miércoles, 30 de septiembre de 2009

Otra de Blu

Combo
animación de Blu y David Ellis

Pista: Darío S.

Vean, si no la vieron, una anterior, que hizo Blu en Buenos Aires: Las paredes de Villa Urquiza.

fuente: http://www.blublu.org/


martes, 29 de septiembre de 2009

Diario de Bogotá 4

El día que me fui de Bogotá justo recibía el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras el gran escritor colombiano Fernando Vallejo. Ospina, su amigo, me invitó a la ceremonia. El Gran Provocador en el Ultimo Refugio del Comunismo: para alquilar balcones. Pero ya me tenía que ir. Igual, alguien lo grabó y Ospina me lo envió. Imperdible.

1a parte:



2a parte:

lunes, 28 de septiembre de 2009

Diario de Bogotá 3

Viernes

Anoche fuimos a cenar con Luis Ospina y su novia a la Zona Rosa de Bogotá que, todo hay que decirlo, no cumplió en absoluto las expectativas que despertaba su nombre. También fue de la partida Yibrán Asuad, ultrasimpático programador del festival de cine de Ciudad de México, que me regaló una botellita de mescal, con gusanito y todo. Después, Ospina nos invitó a unos tragos en su casa, auténtico Museo Ospina, llena de maravillosos objetos kitsch (como muestra vale un botón: ver el inodoro de arriba). Ospina, en Colombia, es una especie de prócer viviente y, por cierto, se trata de uno de los cineastas más originales de América Latina. Agarrando pueblo, su mediometraje de 1977, ha cobrado con el tiempo dimensión de clásico alternativo del documental latinoamericano. Un grupo de documentalistas sale por las calles de Cali para registrar la miseria, enlatarla y mandarla a la televisión alemana, sin el menor escrúpulo. Cualquier semejanza, etc… Una burla feroz del “cine comprometido” de los 70, hecha en el mismo momento en que esa moneda tenía plena vigencia, le costó años de ostracismo en el gulag de los políticamente incorrectos.

A diferencia de aquellas películas, como La hora de los hornos, que se han convertido en piezas de museo y que despiertan una sonrisa nostálgica por su mezcla de demagogia y maniqueísmo publicitario, Agarrando pueblo no ha envejecido nada. Todo lo contrario. Aparece como una película de su tiempo, sí, pero como si fuera cine del futuro, imaginando ayer lo que podremos llegar a pensar mañana. Yo confieso haberla descubierto hace poco. María Luis Ortega, una de las máximas autoridades de lengua hispana en cine documental, fue la que me avisó de su existencia. Me contó que siempre empieza sus clases con Agarrando pueblo, por su capacidad para hacer reflexionar a los alumnos sobre lo que puede haber -de manipulación y de equívoco- detrás de las presuntas buenas intenciones del documental. Parece que los alumnos muchas veces se indignan. La película de Ospina sigue exhibiendo la misma irreverencia y ejerciendo la misma provocación que tanto incomodó en aquella época de bellas banderas y mentiras piadosas.

Pero Ospina es mucho más que un cineasta. Entre otras (muchas) cosas, fue uno de los responsables de haber rescatado vida y obra de su amigo Andrés Caicedo, el escritor que se suicidó en 1977 a los 25 años y que hoy se ha convertido, junto a Roberto Bolaño, en uno de los grandes mitos de la cultura necrófila latinoamericana. Con otro amigo, Carlos Mayolo, Caicedo y Ospina hicieron de Cali un inverosímil polo cinéfilo de América, alrededor de un cineclub y de la revista Ojo al Cine, descubriendo y revalorando películas y cineastas que en otras latitudes serían reconocidos sólo muchos años después. La correspondencia cinéfila entre Caicedo y Ospina, editada por este último, es uno de los intercambios más contagiosos que haya tenido la fortuna de leer (me hicieron recordar las crónicas que Cabrera Infante publicó en los años 60 con el seudónimo de Caín). Dan ganas de salir corriendo a ver películas y, sobre todo, poder discutirlas con interlocutores tan apasionados como ellos. Ospina no ha perdido nada de su celo cinéfago, como pudimos comprobar con la pila de dvds de cine arte pirata que se compró en Mulholland Drive, maravillosa caverna de Ali Babá, ubicada en los Almacenes Pensilvania de Bogotá, donde –según Ospina- se puede comprar cualquier cosa, desde una cámara digital de última generación hasta un lanzacohetes. También, por un módico precio, se puede contratar a un sicario para asesinar a algún indeseable.

Pero además -casi se podría decir por sobre todas las cosas- Ospina es un gran narrador. Nada le gusta más que contar las peculiaridades y dramas de su patria, que odia tanto como ama. La última vez que estuvo en Buenos Aires, nos alucinó con el episodio escalofriante de los “falsos positivos”. 19 jóvenes desaparecieron una misma noche de Soacha, una localidad cercana a Bogotá. Dos días después, aparecieron 19 guerrilleros caídos en combate, en la lejana región de Norte de Santander. Así, por un descuido, la coincidencia permitió descubrir la práctica del ejército colombiano de secuestrar y asesinar jóvenes humildes de algún pueblito del interior y llevarlos a otra región, donde nadie pudiera identificarlos, para hacerlos pasar por guerrilleros abatidos en combate, “positivos” en la jerga militar, y demostrar que el gobierno está ganando la guerra contra el terrorismo.


Anoche nos contó el caso de los hipopótamos de Pablo Escobar, remanentes del zoológico privado del ex zar del cartel de Medellín que se escaparon cuando Escobar murió. Los narco-hipopótamos se reprodujeron, hasta llegar a constituir una docena, deambulando sueltos por los alrededores de la antigua finca de Escobar, Hacienda Nápoles. Como estaban causando estragos en la zona, el gobierno convocó a un famoso cazador para que los liquidara, episodio registrado con delicioso morbo por la televisión colombiana. Escobar (admirador de John Lennon y de Adolf Hitler) no tenía hipopótamos por mera excentricidad. Los narcos buscaban rodearse de hipopótamos, jirafas o elefantes porque el olor de las heces de animales grandes parece que atemoriza a los perros que usa la policía para olfatear a potenciales mulos o transportes de droga. Los perros huelen la mierda de hipopótamo y, en vez de ladrar y dar la alarma, se quedan quietos, asustados ante la presencia de un animal más grande. García Márquez no inventó nada.

Ospina también nos contó la historia de su amigo Harold Alvarado, el Caballero de la Injuria. Y yo retruqué con la de mi amigo colombiano Marc de Beaufort, el Gran Documentalista Mentiroso. Pero esa es otra historia, que quedará para otra crónica.




fotos (desde arriba): 1. el inodoro del Museo Ospina; 2. un fotograma de Agarrando Pueblo de Luis Ospina; 3. Ramiro Arbeláez, Andrés Caicedo y Luis Ospina (foto de Eduardo Carvajal); 4. Ospina descubre un dvd pirata con su propia obra inédita; 5 y 6. Ospina en la esquina donde fuera asesinado Jorge Gaitán el 9 de abril de 1948, fecha en que, según él, comenzó la guerra en Colombia que aún no ha terminado; 7, 8 y 9. Bogotá by night.



domingo, 27 de septiembre de 2009

Diario de Bogotá 2

Jueves

Anoche, nuestros amables anfitriones del Ministerio de Cultura nos llevaron a cenar a un restaurante de comida típica, pero moderno. “Mini-mal. Comida sorprendentemente colombiana”.

Copio del menú del restaurant:
Mini-mal
adj. y s. m. Econ: Intervención gracias o por medio de la cual ciertos materiales, productos objetos o ingredientes desprovistos de status recuperan, aumentan o adquieren nuevo o mayor valor // Creación hecha con muy poco // Máximo aprovechamiento de lo aparentemente sin valor. Fisic: Resultado o producto obtenido con muy poco gasto de energía. Ecol: Sostenibilidad derivada del aprovechamiento máximo de mínimos recursos. Energ: Recursividad Efectiva. Semiot: Potencialidad significativa. Etic: Necesidad de hacer o transformar a pesar de tener muy pocos recursos. Estet: Particular belleza o esplendor de lo humilde o sencillo. Leng: Equívoco poético. (Sinón: Mal Pequeño. El menos mal posible.)

Y a continuación una serie de palabras misteriosas, presumiblemente de distintos platos o comidas: tumaco, arrullos, ahuyama, toyo, muchacho (?), etc. Los colombianos presentes nos tratan de explicar de qué se trata cada cosa, pero no se ponen de acuerdo en una: culantro. Da la casualidad que yo sí sé lo que es, o creo saber lo que es, y me animo a decirlo, porque lo comí una vez en un restaurante de Buenos Aires. Pero la verdad, otra vez, yo qué sé. Por lo demás, nadie parece muy convencido. La presunción queda atribuida a mi nacionalidad.

Por la mañana, deliberación del jurado. Vine a Bogotá para formar parte de un jurado internacional que otorga “premios nacionales” a la producción cinematográfica. Llaman a extranjeros para evitar amiguismos, según me dicen, ya que el mundillo del cine local es muy pequeño. Sería interesante que en la Argentina se probara algo así, aunque lo veo difícil por todos los intereses que hay en juego. Integro un “jurado de lujo” (no son mis palabras, se entiende) junto al mexicano Juan Carlos Rulfo (que ganó el festival de Sundance y el BAFICI con su documental En el hoyo) y al representante colombiano, Luis Ospina (más sobre Ospina después). Ambos estuvieron también en Princeton, como invitados del festival de documentales que dirijo. Se trataba de personas afines y llegamos con bastante facilidad a un consenso sobre la película ganadora, que no sé si puedo dar a conocer aquí aún. Igual, ya que habíamos tenido que ver casi treinta documentales –ardua experiencia que casi me hace tomar la decisión de cambiar de género y no hacer nunca más un documental- nos tomamos un momento para discutir cada uno. De la deliberación, me quedo con un término acuñado por Rulfo para referirse a unos documentales particularmente soporíferos: dormimentales.


Pero lo que más tiempo nos llevó, en rigor, fue la redacción de la justificación del fallo. Para tener algo sobre el papel, yo empecé dictando algunos conceptos laudatorios, más bien convencionales, sobre la película ganadora. Rulfo tomaba dictado en su laptop, pero se le fruncía el rostro con cada uno de mis adjetivos: “enorme”, “gran”, “riguroso”. Así estuvimos un largo rato. Ospina y yo tirábamos ideas (y adjetivos) y Rulfo -no por nada hijo de uno de los más grandes escritores de la lengua- trataba de darles forma en una prosa que fuera mínimamente digna de su teclado. Nos pusimos a conversar de otros asuntos, para dejarlo trabajar un rato sin estar respirándole en la nuca. Pero al cabo de un tiempo, descubrimos que Rulfo prácticamente no había avanzado, sino que había estado dando vueltas las mismas frases. Eso sí, no quedaba ningún adjetivo. No recuerdo quién describió al escritor como alguien capaz de pasar toda una mañana para poner un adjetivo y, después, toda la tarde para quitarlo. Podría haber sido el padre de Juan Carlos. Después de publicada la novela que lo consagró, Pedro Páramo, Rulfo pasó largos años escribiendo una segunda novela. A su muerte, no se encontró ningún manuscrito, si es que alguna vez existió. Al final, nos ganó la impaciencia y terminamos arrancándole la laptop, para volver a colocar otra vez todos nuestros adjetivos. El Ministerio de Cultura se quedó tal vez sin un dictamen singular, pero queríamos llegar a cobrar nuestra paga antes de que cerrara el Banco Cafetero.

fotos (desde arriba): 1. El Palacio de Nariño (la Casa Rosada de Bogotá); 2. el honorable jurado (Juan Carlos Rulfo, Andrés Di Tella, Luis Ospina); 3. Luis Ospina y David Melo, director de cinematografía del Ministerio; 4. Juan Carlos Rulfo piensa en los adjetivos mientras toma su café colombiano; 5. las paredes de Bogotá expresan problemas existenciales.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Diario de Bogotá

Miércoles

La primera impresión de Bogotá es de mucho verde. El mismo aeropuerto está lleno de árboles. Al entrar en la ciudad, llama la atención el horizonte de empinados cerros verdes que rodean el núcleo urbano. No sé por qué –la percepción es una entelequia a veces ridícula- me viene a la cabeza un comentario típicamente exagerado de Fernando Niembro, en la previa de un partido de la Copa Libertadores en algún lugar de Colombia: “uno de los paisajes más hermosos del mundo”. El conductor del Ministerio de Cultura que me vino a buscar me pregunta de dónde vengo y enseguida empezamos a hablar de Maradona. El fútbol, moneda universal. Mantuve conversaciones semejantes en taxis desde distintos aeropuertos del mundo, discutiendo las virtudes de Ariel Ortega en Estambul o de Julio Cruz en Amsterdam. Yo le pregunto por el referéndum que se está discutiendo en este momento y que abriría la puerta para modificar la constitución y permitir la segunda re-elección del Presidente Uribe. No me di cuenta al sacar el tema de que el chofer, en última instancia, viene a ser un empleado del gobierno. Igual, con la característica discreción de los colombianos, desliza que “tal vez, habría que dejar entrar nuevas ideas”. Entendí que prefería que hubiera un cambio de presidente, pero después me quedé pensando si no se refería a la posibilidad de cambiar la constitución.

En la radio FM suena Los dinosaurios de Charly García. El locutor anuncia que la cotización del dólar es de 1.900 pesos. A continuación: “Usted está escuchando Radio Policía Nacional”. ¡Epa! Ya había notado un par de carteles por el camino: “Vaya seguro, su policía lo cuida”, con la imagen de una parejita de agentes, varón y mujer, sonrientes. En otro cartel, se ve a un soldado, con casco y arma enfundada: “A usted no lo conozco, pero lo llevo en el corazón”.

Por la ventanilla advierto un grupo de mujeres que conversan en la vereda, vestidas de forma bastante llamativa. “Este es el barrio de tolerancia”, acota el chofer. No sé si se está disculpando en nombre del país o si, por el contrario, me está tirando un dato útil para el turista. De pronto nos vemos atascados en el tráfico. Desde otro auto, una mujer le advierte al chofer: “¡Cuidado!” El chofer rápidamente traba las puertas y sube la ventanilla. Hace calor pero hago lo mismo. Alrededor, no veo que esté sucediendo nada raro, pero yo qué sé.
-¿Pasa algo?- pregunto.
-No sé- me contesta el chofer (¿o policía?).

lunes, 21 de septiembre de 2009

Carta de Tegucigalpa 3


Desde las trincheras de Tegucigalpa, acaba de llegar un nuevo correo de Katia Lara, cineasta hondureña que participó hace un par de años del Taller de Proyectos Cinematográficos de Colón que coordino.

por Katia Lara

MEL ha regresado!!!

se decía tanto que venía:
por la base militar de Palmerola
por la frontera con Guatemala
por la frontera con Nicaragua disfrazado de mujer
por la frontera con El Salvador como comerciante
tanto se decía
tanto hacíamos planes para encontrarlo con nuestra lente
que ya habíamos perdido la esperanza
por otro lado
hace mucho que Mel dejó de ser el protagonista de nuestra historia
ahora seguimos al movimiento popular
a la resistencia
que no se detendrá hasta conseguir la constituyente
ya no se trata de Mel
pero vaya que emociona
saber que ha vuelto
en este momento se encuentra en la embajada de Brasil
custodiado por cientos de aguerridos militantes de la resistencia
rodeado de los líderes del movimiento popular
sale al balcón cada tanto
saluda, se manda un discurso y vuelve a entrar
el toque de queda se impuso hoy a partir de las 4pm
pero esta vez a nadie le importa
seguimos en la calle
el gobierno de facto no ha dado declaraciones
hoy se han dedicado a decir que es mentira...
...que Mel no ha vuelto
y nosotros mirándolo revolear su sombrero
y prometer imposibles - los políticos no cambian-
Este sigue siendo el país donde todo puede suceder...
Vuelvo a la embajada ahora mismo
no más vine a buscar una batería
y no me aguanté las ganas de
contarle a alguien(es)
que ha vuelto Mel
nos vemos

-Katia

foto: Manuel Zelaya, aka Mel, presidente depuesto de Honduras, en la Embajada de Brasil de Tegucigalpa, esta tarde.


primavera







lunes, 14 de septiembre de 2009

Un marco perfecto


por Andrés Di Tella

En el año 1995 se estrenó en el Rojas Montoneros, una historia. Para mí es un recuerdo imborrable. Estuvo casi dos años en cartel, a sala llena. La gente continuaba yendo, sin parar. Durante meses había colas de una o dos cuadras, desde la puerta del Rojas por Corrientes, dando vuelta la esquina de Junín. La gente venía una hora antes. Los que se quedaban afuera volvían temprano para la siguiente función. Fue todo un fenómeno, algo que sobrepasó completamente cualquier expectativa que yo pudiera tener. La propuesta fue de Darío Lopérfido, que en ese momento era director del Rojas. A él se le ocurrió pasar la película ahí una vez por semana y me interesó como experimento: a ver qué pasaba con una película en el Rojas. Por otra parte, en ese momento no existían demasiadas posibilidades de exhibir una película que no fuera en copias de 35mm, en una sala comercial. Montoneros, una historia fue una producción absolutamente independiente, sin ningún tipo de apoyo del Instituto de Cine ni nada, filmada y terminada en video, como muchas películas independientes que se están haciendo ahora. En ese sentido también fue una experiencia precursora. Sólo que ahora existen muchos otros lugares de exhibición, los diarios y las revistas cubren los estrenos, etc. Parece mentira, pero en aquel momento, a ningún periodista de espectáculos se le ocurría escribir sobre una película que no hubiera tenido un estreno convencional, un jueves, en una sala comercial. La experiencia de aquel “estreno” alternativo en el Rojas me enseñó mucho sobre la diferencia entre un fenómeno real, de público y de mucho debate, como el que estaba sucediendo con la película, y lo que efectivamente sale en los medios. Tras los dos años de exhibición en el Rojas, la película llegó a tener más adelante un estreno comercial, un par de años después, y ahí sí salieron críticas, muy buenas por cierto. Pero no se repitió el fenómeno del Rojas, en cuanto afluencia de público, intensidad del debate, etc.

Pero Montoneros, una historia no fue precursora nada más por cómo se hizo y por dónde se estrenó, por supuesto. Fue la primera película que se hizo con el tema de la guerrilla que era, de alguna manera, un tema tabú hasta esos años. Era algo de lo que no se podía hablar. Para algunos, en ese momento, hablar de la lucha armada era arriesgado, podía darle argumentos a la derecha, en el sentido de que los militares decían que habían tenido que intervenir porque existía una guerra, porque había terrorismo. Entonces, el hecho de la lucha armada se negó durante mucho tiempo. Pero yo, al no haber participado en ese movimiento, tenía muchas preguntas. Y descubrí que esas preguntas las compartía con muchísima gente. Me impresionó el efecto de toda esa gente que hacía la cola, todos los miércoles. Yo varias veces fui a charlar con el público al finalizar la proyección. Se produjeron discusiones memorables, con mucha emoción, mucho agradecimiento, más de uno del público quería sumar su testimonio… Después se repitió, al año siguiente. Entre la gente que iba, había de todo: jóvenes que no sabían nada de la historia reciente y ex militantes montoneros. Hijos de los ex militantes que me decían: “mi papá creo que estuvo en Montoneros, pero no sé, nunca lo hablé con él…” En esos debates pasaba de todo. La película desató toda clase de situaciones personales, más de uno me dijo que eso le permitió hablar por primera vez con sus hijos, o al revés, los hijos con los padres… Y ese tipo de repercusiones, que se da en la vida de quienes ven una película, es lo que a mí me motiva a hacer películas. De manera diferente, por la temática, se dio algo parecido con mi última película, Fotografías, de la que todavía recibo ecos en forma de cartas muy personales, mensajes emocionados, hay quienes incluso me mandan fotos de su familia… En fin. Presentar Montoneros, una historia en el Rojas fue una experiencia muy gratificante, reveladora de lo que puede llegar a pasar entre un documental y el público. Me parece que, además, era un marco perfecto. El Rojas siempre tomó riesgos y fue a la vanguardia. Algo como: “No sabemos si el horno está para bollos pero igual vamos...” Y, a la vez, el marco de la Universidad de Buenos Aires le daba como un contexto institucional y público que fue muy apropiado para la película y para el debate que, inevitablemente, generaba.

Yo vuelvo constantemente al Rojas. Me parece que, milagrosamente, sigue siendo un lugar de estímulo, que sigue estando siempre al borde, sin temerle al riesgo, al límite de lo conocido, proponiendo cosas nuevas. Para mí es un orgullo que el estreno de mi película ahí haya quedado como uno de los hitos del Rojas, aunque creo que hay otros más importantes… Uno de los secretos del Rojas es que permite que se mezcle gente de ámbitos distintos, no es un lugar de cine ni de teatro ni de plástica ni de literatura sino de cruce. Y eso genera en el público y en los artistas que participan –y muchas veces artistas y público son los mismos-- ganas de hacer otras cosas, de probar algo diferente.

Testimonio ofrecido a Radio Rojas, para el programa del 25º aniversario del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires.

foto: Montoneros, una historia de Andrés Di Tella.

domingo, 13 de septiembre de 2009

jueves, 10 de septiembre de 2009

Entrenamiento elemental para actores

Entrenamiento elemental para actores
una película de Federico León y Martín Rejtman

Rejtman y León se juntaron para el proyecto bizarro de canal 7, 200 años, que reunió hace un par de años a un conjunto de directores de teatro con directores de cine (creo que los primeros podían elegir a los segundos) para hacer una serie de telefilms que recién ahora se están completando y que no sé si se trasmitirán o si algunos ya fueron trasmitidos. Cosas del viejo ATC. En este caso, ¡se ha formado una pareja!, y el resultado es una combinación exacta de Rejtman y León que, sin parecerse a nada en la obra de ninguno de los dos, tiene cosas de uno y de otro. El profesor de teatro extremista, medio psicópata, pertenece al universo de Federico León y representa una inflexión más de su ya larga meditación sobre el teatro y la representación, comenzada en sus obras Cachetazo de campo y Museo Miguel Angel Boezzio (una de las experiencias pioneras dentro del "teatro documental" en la Argentina). También tiene, seguramente, algo de ajuste de cuentas con los maestros de la generación anterior, modelo encarnado por monstruos sagrados del teatro como Alberto Ure, Ricardo Bartis y --muy especialmente-- Norman Briski, que con teorías extremadamente elaboradas se han dedicado a torturar a generaciones de actores, como un ejercicio de poder del que sabe sobre el que no sabe, no siempre con malos resultados, hay que decirlo, pero imagino que con algún costo emocional para los involucrados.

En Entrenamiento elemental para actores este modelo de maestro queda en el ridículo más absoluto por tratarse de clases de teatro... para chicos. Y es en ese "contraplano" de los chicos que escuchan con cara de poker --o, mejor dicho, de nada-- al profesor que expone sus teorías salvajes, donde aparece tal vez el factor Rejtman. Hay pocos cineastas con la capacidad de Rejtman para encontrarle la gracia a la situación más insospechada. Silvia Prieto debe ser la mejor comedia del cine argentino reciente y algunos de los cuentos de Rejtman me han hecho reir a carcajadas en medio de la lectura. Rejtman introduce, entonces, un abismo --sutil, pero abismo al fin-- que convierte las sentencias extremadamente serias del profesor en una materia inesperadamente cómica, como si se tratáse de un monólogo de stand-up involuntario. Lo interesante del caso es que, en otro contexto, con otros tiempos y, por supuesto, con otros interlocutores, las teorías teatrales del profesor (un impagable Fabián Arenillas) podrían ser más que atendibles, incluso suscribibles, dentro de su radicalidad. De hecho, uno se puede llegar a imaginar a León o a Rejtman haciendo suyas sus palabras (yo mismo pensé por momentos "tiene razón"). En un giro soprendente, una de las situaciones más ridículas, en la que un niño pregunta si ya están actuando y el profesor le hace repetir el diálogo, como si efectivamente estuvieran actuando, cobra visos de una profunda reflexión --inesperadamente seria ahora-- sobre la actuación. Como los dos grandes artistas radicales que son, cada uno en su terreno, Federico León (en el teatro) y Martín Rejtman (en el cine), la dupla se ríe de la radicalidad en el arte. Y esa risa, sin invalidar del todo el objeto de la burla, nos libera de los discursos y nos permite ver el mundo de nuevo.

Entrenamiento elemental para actores
Estreno 12 de septiembre 2009
Sábados 22hs
El camarín de las musas
Mario Bravo 960 / tel. 4862-0655

Publicado originalmente en ocasión de su presetanción en el último BAFICI, el 29 de marzo de 2009.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

South of the Border



Trailer de South of the Border de Oliver Stone, presentada en estos días en el festival de Venecia.



lunes, 7 de septiembre de 2009

Macedonio, un precursor del "zapping" en pantalla


por Andrea Guiú

“Siempre estamos a punto de no entenderlo, y siempre puede estallar un relámpago de comprensión a destiempo”.
–Horacio González

Muerto hace 44 años –el mismo año en que Eva Perón entró a la inmortalidad de los mitos- Macedonio Fernández ha suscitado la atención, siempre perpleja ante su forjada inasibilidad de la crítica, la admiración de algunos de sus congéneres y el ejemplo para quienes trataron de emular algunos de sus gestos. Citas comunes resultan, ya, el recuerdo de Borges hijo, asociado al escritor gracias a la amistad de Borges padre, y la filiación práctica de la teoría macedoniana sobre el lector “salteado” en los textos de Cortázar. Tendencia vulgarizada, también, la de ficcionalizar al autor, convirtiéndolo en personaje de su propia obra –por ejemplo, el conversador que supera al escritor, según el autor de El Aleph-, reconocimiento elíptico respecto de una obra que merece ser leída per se como fecunda incitación. Y, por cierto, bajo la marca de su transitoriedad, que es la marca de un pensar que descree, críticamente, del hacer dogmático.

Pliegues, desviaciones voluntarias de autor que se constituyen en cambio en una actitud de vigilia intelectual cuyas claves parecen siempre escabullirse del identikit lector. Estudiosos como Ana María Camblong, Germán L. García y Horacio González han insistido en la imposibilidad de “congelar” los dispositivos de interpretación respecto a la textualidad del singular escritor. La mirada de Ricardo Piglia, que suscita aquí nuestro interés, organiza una topografía posible de los derroteros macedonianos como pistas del propio hacer narrativo del autor de Respiración artificial. Un corpus fragmentario –u “objeto astillado”, si seguimos a Germán García- cuyos indicios habrá que buscar en ciertos lugares.

Crónicas subterráneas

“A la literatura argentina hay que buscarla en ciertos lugares, por ejemplo, en una pieza de pensión del Once, donde un escritor se pasa los años escribiendo una novela que dura toda su vida”. Con estas palabras inicia Piglia/relator/viajero subterráneo el itinerario de imágenes que recorrerán los “lugares” donde sea posible encontrar las astillas del mapa textual del escritor. El trabajo del cineasta Andrés Di Tella –director también de la cinta Montoneros, una historia, proyectada el año paso en Córdoba-, financiado por la Secretaría de Cultura, y con guión compartido con el narrador de Prisión perpetua, escarba con auténtica curiosidad las facetas de quien aparece como enigma. ¿Quién era, realmente, Macedonio Fernández? (se) pregunta uno de los entrevistados. ¿Es el de Macedonio un “caso” para la literatura argentina?

La narración de este trabajo mantiene el clima de un policial: relatores que son testigos, tensa armonía de cuerdas como leit motiv musical, imágenes cinematográficas de archivo sugeridas como “evidencias”, una vieja grabadora que emula en off la voz de Macedonio leyendo sus propios textos… La pertinencia de estos recursos se asocia, indudablemente, a la propia factura de La ciudad ausente, la novela de Piglia que pesquisa, ya no sólo una vida posible, sino una máquina de hacer relatos que cifran la memoria. Imágenes de un mundo subterráneo de Buenos Aires –todo un mundo- abren y cierran el viaje a Macedonio, como sugerencia de su propia marginalidad. O de la posibilidad de leer al autor de Museo de la novela de la eterna desde “las orillas”: una pensión –el útero del Museo…-, una isla utópica –la del intento anarquista de su juventud-, un lugar en el Paraná –donde Las aguas bajan turbias, como fiscal absolutorio-: la territorialidad huidiza de Macedonio Fernández.

Una voz en tono menor

Como estaciones del “viaje” se sumarán los testimonios de quienes lo conocieron y trataron, y de quienes trataron de conocerlo a través de su obra: el escritor y psicoanalista Germán L García, el poeta Ricardo Zelarrayán, el artista plástico Roberto Jacobi, el músico Gerardo Gandini –compositor de la música de la ópera macedoniana de Piglia, que se estrenó el año pasado en el Teatro Colón- y, por supuesto, quien sabe mejor que nadie de los silencios y perplejidades de Macedonio Fernández: su hijo, Adolfo de Obieta. Las visiones de los entrevistados alternan con algunas cuestiones ya dichas, y al mismo tiempo sirven como retrato hablado de una personalidad que fascina, a cada cual, por aquello que ha nutrido sus propias exploraciones. Tres ejemplos: el rescate de Piglia respecto al intento de M. F. de organizar una comunidad anarquista en Paraguay –en calidad de “náufrago de la sociedad”-, hecho tomado casi episódicamente por Obieta. O el apunte original de Jacobi, cuando afirma que, a instancias del Museo de la novela de la eterna, M. F. Puede ser leído como un precursor del zapping y como creador de un software de lectura. O la definición de Gandini, quien imagina a Macedonio como un tipo que canta en tono menor. ¿Acaso sería posible pensar al hombre que huía de la luz natural en otro tono?

De Macedonio también “hablan” las imágenes de viejas películas: el filme de culto Invasión, de Hugo Santiago, con guión de J. L. Borges y Adolfo Bioy Casares, alrededor de un personaje central inspirado en M. F.; la ya citada Las aguas bajan turbias, de Hugo del Carril; La vuelta al nido, de Leopoldo Torres Ríos, y El crimen de Oribe, de Leopoldo Torre Nilsson. La ópera y su trastienda –“máquina de cantar de Macedonio”- aparecen también como puerta de acceso a una manera de leerlo. Curiosamente, acotamos, pues al escritor la ópera le parecía una “típica ningunidad del arte (cfr. Cuadernos de todo y nada).

Jirones de sus propios escritos, vaivén de conjeturas que no desdeñan a su gestualidad vital como correlato de su proyecto estético y viceversa, se articulan en un trabajo que, con buen ritmo, “dice” precisamente de la imposibilidad de abarcar a Macedonio Fernández. Y dice, de hecho, acerca de una obra siempre desafiante, cuyo legado más exquisito acaso sea, para este tiempo de transición finisecular, la actitud de sospecha lúdica y derogante frente a todo aquello que se proponga como certeza y dogma.

Andrea Guiú me hizo llegar esta nota -casi de anticuario- sobre mi película Macedonio Fernández, publicada en La voz del Interior, el 14 de marzo de 1996. Fue una de las pocas reseñas que mereció la película, en una época en que la crítica cinematográfica local ignoraba todo lo que no fueran los estrenos comerciales de los jueves.

foto: Ricardo Piglia en Macedonio Fernández de Andrés Di Tella.



jueves, 3 de septiembre de 2009

Distraídos venceremos

Guillermo Ueno inaugura mañana viernes 4 de septiembre, en la galería Ernesto Catena, su muestra de fotografías, Distraídos venceremos. Ayer colgó las fotos.

Como Guillermo es el fotógrafo de la película que estoy haciendo con/sobre Claudio Caldini -cuyo tema será, de alguna manera, cómo se hace una película- se nos ocurrió registrar la colgada de la muestra: todo bicho que camina va a parar al asador. En esta ocasión, Darío Schvarzstein se hizo cargo de hacer las imágenes del hacedor de imágenes de la película.

Ueno prueba distintas alternativas para ubicar las fotos en las paredes de la galería.

Ueno cuelga un cuadro, digo, una foto. En el reflejo, su mujer, la artista Lola Goldstein.

Lola asesora en la colgada...

...e intercambia sonrisas con el fotógrafo. ¡Distraídos venceremos!

Una vez (casi) concluida la tarea, Ueno departe con Guillermina y Lola. Rosa (en brazos de su madre) escucha distraídamente.

El fotógrafo y su modelo (una versión de su foto más famosa, la que estuvo colgada, en formato gigante de 88 x 34 metros, en la Avenida 9 de Julio, frente al obelisco).

La muestra Distraidos venceremos se inaugura mañana viernes 4 de septiembre a las 19hs. Permanece abierta de martes a sábado de 13 a 19hs, hasta el 16 de octubre.
Honduras 4882, 1er piso.