existió el intento de Rosas en los años treinta, aunque Rosas mató más gente que Roca, algo que hoy suena políticamente incorrecto.

—Con respecto a la expresión de que acabó un mundo, en la última secuencia, ¿no hay una intención tuya de que ese mundo perdido reaparezca, como si se tratara de un sueño o un fantasma?

—Sí, está bien esa lectura. Yo creo que es un poco un sueño mío y a la vez una reconstrucción. Nazareno, el cacique, tiene una parte indígena, pero elige ser ranquel, yo estoy diciendo que nosotros podemos pensar una Argentina donde podemos imaginarnos un poco indios.

Fernando G. Varea
LA CAPITAL / ROSARIO

domingo, 24 de agosto de 2008

Macedonio Fernández


LUNES 25 DE AGOSTO 19HS

Macedonio Fernández
un documental de Andrés Di Tella

Biblioteca Ricardo Güiraldes,
Talcahuano 1261 - entre Arenales y Juncal

Ricardo Piglia, guionista y actor, nos guía por el Buenos Aires de Macedonio Fernández. El resultado es una inolvidable investigación sobre la topografía urbana y el recuerdo, dos de las materias con que se nutre la literatura.

Con testimonios de Adolfo de Obieta, Roberto Jacoby, Ricardo Zelarrayán, Gerardo Gandini, Carlos Boccardo, Germán García.

Dirección: Andrés Di Tella
Guión: Ricardo Piglia, Andrés Di Tella
Fotografía y cámara: Goran Gester
Musica: Gerardo Gandini, Kronos Quartet, Oscar Alemán
Edición: Andrés Di Tella
Producción: Andrés Di Tella para la Secretaría de Cultura de la Nación
Año de producción: 1995
Duración: 45 min.

Talcahuano 1261
- entre Arenales y Juncal

lunes, 28 de julio de 2008

Seminario Documental



http://www.haciendocine.com.ar/cursos.htm

Intimidad y narración


A través del ejemplo concreto de películas que admiro --y de mi propia experiencia de trabajo, por supuesto --analizaremos en detalle cómo se cuenta una historia y cómo se genera intimidad en el cine documental contemporáneo, en la frágiles fronteras de la ficción y la realidad. Cada participante podrá traer al taller una idea o proyecto de documental, presentada por escrito en forma de sinopsis o tratamiento o, simplemente, en forma oral. --Andrés Di Tella

Día: 12 y 19 de agosto

Hora: 19:00 a 21:00

Precio: $200

Lugar: Virrey Olaguer 2725
(a 3 cuadras de la estación José Hernández del SUBTE D)

Regalo


Un hombre regresa de la guerra sin brazos, sin piernas y sin tronco. Convertido en cabeza, vive con su familia algunos años. Llega una vez más el día de su cumpleaños. Sus parientes se reúnen alrededor y le ofreen un regalo dentro de una caja de cartón. La cabeza, con alegre curiosidad, usando sus dientes, la abre, mira en el interior y con dececpción exclama:
--¡¡¡Oh, no, otra vez un sombrero!!!

lunes, 30 de junio de 2008

Hacen falta...

Hacen falta dos personas para decir la verdad: una que hable y otra que escuche (Thoreau)

jueves, 26 de junio de 2008

Bolaño

¿Qué es la patria para usted?
–Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.
...
¿Usted tiene esperanzas, en qué, en quiénes?
–Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme a los potreros de la cursilería, que son mis potreros natales

miércoles, 23 de abril de 2008

Andrés Di Tella habla sobre El país del diablo
“La historia ocurre ahora”
















Varias son las paradojas abordadas por el director de
La televisión y yo
en su nuevo film: retratando la
Campaña del Desierto en pasado y presente, ilumina
el modo en que motivaciones en teoría progresistas,
de civilización, utilizaron el crimen como herramienta,
y el modo en que los descendientes de indígenas echan
mano a relatos de colonizadores para indagar en las
costumbres de sus antepasados.


Hay una escena particularmente sugestiva de El país
del diablo
, la nueva película de Andrés Di Tella,
un cineasta que de algún modo es responsable del
nacimiento del Bafici, por haber sido su primer director.
Dicha secuencia transcurre hacia el final del film, en
una ceremonia indígena por el fin de año en la que
está presente el documentalista, en plena noche,
fogosa y helada. En medio del festejo, la mujer que lo
lidera se refiere a las personas que no son de pueblos
indígenas presentes en esa ocasión –recordando, al
mismo tiempo, que “el blanco nos invadió”– y asume
que su comunidad no conoce del todo cómo eran las
celebraciones de sus antepasados indígenas, que no
vieron mientras se realizaban porque no estaba ahí.
En esas menciones puede cifrarse una buena cantidad
de aspectos que funcionan como las contundentes
aristas de esta nueva apuesta del director de La
televisión y yo y Fotografías, dedicada a escarbar en los
aspectos históricos y sensibles, pasados y presentes,
de la denominada Campaña del Desierto y en el
derrotero de un personaje llamado Estanislao Zeballos,
ideólogo de la Campaña al tiempo que estudioso de
la cultura aborigen una vez recorrido el territorio
conquistado. La mirada hacia el blanco, el hecho de
que uno de los “de afuera” sea el mismo Di Tella, quien
en su anterior trabajo indagó en su propia identidad
hindú; la dificultad de los descendientes de indígenas
para conocer a ciencia cierta las costumbres de sus
orígenes , y sobre todo, el implacable acento puesto en
el presente incluso para narrar un hecho pasado hacen
de El país del diablo (producido por Eduardo Yedlin) un
documental inteligente y sensato. Y hay más hallazgos,
desde la colección de cráneos de Zeballos, pasando por
paisajes realmente impactantes en su elocuencia hasta
un shampoo que lleva de nombre “Calfucurá”.

¿Por qué te interesó este tema?
Hace muchos años había ido a un seminario de David
Viñas sobre esta temática. Él nos mostró El último
malón, entre otras cosas. El tema me daba vueltas en la
cabeza, me atraía toda la temática de esa época, qué
pasó con los indios, y quiénes fueron los responsables
de, por un lado ese exterminio, y a la vez de construir
este país. La Conquista del Desierto fue una campaña
militar muy rápida, prácticamente en cinco meses
los reventaron. Pero Roca después fue presidente
durante diez años y fue la época de mayor gloria de la
Argentina, donde trajeron a todos los inmigrantes que
veníamos a reemplazar a los indios. En ese sentido, yo
creo que todos estamos un poco implicados. Somos de
alguna manera beneficiarios o estaban pensando en
nosotros… en reemplazar a los indios con inmigrantes.
El tema me resultó fascinante por todas sus artistas
y por esta idea de tipos progresistas que se vieron
involucrados en crímenes horrendos. Entonces la
película es finalmente la punta del iceberg que te
permite imaginar todo ese universo del cual no se
habla.

Hay una manera muy binaria de referirse a la campaña
en el discurso común. En este caso, ¿te interesaba mostrar

posturas y personajes más grises?

Quizás porque yo mismo soy uno de ellos. Es el tema de
Fotografías, la identidad mezclada, contradictoria, casi
imposible de reconciliar. Y me parece que la Argentina
tiene algo de eso, tiene ese componente indígena que
no es reconocido. Los indios, los ranqueles, se supone
que habían sido exterminados. Pero algunos existen,
y hay algunos que son “neoindios”, como Nazareno
–uno de los personajes de la película–, que tiene un
componente indígena y decide identificarse con eso,
y no con su componente italiano. Al mismo tiempo,
el padre –que también aparece– lo niega más. Eso
también es una cosa generacional. A mi me interesó
un personaje como Estanislao Zeballos, que fue el
ideólogo de la Campaña del Desierto, de la necesidad
de exterminar al indio, y a la vez fue el primer “huinca”
(blanco) que cuando empezó a recorrer ese territorio
recién conquistado, empezó a aprender la lengua, a
conocer tradiciones y se convirtió casi en el primer
antropólogo argentino. Que el primer antropólogo
argentino tenga esa especie de pecado original de
haber sido responsable del exterminio de los indios
y que además su interés por su cultura se exprese en
profanar tumbas y coleccionar los cráneos es muy
interesante… pero era genuino a la vez. Había algo
aparentemente progresista, la idea de civilizar, pero eso
iba de la mano de algo muy terrible.

¿Cómo trabajaste la película en cuanto a la imagen?
A mí me interesaba mucho recorrer los lugares que
recorrió Zeballos, cotejar las descripciones que él hacía
con los lugares tal cual se los puede encontrar hoy.
Muchos de esos lugares eran los centros neurálgicos
de la vida aborigen y hoy no hay nada. Quería recorrer
el territorio y tratar de evocar, ver qué hay, qué queda.
Soy un convencido de que los lugares llevan las marcas
de lo que pasó ahí. Leubucó, que fue el centro del
mundo de los ranqueles y dejó de existir, está todavía
como poblado por fantasmas, y yo lo siento realmente.
Ahí mismo fue que nos dejaron ir a la ceremonia del
año nuevo, fue muy increíble estar ahí en el medio
de la noche, con un frío terrible. Estaban estos indios
que se constituyen en indios tratando de generar una
ceremonia que no están muy seguros de cómo era, un
poco la toman de lo que escribe Zeballos, otro poco
de lo que escribe Mansilla, otro poco de lo que vieron
de los mapuches. Y eso también es la identidad, y
eso es lo emocionante, cómo personas que han sido
discriminadas o perseguidas de pronto reconstruyen su
identidad.

¿Era importante para vos traer el conflicto al presente?
Sí, es algo que está sucediendo ahora. Porque yo pienso
que la historia ocurre ahora. Por ejemplo, la zanja de
Alsina, ese proyecto delirante que tuvo el ministro
de defensa de hacer una especie de barrera entre
la civilización y la barbarie, todavía está presente
en la familia de Nazareno. Y el padre por momentos
habla como reivindicando a los indios, y por otro
lado dice que eran haraganes, traicioneros. A mí me
interesa cómo la historia vive. De pronto estamos en
un bar mirando los libros de Zeballos y se sienta un
parroquiano y empieza a hablar como si fuera alguien
de la época, diciendo que a los indios no se les puede
confiar y que había que perseguirlos como a los
animales salvajes.

En esta película, a diferencia de las últimas, la relación
personal y biográfica con el tema no parece tan explícita.

No lo hago acá tan explícito porque no me pareció tan
necesario contar de dónde venía yo y cuáles eran mis
motivos para interesarme por el conflicto de identidad
de los indios y por la discriminación que han sufrido y
siguen sufriendo. También siento que uno va haciendo
un camino, que son las películas, eso tiene una lógica.
En esta película estoy presente como narrador y como
personaje, me asumo como una especie de Zeballos
del siglo XXI. Hay muchas cosas en las que yo después
me identificaba con él, aunque es una identificación
muy complicada por su complicidad en el genocidio,
pero a la vez en la recuperación de la cultura indígena.
Y lo paradójico es que algunos de los indios ranqueles
o mapuches, hoy, aunque no les gusta reconocerlo, se
tienen que basar en lo que él escribió para tener sus
propias tradiciones. Se cortó la transmisión, es algo
que llaman “etnocidio”, que es eliminar su cultura, su
identidad, que es el crimen mayor de la Conquista
del Desierto. No sólo la guerra en sí, sino que lo que
vino después fue terrible: que la sociedad argentina
se encargó de pisotear al indio, hubo campos de
concentración, hubo separación de familias, se inoculó
el veneno de la humillación, los indios se odiaban a
sí mismos. Y en algún sentido eso es lo personal. De
alguna manera yo he vivido eso, que es lo que cuento
en Fotografías, de haber vivido esa discriminación por
ser indio de otro tipo, de la India, y es muy conflictivo.
Es como si terminaras odiándote a vos mismo.

¿Podés encontrar puntos en común en toda tu filmografía?
Hace poco hicieron una retrospectiva de mis
películas en Barcelona y evidentemente se pueden
encontrar algunas preocupaciones que siguen estando.
Montoneros, una historia es un relato muy personal
y subjetivo. Inclusive en Prohibido hay algo con los
lugares, la ciudad, dónde tuvo lugar la dictadura en
cuanto al espacio, porque eso sobrevive. Yo lo que creo
es que en un momento crucé esa línea invisible que
separa al documentalista de lo documentado porque
me resultaba muy artificial. Cuando yo voy a ver a
Daniel Cabral, uno de los últimos sobrevivientes
de los ranqueles, con las cámaras y todo, lo que nos
cuenta él no lo hubiera contado, no es algo de lo que él
habla. La cámara y el encuentro entre documentalista y
documentado produce cosas, es un hecho en sí.

Natalí Schejtman

Sin aliento, sábado 12 de abril 2008

sábado, 15 de marzo de 2008

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Pasaje a la India


miércoles, junio 06, 2007
Entrevista a Andrés Di Tella

Andrés Di Tella decidió enfrentarse al “fantasma hindú”: la herencia de su madre y el silencio que ella transmitió sobre sus raíces, fueron el detonante de Fotografías, el documental que este mes se estrena en el Malba.
x Cynthia Sabat / Fotos x Luis Sens



¿Cuál fue el punto de partida de Fotografías?
El proyecto se inició una noche que mi papá me dio una caja con fotos. Mi vieja había muerto hacía poco, y las fotos eran de mis padres cuando eran jóvenes, y de la familia de mi madre, que era hindú. Para mí todo eso era algo ajeno. Durante un tiempo me dediqué a mirarlas e imaginar. Muchas veces a uno le cuesta preguntarle cosas a sus padres, es como un tabú, algo universal. En mi caso mi madre no me hablaba de la India, de su herencia, y por algo era. Hacer este documental cambió mi relación con el mundo. Poder transmitírselo a mi hijo Rocco fue un cambio enorme.

¿Cuál pensás que es el lugar de la subjetividad en el documental?
Los documentales siempre han sido subjetivos. La diferencia es que antes disimulaban su subjetividad, pretendían ser objetivos, pero siempre hubo una elección de los materiales, un punto de vista, eso es inevitable. Hay cierto código del documental que intenta hacerle creer al espectador que lo que está contando es la verdad. Yo llegué al documental más subjetivo al chocarme con los límites del documental convencional: había mucho artificio en disimular la presencia de un narrador, de mí. La verdad del documental está en el encuentro del equipo de realización y su objeto. A mí siempre me fascinó la literatura autobiográfica, por ejemplo varios de origen hindú que me interesaron por motivos obvios son Hanif Kureishi y V.S.Naipul. Ellos escriben en inglés, y cruzan lo personal con lo histórico y lo público. Eso me interesa mucho.

¿Cómo pensaste este cruce entre lo personal y lo público en Fotografías?
Me siento muy agradecido al que abre su corazón con generosidad y cuenta su experiencia personal, porque todos necesitamos la experiencia del otro. Y las historias de familia son muy complicadas de sacar a la luz. Es una paradoja porque la familia es lo que uno tiene más a mano, y muchas veces es una aventura difícil. Creo que cuando hablás de tu familia no hay donde esconderse. Hay una novela familiar que uno se cuenta (ya lo dijo Freud), pero yo traté de construir con eso una historia: mi relación con mi mamá y su parte hindú, que ella nunca me contó. El documental cinematográfico permite -gracias a la proyección en la que uno está a oscuras y nadie lo mira- aflorar ciertas emociones, posibilita la identificación, y comprender tu propia vida gracias a la vida de a quien está viendo.

Hay una tendencia del documental de hacer visibles sus procedimientos, las dudas y contramarchas. En vez de convocar a “testimonios irrefutables”, aquí hay una prueba y contraprueba constante.
Yo creo que esto de mostrar las cartas, decir “fui a buscar algo y me encontré con otras cosas” es para el espectador un soplo de aire fresco.

¿Cómo encaraste el viaje a la India?
Cuando vivía en Inglaterra tuve experiencias de racismo, de haber sido confundido con un hindú. Eso, sumado a que mi mamá nunca me había contado nada, volvían al viaje una experiencia de la que dudaba (pensaba “si mi mamá se fue, por algo es”). Pero me dije “tengo que hacerlo para la película”. Fue un experimento, y fue estar en un lugar ajeno y propio (lo que Freud llamaría “lo siniestro”). Estuve mucho tiempo sin dormir, y sin saber qué era lo que estaba haciendo exactamente. La realidad de la India se presta a eso.

Este tipo de documental tiene un riesgo: que al final del viaje la película, como narración, haga agua. ¿En qué momento encontraste la historia que finalmente se contaría?
Te voy a decir la verdad: el primer armado fue un desastre, no tenía sentido. Durante un año la película estuvo parada. Tuve que hacer un segundo viaje a la India, porque me di cuenta de que me faltaba desarrollar el personaje de mi primo. El montaje fue un momento crucial. El rol de Marcelo Céspedes y de Carmen Guarini como productores fue fundamental: me bancaron durante tres años de proceso. El documental es tiempo. Vos filmás, pero eso tiene que madurar. Se necesita tiempo para entender lo que pasó y lo que te pasó mientras filmabas. Esa es la clave del documental cinematográfico.
Esta entrevista se publicó en el N°71 en la revista Haciendo Cine
www.haciendocine.com.ar

“Siempre me fascinaron las historias de familia”

El país de la madre

Por Alan Pauls

Fotografías
se llamó alguna vez Viaje al país de mi madre. ¿Cuál es ese país? La pregunta es el centro neurálgico de esta formidable película de Andrés Di Tella, pero no tiene una respuesta simple (si la tuviera no habría película o habría una película mala, uno de esos documentales-demostración que despliegan verdades que ya existían antes de ser filmadas). A primera vista es un país real, la India, patria de la madre que la madre no transmite al hijo como cultura sino apenas como pigmento (biología, color de piel, racismo) y, quizá, reprimiéndola, como enigma para el porvenir, una bomba de tiempo que recién se activará cuando la madre haya muerto. ¿”Demasiado tarde”, como sentencia el padre en cámara? La película misma lo desmiente: la muerte de la madre no cierra nada; al contrario: es la condición de posibilidad de todo; del deseo de saber, del viaje, del movimiento y de la existencia de algo llamado “el país de mi madre”. Algo que en rigor no existe como tal. Porque “el país de mi madre” debe ser inventado y el documental es el modo de inventarlo. De ahí que sea un “objeto” complejo, hecho de partes que no encajan, problemas insolubles, lagunas, sobreactuaciones, creencias irrisorias. Con su irreductibilidad, su crudeza, su mezcla de inepcia y despotismo, el padre (Torcuato Di Tella) es también de algún modo “el país de mi madre”, país que amó, con el que flirteó políticamente, del que terminó deportándolo el divorcio y con el que se reencuentra en esa caja llena de fotos que –él sí: en Fotografías el que transmite es el padre, no la madre; la madre siembra misterios y deudas– le lega a su hijo. Pero “el país de la madre” es también la pampa gaucha de Ricardo Güiraldes, cuyo héroe don Segundo Sombra, icono por excelencia de la argentinidad, Di Tella descubre que fue calcado de un gurú indio que subyugó a Güiraldes durante un precoz viaje por la India. Y “el país de la madre” es también la alucinación, el mito, la ficción, países privilegiados donde la imagen de la madre nace del deseo del hijo, como da fe ese momento sublime del film –verdadera epifanía incestuosa– en el que Di Tella, dirigiendo a la actriz que reencarna a su madre, pone en escena el único recuerdo que tiene de su madre feliz, desahogada, dejándose llevar cuesta abajo por la inercia de un coche que se ha quedado sin nafta.

Comentarios

Comentarios sobre FOTOGRAFIAS de Andrés Di Tella

Un notable film documental de Andrés Di Tella. A partir de imágenes de su familia, el director se sumerge en un viaje en el que surgen aristas inesperadas, riquísimas. Lo notable de Fotografías es que el film, a medida que va buscando su forma, mientras persigue a la manera de un detective privado las huellas de un personaje elusivo y misterioso, va descubriendo otras aristas, igualmente ricas, que no estaban en el plan original y que sin embargo se constituyen en momentos privilegiados del relato. Una historia fascinante y desconocida.
-Luciano Monteagudo. Página 12.

Tras la muerte de su madre, nacida en la India, Andrés Di Tella (hijo de Torcuato Di Tella) decide rastrear la mitad hindú, reprimida, de su identidad. Tarea compleja: recobrar imágenes y sensaciones, no siempre felices, primero; analizarlas desde la perspectiva adulta; reconstruir un fantasma amado a través de testimonios, después. Di Tella convierte este viaje íntimo –el real, a la India, y el introspectivo- en una grata experiencia cinematográfica. Con variados registros, delicadeza, humor, melancolía y reflexión, la película fluye, a veces arbitraria, como los recuerdos ante una pérdida irreparable. Visceral y tersa, reconstruye, fragmento a fragmento, un espejo en el que todos podemos reflejarnos.
-Miguel Frías. Clarín.

La narración oscila entre tiempos y lugares diversos, con un ritmo sabiamente modulado y destacando con sutileza las claves del relato. La secuencia más bella y misteriosa de Fotografías es, sin duda, la última, cuando Rocco es llevado al templo de Shiva, en una localidad distante 300 kilometros de la antigua Madrás. Es un momento muy emotivo, sobre todo porque Andrés Di Tella ha evitado cuidadosamente incurrir en los clisés habituales con que se muestra a la India: el pintoresquismo turístico o el miserabilismo falsamente compasivo. Entre Rocco Di Tella y el elefante del templo se ha transmitido una corriente que no puede definirse sino como espiritual: la intangible herencia de valores que las generaciones se transmiten a través del tiempo y el especio, y a la cual sirven de soporte, muy a menudo, las frágiles, a veces borrosas, imágenes fotográficas.
-Ernesto Schóó. La Nación.

Fotografías tiene la cualidad de transmitir mucho más que cualquier otro relato viajero, porque es un álbum de lo propio, conocido o desconocido. Es un sueño apasionante a ojos abiertos, una historia llena de verdad y misterio, acerca de una niñez lejana, como el realizador define con su voz fuera de cámara, “casi una sesión espiritista”, impulsada por el peso insoportable de la identidad, una invitación que vale la pena aceptar.
-Claudio Minghetti. La Nación.

Más allá de la intensidad afectiva del relato, y su construcción ramificada -que refleja al mismo tiempo la ramificación de los lazos familiares cuyo origen es algún silencio-, me impactó la inclusión del episodio del vértigo que sufre el propio director. Pocas veces vi un documental en el que se quiebre la omnipotencia del documentalista (omnipotencia propia del género, ya que se trata de un documento). Incluir la fragilidad del narrador -que a su vez se construye en la edición- me pareció de una originalidad y eficacia geniales. De golpe todo tiembla, lo contado hasta ese momento puede tambalear. Y es como si el espectador tuviese que hacerse cargo de los efectos que la realización del documental, por su carácter personalísimo, hayan producido en el propio director.
-Silvia Hopenhayn

Al igual que La televisión y yo, el anterior film de Andrés Di Tella, Fotografías encuentra un modo singular de hacer resonar la historia personal sobre un contexto histórico. De Don Segundo Sombra a las vanguardias de los ‚60, el cineasta traza las líneas de un derrotero autobiográfico-documental. Sin abandonar nunca la saga familiar, el relato se cruza permanentemente con momentos del pasado argentino. Se podría decir que el documental derrapa hacia el diario íntimo o que la crónica individual se vuelve testimonio de época. En cualquier caso, es una forma de discurrir --errática y elegante-- que descubre, en los meandros del cine, la arquitectura de una narración.
-David Oubinia

En el panorama del nuevo cine documental latinoamericano, la obra de Andrés Di Tella ocupa un lugar central por la forma en que explora los límites de ese género y sus mismas posibilidades de expresión.
-Michael Lazzara.
Universidad de California. Revista Brújula.

Posiblemente el documental sea la vanguardia del cine contemporáneo. Ocupa en el presente el lugar que en su momento tuvo la nouvelle vague: jóvenes realizadores en todo el mundo, a partir de los nuevos medios técnicos, están renovando la narración cinematográfica. La obra de Andrés Di Tella es un punto de referencia en esa renovación.
-Ricardo Piglia.

Ese lugar que es mi madre


Radar, Página 12
domingo 10 de junio 2007

CINE> EL DOCUMENTAL DE ANDRES DI TELLA SOBRE SU MADRE

Ese lugar que es mi madre

A partir de una serie de fotografías de su madre, de origen hindú, Andrés Di Tella ha intentado reconstruir, mediante viajes, entrevistas e investigaciones, todo lo que no pudo saber sobre ella mientras estaba viva. Y en la línea de La televisión y yo, donde entretejía el derrumbe de la empresa familiar y del proyecto nacional, Fotografías vuelve a indagar, mediante la "autobiografía edípica", en esa zona difusa donde la vida privada de una familia y la vida pública de una época se cruzan con absoluta naturalidad. Después de todo, era Kamala Di Tella la que se hacía amiga de los artistas del Instituto y llenaba el living de su casa de pintores y lamas.

Por María Moreno

Fotografías, la última película de Andrés Di Tella, es sobre su madre, la psicoanalista de origen hindú Kamala Di Tella, o sobre la India o sobre la identidad a condición de que se la ponga entre paréntesis. Al principio iba a llamarse El país de mi madre sin que ese país se refiriera a la India de la que Kamala le habló muy poco.

Fotografías, filmada en la India, Patagonia y Buenos Aires, explora la filiación a través de los lazos de sangre pero sobre todo la establecida por esos otros lazos que precisamente se adquieren contra el hogar, son extraterritoriales y en cierto modo armados a través del don de la palabra, en el camino, por sobre la patria y las jerarquías sociales o lingüísticas.

–Durante mucho tiempo negué mi identidad hindú aunque los otros me vieran como uno –dice Andrés–. Una vez, mientras estaba en el colegio, en Inglaterra, donde los hindúes son considerados como aquí los bolivianos, un chico me gritó "fucking wog". Yo no sabía que quería decir wog hasta que vi, en un frasco de mermelada, la imagen de un negrito y al lado escrito Gollywog. Lo malo es que yo mismo era racista: no me gustaban las chicas hindúes y eso abría la posibilidad de que yo tampoco les gustara a ellas.

Del lado de la sangre

Si bien Fotografías se trataría de una película sobre la madre, la insistencia es por el lazo padre–hijo. Lo que está en juego, entonces, es la transmisión. Hay escenas de Andrés y sus hijos en la misma pose de orinar parados –ese tópico viril–, de Andrés interrogando a Torcuato sobre los misterios de la familia, de Andrés, Rocco y la cámara. Cómo padre Torcuato enseña por la contradicción y la burla: luego de decir con soltura que ha quemado a gran parte de los miembros de la sepultura familiar, persuade a Andrés de no llevar las cenizas de Kamala a la India (pruritos higienistas), responde too late (tono boutade hight society) a la posibilidad de saber algo más sobre ella, le dice que se equivoca, que el elefante que tiene en la mano no es Ghanesa (desacredita al hijo para que se sepa quién es el padre allí), ante una pregunta personal desplanta con un ¿ya empezamos con el psicoanálisis? (como si le dijera "te conozco mascarita"). Andrés, en cambio, se deja conducir por su hijo Rocco, usa la cámara bajo las órdenes de éste –para filmar una alucinante pelea de dinosaurios–, le escucha un plan sobre una probable película de extraterrestres hecha con maquetas: señala así la diferencia con Torcuato disimulando lo que la educación progresista tiene de mandato aun poniendo en escena eso de su majesty the baby que seguramente Kamala, como terapeuta, hubiera criticado. Abundan las escenas de transmisión efectiva: Gautam, un pariente, le da a Andrés una tela bordada que era de un antepasado y él se la pasa a su hijo Rocco.

–Yo creo que con la cámara salen cosas que sin la cámara no salen. Mientras lo filmaba, mi padre me ha dicho cosas que, de otro modo, no me hubiera dicho. En mi película anterior, La televisión y yo, me dijo que para él fue una liberación cuando se murió su padre. Y que después estaba esperando que se muriera la madre. Eso era algo que nunca me había dicho. Y encima yo era su hijo y justo se me había muerto mi madre y podría estar pensando "¿Cuando se morirá mi papá?". No es que lo deseé, pero no puedo dejar de pensar en esa posibilidad. Son cosas muy fuertes de decir y que se dan sólo ante la cámara que parece que funciona despertando esa necesidad de testimoniar que todos llevamos dentro. Será por eso que papá ha salido diciendo tantos disparates por televisión.

En la película de Di Tella las fotos familiares suelen registrar los momentos de sutura en el espacio, un ordenamiento y una simultaneidad de los de la misma sangre como una ficción de la que, pasados los años, deberá reconstruirse el contexto, el fuera de escena. La filmación específica, en cambio, registra el movimiento de la investigación, el encuentro del realizador con diversos personajes que integran la familia simbólica de los sin familia. Son los sadhu, crotos ilustrados, religiosos y trashumantes que recorren la India, los verdaderos maestros de la película –Kamala se detenía en el camino para charlar con ellos–. No sólo los originales –esta película se burla de la posibilidad de existencia de un original– sino los hight society como José Rivarola, periodista metido a crítico literario y perdido por el mundo haciendo "siluets" (retratos de cartón recortado), según la tradición inglesa, o Ramachandra Gowda, gurú indoargentino, heredero de Ricardo Güiraldes.

La identidad como comedia de enredos

Para Andrés Di Tella un film autobiográfico no es un acto de narcisismo sino de responsabilidad. Es responder por su vida y sus ideas, poniendo el cuerpo. A veces bromea diciendo que, mientras se acusa de narcisistas a los autores de autobiografías, nadie acusa de carentes de autoestima y de negar la intimidad a los que hacen documentales sociales. El parece alinearse en una larga tradición autobiográfica nacional (Mariquita Sánchez, Lucio V. Mansilla), que fusiona los avatares de la familia con los de la patria –en La televisión y yo la caída de la industria Di Tella es la caída de la empresa familiar, pero también la de la industria nacional– pero en Fotografías esa tradición afirma lo imposible de la familia y de la patria como narraciones simples. Todo el film hace juego con la afirmación de Piglia de que Witold Grombrowicz es el mayor escritor argentino del siglo XX, es decir pone en escena la identidad no como un límite sino como una paradoja y una comedia de enredos. José Rivarola investiga las raíces hinduistas de Ricardo Güiraldes, que viajó muy temprano a la India, donde se interesó por los swamis y el hachís; el célebre Don Segundo Sombra, lejos de ser el gaucho domado de la crítica de izquierda, debería ser leído entonces en las claves que lo asimilan a un gurú y quien detecta ese saber es su hijo adoptivo, Ramachandra Gowda. Este personaje que Adelina del Carril trajo de la India luego de enviudar y en calidad de hijo adoptivo quedó varado en Argentina. A pesar de que lo hindú en él es ya casi una nostalgia –Adelina lo trajo cuando tenía quince años–, le explica a Andrés que es un gurú mientras se comporta como uno, pero habla como un concheto, vive en Patagonia y es heredero de un argentino asociado a la doma, al tango en París y al cultivo del canto con guitarra criolla. Un pariente "legítimo", el comodoro Güiraldes, que le pelea la herencia y lo trata como un "intruso", aparece en cambio vestido de arriba abajo como un gaucho, según él para encarnar la tradición, pero la indumentaria gaucha, ya se sabe, es totalmente importada a excepción del sombrero panza de burro. Esa propiedad de lo impropio para ser lo más de uno, y al revés, fue usada por Andrés para rebajar el narcisismo autobiográfico tomando la posición del clown.

–Cuando llegué a Madrás mis familiares me invitaron a una boda a la que me pidieron asistir con ropa formal. Con Cecilia (la escritora Cecilia Szperling) fuimos a comprarla. Yo elegí un pantalón y una túnica con los que me sentía un jeque árabe. Todo eso está filmado. Con Cecilia caímos en la fiesta; ella, con su sari y yo, con mi traje. Y de los tipos, ¡yo era el único disfrazado de hindú! Era evidente que era extranjero.

Kamala en otra parte

El ensayo edípico (expresión de la crítica Ana Amado), en cualquiera de sus formas, suele limitarse a explorar los avatares de la filiación como si el hijo sólo quisiera saber lo que hay en él como legado y, a su tiempo, deberá pasar. En Fotografías Kamala es propuesta, evocada o buscada en función del lugar desde donde viene y de lo que deja para trasmitir. Por eso, cuando se cita una de sus cartas a Torcuato donde dice: "En fin, aquí estoy con cariño maravilloso de mi familia de la India. En otra parte del mundo están mis hijos a los que extraño mucho. Todavía en otra parte del mundo están mis ideales e ideas y amigos", es ese tercer punto, el que escapa a la línea sucesoria a través de la sangre, el que queda como enigma pero no oculto, más bien como aquello que sigue abierto a la investigación bajo la forma de ideas, ideales y amigos. El misterio de Kamala persiste en su carácter de radical, que no sólo se va del/al hogar sino que se une para reproducir lo que Marta Minujín llama "hijos dobles", que no sólo deja su país de origen sino que estudia en el imperio una teoría que psicopatologiza la familia –la antipsiquiatría de Laing– y termina transmitiendo esa teoría en el país donde la institución psicoanalítica importa mayoritariamente el legado de Melanie Klein. Si era hindú, lo era en más de un sentido.

–Mi mamá casi explotó el hecho de serlo –dice Andrés–. Era un personaje. Fue ella y no Torcuato la que se hizo amiga de los artistas del Di Tella. En casa había todo el tiempo gente durmiendo, desde Caetano Veloso hasta Dany le Rouge, algunos haciendo yoga en bolas. Me acuerdo de unos lamas viendo televisión y matándose de risa. Para esos tipos que habían vivido desde los cuatro años en un monasterio Buenos Aires era la civilización occidental. Y la tele era su contacto. Les encantaba Mirtha Legrand. Porque hubo un tiempo en que mamá empezó a visitar templos budistas en el Himalaya, incluso trajo a la Argentina al Dalai Lama. Con todo ese quilombo, mi hermano y yo solíamos encerrarnos en nuestro cuarto y cuando no había moros en la costa salíamos para ir a la cocina y comer unos copitos. Mamá tenía esa risa alegre de los lamas.

La risa de Kamala, un poco ronca, suelta y en cascada, como la recomendada en el sutra del corazón de Osho para vivir en sabiduría es, al parecer, inolvidable y se sebrepone a la muerte.

–Cuando se murió mi mamá, yo estaba en Inglaterra trabajando en la televisión. Fue algo inesperado, un shock. Me llamó mi papá anunciándome que tenía una mala noticia: "Mamá se quedó", dijo. Yo entendí inmediatamente, pero igual gritaba "qué", "qué", como si no quisiera entender del todo. Cecilia tuvo que terminar la conversación. Me puse a llorar. Después sentí que tenía que salir y estar solo. Entonces me fui a caminar, debían ser las doce de la noche, que en Londres es como si aquí fueran las cuatro de la mañana. Estaba por Bloomsbury, que tenía las calles completamente vacías. Y de pronto me pasó una cosa rarísima y es que tuve una visión de ella. Y mirá que no soy de tener visiones, vi que en algún lugar estaba, casi flotando y matándose de risa. Luego se desvaneció. El mensaje que me quedó de ella fue esa risa a través de la muerte.

La risa en una versión asordinada y casi artera será uno de los recursos del Andrés entrevistador para favorecer la confesión de personajes antagónicos. Porque, ¿cómo seducir a un personaje programado como "villano" con la finalidad de que "cante" sin caer en la avenencia pero tampoco, mediante un enfrentamiento directo, corriendo el riesgo de que repliegue? Ante cámara, el comodoro Güiraldes dice que Ramachandra es un "intruso" y acuña la metáfora del cuervo entre palomas blancas, reconociendo que dice algo "fuerte". "Racista", corrige Andrés pero con una voz muy baja y una risita. De ese modo marca su posición sin dejar de emitir también esas señales corporales de estímulo como el asentimiento con la cabeza con que los entrevistadores, sin dejar claro si con ese gesto están sugiriendo que coinciden con lo que escuchan o si simplemente indican que están escuchando. También ríe cuando su padre le lanza alguna de sus respuestas frustrantes y casi despreciativas: al precio de quedar mal parado, esa risa estratégica deviene verdadera por la satisfacción de que el entrevistado se esté yendo de boca a favor del documental.

La risa, emblema de Kamala, puede imaginarse aun sin estar a la vista, en la filmación que ella hace de un niño autista que parece estar ojeando un libro mientras emite una suerte de arrullo. La voz en off de Kamala dice: "¿Qué? ¿Estás leyendo o me querés decir a mí algo?". Es la voz hospitalaria, de bienvenida simbólica que ofrece alguien que domina varias lenguas a otro como caído del lenguaje, pero que hace el ademán de leer o quizás sepa leer después de todo –Kamala no lo pone en duda–.

Y si ella se comunica con los que no tienen lenguaje inteligible, también podría hablar desde la muerte.

–Desde que llegué a la India consulté a varios videntes. En la película dejé la entrevista con uno. Fueron horas de espera en un cuartucho, en una suerte de lo que aquí sería una villa. Hubo tedio, tensión en el equipo. El vidente entró en trance, empezó a gemir, luego volvió y contó. Se había comunicado con mi madre, que decía que era ella la que me había traído a la India y no sé si es porque existen los fantasmas o si los fantasmas salen de uno, pero lo cierto es que salen y cobran forma. Entonces como en esa visión que había tenido de mi mamá el día que murió –ya sé que no estaba allí colgando en el cielo pero existió– tuve la de que estaba recibiendo su mensaje. Me parece que de eso también se trata la ficción. Yo, si bien hago documentales, mis películas, sobre todo las últimas, intentan generar ese mismo clima que genera el vidente o el chamán cuando hipnotiza y hace salir esas verdades que por ahí antes no estaban en la superficie. Justamente el cine tiene es capacidad alucinatoria.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3879-2007-06-10.html

This explains the mystery of Hillside Elementary

A los pocos días de llegar a Buenos Aires, recibí un email de Tom Luddy con este encabezamiento. Y copiaba la entrada de wikipedia. Con wikipedia ya no hay misterios...

Hillside Elementary School is a now-closed public elementary school
located in the hills section of Berkeley, California. It sits on the
block bounded by Le Roy Avenue, Buena Vista Way and La Loma Avenue.
Hillside is registered as a local historic landmark. The present
structure was built after the 1923 Berkeley fire destroyed its
predecessor, located on the southwest corner of Le Roy and Virginia
Street. Hillside was closed both because of a declining school age
population and because it sits immediately adjacent to the Hayward
Fault which runs behind it on La Loma Avenue. The school's playground
is used as a de facto neighborhood park.

Como diría Charlie Brown: Sigh...

jueves, 17 de mayo de 2007

El tunel del tiempo

Después del almuerzo con Coppola, en señal de agradecimiento por haberme "hecho el hueco" para venir a hablar con Coppola (...), Tom Luddy ofreció llevarme a algún lugar que yo quisiera conocer de San Francisco o Berkeley (son casi la misma ciudad, separada por un puente). Le dije que había pensado ir a algún museo, pero ya que él estaba en auto, se me ocurrió que podía ser una oportunidad para cumplir la fantasía de volver al barrio donde viví a los siete años, cuando mi viejo estuvo enseñando en la Universidad de Berkeley.
- Me acuerdo de la calle, no sé si la conocés: Buena Vista Way.
- Sí, claro, un amigo vive ahí- contestó Tom, que tiene amigos en todas partes como ya dije.

Cruzamos la bahía de San Francisco nuevamente, pasamos por la zona de la universidad de Berkeley y ascendimos, por calles zigzagueantes, la ladera de una colina, por momentos bastante pronunciada.
-Esta es Buena Vista Way- dijo Tom.
La máquina del recuerdo empezaba a hacer ruiditos.
-Me acuerdo que vivíamos bastante cerca del colegio. Me acuerdo que yo bajaba por la colina unas cuadras hasta llegar al colegio.
-¿Será el Hillside Elementary?- dijo Tom. -Mi mujer fue ahí.
-Puede ser. Creo que sí.
En una vuelta del camino, de la bien llamada "Buena Vista Way", apareció de golpe el recuerdo intacto, entero, de una pieza.
Ahí estoy yo, en la foto, hace cuarenta años. Pero lo milagroso es que estaba todo igual.
-¿Quieres bajar?- dijo Tom. -Yo te espero en el auto.
Bajé y recorrí el colegio. Era sábado por la tarde pero igual había un montón de chicos. El patio estaba casi idéntico a mi recuerdo. Los aros de basquet, la canchita de baseball, la reja alrededor. Era soprendente. Nada había cambiado. Dejé que la memoria de mis pies me llevara. Entre por una puerta, subí unas escaleras. El amplio pasillo que conducía al aula, a mi vieja aula de segundo grado, estaba repleta de niños y padres. Un cartel lo explicaba: "Torneo de Ajedrez". Me asomé al aula y caí por el tunel del tiempo. Algo que hace años que no recordaba me volvía íntegro. Lo extraño es que estaba todo igual, en la actualidad, hoy, cuarenta años después. La sensación era muy extraña. No sé cuánto tiempo estuve ahí parado, probablemente con la boca abierta. De pronto me acordé de Tom, que me esperaba en el auto. Antes de salir, quise ir al baño, tenía que hacer pis. Lo que terminó de convencerme de que algo raro pasaba es que el baño también estaba idéntico. Recordé los azulejos, los diamantes blancos y negros de las baldozas del piso, los inodoros "antiguos"... Todo igual al recuerdo, salvo que ahora que lo pensaba, todo estaba un poco deteriorado, pero no demasiado, casi como hacen en las películas para dar "antiguo". Pensé que era muy raro que en Estados Unidos un colegio, en un barrio "bueno", estuviera igual que hace 40 años, sin modificación alguna, ni siquiera en los baños. Me entró una preocupación absurda. Tuve que salir apurado de ahí, como si temiera que afuera ya no estuviera Tom esperando en el auto y... ya vieron la película. O mejor dicho el capítulo de Dimensión desconocida.

En el tren


En el tren de regreso, de Berkeley a Davis, leí la autobiografía de Mircea Eliade, que había comprado en la librería City Lights antes del encuentro con Coppola. En mi cuaderno hice este dibujito y copié la frase con la que comienza el capítulo sobre la India, una frase clásica, casi de lugar común, pero para mí llena de resonancias: "I shall never forget that evening in Deecember, 1931, in the harbor of Bombay..."