martes, 30 de agosto de 2011

domingo, 28 de agosto de 2011

La experiencia alucinante

CALDINI Y SU SUPER 8. En pleno rodaje de uno de sus filmes.

por Ezequiel Boetti

No hay caso: ni siquiera la exploración de un diccionario con minucia quirúrgica alcanza para dar con los vocablos capaces de definir a Claudio Caldini (Buenos Aires, 1952) y su oficio. Aunque, en realidad, la búsqueda debería simplificarse a un término único, ya que este luthier y performer cinematográfico hizo de su vida y obra una entidad homogénea e indivisible, de sus cortos un arte estentóreo, de cada fotograma manipulado una manifestación emocional, sintomática de ángeles y demonios internos. El de Caldini no es un cine experimental, es radiográfico. “Cuando mejor filmo es cuando no pienso”, confiesa el artista promediando el metraje de la recientemente estrenada Hachazos. Este documental y el libro homónimo, ambos firmados por Andrés Di Tella, no sólo sirven de clausura para el círculo iniciado en octubre del año pasado con la función de “cine en vivo” del último DocBsAs –que también pasó por La Plata y Brasil–, sino que además permiten aproximarse a una de las figuras más emblemáticas del cine under vernáculo.

La escena inicial del filme encuentra al protagonista enlistando pertenencias en un inglés ríspido, poco amigable para el oído anglosajón, como si la expresividad oral y escrita no fueran más que accidentes antropológicos con los que debe lidiar para llegar a la limpidez del lenguaje cinematográfico. En ese pequeña escena, se palpa que, para él, no hay otra forma de comunicación más noble que el cine y que por eso todas sus vivencias están allí, inmortalizadas en los más de 40 cortometrajes filmados con su trajinada Súper 8. Pero al comienzo era distinto: “Me acerqué al cine más por interés técnico que artístico”, reconoce.

Películas lúdicas

Aquel acercamiento fue a mediados de los 50, cuando su padre y su padrino adquirieron un flamante proyector de 35 mm y comenzaron a despuntar el coleccionismo. Pero aquello olía más a entretenimiento y picaresca amistosa que a auténtica cinefilia. En esos años, las distribuidoras se deshacían de las copias vendiéndoselas a fábricas de pintura, donde se les extraía el acetato para reutilizarlo. Para resguardar el material grabado de potenciales usureros, las empresas literalmente tajaban el fílmico, dejándolo hecho jirones en contenedores callejeros. La colección, entonces, no era de películas, sino de escenas sueltas. Ese acto lúdico devino en poético cuando el por entonces quinceañero vio que detrás de esas secuencias extrapoladas de su narración y ajadas por el filo había algo más.

“Todavía me apasiona el misterio de cómo unos aparatos, unas máquinas en apariencia sin vida, pueden llegar a almacenar instantes del mundo que, al poner en marcha un mecanismo, vuelven, no sé muy bien de dónde”, reflexiona en el texto. Así, Caldini se anotó para estudiar cine, pero el modelo narrativo industrial que imperaba en la currícula lo empujó a la deserción: sabía que el punto cero de una película no siempre es el lápiz y papel.

Paralelamente conoció a Marta Minujín. Y ahí sí, el camino fue inexorable. Pero la experimentación, demasiado subjetiva para los cráneos del poder, tenía un costo menos artístico que político. Caldini se hastió del miedo y en 1974 se fue a Barcelona. De allí a India. Un año más tarde volvió, pero sólo en cuerpo: su espíritu quedó varado del otro lado del mundo. Vaciado, pasó un verano en un psiquiátrico y salió a comienzos de 1976, tiempos en los que una proyección con treinta personas era sinónimo de subversión.

Otra vez hizo las valijas, pero India no fue igual: “La experiencia me superó totalmente”, confiesa. Víctima de alucinaciones, con la visa vencida y sin dinero, terminó internado en un hospital de París, hasta que a fines de los 70 regresó al país. Pasó una década alejado del cine, con el norte fijo en el Indico.

El tercer viaje, en 1991, lo dejó quebrado, viviendo de la misericordia de amigos y saltando de casa en casa (36 en una década, según cuenta), hasta que lentamente empezó a resurgir de su propio infierno como cuidador de una quinta en la localidad bonaerense de General Rodríguez.
Así estaba Caldini cuando se reencontró con el director de Fotografías, a quien había conocido cuando ambos participaron en un cortometraje de Minujín. Tratando de entender la relación entre el cine y su vida, le propuso a su gran referente filmar un documental. De esos encuentros, distendidos y veraniegos, nació la película. De las anotaciones y reflexiones de Di Tella, su libro. Y de la performance porteña, su conclusión: Caldini vive como filma y filma como vive.


www.revistaenie.clarin.com


sábado, 27 de agosto de 2011

Buscar reflejos en la luz

CINE Y LIBROS - Hachazos, de Andrés Di Tella: Buscar reflejos en la luz

por Juan Pablo Cinelli
Es difícil, pero no imposible, tener que escribir de esa entidad múltiple llamada Hachazos, que es a la vez la última película y el primer libro de Andrés Di Tella, sin hacerlo en primera persona. No sólo porque la experiencia tiende de inmediato a circular por las arterias de lo personal, sino porque, como en otros de los trabajos de Di Tella, hay mucho de lo biográfico y lo autobiográfico atravesándose entre estos Hachazos. De los deseos, obsesiones, fantasías y del imaginario que organizan al individuo, que en este caso son dos. Porque Hachazos no es sino el retrato que el propio Di Tella se propuso realizar de Claudio Caldini, artista secreto del cine experimental surgido del gran caldo cultural y creativo que se coció en la Argentina a partir de los últimos años de la década del 60, y hasta que el golpe militar de 1976 lo sepultara todo bajo la pesada losa de un horror arrasador. Pero que también tiene mucho de dibujo frente al espejo.
Aunque Caldini puede ser visto hoy como una maravilla anacrónica, su origen está en las vanguardias que tuvieron su epicentro en el mítico Instituto Di Tella. Su herramienta es el Súper 8, formato en el que se permitió todo tipo de experimentos que, por época y estética, bien pueden ser pensados desde el presente como cercanos a la psicodelia. Las películas de Cladini inducen al trance y sólo pueden disfrutarse a partir de una contemplación liberada de los precintos de la racionalidad impersonal que rige al mundo moderno. El libro y la película de Di Tella se permiten
curiosear, excavar y reordenar la vida de un hombre que parece tener más de una. Y establecer relaciones entre su obra y una biografía que incluye el dolor de amigos desaparecidos, exilio, viajes a la India, delirios místicos, nomadismo forzado y una pasión constante por los misterios del cine. Y si el cine puede ser entendido de manera esencial como juegos con la luz, Hachazos abunda en refracciones y reflexiones, en claroscuros y sobre exposiciones que van más allá de lo meramente fotográfico. La fascinación de Di Tella con Caldini bien podría no ser otra cosa que la búsqueda de un reflejo, un intento de encontrar las sombras y destellos que, por ángulo o por encuadre, escapan al retrato que puede construirse de sí mismo. Para Di Tella, Caldini no es solamente admirable por esa obra milagrosa que de manera parcial presenta en su película; en él también se condensan fragmentos de un universo común, que recolecta con avidez. Sí en Fotografías, Di Tella desandaba un camino hacia la India en busca del tronco desu propia genealogía, en Hachazos el cine se convierte en el metal conductor para desplegar una mirada mística que busca desafiar la presepción, pero siempre dentro de las posibilidades estéticas de su propio cine, sin el desborde que caracteriza la obra de Caldini. Porque si algo tiene en claro Di Tella son las fronteras que los separan. “Se trataba de dos cineastas muy diferentes, que encarnaban concepciones casi antagónicas del cine”, escribe Di Tella en el último capítulo del libro. “La narración y la contemplación. El testimonio y la imagen. La figura y la abstracción. Ahí estaba el conflicto”. Como si de psicoanálisis se tratara, es la transferencia lo que parece unir al director con su personaje, círculo virtuoso cuyo resultado son estos dos certeros Hachazos que también interpelan al lector-espectador.
Hachazos se proyecta todos los domingos de Agosto y Septiembre a las 18, en el espacio Malba.Cine, Av. Figueroa Alcorta 3415.

Artículo Publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 26 de agosto de 2011

MALBA, DOMINGO 26 de agosto 18hs

espectaculos

JUEVES, 11 DE AGOSTO DE 2011

CINE › HACHAZOS PARECE UN CUERPO QUE RESPIRA

Un organismo vivo

La línea maestra del film es Caldini mismo, a quien Di Tella filma con la clase de distancia afectuosa que se mantiene con alguien que se quiere, pero a quien se teme quebrar.

Por Horacio Bernades

Descartada por demasiado literal la opción del documental sobre leñadores chaqueños, el título de la nueva película de Andrés Di Tella puede llevar a imaginar un film hecho de cortes secos y brutales, en el que cualquier prolijidad habrá cedido su lugar a una violencia de las formas. No hay nada de eso en Hachazos y de hecho no es fácil advertir por qué Di Tella le puso ese título a su opus 7 en el largometraje, presentado en abril pasado en el Bafici y estrenándose ahora en el Gaumont y malba.cine. Hachazos tiene un protagonista y ese protagonista es un verdadero personaje. Se trata de Claudio Caldini, mítico prócer del cine experimental en la Argentina. Tras una época de oro en los ’70, de Caldini se supo poco y nada, de tal modo que Di Tella, que lo tiene por un maestro, partió en busca de su sombra un tiempo atrás. Pero no para develar qué había detrás de esa sombra, como lo haría un documental crasamente periodístico, sino para internarse en ella.

Si algún corte abrupto hay en Hachazos, son los que el propio Caldini parece haberse dado a sí mismo en el curso de su vida, hasta fragmentarse en mil pedazos. Pedazos que Hachazos reconstruye, pero como sin proponérselo. La película tiene un tono casual que es muy Di Tella. En algún momento de Hachazos, conectando con el formato de diario personal que el realizador viene cultivando –desde antes incluso que las notoriamente “en primera persona” La televisión y yo y Fotografías–, Di Tella cuenta cómo y cuándo conoció a Caldini. Fue en 1976, poco después de marzo y a propósito del rodaje de un corto en el que Marta Minujin era enterrada a paladas, en bikini. Los títulos finales, rustiquísimos cartelitos hechos a mano, consignan a un Di Tella menos que veinteañero como uno de los que paleaba desde fuera de cuadro. Pero el cartel no dice “Palean”, sino “Arrojan la barbarie”. La relación entre el arte de vanguardia y la política en la Argentina de las últimas décadas es una de las líneas (línea tangente, quebrada, de trazo casi al agua, como todas las de la película) que Hachazos desarrolla.

Pero la línea maestra es Caldini mismo, a quien Di Tella filma con la clase de distancia afectuosa que se mantiene con alguien que se quiere, pero se teme quebrar. Tomando algún mate en la quinta de Moreno donde trabaja como cuidador, Caldini cuenta que tenía un miedo pánico de quebrarse, allá en los ’70, cuando la cosa empezó a cobrar temperatura, cuerpos y vidas en Argentina. Se quebró en la India, donde había huido durante la dictadura, buscando seguramente alguna clase de salida espiritual (el documental no lo dice, pero quien va a la India no va en busca de chicas, playa o trabajo) al brete en el que se hallaban, él y el país. Caldini tuvo un brote, tuvieron que internarlo en Nueva Delhi, no sabía quién era ni cómo se llamaba. “Por qué mi nombre no soy yo”, canta Javier Martínez, pero no durante el relato de Caldini: Hachazos no redunda, asocia.

“Encima, por un error de lectura de mi DNI, los médicos me llamaban Edmondo, y yo no sabía quién era ese tipo”, recuerda Caldini. No hay película de Di Tella que no tenga humor. Aunque esta vez sean apenas hachazos sueltos: el largo, circunspecto, apenas cicatrizado Caldini no es el chistoso Torcuato Di Tella de La televisión y yo o la exuberante protagonista de Montoneros, una historia. “Cuando volví estuve mucho tiempo sin trabajo, llegué a vivir en treinta y seis lugares distintos en poco tiempos”, cuenta Caldini, cuyo exilio de sí mismo el trabajo de quintero parece haber empezado a suturar. “Porque hoy nací”, canta ahora Javier Martínez. Imposible saber con certeza hasta qué punto a Caldini le pasa lo mismo. Di Tella no lo fuerza a ninguna clase de confesión, juego de la verdad o catarsis. Hachazos no es una investigación, es un diálogo. Como parte de ese diálogo, el personaje hasta puede resistirse a hacer lo que el director le pide. Al final (no por nada la imagen de una mudanza, un viaje, un tránsito), Caldini sigue siendo un enigma.

Si los films de Di Tella suelen caracterizarse por un modo de representación que por la ausencia de asertividad podría definirse como “tentativo”, Hachazos es, posiblemente, la consumación de ese modo. Nunca se sabe bien a dónde va y uno simplemente se deja llevar por sus largos y cadenciosos planos secuencia, que parecen marcar el tiempo de una espera, un pausado ritual de (re)conocimiento. Planos llenos de aire, seguidos de otro plano que es siempre una incerteza. Más que una película, un cuerpo que respira, que piensa en voz alta. Un organismo vivo.

9-HACHAZOS

Argentina, 2011.

Dirección: Andrés Di Tella.

Guión: Andrés Di Tella, con colaboración de Darío Schvarstein.

Fotografía: Guillermo Ueno.

Montaje: Felipe Guerrero.

Producción: Marcelo Céspedes para Cine-Ojo.

ULTIMA FUNCION DE AGOSTO: MALBA, DOMINGO 26 de agosto 18hs


Hachazos, la particular biografía de un cineasta poco convencional

jueves, 25 de agosto de 2011

Formato obsoleto (9)

En estos días fui dos veces a Canal 7. Grabé una nota con Osvaldo Quiroga, que se emitió el sábado pasado, y otra con Cristina Mucci -"Los siete locos"- que sale al aire este sábado a las 8am (después quedan en la web del canal). Por los pasillos me crucé con este museito del canal que, como algunos memoriosos recordarán, fue rebautizado ATC e inaugurado para trasmitir el Mundial 78. No sé qué habrá en la lata.

Estos artefactos parecen anteriores a ATC, tal vez del "viejo canal siete" de la calle Posadas...

Formato obsoleto por excelencia: tape. "Perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón..."

Cuando yo empecé a filmar en video, éste era el formato que usaban los "profesionales": el ya legendario U-Matic. El master original de Montoneros, una historia (1995), por ejemplo, está en U-Matic. No sé si todavía existen reproductores en funcionamiento.


miércoles, 24 de agosto de 2011

'Hachazos', de Andrés Di Tella: el cine que expande fronteras

por Cynthia Sabat

Hollywood llega a todos los rincones del planeta con sus estrenos, capaces de conquistar a grandes audiencias. La acción, el romance, la aventura y el drama alimentan la fascinación humana por el relato, de la mano de las "grandes estrellas" y un poderío que le valió el mote de "fábrica de sueños". Pero también existe un cine que no busca competir con ese "cine de entretenimiento". El independiente busca su propia manera de contar historias, tiene un lugar marginal con respecto a la industria y a la estética dominante. Desde allí, se embarca en búsquedas arriesgadas y, muchas veces, fascinantes.


Este es el caso de "Hachazos", de Andrés Di Tella, un pequeño film que se plantea como un retrato de personaje, pero que termina convirtiéndose en mucho más al intentar reescribir la historia (incompleta) del cine argentino y, por ende, latinoamericano.

Claudio Caldini es el personaje a retratar. Se trata de un pionero del cine experimental argentino cuya vida azarosa lo llevó a desaparecer de la escena (tras un viaje en los 70 a la India, donde aparentemente perdió la cordura). Hoy realiza cintas en soledad, en la marginalidad total de su exilio en el campo, y sobrevive dando clases de cine y cuidando una quinta en las afueras de Buenos Aires.

"Hachazos" es un film que se encuadra dentro del llamado "documental subjetivo", dirigido por uno de los más grandes referentes de ese estilo. También es arduo, radical, que impone al espectador ansioso sus tiempos, sus dudas. En su misteriosa búsqueda se confunden el retrato de Caldini con el de Di Tella y su relato con el de un hipotético "backstage", que demuestra que rodarla no fue fácil.

En "Hachazos", el cine y la reflexión sobre el cine se confunden. El retrato de Caldini se convierte en una reescritura urgente de una historia del cine argentino que nunca se escribió: la del cine experimental y sus pioneros.

El gran desarrollo que logró el cine documental a partir de la utilización de cámaras digitales contrasta con los enormes obstáculos que la distribución le impone para llegar a su público. Aún así, la propuesta de "Hachazos" es la de expandir fronteras, la de descubrir a través de un personaje a ese otro cine que no se define por su presupuesto, ni por sus estrellas, ni por sus premios en festivales ni por la taquilla. Ese cine que es pura búsqueda, pura exploración de la imagen y el sonido en un sentido atávico.

En definitiva, propone un camino alternativo y fascinante, una ventana al mundo y a la condición humana cargada de preguntas más que de respuestas.


mexico.amoelcine.com

Lunes, 22 de julio de 1985

por Jorge Luis Borges

Hoy Jorge Luis Borges cumpliría 112 años. Google le hace una homenaje a su manera (vean el logo de la página del buscador de hoy). Yo aprovecho para publicar uno de sus últimos artículos, poco conocido. El lunes 22 de julio de 1985, Borges asistió al juicio a las juntas militares. Escuchó a un ex detenido de la ESMA y después escribió un artículo para la agencia EFE, titulado "Lunes, 22 de julio de 1985".

He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas "sesiones" cualquier hombre declara cualquier cosa.

Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día. Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.

De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.

¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: Somos los anunciados, los previstos hay un Dios, si hay un punto omnisapiente; ¡y antes de ser, ya son, en esa mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos! Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.

Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.


martes, 23 de agosto de 2011

action feeding

Asi como hubo la action painting (Jackson Pollock), también hay action feeding (the gansos). Ayer, el día después del día del niño.

fotografía: Andrés Di Tella y su pulgar (iPhone)

lunes, 22 de agosto de 2011

Hachazos en Rosario

Los días de un artista solitario

Por espaciocine

HACHAZOS
(2011; dir: Andrés Di Tella)

Por Fernando Varea

El director de este apacible y misterioso documental lo expresa, en algún momento: Claudio Caldini es uno de los secretos mejor guardados del cine argentino. Relegado de la Historia por varias razones: realizador de cine experimental, con toda su producción en formato Super 8, mirado con desdén por cierta crítica por el perfil puramente lúdico de sus obras y por colegas que creían indispensable la adhesión del cine a la militancia política en los años ’70, y desconcertante para muchos espectadores que no saben o no sabrían apreciar la libertad de sus ejercicios audiovisuales. Y, sin embargo (o por todo eso), Caldini demuestra que “el cine puede ser algo distinto”, según reflexiona, con calidez, Andrés Di Tella (1958, Buenos Aires), siempre explorando en sus documentales las relaciones entre hechos de su historia personal y de la historia de nuestro país, o lo que permanece de ellos gracias al material que proveen fotografías, registros fílmicos y recuerdos en voz alta.
Hachazos, que se suma a la edición de un libro y la presentación de un espectáculo multimedia para rescatar la figura de Caldini, no se detiene demasiado en sus líricas piezas audiovisuales sino en contar cómo fueron y son sus días. De una juventud con proyectos compartidos con otros cineastas igualmente inquietos (y olvidados) a un viaje a la India, la pérdida de rumbo y de identidad, un regreso sin gloria, años de vida nómade, y finalmente algo de paz alternando el cuidado de una quinta en el conurbano bonaerense con clases particulares y una suerte de vuelta a la profesión.
Di Tella estudia afectuosamente a este singular artista, deteniendo su cámara en el rostro de Caldini mientras mira la lluvia (pensando quién sabe qué cosas), lava los platos, revuelve viejos documentos o anda en bicicleta. Cuando la melancolía parece impregnar el relato, asoma alguna escena de Caldini riendo con ganas, inesperadamente.
Suele achacársele a Di Tella la tendencia en sus documentales a emplear un punto de vista marcadamente subjetivo, apareciendo en cuadro e, incluso, poniendo en evidencia las dudas y contradicciones que van apareciendo durante la gestación. Hachazos no está exenta de esos riesgos, pero las intervenciones en off del director deFotografías (2007) y El país del diablo (2009) son breves y precisas, y los titubeos en medio del rodaje parecen adecuados para retratar a un hombre medio inasible, en apariencia muy simple pero profundo y con un pasado complicado. Más objetable resulta la repetición de una canción de Manal y cierto enfriamiento con el que expone la creatividad arrebatada de la obra de Caldini, quien, respetuosamente, acepta casi todo lo que el director le pide (“Es tu película”, admite).
Serena indagación, Hachazos desprende algunas ideas que vale la pena tomar, para rumiarlas y discutirlas: el limbo al que fueron impelidos los cineastas que no adherían a posturas políticas revolucionarias en los años ’70 (aunque fueran revolucionarias sus formas de expresarse), y la posible o necesaria correspondencia entre la vida de un creador y su obra. Aunque discutible, importa por acercarnos con afecto la figura de este artista de humildad y claridad conceptual realmente notables.
Vale la pena conocer a Caldini -que este año aceptó generosamente participar de una encuesta para Espacio Cine, que puede leerse aquí- a través de este documental, descubriendo las bellas imágenes que era capaz de crear en los momentos más arduos, o la lucidez de sus confesiones, como cuando explica que el cine existe para plasmar lo que sólo podemos ver en nuestros sueños.

http://espaciocine.wordpress.com/2011/08/20/hachazos/

HACHAZOS

El Cairo Cine Público

19/08 a las 20:30h. // 20/08 a las 18:00h. // 21/08 a las 22:10h. // 22/08 a las 18:00h.


domingo, 21 de agosto de 2011

diccionario

"No hay caso: ni siquiera la exploración de un diccionario con minucia quirúrgica alcanza para dar con los vocablos capaces de definir a Claudio Caldini (Buenos Aires, 1952) y su oficio. Aunque, en realidad, la búsqueda debería simplificarse a un término único, ya que este luthier y performer cinematográfico hizo de su vida y obra una entidad homogénea e indivisible, de sus cortos un arte estentóreo, de cada fotograma manipulado una manifestación emocional, sintomática de ángeles y demonios internos".
Ezequiel Boetti, Revista ñ, 20 de agosto 2011. Excelente sinteis de Hachazos, libro y película.

Di Tella cuts his way through the weeds

Buenos Aires Herald, sábado 20 de agosto. Generosa nota de Pablo Suárez sobre Hachazos.

martes, 16 de agosto de 2011

Andrés Di Tella: "El contacto con Caldini me transformó"


“Hachazos” rescata la figura de Claudio Caldini, un cineasta experimental que brilló en los 70. El filme se estrena este jueves 11 en el Cine Gaumont y se proyecta todos los domingos de agosto, a las 18, en el Malba.

Por VICTORIA REALE

Por sus sueños, Caldini puso todo en riesgo. Esto es lo que refleja el filme de Di Tella, que repasa de qué manera el realizador experimentó hasta las últimas consecuencias la ruptura que se vivió en los años 70. Caldini escapó a la India detrás de una utopía y perdió casi todo, hasta la razón. Fue expulsado de un Ashram e internado en un manicomio. De regreso a Buenos Aires, quedó en la calle. Durante una década de vida errante, tuvo 36 domicilios provisorios y abandonó el cine. Hasta que en los últimos años, recaló como cuidador de una quinta del conurbano bonaerense. Allí vive, humildemente. Y entre las plantas y el silencio, inmerso en el trabajo manual y la contemplación, volvió a pensar en el cine.

La película también refleja la tensión que existió entre los dos directores durante la filmación. Caldini se niega repetidas veces a ser dirigido, y le dice al director que no actuará para la cámara porque no es una película de ficción. Di Tella, con una sonrisa perseverante, va calando en el corazón solitario del protagonista y logra que se abra no sólo para contar su historia, sino la de una época atravesada por sueños y violencia.

Andrés Di Tella habló con Ñ digital sobre el lanzamiento de su primer libro, “Hachazos”, y sobre el filme del mismo nombre que lo acompaña. “Caldini hace cine solo, sin dinero, sin nadie. Ata la cámara a una soga y la revolea por encima de su cabeza, pinta o perfora el celuloide. Monta la cámara encima de una bicicleta, crea animaciones con la luz que entra por una ventana, amplía las posibilidades del cine hasta hacer lo imposible” cuenta entusiasmado. Y asegura que los dos años que compartió con su protagonista lo marcaron de manera tal, que su próxima película será totalmente diferente.

-¿Qué es lo atrapante de Claudio Caldini?

Caldini siempre fue un personaje mítico para mí. Lo conocí de chico, cuando yo estaba colaborando en una performance de Marta Minujín y Caldini la estaba filmando. Ese fue mi primer acercamiento al cine. Luego me enteré por mi mamá que él había viajado a la India y se había vuelto loco. Hace unos años asistí a su taller de cine experimental. Cuando lo escuché hablar sobre Oskar Fischinger, un cineasta alemán de los años 30, recordé un refrán africano que dice que cuando muere un viejo en una aldea, es como si se incendiara una biblioteca. Sentí que Caldini era como un archivo de una nación invisible. Para mí, Caldini es uno de los cineastas más importantes del cine argentino y no figura en los libros de cine. Me parece increíble que haya sido tan marginado. En parte creo que se debió a su personalidad, quizás también porque su obra está en formato Súper 8, y no se puede copiar. Caldini y el grupo que hacía cine experimental fueron parte de una experiencia de los 70 que fue olvidada, porque no entran en el cliché de lo que sucedió en esa década.

-¿Cree que estas obras no son reconocidas por no haber estado ligadas a una militancia, como por ejemplo “La hora de los hornos” (1968) de Pino Solanas?

“La hora de los hornos” representó en ese momento la forma correcta de hacer cine, porque tenía una estética de vanguardia acompañada de un discurso muy ideologizado. Entonces, la gente que hacía películas que estaban más ligadas a la cultura rock y alternativa, no fueron reconocidos. Creo que ellos también fueron una fuente importante de resistencia vital en la época de la dictadura. También me parece que la falta de reconocimiento se debe a la pereza de los críticos cinematográficos, que están más informados sobre las últimas novedades en los festivales internacionales, que ávidos de bucear en nuestra historia.

-Antes de la película, usted escribió “Hachazos”, un libro sobre sus encuentros con Caldini…

Después de escucharlo en su curso, le propuse juntarnos una vez por semana para hablar y de esos encuentros nació el libro. Cuando tuve un boceto se lo pasé a Martín Rejtman, que es cineasta y escritor. A él le gustó el material y me instó entonces a hacer una película también. Toda la vida me sentí un escritor frustrado, ahora estoy muy contento con la publicación de mi primer libro. Creo que la literatura siempre me influyó más que el cine. La forma de estructurar el relato de V. S. Naipaul y sus preocupaciones por la política del siglo XX son ejemplos que intento llevar al terreno del cine. Considero la literatura superior al cine, porque es más compleja, profunda, íntima y libre.

-Usted pone de manifiesto el dispositivo cinematográfico en “Hachazos”. Pero va más allá y también descubre la tensión entre Caldini y usted en el momento de la filmación. ¿Había previsto que pudieran surgir este tipo de escenas?

Tenía claro que quería grabar el proceso. No me esperaba que tuviéramos esas discusiones, y en los momentos difíciles me planteé si iba a poder seguir filmando. No es un documental “sobre” Claudio Caldini, sino una película “con”. Es un intento de colaboración donde se puede ver a dos cineastas muy distintos. Yo trabajo más desde la narrativa, con historias de vida. Y él es más de la contemplación, de la imagen. Fue una negociación constante y me pareció interesante brindarle al espectador esa faceta que tiene siempre el documental. El tipo de documental que realizo siempre es una metáfora de lo que pasó. Si bien es una construcción trato de reflejar mi verdadera experiencia.

-Usted realizó numerosos filmes. ¿Le fue más difícil dirigir a otro director de cine?

-Sí, fue más difícil. Por un lado, el que sea otro director te facilita la tarea porque sabe de qué se trata. Por otro, él tenía sus propias ideas de cómo debía ser la película.

-¿Por qué decide reconstruir junto con su protagonista la manera en que filmó sus películas?

Me pregunté cómo contar la vida de un cineasta y me pareció interesante reconstruir cómo hizo sus películas. Sabía que era un intento absurdo reconstruir algo que él filmó en la India hace 30 años, en una quinta en General Rodríguez. Pero a la vez, creo que en las reconstrucciones aparece la parte más luminosa de Caldini. Esa que tiene que ver con su alegría de hacer cine, de capturar imágenes. Casi todas sus películas son montadas en cámara y para mí eso es milagroso. Somos muy diferentes, yo grabé 40 horas para lograr un poco más de una hora.

-En el filme usted muestra lo difícil que es para el protagonista hablar sobre sí mismo. ¿Cómo logró romper sus barreras?

Me costó mucho, y por eso evidencié el proceso. Descubrí que cuando finalizábamos las proyecciones de sus películas y le pedía que me hablara de ellas, en la oscuridad de la sala él podía relajarse. Creo que en sus películas está condensada su biografía.

-¿Qué lo llevó a Caldini a viajar a la India?

Creo que por un lado tenía una imagen utópica de la India, y por el otro buscaba escapar de la opresión de la dictadura en el ‘76. Él fue a un Ashram, donde se vive de forma comunitaria bajo la guía de un jefe espiritual. Su búsqueda espiritual siempre estuvo ligada a la contemplación. Creo que finalmente no encontró lo que buscaba, y ahí es donde perdió la razón. Es muy común que la gente que tiene muy idealizada la India quede muy afectada al vivir todos los contrastes que existen en ese país.

-¿Qué le dejo haber trabajado junto a Caldini?

Cuando veo sus películas me planteó cuál es la relación entre la vida que uno hace con el cine que uno hace. Y en qué medida ese cine refleja tu vida y es absolutamente coherente. Es un ejemplo de vida porque nunca buscó el reconocimiento y trabajó al margen de las modas. El propone hacer cine con tres rollos de súper 8. Vive de forma austera como cuidador de una quinta. En lo relacionado a la realización, estoy intentando confiar más en lo que cuentan las imágenes, sin necesidad de imponer palabras. El relato ordena las imágenes, pero les quita potencia.

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lunes, 15 de agosto de 2011

Hachazos performance













Hachazos
performance/proyección
Claudio Caldini, Andrés Di Tella

Presentación: Ricardo Piglia

Presentación del libro Hachazos de Andrés Di Tella (Editorial Caja Negra)
Espacio Fundación Telefónica, Buenos Aires, 11 de agosto 2011.

Fotografías: Ary Kaplan Nakamura



Hachazos


por Oscar Cuervo

Hachazos tal vez sea un nombre engañoso para hacerse una idea de la cualidad del proyecto en el que Andrés Di Tella se cruza -se intersecta- con su colega (es una manera de decirlo) Claudio Caldini. Colegas, puesto que, hablando mal y pronto, ambos son cineastas. Aunque Caldini haya persistido en su fidelidad hacia un formato, el celuloide de 8 mm, que determina la entidad de su cine. No es concebible el cine de Caldini en otro soporte -y en esta oración, la palabra "cine" sólo se vincula por una cierta analogía con el resto del cine. Caldini respeta la base material específica del cinematógrafo: el celuloide impreso, la luz que lo atraviesa, la imagen proyectada sobre una superficie. Más allá de eso, el dispositivo cinematográfico que pone en marcha se aparta varios pasos de las formas en las que habitualmente el cine circula y es consumido. Caldini promueve una especie de paradoja: mientras habitualmente se entiende por "película" una sucesión de imágenes concluida de una vez y para siempre, destinada a ser reproducida de manera idéntica através de tiempos y espacios, el acontecimiento que empieza cuando Caldini pone la cámara en marcha continúa hasta la proyección. La presencia corporal del cineasta, su vínculo con la cámara, su trato con la película impresa, continúan hasta el momento en el que la película adopta una forma efímera e irrepetible, por obra del operador-autor. El cineasta como camarógrafo y también como proyectorista. En sentido estricto, Caldini respeta al pie de la letra la incidencia de los dos factores fundantes del cine: registro y alucinación. Lo que él aporta como propio es la temporalidad singular de cada proyección, el caracter abierto y mutante de cada "película".

Di Tella es otra cosa. El nombre de cineasta no se le aplica en el mismo sentido. Mientras Caldini hizo todo en 8 mm, e hizo del 8 mm la condición material y formal de su cine, Di Tella es videasta de origen, un autor que se ha movido con cierto desprendimiento respecto de los formatos de sus obras: del vhs al digital, es un porcentaje relativamente bajo de su obra el que ha sido rodado en celuloide. Sus obras se proyectan, pero también se han emitido por televisión, una cualidad anfibia que con Caldini sería imposible. Además, la presencia de Di Tella en sus películas es muy distinta a la de Caldini en las suyas. Ambos ponen el cuerpo, pero de muy diversas maneras. Di Tella puede hablar de la televisión o de la conquista del desierto, pero siempre está esbozando capítulos de su autobiografía. Y hay que tomar "grafía" en sentido propio, dado que sus películas están muy escritas. Su prosa, dicha, es un elemento crucial de su obra, con una presencia de la palabra que en Caldini no existe. Y algo más: la historia que Di Tella escribe sobre su propia vida, de película en película, siempre contiene una referencia a la historia política argentina. Las relaciones que Di Tella entabla con sus asuntos es siempre de perplejidad: la historia que siempre busca contar lo descoloca; lo que termina filmando es la imposibilidad de reducir su objeto a una figura concluida. Es seguramente ahí donde Caldini y Di Tella se intersectan: Andrés encuentra en Claudio una ocasión magnífica para hablar de cierto corte brutal en la historia argentina, un hachazo. El hachazo de la dictadura. Caldini ha sido un cineasta secreto de los años 70 y secretamente ha sido atravesado por el corte brutal que la experiencia sufre con la dictadura. Hay una huella muda de esos hachazos en la obra de Caldini; y ese es el tipo de asuntos que apasionan a Di Tella, que siempre filma experiencias truncas y cada vez se propone restituir por medio de su cine la experiencia vulnerada por esos cortes brutales (el exterminio de los pueblos aborígenes, la bancarrota de la empresa paterna, el silencio que rodea el enigma de su madre). Acá es ese corte en la continuidad de la obra de Caldini y de toda una generación de artistas de vanguardia.

Empecé diciendo que Hachazos es un nombre engañoso para hacerse una idea del proyecto en el que Di Tella se cruza con Caldini (película, libro, performances que se están presentando por estos días en Buenos Aires). Me refería a la contundencia brutal del hacha, al golpe seco que fractura el celuloide: porque en el cine de Caldini no parece haber nada parecido a ese golpe, a ese efecto cortante. Por el contrario, su cine parece hecho de una materia sutil y escurridiza: humo, destello, fantasma, nada aferrable. Pero a medida que fui escribiendo las ideas que me suscita el cruce entre ambos cineastas, advertí la huella del hachazo al que se alude. La huella de un golpe brutal, un hueco.

Hachazos se estrena HOY jueves 11 en el cine Gaumont (13:00 – 16:30 – 19:50hs) + Arte Cinema (16.20 - 22hs) + MALBA (domingos 18hs).


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domingo, 14 de agosto de 2011

Hachazos: libro y película

19:40 in Cine, Destacados | No Comments »












El libro y la película de Andrés Di Tella recorren la producción visual de un referente obligado: Claudio Caldini, mítico viajero hipnótico y creador de verdaderos relámpagos visuales. Hoy miércoles se presenta el libro y mañana se estrena el film en MALBA y Gaumont. / Por Diego Trerotola

-Cuando escuché el sonido de los tamburas, en Within You Without You de Sgt. Pepper’s, cuando George Harrison transformó a los Beatles en una banda anónima de músicos indios, eso fue una revelación absoluta, que me quedó para toda la vida”, le cuenta Claudio Caldini en el potente libro que Andrés Di Tella le dedica, y no suena raro que la primera canción del lado b de ese disco rupturista de los Beatles haya calado tan profundo en Caldini, que de alguna manera extraña incluso haya sido casi una banda sonora de su biografía. De hecho, ¿ser un cineasta experimental no le da un sentido de pertenencia al lado b de la historia del cine, a ese club de corazones solitarios del que hablan los Beatles? Si es verdad que, a esta altura muchas caras podrían sumarse a las más de setenta que adornan la tapa de Sgt. Pepper’s, la de Caldini tendría un lugar prioritario por llevar hasta las últimas consecuencias su particular beatlemanía hinduista, llegando a formar una banda de música hindú, pero también visitando recurrentemente la India como una forma de su espiritualidad poética que desencadenó su cine solitario. Y Di Tella en Hachazos, título que comparten su libro y su documental, logra doblemente que Caldini cuente, por primera vez públicamente, sus viajes luminosos, traumáticos y cinematográficos por ese país asiático. Como biografías cruzadas por el cine y por ese país asiático (la madre de Di Tella nació en la ciudad india de Madrás), Hachazos es una intersección entre Caldini y Di Tella, dos recorridos donde el el azar marca desencuentros pero también una sinergia vital, como esa cooperación en 1976 que marca el encuentro entre ambos, en la performance Autogeografía de Marta Minujín (Caldini registrando en Super 8 y Di Tella echando tierra sobre la artista en bikini).

Poco tiempo antes de ese encuentro, Caldini había viajado por primera vez a la India, buscando el sonido específico de una canción beatle, y en una parada en Barcelona registró en Super 8 su visita al Parc Güell, retratando su recorrido sincopado en su corto más influyente, Film Gaudí, que terminó siendo la “primera piedra en la edificación de su obra futura”, como escribe Di Tella. El Super 8 se había popularizado en los setenta como formato amateur y casero, para registro de vacaciones y viajes, principalmente gracias a ser una cámara portátil, fácil de manejar. Caldini también registró sus viajes, no sólo espaciales sino mentales, para hacer de ese formato un arma cargada de futuro, ejercitando una mirada de “ojos caleidoscópicos”, como a los que le cantan Los Beatles en Lucy in the Sky with Diamonds. Los espacios deshabitados del Parc Güell se convierten en remolinos, en mantras visuales, en un tour intermitente entre vértigo y contemplación: un ritmo propio cruza la obra experimental de Caldini.

Ese primer viaje lo lleva hacia una sensibilidad primitiva, esencial, como si el cine empezara de nuevo, pero en otra dirección. En Hachazos, libro y película, Di Tella propone como punto de partida una misma imagen viajera: “Un hombre lleva toda su obra, que es toda su vida, dentro de una vieja valijita de cuero comprada en la India, en un tren que va de Moreno a General Rodríguez, por el suburbio oeste de Buenos Aires. Son los originales de sus películas, todas en Super 8, un formato obsoleto, en vías de extinción, que no permite copias. Esa valija es como el manuscrito de su autobiografía”. No sólo hay una idea de obra en movimiento, nómade, esencial para entender el cine de Caldini, sino que también parece volver a una escena germinal de la historia del cine: el tren de los hermanos Lumière, esa locomotora que fundó el potencial del lenguaje audiovisual, ahora reconducida por Caldini para recuperar su prístina intensidad, y para desviarla por otros carriles, más personales, más impensados. El ojo libertario de su obra tal vez llegue a una eclosión en otro viaje a India en 1979, en parte escapando de la dictadura militar, y también tratando de completar la experiencia de su relación con el hinduismo. Y ahí aparece de nuevo el tren, como le relata a Di Tella, cuando Caldini tuvo una revelación mientras viajaba para hacer un retiro espiritual al pie del Himalaya. “Me di cuenta de que estaba teniendo alucinaciones. Imaginate lo que era eso, estar en un tren en la India, repleto de gente que sube y baja, que duerme y que come, sin entender lo que dice nadie… Ya era una especie de experiencia alucinatoria en sí misma, ¡y encima tener alucinaciones! La alucinación más grave que tuve fue, justamente, que el sol caía sobre la Tierra… ¡y que yo tenía la culpa!”, recuerda en el libro, pero también en la película, y mientras relata su demencia se ven imágenes de unos atardeceres que filmó a toda velocidad, donde el cielo parece quemarse como si efectivamente el sol explotara desapareciendo en la oscuridad para siempre. No es parte de su locura, es verdad: Caldini es culpable de que el sol se estrelle contra la Tierra, y de ese colapso, de esa colisión, son producto sus películas alucinatorias, cortos que filma en soledad para compartir esas visiones, esos oasis en su viaje, que sólo son posibles iluminados por sus retinas. Di Tella le dedica todo un capítulo a Heliografía que, para la mayoría de los pocos conocedores de la obra de Caldini, es su logro más inspirado: filmado en 1991, durante el último regreso de cineasta a India, imágenes y sonidos dilatan un viaje en bicicleta, un simple tránsito de segundos expandido a minutos, donde se ve principalmente la sombra del andar proyectada por el sol. Una vez más, Caldini recrea el accidente: la velocidad de luz estalla sobre la Tierra para producir la distorsión expansiva de nuestros sentidos de realidad y de belleza. Hachazos no es sólo un libro y una película, también es el título de una nueva apuesta por el “cine en vivo” de Caldini, quien con cinco proyectores desencadena el prisma hipnótico donde el accidente de la luz sobre el paisaje es una ruta lúcida que en cada flash, en cada relampagueo en la pantalla, hace que la poesía cosquillee: la mística de la imagen titila con un estilo rítmico que parece posibilitar el milagro de ver la música de la luz.

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Hachazos. (Caja Negra)

Presentación del libro a cargo de Ricardo Piglia más performance/proyección en formatos múltiples a cargo de Andrés Di Tella y Claudio Caldini. Miércoles 10 de agosto a las 19 en Fundación Telefónica, Arenales 1540.

Estreno Hachazos: Jueves 11. Salas Gaumont y MALBA.











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