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viernes, 8 de abril de 2011

BAFICI 2011 (3)

Gran idea -y logro- de Sergio Wolf, director del BAFICI, que el año pasado convocó a César Aira para ser jurado del BAFICI. El escritor hizo devolución de atenciones con Festival, una "novelita" inspirada en su experiencia del BAFICI, que ahora publica el propio festival. Ayer, en una rarísima aparición pública de Aira, se presentó el libro (foto arriba). Aguardo la intervención de Alejandro Ricagno, nuestro performer de los comments, para que nos traiga su relato de testigo presencial. A continuación, el texto introductorio de Wolf:

por Sergio Wolf

Cuando César Aira aceptó ser jurado del BAFICI 2010, uno de los programadores me dijo: "Vamos a ver qué novela escribe sobre el BAFICI". Promediando el festival, me crucé con Aira y, un poco en broma, le conté la anécdota: "Ya la empecé a escribir", me dijo. Unos meses después, le propuse que me dejara leerla y le dije que tal vez el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad le interesaría editarla en el marco de publicaciones del BAFICI. Me parecía incréible ese ida y vuelta de/hacia/entre/desde el Festival, una experiencia nueva e insólita.

Pero, felizmente, Festival no es sobre el BAFICI, sino sobre un festival de cine independiente. Y si bien un festival de cine independiente tiene como centro -casi, se diría, por definición- la obsesión por el estilo, éste que inventa César Aira se ha concentrado en un cineasta llamado Steryx, de quien se desconfía que tenga un estilo, y es quizá por eso que se le consagra la primera retrospectiva completa, como una manera de refutar esas dudas. Exacerbando los tics y marcianizando -o marxianizando- los estereotipos de un festival, construyendo un relato en el que el despedazamiento de astillas realistas origina una ficción que bien podría ser el argumento de un nuevo film de Steryx, en Festival no es que Aira se haya ocupado del cine independiente, sino que el cine independiente ha sido ocupado por Aira. Si antes de leer Festival sabíamos que vivir un festival de cine independiente era entrar en un micromundo ridículamente alucinado, después de leerlo podemos confirmarlo, y también decir que, si estos fesrtivales no existieran, César Aira podría ser su más perfecto, salvaje e irónico creador.


miércoles, 16 de marzo de 2011

Espionaje, Contraespionaje


por César Aira

Si hay una profesión que nunca elegiría es la de espía. En cambio trabajaría con gusto, y hasta creo que lo haría bien, en el contraespionaje. El espionaje, ir a buscar información y robársela a gente que quiere mantenerla secreta, es algo que siento contrario a mi naturaleza. Me es antipático. Lo veo afín a las ONG, que tampoco me gustan, esa manía de los ricos y ociosos de ir a meterse donde no los llaman, entre los pobres o los países subdesarrollados, con la excusa de la ayuda y el humanitarismo. Esa figura moderna que ha florecido bajo la insignia de la solidaridad, el Entrometido, es el avatar actual del espía. En cambio, y por la misma inclinación, yo podría hacer buen papel en el contraespionaje; me gustaría; lo siento casi como una vocación que tengo y que lamento no haber desarrollado: rodear mis secretos de círculos amurallados de dificultad creciente, crear claves, códigos, escondites, despistar a los entrometidos... Toda mi creatividad podría desplegarse en esa tarea, y apuesto a que mi inventiva se multiplicaría prodigiosamente de cara a las misiones que me encomendaran.

Me doy cuenta de que esta preferencia, si bien puedo justificarla (o apenas decorarla) con algún razonamiento objetivo como la aversión por el Entrometido o el entrometimiento, en el fondo es totalmente personal. Podría ser al revés. El que favoreciera al espionaje por sobre el contraespionaje podría mencionar en su favor la curiosidad, el espíritu de iniciativa, el amor al viaje (yo soy irremediablemente sedentario). Podría sostener la superioridad de la acción sobre la reacción. Él sale, se va, busca la aventura en terreno hostil, se arriesga; yo me quedo en casa, protegido y protegiendo; a la figura detestable del Entrometido, con la que yo califico al espía, pueden oponerme la no menos deplorable del Oficialista...

Sea como sea, y tenga razón quien la tenga, parece seguro que se trata de una cuestión de personalidad, y no sería imposible que toda la humanidad se dividiera en esos dos campos.

Me pregunto si mi preferencia por el contraespionaje se deberá a, o estará relacionada con, mi profesión de escritor; o si los escritores, por serlo, nos inclinaremos por el contraespionaje... Algunas características del gremio, y del trabajo, parecerían indicarlo: nos quedamos en nuestro lugar, lo cubrimos de signos, lo fortificamos, protegemos el secreto que antes hemos creado, o el secreto que se crea solo en el momento en que empezamos a protegerlo...

¿O será al revés? Porque el escritor también podría reclamar la figura del que sale al mundo a descifrar los secretos ajenos, el que se arriesga en terreno hostil, el que vuelve con la información preciosa...

El demonio de la clasificación nos tienta a pensar que los escritores, todos los escritores, podrían ordenarse según esta tipología. Escritores espías y escritores contraespías... Basta un momento de reflexión para ver que hay casos mixtos, dudosos o inubicables. Un momento más, y se hace evidente que todos los casos son mixtos, dudosos o inubicables. Pero eso no significa que esos dos tipos de personalidad no existan, y no dejen su marca en la obra de los escritores.

Quizás la diferencia que estuve dando por sentada, entre espionaje y contraespionaje, no es tan neta, o es una diferencia abstracta entre dos cosas que en los hechos van juntas. Todos los escritores debemos de tener las dos facetas, una en forma de preferencia, la otra en forma de aversión. Y cuanto más fuertes sean la preferencia y la aversión, más tensión habrá en lo que escribamos, más resistirá a las interpretaciones, menos dejará ver el secreto... Con lo que en definitiva habrá triunfado el contraespionaje.

Publicado en El malpensante no. 109. Junio 2010. Leer el ensayo completo aqui.

miércoles, 5 de enero de 2011

¡Habla Aira!



César Aira habla de Amalia de José Marmol, en el contexto del Encuentro de Literaturas Americanas de Rosario. Octubre 2010. Lo posteo aqui porque es infrecuente ver/escuchar a Aira. (Dura 8 minutos).


martes, 14 de abril de 2009

Me dejo guiar por el capricho y la imaginación


En los libros de César Aira (Coronel Pringles, 1949) puede ocurrir cualquier cosa. Por ejemplo, que un enorme salmón cósmico amenace destruir el mundo, justo enfrente de la ciudad argentina de Rosario. Se trata de una maniobra más del profesor Frasca, el maligno científico que quiere hacerse con el poder. La amenaza la cuenta Aira en la primera de las cuatro historias que ha reunido en Las aventuras de Barbaverde (Mondadori), su último libro.

Con su tremendo volumen (se lo puede ver desde cualquier parte del mundo), el salmón avanza imparable surcando el espacio y va a chocar en Rosario y producir una catástrofe. "Cuando escribo ficción puedo permitírmelo todo", dice el escritor argentino. "De hecho, cuando las cosas van saliendo previsibles doy un giro de inmediato". Esta vez las peripecias que ha inventado Aira tienen que ver con los cómics. "Hay un superhéroe y un loco malvado, y también, como en Superman, están un periodista y una chica bonita, para que surja entre ellos el punto romántico".

"He vuelto a los placeres infantiles, sólo que esta vez lo he hecho desde el otro lado", comenta refiriéndose a su niñez de provincias donde los cómics y el cine eran imprescindibles para vivir. "Escribo abierto a todas las posibilidades. Me dejo guiar por el capricho y la imaginación y la fantasía". ¿No tiene miedo de no resultar creíble? "No es algo que me preocupe mientras escribo, pero sí intento darle veracidad a lo que cuento. Quiero que todo funcione como en una novela tradicional, como en una pieza decimonónica de Balzac".

César Aira dice que esta vez quiso crear un marco y unos personajes sobre los que escribir indefinidamente ("hasta que llegara el último cuá", afirma), pero a la cuarta historia se cansó. Su obra es extensa ("hace años hicieron un estudio sobre mi literatura e incluyeron una minuciosa bibliografía: había publicado entonces 55 libros, a los que habrá que añadir ahora otros 15") y ha contado los argumentos más disparatados, descrito situaciones excesivas, sacado de quicio a personajes de los tipos más diversos. "Mi idea es la de ir probando y ver lo que sale", explica. "No me propongo hacer una obra seria, lo mío siempre ha sido una mezcla de cultura popular, plebeya, y alta cultura. Lo que me importa es que el lector pueda ver lo que estoy contando y escribir de la manera más transparente posible".

¿Y cómo se enfrenta Aira a los afanes rupturistas de algunos grandes maestros del siglo XX? "Estuvieron obsesionados por transformar el lenguaje y a mí no me interesan los juegos con las palabras, ni tampoco la opacidad". ¿Y qué entiende por alta cultura? "Seguramente el elemento que define a la verdadera literatura es el autor. Hay un momento en el que nos interesa Kafka, y no sólo sus obras por grandiosas que sean. Son figuras que consiguen abrirnos a nuevos mundos". ¿Y al ensayo, qué importancia le da en su obra? "Los escribí cuando empezaron a hacerme entrevistas. Me ayudaron a aclararme las ideas, pero cuando los escribo siempre siento que hay alguien detrás de mí leyendo y que está pendiente de que no se falte a la verdad".

Con la narración es diferente. Ahí ya no hay nadie detrás y Aira trabaja con extrema libertad. Le hubiera gustado pintar, pero era un oficio muy engorroso ("la pintura, los pínceles, tener que limpiarlo todo") y se dedicó a la literatura, para lo que sólo hace falta "papel y lapicero". "Nunca tuve tiempo para trabajar porque tenía que leer", comenta, y reconoce que conserva el mismo ardor y entusiasmo que tuvo de joven para precipitarse en un libro. Recuerda a Bioy Casares, que les decía a los escritores que empezaban que no se desanimaran, que en 40 años las cosas empiezan a mejorar, para confesar que no le ha ido mal ("sólo me ha costado treinta años y pico"). Al final, cuando hay que definir su literatura surge una palabra italiana que utilizó Castiglione: sprezzatura. Tener un desdén aristocrático por cuanto supone esfuerzo, moverse con ligereza. Hacer las cosas, en definitiva, como si no costara esfuerzo, como si salieran con mucha facilidad. "Nunca tuve tiempo para trabajar porque tenía que leer".

En el marco de la Noche de los Libros de Madrid, el 23 de abril a las 20.30 horas, en la Real Casa de Correos, César Aira ofrecerá una conferencia sobre su relación con los libros y la lectura.