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lunes, 19 de abril de 2010

BAFICI 2010 (12)

Miré los muros de la patria mía...


Como siempre es penoso que alguien
hable bien de su propia actuación, me apresuro a subrayar aquellas épocas gloriosas de la fundación del Festival de Cine Independiente, con Andrés Di Tella como su director.

No sé si Andrés lo recordará, pero este blog le debe mucho y es bueno que se sepa: hace tantos años (en el comienzo del tiempo y el nacimiento de las eras), nos reuníamos con Andrés y Alan Pauls en un departamento (si no recuerdo mal) de la calle Las Heras, para preparar una revista ¡sobre cine!

Durante días y meses fuimos dando forma a las secciones en charlas un poco bizantinas en las que todo era una transacción entre nuestros gustos personales, nuestro snobismo y un deseo irrefrenable de intervenir públicamente. Una de las secciones, defendida y titulada por Andrés, para esa revista que sólo existió en potencia (salieron varios números imaginarios, todos ellos excelentes) era "Diario de un televidente", que yo robé para este blog.

Muchos años después, Andrés fue llamado ("convocado" tiene una connotación militar que no viene al caso, sobre todo cuando se trata de una interpelación que, en algún sentido -un sentido agambeniano, pastoral- disuelve toda vocación) para inventar el BAFICI (cuya denominación, entonces, no estaba tan establecida en ese siglerío que siempre sonará a MANLIBA).

No hace falta recordar a los formalistas rusos, pero lo cierto es que el momento más alto de un género (o de una institución, como en este caso) es su momento fundacional. Todo lo que viene después es ya epigonal o decadencia y debe juzgarse en relación con ese big bang que pone sobre el mundo lo que antes había sido una pura potencia (¿cuánto habrá en el BAFICI de hoy de aquellas charlas en la calle Las Heras?).

Yo fui un espectador fiel de las dos primeras ediciones del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (al que llamábamos, sencillamente, Festival) y después, cuando la política consideró que Andrés era, tal vez, demasiado exquisito (por su formación, por sus gustos, por sus expectativas) para ese espacio, dejé de ir (salvo cuando amigos estrenan allí sus
ejercicios audiovisuales) y, con los años, me convertí en un fervoroso detractor del BAFICI (no tiene sentido, ahora, detenerme en mis argumentos).

Andrés rememora sus discusiones de entonces con Darío Lopérfido. Yo también discutí con Darío, y mucho, algunas de sus políticas, pero al menos siempre fue claro para mí que, en aquel entonces, había una discusión posible (y, al mismo tiempo, necesaria) sobre políticas culturales e, incluso, siempre comparé los dos festivales porteños promovidos por Darío (el de cine y de artes performativas) como modelos que la Feria del Libro debería haber seguido alguna vez. Más allá de los pareceres personales (y los razonamientos políticos), en su momento esos festivales produjeron una transformación en la percepción y en la producción de las artes que consideraban (la Feria nunca aspiró a algo semejante y, por cierto, jamás lo consiguió), y eso siempre es prometedor (que hoy no pueda sostenerse la misma certeza es tal vez algo que habría que poner a jugar con la decadencia irremediable de la cultura contemporánea, independientemente de los países que se consideren).

Pero no quiero ponerme plañidero y rasgarme las vestiduras por los tiempos idos, porque conviene siempre mirar hacia adelante y si me detuve en este instante para mirar hacia atrás fue sabiendo secretamente (como Orfeo) que pondría en peligro precisamente aquello que quería salvar del infierno. Andrés fue el mejor director de ese festival hoy muy decadente, muy autocelebratorio, muy endogámico. Sea.

Pero lo que debemos preguntarnos es qué hacer hoy con nuestras experiencias, nuestros sueños y nuestros delirios: no encerrarlos en el aislamiento celeste, sino ponerlos a chirriar por las calles... No sé, algo de pánico, de embriaguez y de disturbio.

Publicado ayer en Linkillo.

lunes, 12 de abril de 2010

BAFICI 2010 (2)

Empezó el BAFICI 2010. Para los lectores de esta bitácora que no lo saben, el festival de cine de Buenos Aires fue, en alguna medida, la creación de un servidor (fui el primer director). A esta altura, voy al festival como un espectador cinéfilo más. Eso, cuando no estoy del otro lado del mostrador, presentando una película. Pero en la inauguración de este año me encontré con Darío Lopérfido, el nunca bien ponderado ex secretario de cultura de la ciudad, a quien no veía hace años.
-¡Tanto tiempo, Andrés! ¡Y nos venimos a encontrar justo acá!

La creación del festival, hay que decirlo, en rigor, le corresponde a él. Al menos, en términos políticos, que no es poco. Ojalá hoy hubiera políticos como él. El fue el que convenció a De la Rúa, o a Antonito, vaya a saber, de que valía la pena hacer esa inversión, desviar unos pesos de la política a la cultura, que eso podía traer rédito. ¿Quién piensa así hoy? ¿Jorge Coscia? Ni siquiera especulan con eso. Bastante me tuve que pelear con Lopérfido y con sus secuaces de la politiquería para que el festival sea lo que fue y no una Feria del Libro o una Buenos Aires No Duerme (¿remember?) o alguna otra kermese por el estilo.

No paré de pelear todo el tiempo que estuve a cargo del festival. Pelear para que no sea un coto de caza de funcionarios o hijos de funcionarios, para que no se balcanice el festival en una repartija clientelista, una sección para los amigos de Antonito, otra para los peronistas, otra para Disney, otra para la embajada española. Pelear para que no sea una muestra sin futuro, como tantas otras, sino un verdadero aporte a la situación del cine argentino –creo que lo fue- donde fuera tan importante mostrar películas como hacer cine por otros medios, generar encuentros entre cineastas locales y extranjeros, armar workshops y foros de coproducción, educar al público y contribuir a la formación de los cineastas, abrir el canuto de la información sobre fondos y festivales (a partir del primer BAFICI explotó la participación argentina en todos los fondos y festivales habidos y por haber).

Ahora que lo pienso, creo que el festival fue también un ejercicio de democracia, con todas las peleas que siempre trae la democracia, escenario de peleas si lo hay. Tuve que pelear, ridículamente, para que los cineastas locales pudieran entrar a las fiestas del festival, para que los invitados extranjeros del festival (hubo algunos con mucho glamour) no sean rehenes de los organizadores y sus amigos, para que haya un punto de encuentro para todos los cineastas e invitados (no lo quisieron hacer, se improvisó en el bar del vecino Teatro Babilonia de la calle Guardia Vieja), para que un cóctel no impidiera que los programadores extranjeros vieran una película argentina, etc, etc, etc.

Podría seguir interminablemente con estas minucias, pero ya me olvido y, como muestra basta un botón. La gota que derrámó el vaso, para mí, fue la pelea absurda para que, una vez terminado el festival, devolviéramos las copias de las películas que nos habían mandado, si es que pretendíamos que el festival tuviera alguna continuidad (se ve que no habían pensado en eso o pensaban que podíamos zafar; de hecho, el festival de Mar del Plata se había hecho una moderada fama internacional con esa práctica). Así y todo, increíblemente, el perfil de programación y de organización y de transparencia que traté de imponer se impuso. Y, más increíblemente aún, persistió y se profundizó con el tiempo, a través de los años y de las distintas gestiones y los distintos gobiernos. Puedo tener alguna diferencia puntual de criterio con la programación de Sergio Wolf y su equipo, pero el BAFICI hoy es una maravilla de funcionamiento, de buen trato, de calidad técnica y artística, un milagro argentino, un tesoro que hay que cuidar. Y, en el camino, al aire de los vientos del mundo, el soberano se educó y nuestra producción cinematográfica se transformó.

Creo que nada de eso le importaba demasiado a Lopérfido, mientras los problemas no llegaran a la prensa. Ya había conseguido muchísimo más "centimetraje", muchísimos minutos más de "aire", muchísimo rédito más de lo que se habría atrevido a prometerle a su jefe. Yo me peleaba con él, sí, pero él me eligió y, dentro de todo, me bancó. Un día, cansado de mis reclamos histéricos, me dijo:
-Andrés, dejate de joder, arregalatelas solo. ¡No sos mi novia!

Sin Lopérfido, nobleza obliga a recordarlo, el BAFICI nunca hubiera existido, lo mismo que el festival de teatro y algunas otras cosas del panorama cultural de la ciudad que hoy se dan por sentadas. Es tal vez insólito dado el tenor del personaje pero, gracias a él, la vida de la ciudad cambió. No se me ocurre en este momento otro individuo que haya tenido semejante influencia (positiva) en la vida cultural de Buenos Aires. La parábola de Lopérfido, el hijo de taxista sin secundario completo que llegó a ser una de las figuras más importantes de la cultura argentina, al tiempo mano derecha del Presidente de la Nación y escudero de Charly García, y que finalmente cayó de las alturas a los infiernos, ganándose un oprobio desmesurado –presagiado tal vez en su impagable apellido-, merece una novela. Pero haría falta un Stendhal o un Balzac vernáculo (para que me entiendan los cultos lectores de este blog) como para hacerle justicia a este Rastignac o Julien Sorel argentino. Hoy le dedico este humilde post, por el momento más no puedo ofrecer.
-Andrés Di Tella